La chica del tambor
- Автор: Ле Карре Джон
- Язык: испанский
- Жанр: Шпионские детективы
Электронная книга - «La chica del tambor». Краткое содержание книги:
Una vez m�s, Charlie hizo esperar a Helga, a quien por fin dijo:
-�Esta era nuestra intenci�n, pero inmediatamente despu�s de cenar me qued� dormida. El viaje me hab�a dejado agotada. Intent� despertarme un par de veces, pero, luego renunci�. En la ma�ana siguiente, ya estaba vestido cuando yo despert�.
-��Y entonces fuiste a Munich con �l?
-�No.
-��Qu� hiciste, pues?
-�Por la tarde cog� el avi�n de Londres.
-��Qu� autom�vil llevaba Michel?
-�Un coche de alquiler.
-��Qu� marca?
Era un BMW, pero Charlie fingi� no acordarse. Helga le pregunt�.
-��Y por qu� no fuiste con �l a Munich?
-�El no quer�a que cruz�ramos juntos la frontera. Dijo que ten�a que hacer un trabajo.
-��Esto te dijo? �Que ten�a que trabajar? �Qu� tonter�a! No me extra�a que fueras capaz de traicionarle.
-�Dijo que ten�a que coger el Mercedes y llevarlo a un sitio, siguiendo instrucciones de su hermano.
Esta vez, Helga no dio muestras de pasmo, ni siquiera de indignaci�n, ante la magnitud de la indiscreci�n de Michel. Helga pensaba en actuar, s�, ya que ten�a fe en la actuaci�n. Anduvo hasta la puerta, la abri� de par en par, y, mediante ademanes, orden� en�rgicamente a Mesterbein que regresara. Dio media vuelta sobre s� misma, se puso en jarras y fij� la vista en Charlie. Los grandes y p�lidos ojos de Helga eran un peligroso y alarmante vac�o. Helga observ�:
-�De repente te has convertido en Roma, querida. Todos los caminos conducen a ti. Es una actitud terriblemente perversa. Eras la amante secreta de Michel, condujiste su autom�vil, pasaste la �ltima noche de su vida con �l. �Sab�as lo que iba dentro del autom�vil que tu condujiste?
-�Explosivos.
-�Tonter�as. �Qu� clase de explosivos?
-�Pl�stico ruso, doscientas libras.
-�Esto te lo dijo la polic�a. Es la mentira que la polic�a dice ahora. La polic�a siempre miente.
-�Me lo dijo Michel.
Helga solt� una falsa y airada carcajada:
-��Oh Charlie! Ahora no creo ni media palabra de cuanto has dicho. Mientes en todo momento.
A pasos silenciosos, Mesterbein hab�a llegado junto a Helga quien dijo:
-�Anton, ahora todo est� claro. Nuestra joven viuda es una embustera de cabo a rabo. Tengo la seguridad de ello. Nada haremos para ayudarla. Nos vamos ahora mismo.
Mesterbein mir� a Charlie, Helga mir� a Charlie. Ninguno de los dos causaba la impresi�n de tener la certeza tan en�rgicamente expresada por Helga. Aunque esto no importaba a
Charlie. Charlie estaba sentada como una lacia mu�eca de trapo, una vez m�s indiferente a todo salvo a su propio dolor.
Helga se volvi� a sentar a su lado, y puso un brazo sobre los indiferentes hombros de Charlie, a quien dijo:
-��C�mo se llamaba el hermano? Anda, dilo.
Helga dio un leve beso a Charlie en el p�mulo, y a�adi�:
-�Quiz� podamos ser amigos tuyos, a fin de cuentas. Tenemos que andar con tiento, tenemos que alardear un poco de lo que tenemos. Es natural. Bueno, primero dime el nombre de Michel.
-�Salim, pero jur� no utilizarlo jam�s.
-��Y el nombre del hermano?
Charlie musit�:
-�El Jalil.
Charlie se ech� a llorar de nuevo, y murmur�:
-�Michel le adoraba.
-��Y su nombre profesional?
Charlie no comprendi� el significado de la pregunta, pero le daba igual. Contest�:
-�Era un secreto militar.
Decidi� conducir hasta caerse muerta de cansancio, algo as� como otra traves�a de Yugoslavia. Abandonar� la compa��a teatral, ir� a Nottingham y me matar� en aquella misma cama del motel.
Volv�a a encontrarse en aquel paraje des�rtico, sola y rozando los ciento treinta por hora, cuando poco falt� para que se saliera de la carretera. Detuvo el autom�vil y apart� bruscamente las manos del volante. Los m�sculos del cogote se le estremec�an como alambres al rojo, y se sent�a mareada.
Estaba sentada en el linde de la carretera, con la cabeza adelantada, entre sus rodillas. Un par de caballos salvajes se acerc� y la observaron. La hierba era larga y estaba mojada por el roc�o del alba. Charlie alarg� las manos, se las humedeci� en la hierba y se las pas� por la cara. Una motocicleta pas� despacio ante ella, y vio que el muchacho que la montaba la miraba dubitativo, como si pensara en la conveniencia de detenerse y prestarle ayuda. Por entre los dedos, le vio desaparecer. �Es uno de los nuestros, es uno de los otros? Regres� al autom�vil y anot� la matr�cula. Por una vez en la vida no confi� en su memoria. Las orqu�deas de Michel reposaban en el asiento contiguo. S�, ya que Charlie las hab�a reclamado al irse. Helga se resisti� diciendo:
-��Charlie, no seas rid�cula! Eres excesivamente sentimental. �Pues j�dete, Helga. Las orqu�deas son m�as.�
Se encontraba en una altiplanicie sin �rboles, de color rosado y casta�o. La luz del sol naciente incid�a en su espejo retrovisor. La radio difund�a un programa en franc�s. Parec�a tratarse de un programa de preguntas y respuestas acerca de problemas de muchachas j�venes, pero Charlie no pod�a comprender lo que se dec�a.
