La chica del tambor
- Автор: Ле Карре Джон
- Язык: испанский
- Жанр: Шпионские детективы
Электронная книга - «La chica del tambor». Краткое содержание книги:
El viaje que hicieron a Nottingham tuvo lugar en el quinto d�a de Charlie. Joseph tom� excepcionales precauciones. La recogi� en un Rover, junto a una muy lejana estaci�n del metro, un s�bado por la tarde, y la devolvi� a Londres el domingo por la tarde. Joseph acudi� a la cita con una peluca rubia para Charlie, muy buena, y con ropas de repuesto, incluido un vestido y un abrigo de pieles, en una maleta. Hab�a encargado una cena tard�a, y dicha cena fue tan mala como la primera. A mitad de la cena, Charlie dio muestras de sentir un miedo terrible de que el personal del establecimiento la reconociera, a pesar de la peluca y del abrigo de pieles, y le preguntara qu� hab�a sido de su �nico y verdadero amor. Luego fueron a su dormitorio, con dos castas camas separadas, que arreglaron por el medio de juntarlas y poner los colchones al trav�s. Por unos instantes, Charlie pens� que realmente iba a ocurrir. Charlie sali� del ba�o y encontr� a Joseph tendido cuan largo era en la cama, mir�ndola. Charlie se tendi� junto a �l y apoy� la cabeza en su pecho, luego levant� la cabeza y comenz� a besarle, con besos ligeros y en puntos favoritos, alrededor de las sienes, en las mejillas, y, por fin, en los labios. La mano de Joseph apart� un poco la cabeza de Charlie, la levant�, y Joseph bes� a Charlie, manteniendo la mano en la mejilla de la muchacha, y los ojos abiertos.
Luego, Joseph, la apart� muy suavemente y se sent�. Le dio otro beso: adi�s.
Mientras cog�a la chaqueta, Joseph dijo:
-�Escucha.
Joseph sonre�a. Era una sonrisa hermosa, su sonrisa dulce, su mejor sonrisa. Charlie escuch� y oy� el sonido de la lluvia de Nottinghamshire contra los cristales. Era la misma lluvia que les hab�a mantenido en cama durante dos noches y un d�a.
En la ma�ana siguiente repitieron nost�lgicamente las mismas excursioncillas que ella y Michel hab�an hecho por los contornos del hotel hasta que el deseo rec�proco les oblig� a regresar al motel. Lo hicieron todo para refrescar los recuerdos visuales de Charlie, cual explic� muy seriamente Joseph, lo cual daba, por a�adidura, la confianza de haberlo visto realmente. Entre estas lecciones, y a modo de descanso, Joseph le ense�� otras cosas. Se�ales silenciosas, las llamaba, y tambi�n le ense�� un m�todo de escritura secreta en el interior de paquetes de cigarrillos Marlboro, m�todo que, sin saber por qu�, Charlie fue incapaz de tomar en serio.
Varias veces se reunieron en una sastrer�a teatral, detr�s del Strand, por lo general despu�s de los ensayos.
Una gigantesca se�ora rubia de unos sesenta a�os, ataviada con muy anchas ropas, dec�a a Charlie cada vez que �sta entraba en la tienda:
-��Ha venido para las pruebas, verdad, querida? Por aqu�, querida.
Y la conduc�a a un dormitorio situado en la parte trasera, en donde Joseph estaba sentado esper�ndole, cual el cliente espera a la prostituta. El oto�o te sienta bien, pens� Charlie, al fijarse de nuevo en la escarcha que cubr�a las sienes de Joseph, y en el color ros�ceo de sus austeras mejillas. Te sienta bien y siempre te sentar� bien.
La mayor preocupaci�n de Charlie consist�a en averiguar una manera de poder entrar en contacto con Joseph: ��En d�nde te alojas? �C�mo puedo entrar en contacto contigo?�
Joseph contestaba que a trav�s de Cathy. Tienes las se�ales de seguridad y tienes a Cathy.
Cathy era el v�nculo de Charlie con la vida, la oficina de recepci�n de Joseph, y la protectora de la exclusividad de �ste. Todas las tardes, entre seis y ocho, Charlie entraba en una cabina telef�nica, siempre diferente, y marcaba un n�mero del West End, con el fin de que Cathy la guiara a trav�s del d�a: la manera en que se hab�an desarrollado los ensayos; qu� noticias hab�a de Al y de su grupo; c�mo se encontraba Quilley; si se hab�a hablado de nuevas interpretaciones; si ya hab�a celebrado entrevistas con referencia a la pel�cula; y qu� era lo que Charlie necesitaba, en el caso de que necesitara algo. A menudo, la conversaci�n telef�nica duraba una hora o m�s. Al principio, Charlie sent�a antipat�a hacia Cathy por considerar que representaba una mengua de sus relaciones con Joseph, pero poco a poco Charlie lleg� a esperar con placer las conversaciones con Cathy, debido a que �sta result� ser muy ingeniosa, dentro de un estilo algo anticuado, y que estaba dotada de muy notable sabidur�a pr�ctica. La imagen que Charlie ten�a de Cathy era la de una persona cordial, serena y posiblemente canadiense, parecida a una de aquellas imperturbables doctoras psiquiatras a cuya consulta acud�a Charlie, en la Tavistock Clinic, despu�s de haber sido expulsada de la escuela, cuando Charlie cre�a que estaba a punto de volverse loca. Y esta interpretaci�n de Charlie era notablemente inteligente, por cuanto si bien la se�orita Bach no era canadiense, sino norteamericana, pertenec�a a una familia en la que hab�a habido m�dicos durante muchas generaciones.
