La chica del tambor
- Автор: Ле Карре Джон
- Язык: испанский
- Жанр: Шпионские детективы
Электронная книга - «La chica del tambor». Краткое содержание книги:
-��Has le�do a Erich Fromm, Charlie?
Con l�gubres acentos, mientras miraba a las dos mujeres, Anton dijo:
-�Cuando Helga ha dicho posesiones quer�a decir propiedades o propiedad. Esta es la esencia de la filosof�a moral de la se�orita Helga. Tiene fe en la bondad fundamental, y tambi�n en la superioridad de la naturaleza sobre la ciencia.
Y Anton, como si quisiera interponer su persona entre las dos mujeres, a�adi�: -Es lo que ella y yo creemos.
Helga, ech�ndose de nuevo la rubia melena hacia atr�s, y mientras ya pensaba en otra cosa absolutamente diferente, repiti�:
-��Has le�do a Erich Fromm? Estoy totalmente enamorada de �l.
Helga se puso en cuclillas ante el fuego y alarg� las manos para calent�rselas. Dijo:
-�Cuando admiro a un fil�sofo, me enamoro de �l. Esto tambi�n es t�pico en m�.
Ten�a Helga una gracia superficial en sus movimientos, unida a cierta torpeza de quincea�era. Calzaba zapatos sin tacones, para no incrementar su considerable altura.
Charlie pregunt�:
-��D�nde est� Michel?
Desde su rinc�n, Mesterbein observ� secamente:
-�La se�orita Helga no sabe d�nde se encuentra Michel. La se�orita Helga no es abogado, y ha venido aqu� s�lo por el placer del viaje y en busca de la justicia. La se�orita Helga nada sabe de las actividades y del paradero de Michel. Si�ntese, por favor, se�orita Charlie.
Charlie sigui� en pie, pero Mesterbein se sent� en una silla y coloc� cruzadas sus blancas y limpias manos sobre sus muslos. Sin trinchera, Mesterbein luc�a ahora un traje casta�o, nuevo. Parec�a un regalo de cumplea�os que le hubiera hecho su madre. Charlie dijo: -Me dijo que ten�a noticias de �l.
Un temblor se hab�a apoderado de la voz de Charlie, quien sent�a los labios r�gidos. Helga, ahora tendida en el suelo, se volvi� hacia Charlie. Helga oprimi� con aire pensativo la u�a de su dedo pulgar contra sus fuertes dientes frontales. Mesterbein pregunt� a Charlie: -�Cu�ndo vio por �ltima vez a Michel? Charlie ya no sab�a a cu�l de los dos mirar. Repuso: -En Salzburgo. Desde el suelo, Helga observ�: -Salzburgo no es una fecha. -Hace cinco o seis semanas. �D�nde est�? Mesterbein pregunt�:
-��Y cu�ndo tuvo noticias de �l por �ltima vez? -�Quiero saber d�nde est�! �Qu� le ha ocurrido? Se volvi� hacia Helga, insistiendo: -�D�nde est�? Mesterbein pregunt�:
-��Y nadie la visit� o la llam�? �Amigos? �La polic�a? Helga insinu�: -Quiz� tu memoria no sea tan buena como dices, Charlie. Mesterbein dijo:
-�Por favor, se�orita Charlie, d�ganos con quien ha estado usted en contacto. Inmediatamente. Es absolutamente necesario. Estamos aqu� para solucionar asuntos urgentes. Helga, mientras dirig�a a Charlie una mirada l�mpida e interrogativa, dijo:
-�En realidad, Charlie puede mentir con gran facilidad, siendo como es tan buena actriz. �Qu� podemos creer de cuanto nos diga una mujer tan preparada para fingir?
Como si hiciera una nota mental para su actuaci�n en el pr�ximo futuro, Mesterbein se mostr� de acuerdo con Helga:
-�Debemos andar con mucho cuidado.
La doble y conjunta actuaci�n de aquellos dos ten�a cierto matiz de sadismo. Estaban hurgando en una herida que Charlie a�n no sent�a. Mir� a Helga y luego a Mesterbein. A Charlie se le escaparon las palabras, no pudo evitarlo. En un susurro pregunt�:
-��Ha muerto, verdad?
Helga pareci� no haberla o�do. Estaba totalmente absorta en la contemplaci�n de Charlie. En tono l�gubre, Mesterbein dijo:
-��Oh, s�! Michel ha muerto. Como y es natural, lo siento. La se�orita Helga tambi�n lo siente. Los dos lo sentimos mucho. Y a juzgar por las cartas que usted le escribi�, le aseguramos que tambi�n usted lo sentir�, se�orita Charlie.
