La isla misteriosa
- Автор: Верн Жюль Габриэль
- Язык: испанский
- Жанр: Другие приключения
Электронная книга - «La isla misteriosa». Краткое содержание книги:
-��Pero no habr�amos visto al Buenaventura pasar enfrente de la isla? observ� Spilett, que quer�a formular todas las objeciones posibles.
-��Ah, se�or Spilett! -dijo el marino-, basta salir de noche con una buena brisa y en dos horas se pierde de vista la isla.
-�Pues bien -repuso el periodista-, vuelvo a preguntar, �con qu� objeto los piratas se habr�an servido del Buenaventura? �Por qu� lo habr�an tra�do al puerto despu�s de haberlo usado?
-�Se�or Spilett -contest� el marino-, pongamos eso en el n�mero de cosas inexplicables y no pensemos m�s. Lo importante era que el Buenaventura estuviese aqu� y aqu� est�. Por desgracia, si los presidiarios lo toman por segunda vez, puede suceder que no volvamos a encontrarlo en su sitio.
-�Entonces, Pencroff -dijo Harbert-, quiz� ser� prudente llevarlo delante del Palacio de granito.
-�S� y no -contest� Pencroff-, o mejor dicho, no, porque la desembocadura del r�o de la Merced es muy mal paraje para un buque y all� la mar es dura.
-�Pero, hall�ndose sobre la arena, hasta el pie de las Chimeneas�
-�Quiz� s� -dijo Pencroff-. En todo caso, puesto que debemos dejar el Palacio de granito para una larga expedici�n, creo que el Buenaventura estar� aqu� m�s seguro durante nuestra ausencia, y que haremos bien en dejarlo en ese puertecillo hasta limpiar la isla de estos tunantes.
-�Ese es mi parecer -dijo el periodista-; al menos en caso de mal tiempo no se ver� expuesto como lo estar�a en la desembocadura del r�o de la Merced.
-�Pero si los presidiarios vinieran a visitarlo de nuevo� -dijo Harbert.
-�Pues bien, hijo m�o, en este caso, no encontr�ndolo aqu� ir�an a buscarlo del lado del Palacio de granito y, durante nuestra ausencia, nada les impedir�a apoderarse de �l. Creo, como el se�or Spilett, que debemos dejarlo en el puerto del Globo. Pero, cuando volvamos, si todav�a no hemos desembarazado la isla de esos tunantes, ser� prudente llevar nuestro buque frente al Palacio de granito, hasta que no tenga que temer tan mala visita.
-�Convenido y en marcha -dijo el periodista.
Pencroff, Harbert y Gede�n Spilett, cuando regresaron al Palacio de granito, refirieron al ingeniero lo que hab�a pasado, y �ste aprob� sus disposiciones para el presente y para el Porvenir y aun prometi� al marino estudiar la parte del canal situada entre el islote y la costa para ver si ser�a posible hacer un puerto artificial por medio de diques. De esta manera el Buenaventura estar�a siempre a la vista y, por decirlo as�, bajo la mano de los colonos y seguro.
Aquella tarde se envi� un telegrama a Ayrton para decirle que llevase a la dehesa un par de cabras, pues Nab quer�a aclimatarlas en las praderas de la Meseta. �Cosa singular! Ayrton no anunci� el recibo del despacho, como ten�a costumbre. Esto no dej� de admirar al ingeniero, pero podr�a suceder que Ayrton no estuviese en aquel momento en la dehesa o que se hallara en camino para volver al Palacio de granito. En efecto, hab�an transcurrido dos d�as desde su partida, y se hab�a decidido que el 10 por por la noche o el 11 por la ma�ana estuviese de vuelta.
Los colonos confiaban en que Ayrton aparecer�a en las alturas de la Gran Vista. Nab y Harbert fueron a esperarlo hasta las inmediaciones del puente, para bajarlo, cuando su compa�ero llegase.
Pero a las diez de la noche Ayrton no hab�a aparecido y entonces se juzg� conveniente enviar un nuevo telegrama exigiendo una respuesta inmediata. El timbre del Palacio de granito permaneci� mudo. Entonces la inquietud de los colonos fue grande. �Qu� hab�a pasado? Ayrton no estaba en la dehesa o si estaba no ten�a libertad de movimientos. �Deb�an ir los colonos en su busca en aquella noche oscura?
Se discuti�: unos quer�an marchar inmediatamente, otros aguardar.
-�Pero -dijo Harbert-quiz� ha ocurrido alg�n accidente en el aparato telegr�fico y no puede funcionar. -Puede ser -dijo el periodista.
-�Esperemos a ma�ana -a�adi� Ciro Smith-. Es posible que Ayrton no haya recibido nuestro despacho o que nosotros no hayamos recibido el suyo.
