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Электронная книга - «La isla misteriosa». Краткое содержание книги:

La isla misteriosa
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Durante los nueve d�as que deb�an preceder al de la marcha, se convino en dar la �ltima mano a las tareas de la meseta de la Gran Vista.

Sin embargo, Ayrton deb�a volver a la dehesa, donde los animales dom�sticos reclamaban sus cuidados. Se decidi� que pasar�a en ella dos d�as y no volver�a al Palacio de granito hasta despu�s de haber dejado ampliamente provistos los establos.

Cuando iba a marchar, Ciro Smith le pregunt� si quer�a que uno le acompa�ase, indic�ndole que la isla no era tan segura como antes.

Ayrton respondi� que no necesitaba compa��a, que �l bastar�a para todo, y que, por lo dem�s, no tem�a nada. Si ocurr�a alg�n incidente en la dehesa o en los alrededores, avisar�a inmediatamente a los colonos por un telegrama dirigido al Palacio de granito.

Ayrton parti� el 9 al amanecer, llev�ndose el carro tirado por un solo onagro, y dos horas despu�s el timbre el�ctrico anunciaba que todo lo hab�a encontrado en orden en la dehesa.

Durante aquellos dos d�as Ciro Smith se ocup� en un proyecto que deb�a poner el Palacio de granito al abrigo de toda sorpresa. Consist�a en ocultar el orificio superior del antiguo desag�e, que estaba obstruido con cal y canto y medio oculto bajo hierbas y plantas, en el �ngulo sur del lago Grant. Nada m�s f�cil de llevar a cabo, puesto que bastaba volver a levantar dos o tres pies el nivel de las aguas del lago, que ocultar�an por completo el orificio.

Para levantar este nivel, bastaba establecer un dique a las dos sangr�as hechas al lago y por las cuales se alimentaban el arroyo de la Glicerina y el de la Gran Cascada. Ciro Smith anim� a los colonos para este trabajo y en breve se levantaron los dos diques, que superaban de siete a ocho pies de anchura por tres de altura, y que fueron construidos con trozos de roca bien cimentados.

Terminado ese trabajo, era imposible sospechar que en la punta del lago existiese un conducto subterr�neo, por el cual se escapaba en otro tiempo el sobrante de las aguas.

Huelga decir que no se obstruy� enteramente la peque�a derivaci�n que serv�a para alimentar el recept�culo del Palacio de granito y hacer funcionar el ascensor. Aquel retiro, seguro y c�modo, pod�a desafiar toda sorpresa y todo golpe de mano.

Las obras quedaron r�pidamente realizadas y Pencroff, Gede�n Spilett y Harbert tuvieron todav�a tiempo de hacer una expedici�n hasta el puerto del Globo. El marino deseaba ardientemente saber si la peque�a ensenada, en cuyo fondo estaba anclado el Buenaventura, hab�a sido visitada por los piratas.

-�Precisamente -dijo-esos caballeros han tomado tierra en la costa meridional y, si han seguido el litoral, quiz�s han descubierto el puertecito, en cuyo caso no doy medio d�lar por nuestro Buenaventura.

Los temores de Pencroff no carec�an de fundamento y por consiguiente pareci� muy oportuna una visita al puerto del Globo.

El marino y sus compa�eros partieron la tarde del 10 de noviembre; iban bien armados. Pencroff, al meter ostensiblemente dos balas en cada ca��n de su fusil, mov�a la cabeza con cierto aire que no presagiaba nada bueno para quien se le acercara mucho, hombre o fiera, seg�n �l dec�a. Gede�n Spilett y Harbert tomaron tambi�n sus fusiles y hacia las tres de la tarde salieron del Palacio de granito.

Nab les acompa�� hasta el recodo del r�o de la Merced y, despu�s de haberles dado paso, levant� el puente. Se hab�a convenido en que la vuelta de los colonos se anunciar�a por un tiro, a cuya se�al Nab volver�a a restablecer la comunicaci�n entre las dos orillas del r�o.

La peque�a caravana se adelant� por el camino del Puerto hasta la costa meridional de la isla. La distancia no era m�s que de tres millas y media, pero Gede�n Spilett y sus dos compa�eros tardaron dos horas en atravesarla, porque fueron registrando toda la orilla del camino, tanto del lado del espeso bosque cuanto del pantano de los Tadornes. No encontraron huellas de los fugitivos, que, sin duda, no sabiendo todav�a cu�ntos eran los colonos, ni qu� medios de defensa ten�an, se hab�an ido a refugiar a las partes menos accesibles de la isla.

Pencroff, al llegar al puerto del Globo, vio con gran satisfacci�n al Buenaventura tranquilamente fondeado en la estrecha ensenada. Por lo dem�s, el puerto del Globo estaba tan oculto entre las altas rocas, que ni desde el mar ni desde la tierra se le pod�a descubrir hasta no estar encima o dentro de �l.

-�Vamos -dijo Pencroff-, esos tunantes todav�a no han venido aqu�. Las altas hierbas van mejor a los reptiles y los encontraremos en el Far-West.

-�Lo cual es una fortuna -a�adi� Harbert-, porque, si hubieran encontrado el Buenaventura, se habr�an apoderado de �l para huir y no podr�amos volver pronto a la isla Tabor.

-�En efecto -dijo el periodista-, es importante llevar un documento que d� a conocer la situaci�n de la isla Lincoln y la nueva residencia de Ayrton para el caso de que el yate escoc�s volviese.

-�Pues bien, el Buenaventura est� ah� dispuesto a todo, se�or Spilett repuso el marino-. El y su tripulaci�n est�n preparados para salir a la primera se�al.

-�Creo, Pencroff, que haremos eso luego que se termine nuestra expedici�n por la isla. Es posible que ese desconocido, si logramos encontrarlo, sepa mucho m�s que nosotros sobre la isla Lincoln y la Tabor. No olvidemos que es el autor del documento y quiz�s sabe a qu� atenerse sobre la vuelta del yate.

-��Mil diablos! -exclam� Pencroff-. �Qui�n puede ser ese hombre, ese personaje que nos conoce y a quien no conocemos? Si es un simple n�ufrago, �por qu� se oculta? Somos buena gente, y la compa��a de personas honradas no es desagradable para nadie. �Ha venido voluntariamente aqu�? �Puede abandonar la isla si le da la gana? �Est� todav�a en ella? �Se ha marchado ya?

Hablando as�, Pencroff, Harbert y Gede�n Spilett se hab�an embarcado y recorr�an el puente del Buenaventura. De repente, el marino, habiendo examinado la bita sobre la cual estaba arrollado el cable del ancla, dijo:

-��Vaya, esto s� que es raro! -�Qu� pasa, Pencroff? -pregunt� el periodista.

-�No he hecho este nudo.

Y Pencroff mostraba la cuerda que amarraba el cable sobre la bita, para impedirla desasirse.

-��C�mo que no? -pregunt� Gede�n Spilett.

-�No, lo jurar�a� Es un nudo plano y tengo costumbre de hacer dos cotes. -�No se habr� equivocado, Pencroff?

-�No, se�or, no me he equivocado -afirm� el marino-. No cabe equivocaci�n, porque tengo la mano hecha a esos nudos y la mano no se enga�a.

-�Entonces los presidiarios habr�n venido a bordo -dijo Harbert.

-�No lo s� -contest� Pencroff-, pero lo cierto es que se ha levantado el ancla del Buenaventura y se ha fondeado de nuevo. Miren, aqu� hay otra prueba. Se ha largado el ancla y su guarnici�n no est� en el rozadero del escob�n. Repito que han usado nuestra embarcaci�n.

-�Pero si los presidiarios hubieran usado el Buenaventura, lo habr�an saqueado o habr�an huido�

-��Huido! �Ad�nde?� �A la isla Tabor?� -pregunt� Pencroff-. �Creen que se habr�an aventurado en un buque de tan poco calado?

-�Entonces habr�a que admitir que sab�an la situaci�n de este islote dijo el periodista.

-�De todos modos -a�adi� el marino-, tan cierto como yo me llamo Buenaventura Pencroff y soy de Vineyard, nuestro buque ha navegado sin nosotros.

El marino dec�a estas palabras con un tono tan afirmativo, que ni Gede�n Spilett ni Harbert pudieron hacerle objeci�n alguna. Era evidente que la embarcaci�n hab�a navegado y vuelto al puerto del Globo. Para el marino no hab�a duda alguna de que se hab�a levado el ancla y echado despu�s. Ahora bien, �para qu� estas dos maniobras si el buque no hab�a sido empleado en alguna expedici�n?

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