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Электронная книга - «La isla misteriosa». Краткое содержание книги:

La isla misteriosa
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-Mucho ms seguros estaremos de ello cuando los hayamos probado repuso Pencroff.

Huelga decir que los cuatro caones se hallaban en perfecto estado de conservacin. Desde que haban sido sacados del agua, el marino se haba ocupado en bruirlos.

Cuntas horas haba pasado frotndolos, dndoles grasa, pulimentndolos, limpiando el mecanismo del obturador y el tornillo de presin! As, las piezas estaban a la sazn tan brillantes como si se encontrasen a bordo de una fragata de la marina de Estados Unidos.

Aquel da, en presencia de todo el personal de la colonia, incluido maese Jup y Top, se probaron sucesivamente los cuatro caones.

Pencroff, teniendo la cuerda del estopn, estaba preparado para hacer fuego. A una seal de Ciro Smith, sali el tiro. La bala, dirigida hacia el mar, pas por encima del islote y fue a perderse a lo lejos, a una distancia que no se pudo apreciar con exactitud.

El segundo can fue apuntado hacia las ltimas rocas de la punta del Pecio y el proyectil, dando en una piedra aguda, a unas tres millas del Palacio de granito, la hizo volar en pedazos.

Harbert haba apuntado el can y tirado. Se qued orgulloso del xito de su primer ensayo. Pero ms orgulloso que l estaba Pencroff de aquel tiro que redundaba en honor de su querido nio.

El tercer proyectil, lanzado hacia las dunas que formaba la costa superior de la baha de la Unin, dio en la arena, a una distancia por lo menos de cuatro millas, y despus de haber rebotado se perdi en el mar, en medio de una nube de espuma.

Para el tiro de la cuarta pieza, Ciro Smith forz un poco la carga, a fin de probar el alcance mximo; despus, habindose apartado todos para el caso de que la pieza reventara, se inflam el estopn por medio de una larga cuerda. Se oy una violenta

detonacin, pero la Pieza haba resistido, y los colonos, precipitndose a la ventana, pudieron ver el proyectil romper las puntas de las rocas del cabo Mandbula, a unas cinco millas del Palacio de granito, y desaparecer en el golfo de Tiburn.

-Y bien, seor Ciro -exclam Pencroff, cuyos hurras hubieran podido rivalizar con las detonaciones de las piezas-. Qu me cuenta usted de nuestra batera? Aunque se presentaran todos los piratas del Pacfico delante del Palacio de granito, ni uno solo podra desembarcar sin nuestro permiso.

-Crame, Pencroff -contest el ingeniero-, vale ms que no se presenten y que no tengamos que hacer la prueba.

-A propsito -dijo el marino-, y los seis tunantes que andan por la isla? Qu haremos de ellos? Vamos a dejarlos correr por nuestros bosques, campos y praderas? Son verdaderos jaguares esos piratas y creo que no debemos vacilar en tratarlos como tales. Qu opina, Ayrton? -aadi Pencroff, volvindose hacia su compaero.

El interpelado guard silencio y Ciro Smith sinti que Pencroff le hubiera hecho un poco ligeramente aquella pregunta. Sinti una viva emocin, cuando Ayrton contest con voz humilde:

-Yo he sido uno de esos jaguares, seor Pencroff, y no tengo derecho a hablar Y se alej con paso lento.

-Qu bestia soy! -exclam Pencroff-. Pobre Ayrton! Sin embargo, tiene derecho a hablar tanto como el primero.

-S -dijo Geden Spilett-. Su reserva le honra y conviene respetar el recuerdo que tiene de su triste pasado.

-Entendido, seor Spilett -contest el marino-, no volver a suceder. Preferira cortarme la lengua que causar un disgusto a Ayrton. Pero, volviendo a la cuestin, me parece que esos bandidos no tienen derecho a nuestra misericordia y que debemos lo ms pronto posible desembarazamos de ellos.

-Ese es su parecer, Pencroff? -pregunt el ingeniero. -S, seor.

-Y antes de perseguirlos sin piedad, no quiere usted esperar a que hayan cometido algn nuevo acto de hostilidad contra nosotros?

-Cmo! No basta lo que han hecho ya? -pregunt Pencroff, que no comprenda la razn de tales escrpulos.

-Pueden mejorar de sentimientos -dijo Ciro Smith-y arrepentirse!

