La chica del tambor
- Автор: Ле Карре Джон
- Язык: испанский
- Жанр: Шпионские детективы
Электронная книга - «La chica del tambor». Краткое содержание книги:
-Rosalind.
Otra vez la misma voz:
-Charlie! Dnde diablos se ha metido Charlie?
En el corredor, un grupo de nadadores con toallas alrededor del cuello miraron sin expresin en los ojos la imagen de una seora pelirroja, ataviada con un viejo vestido elizabetiano, saliendo del vestuario de las chicas.
Sin saber cmo, Charlie consigui terminar su interpretacin. E incluso cabe la posibilidad de que llevara a cabo una buena interpretacin. Durante el entreacto, el director, hombre con alma de monje, a quien llamaban Hermano Mycroft, pidi a Charlie, con una extraa expresin en los ojos, que hiciera el favor de bajar un poquitn el tono de su interpretacin, y Charlie le prometi obedientemente hacerlo as. Pero, en realidad, Charlie apenas le oy, debido a que estaba totalmente absorta en escrutar las medio vacas hileras de sillas, con la esperanza de ver un blazer rojo.
Fue en vano.
Vio otras caras -la de Rachel y la de Dimitri, por ejemplo-, aunque no las reconoci. Desesperada, Charlie pens: No est aqu. Es una trampa. Es la polica.
En el vestuario, Charlie se cambi rpidamente las ropas, se puso el pauelo de cabeza blanco, y estuvo esperando all hasta que el conserje la ech. En el vestbulo, en pie, como un fantasma de blanca cabeza, esper entre los deportistas que se iban, mientras mantena las orqudeas junto a su pecho. Una vieja seora le pregunt si acaso ella misma haba cultivado aquellas orqudeas. Un colegial le pidi un autgrafo. La pastora le tir de la manga:
-Chas, la fiesta, por favor, Val te est buscando por todos lados.
Las puertas del pabelln de deportes se cerraron a sus espaldas, avanz en el aire nocturno, y poco le falt para caer de narices sobre el asfalto, impelida por la fuerza del viento marino. Tambalendose lleg hasta su automvil, abri la portezuela, dej las orqudeas en el asiento contiguo al del conductor, se sent y cerr la portezuela. Al principio, el motor se neg a ponerse en marcha, y cuando se puso en marcha lo hizo con tal mpetu que pareca un caballo llevado por la querencia a la cuadra. Mientras recorra la calleja para penetrar en la va principal, vio en el retrovisor las luces de otro automvil. Luego este automvil la sigui, mantenindose siempre a la misma distancia, hasta la casa de huspedes.
Aparc y volvi a or el viento azotando las hortensias. Se envolvi en su abrigo de pieles, y llevando las orqudeas dentro del abrigo, corri hacia la puerta. Haba cuatro peldaos que Charlie cont dos veces, la primera de ellas cuando los subi a toda prisa, y la segunda mientras esperaba que le dieran la llave de su cuarto, todava jadeante, al or los pasos de otra persona que suba los mismos peldaos, con una linterna y firme caminar. No haba huspedes, ni en el vestbulo ni en el saln. El nico superviviente era Humphrey, chico gordo, con aspecto de personaje de Dickens, que jugaba a hacer de conserje de noche.
Mientras alargaba la mano para coger la llave, Charlie dijo alegremente:
-No es la seis, Humph, sino la diecisis, arriba en la fila ms alta. Y en el cajoncito tambin encontrars una carta de amor, monada, que es para m. Dmela, antes de que se te ocurra darla a otra.
Charlie cogi el papel doblado que le entreg el chico, con la esperanza de que fuera de Michel, y, a continuacin las facciones de Charlie revelaron una expresin de reprimida desilusin, cuando descubri que la carta era de su hermana, quien le deca: Buena suerte en la representacin de esta noche, lo cual era tan slo la manera de Joseph de musitarle: Estamos contigo, aunque en voz tan baja que Charlie apenas le oy.
