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Электронная книга - «La isla misteriosa». Краткое содержание книги:

La isla misteriosa
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Precipitarse al ascensor, elevarse hasta la puerta del Palacio de granito, donde Top y Jup estaban encerrados desde la v�spera, y lanzarse al sal�n, fue cuesti�n de un momento.

Ya era tiempo, porque los colonos, a trav�s del ramaje de las ventanas, vieron al Speedy, rodeado de humo, que enfilaba el canal; y aun tuvieron que ocultarse porque las descargas eran incesantes y las balas de los cuatro ca�ones chocaban ciegamente sobre la posici�n del r�o de la Merced, aunque no estaba ocupada ya, y sobre las Chimeneas. Las rocas saltaban en pedazos y un griter�o acompa�aba a cada detonaci�n.

Sin embargo, pod�a esperarse que el Palacio de granito no sufriera da�o alguno, gracias a la precauci�n que Ciro Smith hab�a tomado de disimular las ventanas; pero, pocos momentos despu�s, una bala, rozando en el hueco de la puerta, penetr� en el corredor.

-��Maldici�n, estamos descubiertos! -exclam� Pencroff.

Quiz� los colonos no hab�an sido vistos, pero seguramente Bob Harvey hab�a juzgado oportuno enviar un proyectil a trav�s del follaje sospechoso que ocultaba la parte alta del muro. En breve redobl� sus golpes, cuando otra bala, habiendo roto la cortina del follaje, dej� ver una gran abertura en el granito.

La situaci�n de los colonos era desesperada. Su retiro estaba descubierto. No pod�an poner obst�culo alguno a aquellos proyectiles, ni preservar la piedra, cuyos trozos volaban en metralla a su alrededor. No ten�an m�s remedio que refugiarse en el corredor superior del Palacio de granito y abandonar su morada a todas las devastaciones, cuando se oy� un ruido sordo que fue seguido de gritos espantosos.

Ciro Smith y los suyos se precipitaron a una de las ventanas.

El brick, irresistiblemente levantado por una especie de tromba l�quida, acababa de abrirse en dos, y en menos de dos segundos se hab�a sumergido con toda su criminal tripulaci�n.

4. La nave pirata, destruida, y los colonos se aprovechan de los restos

-��Volaron! -exclam� Harbert.

-�S�, han volado, como si Ayrton hubiese dado fuego a la p�lvora -dijo Pencroff, precipit�ndose al ascensor al mismo tiempo que Nab y el joven.

-��Pero qu� ha pasado? -pregunt� Gede�n Spilett, estupefacto de aquel inesperado desenlace.

-�Esta vez lo sabremos -contest� vivamente el ingeniero. -�Qu� sabremos?

-�Despu�s, despu�s� Venga, Spilett. Lo importante es que esos piratas hayan sido exterminados.

Y Ciro Smith, llevando consigo al periodista y a Ayrton, baj� a la playa, donde estaban Pencroff, Nab y Harbert.

No se ve�a nada del brick, ni siquiera su arboladura. Despu�s de haber sido levantado por la tromba, se hab�a tendido de costado, hundi�ndose en esta posici�n, a consecuencia de alguna enorme v�a de agua. Pero, como el canal en aquel paraje no med�a m�s que veinte pies de profundidad, el costado del buque sumergido reaparecer�a en la marea baja.

Algunos pecios flotaban en la superficie del mar. Se ve�a todo un conjunto de piezas de repuesto, m�stiles y vergas, y, adem�s, jaulas de gallinas con sus vol�tiles vivos, cajas y barriles, que poco a poco sub�an a la superficie despu�s de haber salido por las escotillas; pero no sal�a ning�n resto, ni de tablas del puente ni del forro del casco, lo que hac�a todav�a m�s inexplicable el hundimiento del Speedy.

Sin embargo, los dos m�stiles, que hab�an sido rotos a pocos pies por encima de la fogonadura, despu�s de haber roto a su vez estayes y obenques, subieron a la superficie con sus velas, unas desplegadas y otras ce�idas. No hab�a que dejar al reflujo llevarse todas aquellas riquezas. Ayrton y Pencroff se arrojaron en la piragua con la intenci�n de atraer todos aquellos pecios al litoral de la isla o al del islote.

Pero, cuando iban a embarcarse, una reflexi�n de Spilett les detuvo.

-��Y los seis piratas que han desembarcado en la orilla derecha de la Merced? -dijo el periodista.