-Arrepentirse! -exclam el marino encogindose de hombros.

-Pencroff, acurdate de Ayrton -dijo entonces Harbert tomando la mano del marino-. Ya ves que se ha hecho hombre honrado.

Pencroff mir a sus compaeros uno tras otro, porque jams habra credo que su proposicin debiera suscitar discusin alguna. Su ruda naturaleza no poda admitir que se transigiera con los malvados que haban desembarcado en la isla, con los cmplices de Bob Harvey, con los asesinos de la tripulacin del Speedy y los miraba como fieras que deban destruir sin vacilacin y remordimiento.

-Caramba! -dijo-. Todo el mundo est contra m. Quieren ser generosos con esa canalla? Sea! Ojal no tengamos que arrepentimos!

-Qu peligro corremos -dijo Harbert-, si tenemos cuidado de vivir alerta?

-Hum! -dijo el periodista, que no se inclinaba demasiado a la clemencia-. Son seis y bien armados. Si cada uno se embosca en un punto y hace fuego sobre uno de nosotros, pronto sern dueos de la colina.

-Y por qu no lo han hecho ya? -pregunt Harbert-. Sin duda porque no les conviene hacerlo. Por lo dems, tambin nosotros somos seis.

-Bueno, bueno -repuso Pencroff, a quien no poda convencer ningn razonamiento-. Dejemos a esa gente en sus ocupaciones y no pensemos en ellos

-Vamos, Pencroff -dijo Nab-, no te hagas peor de lo que eres. Si uno de esos miserables estuviera aqu, delante de ti, al alcance de tu fusil, no le dispararas

-Le tirara como a un perro rabioso, Nab -contest framente el marino.

-Pencroff -dijo entonces el ingeniero-, muchas veces ha manifestado gran deferencia a mis opiniones. Quiere hacer lo mismo en esta ocasin?

-Har lo que mande, seor Smith -contest el marino, que, por lo dems, no se haba convencido.

-Pues bien, esperemos sin atacar hasta que seamos atacados.

Tal fue la conducta que se acord observar respecto a los piratas, aunque Pencroff no auguraba de ella nada bueno. No se los atacara, pero se vivira alerta. Al fin y al cabo, la isla era grande y frtil. Si algn sentimiento de honradez quedaba en el fondo del alma de aquellos miserables, podran enmendarse. No estaba su inters bien entendido en emprender una vida nueva en las condiciones en que necesariamente tenan que vivir? En todo caso, aunque slo fuera por humanidad, haba que esperar. Los colonos no tenan ya como antes la facilidad de ir y venir por la isla sin desconfianza alguna. Hasta entonces no haban tenido que guardarse sino de las fieras, pero a la sazn, seis presidiarios, tal vez de la peor especie, vagaban por la isla. El hecho era grave, sin duda, y para personas menos valientes hubiera equivalido a perder la seguridad.

No importaba. Por el momento, los colonos tenan razn contra Pencroff. La tendran ms adelante?

Los sucesos lo dirn.

6. Se interrumpe el telgrafo entre la dehesa y el Palacio de granito

La gran preocupacin de los colonos por el momento era verificar la exploracin completa de la isla, ya decidido, que tendra dos fines: descubrir el ser misterioso, cuya existencia no era ya discutible, y al mismo tiempo salar qu haba sido de los piratas, el retiro que haban elegido, la vida que llevaban y lo que poda temerse de su parte.

Ciro Smith deseaba partir inmediatamente, pero la expedicin deba durar muchos das y pareca conveniente cargar el carro con diversos efectos de campamento y utensilios que facilitaran la organizacin de las etapas. Ahora bien, en aquel momento, uno de los onagros, herido en la pata, no poda ser enganchado al carro; necesitaba unos das de descanso, y se crey poder aplazar la partida para dentro de una semana, es decir, para el 20 de noviembre. En aquella latitud, corresponde al mes de mayo de las zonas boreales, era primavera. El sol entraba en el trpico de Capricornio y daba los das ms largos del ao. La poca deba ser completamente favorable para la expedicin proyectada, expedicin que, si no alcanzaba su principal objetivo, poda ser fecunda en descubrimientos, sobre todo desde el punto de vista de las producciones naturales, puesto que Ciro Smith se propona explorar los espesos bosques del Far-West, que se extendan hasta el extremo de la pennsula Serpentina.

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