Aquello, a Charlie, s�lo una vez le hab�a ocurrido en toda su vida. Fue en la escuela. Trescientas muchachas situadas junto a las paredes del gimnasio, la directora en medio, y todas esperando que la culpable confesara. Charlie hab�a estado observando a las chicas a su alrededor, junto con las compa�eras m�s listas, con el fin de identificar a la culpable. �Es ella? Apostar�a a que ha sido ella. Charlie no se hab�a sonrojado, ten�a la expresi�n grave e inocente, y luego se demostr� que verdaderamente nada hab�a hurtado. Pero, de repente, las rodillas le fallaron, y cay� redonda al suelo, sinti�ndose perfectamente de la cintura para arriba, pero paralizada de cintura para abajo. Y esto fue lo que ahora le ocurri�. No fue un acto fingido. Le ocurri� antes de que se diera cuenta de ello, incluso antes de que siquiera a medias se hubiera percatado de la enormidad de la informaci�n, y antes de que Helga pudiera cogerla. Se tambale� y se estrell� contra el suelo, con un golpe sordo, de modo que la l�mpara pendiente del techo dio un leve salto. R�pidamente, Helga se arrodill� al lado de Charlie, murmur� algo en alem�n, y puso su confortante mano femenina sobre el hombro de Charlie, en adem�n suave, sin afectaci�n. Mesterbein no la toc�. Toda su atenci�n se centraba en la manera en que Charlie lloraba.
Charlie ten�a la cara de lado, apoyada por una mejilla en una de sus manos crispadas en forma de pu�o; por lo que sus l�grimas no descend�an por su cara, sino que la cruzaban. Poco a poco, las l�grimas de Charlie parecieron alegrar a Mesterbein, quien en momento alguno hab�a dejado de mirarla. Mesterbein efectu� un lev�simo movimiento afirmativo con la cabeza, que bien hubiera podido parecer un movimiento de aprobaci�n. Estuvo junto a las dos mujeres, mientras Helga llevaba a Charlie, en brazos, al sof�, en donde la dej� de nuevo yacente, con las manos en la cara, y contra los �speros almohadones, llorando como solo los verdaderamente apenados y los ni�os pueden llorar. Agitaci�n, ira, culpabilidad, remordimientos, terror� Charlie reconoci� todas y cada una de estas emociones cual las fases de una interpretaci�n controlada, pero profundamente sentida. S�, yo lo sab�a. No, yo no lo sab�a. No me permit�a a m� misma pensar. Tramposos, asesinos fascistas tram posos, hijos de mala madre que hab�is asesinado a mi amante en el teatro de la realidad.
Charlie seguramente dijo algo de lo anterior en voz alta. En realidad, sab�a que hab�a sido as�. Charlie hab�a medido y seleccionado sus estranguladas frases, incluso mientras el dolor la desgarraba: �Fascistas hijos de mala madre, �cerdos, oh Dios!, Michel.�
Hubo una pausa y, despu�s, Charlie oy� la inalterable voz de Mesterbein invit�ndole a proseguir, pero Charlie hizo caso omiso de �l, y sigui� balanceando la cabeza a uno y otro lado. Se ahogaba y padec�a arcadas, las palabras se le pegaban a la garganta y se tropezaban con sus labios. Las l�grimas, el sufrimiento, los sollozos constantes no constitu�an problema alguno para Charlie, ya que estaba perfectamente acostumbrada a las fuentes de su dolor y de su indignaci�n. Ninguna necesidad ten�a de pensar en su padre, cuyo camino hacia la tumba hab�a sido acortado por la verg�enza de la expulsi�n de Charlie de la escuela, ni de imaginarse a s� misma como a una tr�gica ni�a en la selva de la vida adulta, que era lo que sol�a hacer. Para que las l�grimas acudieran a sus ojos, le bastaba con recordar a aquel medio domesticado muchacho �rabe que le hab�a devuelto la capacidad de amar, que hab�a dado a su vivir la orientaci�n que ella siempre hab�a ansiado, y que ahora estaba muerto.
En ingl�s, Mesterbein dijo a Helga:
-�Dice que fueron los sionistas. �Por qu� culpa a los sionistas, cuando en realidad fue un accidente? La polic�a nos ha asegurado que fue un accidente. �Por qu� contradice a la polic�a? Es muy peligroso llevarle la contraria a la polic�a.
Pero Helga, o bien ya se hab�a enterado de lo anterior, o bien no le interesaba. Helga, con su mano fuerte y pr�ctica, meditativa la expresi�n, apartaba suavemente el pelo rojo de la cara de Charlie. Luego se sent�, para vigilar a Charlie, en espera de que �sta dejara de llorar y comenzara a dar explicaciones.
Helga hizo caf� en el hornillo el�ctrico. Charlie se sent� en el sof� sosteniendo la taza con las dos manos, inclinada sobre ella como si inhalara el vapor, mientras las l�grimas segu�an resbalando por sus mejillas. Helga hab�a puesto un brazo sobre los hombros de Charlie, y Mesterbein estaba sentado frente a las dos, observ�ndolas desde la penumbra de su propio mundo interior.