En efecto, no deb�a olvidarse que los seis hombres que llevaban la canoa que se hab�a estrellado en las rocas hab�an saltado a tierra en la punta del Pecio.

Los colonos miraron en aquella direcci�n, pero ninguno de los fugitivos estaba a la vista. Era probable que, despu�s de haber visto al brick hundirse en las aguas del canal, hubieran huido al interior de la isla.

-�Despu�s nos ocuparemos de ellos -dijo Ciro Smith-. Pueden ser peligrosos, porque est�n armados, pero seis contra seis, las probabilidades son iguales. Veamos lo m�s urgente.

Ayrton y Pencroff se embarcaron en la piragua y remaron directamente hacia los pecios.

El mar estaba tranquilo, a la saz�n, y la marea era muy alta, porque la luna hab�a entrado en el novilunio hac�a dos d�as. Deb�a transcurrir m�s de una hora antes que el casco del brick pudiera sobresalir de las aguas del canal.

Ayrton y Pencroff tuvieron tiempo de amarrar los m�stiles y berlingas por medio de cuerdas, cuyo extremo se fij� en la playa del Palacio de granito. Los colonos, reuniendo sus esfuerzos, lograron halar todos aquellos pecios. Despu�s la piragua recogi� todo lo que flotaba: jaulas de gallinas, cajas y barriles, que inmediatamente fueron

transportados a las Chimeneas. Tambi�n sobrenadaban algunos cad�veres y, entre otros, Ayrton conoci� el de Bob Harvey y le mostr� a sus compa�eros:

-�Ah� tiene lo que he sido yo, Pencroff.

-�Pero que ya no es, valiente Ayrton -repuso el marino.

Era muy singular que fuesen tan pocos los cad�veres que sobrenadaban. No hab�a m�s que cinco o seis, y el reflujo comenzaba a llev�rselos hacia alta mar. Probablemente, los presidiarios, sorprendidos por el hundimiento, no hab�an tenido tiempo de huir y, habi�ndose tendido el buque de costado, la mayor parte hab�a quedado sepultada bajo el empalletado. Ahora bien, el reflujo que iba a arrastrar hacia alta mar los cad�veres de aquellos miserables ahorrar�a a los colonos la triste tarea de enterrarlos en alg�n rinc�n de la isla.

Por espacio de dos horas Ciro Smith y sus compa�eros se ocuparon �nicamente en halar los palos y berlingas sobre la arena, en desenvergar y poner en seco las velas que estaban perfectamente intactas. Hablaban poco, pues el trabajo les ten�a absortos, pero �cu�ntos pensamientos atravesaban sus �nimos! Era una fortuna la posesi�n de aquel brick, o mejor dicho, de todo lo que conten�a. En efecto, un buque es como un peque�o mundo e iba a aumentar el material de la colonia con muchos objetos �tiles. Ser�a, en grande, el equivalente de la caja hallada en la punta del Pecio.

Y, adem�s, pensaba Pencroff, "�Por qu� ha de ser imposible volver a poner a flote ese brick? Si no tiene m�s que una v�a de agua, se tapa, y un buque de trescientas o cuatrocientas toneladas es un verdadero nav�o, comparado con nuestro Buenaventura. Con un buque como �se se va lejos, se va adonde se quiere. El se�or Ciro, Ayrton y yo tendremos que examinar ese punto, porque la cosa vale la pena."

En efecto, si el brick estaba todav�a en disposici�n de navegar, las probabilidades de volver a la patria aumentaban en favor de los colonos. Mas, para decidir esta importante cuesti�n, conven�a esperar a que hubiera acabado de bajar la marea y poder visitar el casco del brick en todas sus partes.

Cuando aseguraron todos los pecios que hab�an salido a la superficie del mar, Ciro Smith y sus compa�eros se concedieron unos instantes para el almuerzo. El hambre los ten�a desmayados; por fortuna no estaba lejos la cocina y Nab pod�a pasar por cocinero excelente. Se almorz� junto a las Chimeneas y, mientras tanto, se habl� mucho del acontecimiento inesperado, que tan milagrosamente hab�a salvado la colonia.

-�Milagrosamente -repet�a Pencroff-, porque debemos confesar que esos tunantes han volado en el momento preciso. El Palacio de granito se iba haciendo completamente inhabitable.

-��Y sospecha usted, Pencroff -pregunt� el periodista-, c�mo ha pasado eso y qu� ha podido producir la voladura del brick?

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