Aguardaron los colonos y, como es de suponer, no sin cierta ansiedad. Al amanecer del d�a 11 de noviembre, Ciro Smith lanzaba la corriente el�ctrica a trav�s del hilo, pero no se obtuvo respuesta alguna. Volvi� a enviar otro despacho y el resultado fue tambi�n negativo. -�En marcha para la dehesa! -exclam�.
-��Y bien armados! -a�adi� Pencroff.
Se decidi� inmediatamente que el Palacio de granito no quedase solo y que el negro permaneciese en �l. Despu�s de haber acompa�ado a los colonos hasta el arroyo de la Glicerina, deb�a levantar el puente y, oculto detr�s de un �rbol, aguardar�a su vuelta o la de Ayrton.
En caso de que los piratas se presentaran y trataran de atravesar el r�o, procurar�a detenerlos a tiros y, en �ltimo resultado, se refugiar�a en el Palacio de granito, donde, una vez levantado el ascensor, estar�a seguro.
Ciro Smith, Gede�n Spilett, Harbert y Pencroff deb�an marchar inmediatamente a la dehesa y, si no encontraban a Ayrton, registrar los bosques de las cercan�as.
A las seis de la ma�ana, el ingeniero y sus tres compa�eros hab�an pasado el arroyo de la Glicerina y Nab se pon�a en acecho detr�s de una ligera eminencia coronada por grandes dragos en la orilla izquierda del arroyo. Los colonos, despu�s de haber dejado la meseta de la Gran Vista, tomaron inmediatamente el camino de la dehesa. Llevaban el fusil al brazo, dispuestos a disparar a la menor demostraci�n hostil. Las dos carabinas y los fusiles iban cargados con bala.
A cada lado del camino la arboleda era bastante espesa y pod�a ocultar a los malhechores, que a causa de sus armas habr�an sido verdaderamente temibles.
Los colonos marcharon r�pidamente y en silencio; Top los preced�a corriendo por el camino o entrando algunas veces en el bosque, pero siempre mudo y no dando se�ales de nada extraordinario. Y pod�a contarse que el fiel perro no se dejar�a sorprender y ladrar�a a la primera apariencia de peligro.
Ciro Smith y sus compa�eros segu�an a la vez que el camino la direcci�n del hilo telegr�fico, que un�a la dehesa con el Palacio de granito. Hab�an andado unas dos millas sin haber observado nada extra�o. Los postes se hallaban en buen estado, los aisladores intactos y el alambre regularmente tendido. Sin embargo, desde aquel punto el ingeniero observ� que la tensi�n del alambre parec�a menor; en fin, al llegar al poste n�mero 74, Harbert, que iba delante, se detuvo gritando:
-��El alambre est� roto!
Sus compa�eros apretaron el paso y llegaron al sitio donde el joven se hab�a detenido. El poste derribado estaba atravesado en el camino. Era evidente que los telegramas del Palacio de granito no hab�an podido recibirlos en la dehesa, ni los de �sta en el Palacio de granito.
-�El viento no ha derribado este poste -dijo Pencroff.
-�No -repuso Gede�n Spilett-. Han cavado la tierra por el pie, y la mano del hombre lo ha sacado de su sitio.
-�Adem�s, el hilo est� roto -a�adi� Harbert mostrando los dos extremos de alambre separados con violencia.
-��La rotura es reciente? -pregunt� Ciro Smith.
-�S� -dijo Harbert-. Es indudable que no hace mucho tiempo que se produjo.
-��A la dehesa, a la dehesa! -exclam� el marino.
Los colonos estaban a mitad camino entre el Palacio de granito y la dehesa. Qued�banles dos millas y media que andar y echaron a correr.
En efecto, deb�a presumirse que alg�n acontecimiento grave hab�a ocurrido en la dehesa. Sin duda Ayrton habr�a podido enviar un telegrama que no hab�a llegado, pero esto no alarmaba a sus compa�eros. Hab�a una circunstancia m�s inexplicable: Ayrton hab�a prometido estar de vuelta el d�a antes por la noche y no hab�a aparecido. En fin, no sin motivo se hab�a interrumpido toda comunicaci�n entre la dehesa y el Palacio de granito. �Y qui�nes, sino los bandidos, pod�an tener inter�s en interrumpirla?
Los colonos corr�an con el coraz�n oprimido por la emoci�n. Se interesaban sinceramente por su nuevo compa�ero: �le encontrar�an muerto por quienes en otro tiempo hab�a sido jefe?
Pronto llegaron al sitio donde el camino segu�a la corriente del arroyuelo derivado del arroyo rojo, que regaba las praderas de la dehesa. Entonces moderaron el paso para no hallarse muy fatigados en el momento en que pudiera ser necesario emprender la lucha. Los fusiles no estaban en el seguro, sino montados, y cada cual vigilaba una parte del bosque.