Pas� junto a un dormido remolque azul, aparcado en un campo. Un Land Rover vac�o estaba al lado del remolque, y al lado del Land Rover colgaba ropa de beb� colgada de un alambre destinado a estos menesteres, pero en forma de antena telesc�pica. �D�nde hab�a visto Charlie un alambre de aquel tipo? En ning�n sitio. Jam�s.
Se tumb� en su cama de la casa de hu�spedes, observando como la luz del d�a iba iluminando el techo, escuchando el zureo de las palomas en el alf�izar de la ventana. Joseph le hab�a advertido: �Lo m�s peligroso es bajar de la monta�a.� Charlie oy� un furtivo paso en el corredor. Son ellos. �Pero cu�les de ellos? Siempre la misma interrogante. �Rojo? No, se�or agente, en mi vida he conducido un Mercedes rojo, as� es que haga el favor de salir de mi dormitorio. Una gota de sudor fr�o se desliz� por su desnudo est�mago. Mentalmente, Charlie sigui� el trayecto de la gota de sudor hasta el ombligo, y, luego, desliz�ndose hacia la s�bana.
Un gemido del suelo de madera, un reprimido bufido de esfuerzo. Est� mirando por el ojo de la cerradura. Una punta de papel que pasaba por debajo de la puerta. Y el papel se balanceaba a uno y otro lado. Y crec�a. Humphrey, el muchacho gordo le estaba entregando el Daily Telegraph.
Se hab�a ba�ado y se hab�a vestido. Condujo despacio, por calles de segundo orden, deteni�ndose ante un par de tiendas que hall� en su camino, tal como �l le hab�a ense�ado. Se hab�a vestido descuidadamente, o, por lo menos, llevaba el cabello desali�ado. Nadie que se fijara en su aire atontado y en su aspecto desali�ado hubiera podido dudar que la muchacha se sent�a desgraciada. La carretera se oscureci�, olmos enfermos se cern�an sobre ella, y entre ellos se encontraba, agazapada, una iglesia t�pica de Cornualles. Detuvo el autom�vil y empuj� la puerta de hierro en la verja. Las tumbas eran muy viejas. Pocas de ellas ten�an inscripciones. Hab�a una algo apartada de las dem�s. �Ser�a la tumba de un suicida? �De un asesino? Estaba equivocada: era la tumba de un revolucionario. Arrodill�ndose, Charlie dej� las orqu�deas en aquel extremo de la tumba en que, a su juicio, reposaba la cabeza. Un impulso de luto, pens� Charlie, mientras penetraba en el aire estancado y fr�o como el hielo de la iglesia. Si, aquello era algo que Charlie hubiera hecho, habida cuenta de las circunstancias, en el teatro de la realidad.
Pas� otra hora haciendo lo mismo, vagando al azar, deteniendo el autom�vil sin que tuviera raz�n alguna para ello, como no fuera la de apoyarse en una valla y contemplar el paisaje. 0 apoyarse en una valla y no mirar nada. Hasta pasadas las doce, Charlie no tuvo la certeza de que la motocicleta hab�a dejado de seguirla. Pero, incluso entonces, Charlie efectu� varias incongruentes desviaciones, y penetr� en dos iglesias m�s, antes de tomar la carretera principal que llevaba a Falmouth.
El hotel ten�a aspecto de rancho y se encontraba en el estuario de Helford, ten�a una piscina interior y una sauna, as� como un campo de golf con nueve hoyos, y sus clientes presentaban aspecto de hoteleros. Hab�a estado en los otros hoteles, pero no en �ste, hasta ahora. El hab�a firmado en el libro registro en concepto de editor alem�n, y hab�a tra�do consigo un mont�n de libros ilegibles, para demostrar su aserto. El hab�a dado generosas propinas a las se�oras de la centralita telef�nica, dici�ndoles que ten�a negocios con personas de todas las partes del mundo, que no respetaban el descanso del pr�jimo. Los camareros y mozos le consideraban un cliente generoso, pero que viv�a con un horario altamente insociable. Hab�a vivido de esta manera utilizando diversos nombres y diversos pretextos, en el curso de las �ltimas dos semanas, mientras segu�a los pasos de Charlie, en solitario safari, a lo largo y ancho de la pen�nsula. Hab�a yacido en camas y contemplado techos, igual que Charlie. Habl� por tel�fono con Kurtz, y se mantuvo al tanto de las operaciones de Litvak, segundo a segundo. Alguna que otra vez hab�a hablado con Charlie, hab�a comido con ella alguna que otra vez, y le hab�a ense�ado m�s trucos referentes a escrituras secretas y a comunicaciones por otros medios. Hab�a sido tan prisionero de Charlie como �sta lo hab�a sido de �l.