A espaldas de Charlie se abri la puerta del vestbulo y se cerr. Los pies de un hombre se acercaban cruzando la alfombra del vestbulo. Charlie se permiti dirigirle una rpida mirada, por si acaso era Michel. Pero no lo era, cual revel la expresin de desilusin de Charlie. Era una persona del resto del mundo, carente de toda utilidad para Charlie. Se trataba de un muchacho delgado, peligrosamente pacfico, con oscuros ojos que indicaban que amaba a su madre. Llevaba una larga trinchera de tela de gabardina, de color castao, con militares hombreras para dar anchura a sus civiles hombros. Y una corbata castaa que armonizaba con el color de sus ojos que armonizaba con la trinchera. Calzaba zapatos castaos, de triste aspecto, con anchas punteras cosidas con dos filas de puntadas. Charlie concluy que no era un hombre de la justicia, sino un hombre de justicia denegada. Un muchacho de cuarenta aos, con gabardina, privado de su justicia en su primera juventud.
-Seorita Charlie?
Y una boca excesivamente alimentada, sobre el campo de una barbilla plida.
-Vengo a saludarla de parte de nuestro comn amigo Michel, seorita Charlie.
Charlie haba endurecido la expresin de su cara, como si se dispusiera a aguantar castigo en ella. Dijo:
-Qu Michel?
Y vio que nada se mova en el individuo, lo cual, a su vez, infundi gran quietud en la propia Charlie, que se qued quieta tal como quietos nos quedarnos para que nos pinten o nos hagan estatuas, y tal como se quedan quietos los policas.
-Michel de Nottingham, seorita Charlie.
El hombre haba hablado con acento suizo, acento ofendido y levemente acusador. El hombre aadi:
-Michel me ha pedido que le regale orqudeas doradas y que la lleve a cenar, en su nombre. Insisti mucho en que usted aceptara. Soy un buen amigo de Michel. Por favor, venga conmigo.
T? -pens Charlie-. Amigo? Michel jams tendra un amigo como t, ni que en ello le fuera la vida. Pero Charlie dej que su furiosa mirada dijera estas palabras.
-Tambin tengo la misin de representar a Michel jurdicamente, seorita Charlie. Michel tiene derecho a la plena proteccin legal. Por favor, venga. Ahora.
El ademn cost a Charlie un gran esfuerzo, pero Charlie deseaba que se notara. Las orqudeas pesaban terriblemente, y fue largusimo el trayecto que tuvieron que recorrer en el aire, levantndose de las manos de Charlie a las del hombre. Pero Charlie lo consigui. Pudo reunir el valor y la fuerza suficientes, y los brazos del hombre se levantaron para recibir las orqudeas. Y Charlie pudo hallar el metlico tono adecuado para decir las palabras que quera decir:
-Se equivoca, yo no conozco al Michel de Nottingham, y no conozco a ningn Michel, sea de donde sea. Y tampoco nos encontramos en Monte, en la ltima temporada. Lo ha hecho usted muy bien, pero estoy cansada. Cansada de todos ustedes.
Al volverse hacia el mostrador para coger la llave, Charlie se dio cuenta de que Humphrey, el conserje, le estaba diciendo algo de suma importancia. A Humphrey le temblaba la cara de grasienta piel, y sostena un lpiz con la punta sobre un gran libro registro. En tono indignado, con su marcado acento norteo, y arrastrando las palabras, Humphrey dijo:
-Le he preguntado que a qu hora quiere usted el t del desayuno, seorita.
-A las nueve en punto, ni un segundo antes.
Y con cansados movimientos, Charlie se dirigi hacia la escalera. Humphrey dijo:
-Quiere el peridico de la maana tambin, seorita? Charlie se volvi, dirigi una
pesada mirada a Humphrey y murmur:
-Dios mo
De repente, Humphrey se excit grandemente. Al parecer, Humphrey crea que nicamente un poco de animacin poda despertar a Charlie. Dijo:
-El peridico de la maana! Para leerlo! Cul es su favorito? Charlie repuso:
-El Times, querido.
Humphrey volvi a sumirse en un estado de satisfecha apata. Mientras escriba, dijo:
-Ser el Telegraph, el Times es slo para los suscriptores.
Pero en estos momentos, Charlie ya haba comenzado a subir penosamente la ancha escalera, camino de las histricas tinieblas del primer descansillo.
-Seorita Charlie!
Si vuelves a llamarme de esta manera, pens Charlie, igual bajo unos cuantos peldaos y te atizo con verdadera fuerza en tu suave pasamontaas suizo. Charlie subi dos peldaos ms, antes de que el individuo volviera a hablar. Charlie no haba previsto que aquel hombre pudiera hablar con tanta energa: