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Электронная книга - «La isla misteriosa». Краткое содержание книги:

La isla misteriosa
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-Pero no habramos visto al Buenaventura pasar enfrente de la isla? observ Spilett, que quera formular todas las objeciones posibles.

-Ah, seor Spilett! -dijo el marino-, basta salir de noche con una buena brisa y en dos horas se pierde de vista la isla.

-Pues bien -repuso el periodista-, vuelvo a preguntar, con qu objeto los piratas se habran servido del Buenaventura? Por qu lo habran trado al puerto despus de haberlo usado?

-Seor Spilett -contest el marino-, pongamos eso en el nmero de cosas inexplicables y no pensemos ms. Lo importante era que el Buenaventura estuviese aqu y aqu est. Por desgracia, si los presidiarios lo toman por segunda vez, puede suceder que no volvamos a encontrarlo en su sitio.

-Entonces, Pencroff -dijo Harbert-, quiz ser prudente llevarlo delante del Palacio de granito.

-S y no -contest Pencroff-, o mejor dicho, no, porque la desembocadura del ro de la Merced es muy mal paraje para un buque y all la mar es dura.

-Pero, hallndose sobre la arena, hasta el pie de las Chimeneas

-Quiz s -dijo Pencroff-. En todo caso, puesto que debemos dejar el Palacio de granito para una larga expedicin, creo que el Buenaventura estar aqu ms seguro durante nuestra ausencia, y que haremos bien en dejarlo en ese puertecillo hasta limpiar la isla de estos tunantes.

-Ese es mi parecer -dijo el periodista-; al menos en caso de mal tiempo no se ver expuesto como lo estara en la desembocadura del ro de la Merced.

-Pero si los presidiarios vinieran a visitarlo de nuevo -dijo Harbert.

-Pues bien, hijo mo, en este caso, no encontrndolo aqu iran a buscarlo del lado del Palacio de granito y, durante nuestra ausencia, nada les impedira apoderarse de l. Creo, como el seor Spilett, que debemos dejarlo en el puerto del Globo. Pero, cuando volvamos, si todava no hemos desembarazado la isla de esos tunantes, ser prudente llevar nuestro buque frente al Palacio de granito, hasta que no tenga que temer tan mala visita.

-Convenido y en marcha -dijo el periodista.

Pencroff, Harbert y Geden Spilett, cuando regresaron al Palacio de granito, refirieron al ingeniero lo que haba pasado, y ste aprob sus disposiciones para el presente y para el Porvenir y aun prometi al marino estudiar la parte del canal situada entre el islote y la costa para ver si sera posible hacer un puerto artificial por medio de diques. De esta manera el Buenaventura estara siempre a la vista y, por decirlo as, bajo la mano de los colonos y seguro.

Aquella tarde se envi un telegrama a Ayrton para decirle que llevase a la dehesa un par de cabras, pues Nab quera aclimatarlas en las praderas de la Meseta. Cosa singular! Ayrton no anunci el recibo del despacho, como tena costumbre. Esto no dej de admirar al ingeniero, pero podra suceder que Ayrton no estuviese en aquel momento en la dehesa o que se hallara en camino para volver al Palacio de granito. En efecto, haban transcurrido dos das desde su partida, y se haba decidido que el 10 por por la noche o el 11 por la maana estuviese de vuelta.

Los colonos confiaban en que Ayrton aparecera en las alturas de la Gran Vista. Nab y Harbert fueron a esperarlo hasta las inmediaciones del puente, para bajarlo, cuando su compaero llegase.

Pero a las diez de la noche Ayrton no haba aparecido y entonces se juzg conveniente enviar un nuevo telegrama exigiendo una respuesta inmediata. El timbre del Palacio de granito permaneci mudo. Entonces la inquietud de los colonos fue grande. Qu haba pasado? Ayrton no estaba en la dehesa o si estaba no tena libertad de movimientos. Deban ir los colonos en su busca en aquella noche oscura?

Se discuti: unos queran marchar inmediatamente, otros aguardar.

-Pero -dijo Harbert-quiz ha ocurrido algn accidente en el aparato telegrfico y no puede funcionar. -Puede ser -dijo el periodista.

-Esperemos a maana -aadi Ciro Smith-. Es posible que Ayrton no haya recibido nuestro despacho o que nosotros no hayamos recibido el suyo.