La casa de Hampstead que Kurtz hab�a alquilado para que en ella se aposentaran los vigilantes era muy grande, y se alzaba en un tranquilo paraje, frecuentado por los autom�viles de ense�anza de conducci�n de las escuelas Finchley. Los propietarios de dicha casa, obedeciendo una insinuaci�n de Marty, su buen amigo de Jerusal�n, se hab�an trasladado disimuladamente a Marlow, pero la casa que hab�an dejado moment�neamente segu�a siendo una fortaleza de discreta e intelectual elegancia. En la sala de estar hab�a cuadros debidos a Nolde, una fotograf�a de Thomas Mann firmada por el autor en cuesti�n estaba colgada en el invernadero, y una jaula de p�jaros que cantaba si se le daba cuerda, as� como una biblioteca con gimientes sillones de cuero, y una sala de m�sica con un gran piano Bechstein. Hab�a una sala de ping-pong en el s�tano, y en la parte trasera de la casa hab�a un denso y enmara�ado jard�n, con una gris y agrietada pista de tenis, en tan mal estado que los muchachos de la familia hab�an tenido que inventar un juego nuevo, consistente en una especie de golf-tenis, para aprovechar los muchos orificios y baches. En la parte delantera de la casa hab�a una caseta de guarda en la que los vigilantes pusieron un cartel que dec�a �Grupo de estudios hebraicos y humanistas. Entrada s�lo a los alumnos y al personal�, cartel que en Hampstead no produc�a la menor sorpresa.
En conjunto eran catorce, incluyendo a Litvak, pero se repartieron en las cuatro plantas con tal discreci�n y gatuno silencio que parec�a que en la casa no hubiera nadie. El estado de la moral del grupo nunca hab�a sido un problema, y la casa de Hampstead tuvo la virtud de elevarlo todav�a m�s. A todos les gustaba aquel mobiliario oscuro, as� como la sensaci�n de que todos los objetos a su alrededor parec�an saber m�s cosas que ellos. Les gustaba trabajar durante todo el d�a y a menudo durante media noche, as� como el haber regresado a aquel templo de elegante vivir jud�o, como tambi�n les gustaba vivir a tono con su legado hist�rico. Cuando Litvak interpretaba a Brahms, lo cual hac�a muy bien, incluso Rachel, que era una fan�tica de la m�sica pop, se olvidaba de sus prejuicios y bajaba a escucharle, a pesar de que, cual a menudo le recordaban, Rachel se hab�a rebelado, al principio, ante la idea de volver a Inglaterra, e hizo ostentaci�n de no viajar al amparo de un pasaporte ingl�s.
Animados por tan estupendo esp�ritu de equipo, se dispusieron a esperar, con puntualidad de reloj. Sin necesidad de que nadie se lo dijera, no entraron en los bares y restaurantes del barrio, y evitaron el trato con el vecindario. Por otra parte tomaron la precauci�n de mandarse correo a s� mismos, as� como de comprar peri�dicos y leche, y hacer todas esas cosas que las personas observadoras echar�an en falta. Fueron mucho en bicicleta, y les divirti� grandemente enterarse de los muy distinguidos, y a veces discutibles, jud�os que hab�an estado all� antes que ellos, y ni una de ellas dej� de rendir honores, con reservas, a la casa de Friedrich Engels y a la tumba de Karl Marx, en el cementerio de Highgate. Su parque m�vil se encontraba en un elegante garaje, pintado de color de rosa, junto a Haverstock Hill, en donde hab�a un viejo Rolls plateado, con las palabras �No est� en venta� pintadas en el vidrio de una ventanilla. El propietario del garaje era un hombre llamado Bernie, hombre corpulento, que gru��a al hablar, con la cara oscura, ataviado con un traje azul, que sol�a llevar un cigarrillo medio consumido entre los dientes, y que se cubr�a con un sombrero azul, de alas duras y vueltas hacia arriba, parecido al que usaba Schwili, y que no se quitaba siquiera mientras escrib�a a m�quina. Este hombre ten�a gran n�mero de camionetas, autom�viles, motocicletas y placas de matr�culas, y el d�a en que los vigilantes llegaron puso un gran cartel que dec�a: �SOLO CONTRATISTAS. VISITANTES ABSTENERSE.� Este hombre dijo a sus colegas en el negocio, refiri�ndose a los vigilantes, a los que calific� rudamente: �Un atajo de in�tiles. Dicen que son de una compa��a de cine. Alquilaron todo lo que ten�a en mi maldita tienda, y me pagaron a tocateja. �C�mo iba a resistirme?