Aguardaron los colonos y, como es de suponer, no sin cierta ansiedad. Al amanecer del da 11 de noviembre, Ciro Smith lanzaba la corriente elctrica a travs del hilo, pero no se obtuvo respuesta alguna. Volvi a enviar otro despacho y el resultado fue tambin negativo. -En marcha para la dehesa! -exclam.

-Y bien armados! -aadi Pencroff.

Se decidi inmediatamente que el Palacio de granito no quedase solo y que el negro permaneciese en l. Despus de haber acompaado a los colonos hasta el arroyo de la Glicerina, deba levantar el puente y, oculto detrs de un rbol, aguardara su vuelta o la de Ayrton.

En caso de que los piratas se presentaran y trataran de atravesar el ro, procurara detenerlos a tiros y, en ltimo resultado, se refugiara en el Palacio de granito, donde, una vez levantado el ascensor, estara seguro.

Ciro Smith, Geden Spilett, Harbert y Pencroff deban marchar inmediatamente a la dehesa y, si no encontraban a Ayrton, registrar los bosques de las cercanas.

A las seis de la maana, el ingeniero y sus tres compaeros haban pasado el arroyo de la Glicerina y Nab se pona en acecho detrs de una ligera eminencia coronada por grandes dragos en la orilla izquierda del arroyo. Los colonos, despus de haber dejado la meseta de la Gran Vista, tomaron inmediatamente el camino de la dehesa. Llevaban el fusil al brazo, dispuestos a disparar a la menor demostracin hostil. Las dos carabinas y los fusiles iban cargados con bala.

A cada lado del camino la arboleda era bastante espesa y poda ocultar a los malhechores, que a causa de sus armas habran sido verdaderamente temibles.

Los colonos marcharon rpidamente y en silencio; Top los preceda corriendo por el camino o entrando algunas veces en el bosque, pero siempre mudo y no dando seales de nada extraordinario. Y poda contarse que el fiel perro no se dejara sorprender y ladrara a la primera apariencia de peligro.

Ciro Smith y sus compaeros seguan a la vez que el camino la direccin del hilo telegrfico, que una la dehesa con el Palacio de granito. Haban andado unas dos millas sin haber observado nada extrao. Los postes se hallaban en buen estado, los aisladores intactos y el alambre regularmente tendido. Sin embargo, desde aquel punto el ingeniero observ que la tensin del alambre pareca menor; en fin, al llegar al poste nmero 74, Harbert, que iba delante, se detuvo gritando:

-El alambre est roto!

Sus compaeros apretaron el paso y llegaron al sitio donde el joven se haba detenido. El poste derribado estaba atravesado en el camino. Era evidente que los telegramas del Palacio de granito no haban podido recibirlos en la dehesa, ni los de sta en el Palacio de granito.

-El viento no ha derribado este poste -dijo Pencroff.

-No -repuso Geden Spilett-. Han cavado la tierra por el pie, y la mano del hombre lo ha sacado de su sitio.

-Adems, el hilo est roto -aadi Harbert mostrando los dos extremos de alambre separados con violencia.

-La rotura es reciente? -pregunt Ciro Smith.

-S -dijo Harbert-. Es indudable que no hace mucho tiempo que se produjo.

-A la dehesa, a la dehesa! -exclam el marino.

Los colonos estaban a mitad camino entre el Palacio de granito y la dehesa. Quedbanles dos millas y media que andar y echaron a correr.

En efecto, deba presumirse que algn acontecimiento grave haba ocurrido en la dehesa. Sin duda Ayrton habra podido enviar un telegrama que no haba llegado, pero esto no alarmaba a sus compaeros. Haba una circunstancia ms inexplicable: Ayrton haba prometido estar de vuelta el da antes por la noche y no haba aparecido. En fin, no sin motivo se haba interrumpido toda comunicacin entre la dehesa y el Palacio de granito. Y quines, sino los bandidos, podan tener inters en interrumpirla?

Los colonos corran con el corazn oprimido por la emocin. Se interesaban sinceramente por su nuevo compaero: le encontraran muerto por quienes en otro tiempo haba sido jefe?

Pronto llegaron al sitio donde el camino segua la corriente del arroyuelo derivado del arroyo rojo, que regaba las praderas de la dehesa. Entonces moderaron el paso para no hallarse muy fatigados en el momento en que pudiera ser necesario emprender la lucha. Los fusiles no estaban en el seguro, sino montados, y cada cual vigilaba una parte del bosque.

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