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La chica del tambor

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La chica del tambor
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-�Rosalind.

Otra vez la misma voz:

-��Charlie! �D�nde diablos se ha metido Charlie?

En el corredor, un grupo de nadadores con toallas alrededor del cuello miraron sin expresi�n en los ojos la imagen de una se�ora pelirroja, ataviada con un viejo vestido elizabetiano, saliendo del vestuario de las chicas.

Sin saber c�mo, Charlie consigui� terminar su interpretaci�n. E incluso cabe la posibilidad de que llevara a cabo una buena interpretaci�n. Durante el entreacto, el director, hombre con alma de monje, a quien llamaban Hermano Mycroft, pidi� a Charlie, con una extra�a expresi�n en los ojos, que hiciera el favor de bajar un poquit�n el tono de su interpretaci�n, y Charlie le prometi� obedientemente hacerlo as�. Pero, en realidad, Charlie apenas le oy�, debido a que estaba totalmente absorta en escrutar las medio vac�as hileras de sillas, con la esperanza de ver un blazer rojo.

Fue en vano.

Vio otras caras -la de Rachel y la de Dimitri, por ejemplo-, aunque no las reconoci�. Desesperada, Charlie pens�: �No est� aqu�. Es una trampa. Es la polic�a.�

En el vestuario, Charlie se cambi� r�pidamente las ropas, se puso el pa�uelo de cabeza blanco, y estuvo esperando all� hasta que el conserje la ech�. En el vest�bulo, en pie, como un fantasma de blanca cabeza, esper� entre los deportistas que se iban, mientras manten�a las orqu�deas junto a su pecho. Una vieja se�ora le pregunt� si acaso ella misma hab�a cultivado aquellas orqu�deas. Un colegial le pidi� un aut�grafo. La pastora le tir� de la manga:

-�Chas, la fiesta, por favor, Val te est� buscando por todos lados.

Las puertas del pabell�n de deportes se cerraron a sus espaldas, avanz� en el aire nocturno, y poco le falt� para caer de narices sobre el asfalto, impelida por la fuerza del viento marino. Tambale�ndose lleg� hasta su autom�vil, abri� la portezuela, dej� las orqu�deas en el asiento contiguo al del conductor, se sent� y cerr� la portezuela. Al principio, el motor se neg� a ponerse en marcha, y cuando se puso en marcha lo hizo con tal �mpetu que parec�a un caballo llevado por la querencia a la cuadra. Mientras recorr�a la calleja para penetrar en la v�a principal, vio en el retrovisor las luces de otro autom�vil. Luego este autom�vil la sigui�, manteni�ndose siempre a la misma distancia, hasta la casa de hu�spedes.

Aparc� y volvi� a o�r el viento azotando las hortensias. Se envolvi� en su abrigo de pieles, y llevando las orqu�deas dentro del abrigo, corri� hacia la puerta. Hab�a cuatro pelda�os que Charlie cont� dos veces, la primera de ellas cuando los subi� a toda prisa, y la segunda mientras esperaba que le dieran la llave de su cuarto, todav�a jadeante, al o�r los pasos de otra persona que sub�a los mismos pelda�os, con una linterna y firme caminar. No hab�a hu�spedes, ni en el vest�bulo ni en el sal�n. El �nico superviviente era Humphrey, chico gordo, con aspecto de personaje de Dickens, que jugaba a hacer de conserje de noche.

Mientras alargaba la mano para coger la llave, Charlie dijo alegremente:

-�No es la seis, Humph, sino la diecis�is, arriba en la fila m�s alta. Y en el cajoncito tambi�n encontrar�s una carta de amor, monada, que es para m�. D�mela, antes de que se te ocurra darla a otra.

Charlie cogi� el papel doblado que le entreg� el chico, con la esperanza de que fuera de Michel, y, a continuaci�n las facciones de Charlie revelaron una expresi�n de reprimida desilusi�n, cuando descubri� que la carta era de su hermana, quien le dec�a: �Buena suerte en la representaci�n de esta noche�, lo cual era tan s�lo la manera de Joseph de musitarle: �Estamos contigo�, aunque en voz tan baja que Charlie apenas le oy�.

A espaldas de Charlie se abri� la puerta del vest�bulo y se cerr�. Los pies de un hombre se acercaban cruzando la alfombra del vest�bulo. Charlie se permiti� dirigirle una r�pida mirada, por si acaso era Michel. Pero no lo era, cual revel� la expresi�n de desilusi�n de Charlie. Era una persona del resto del mundo, carente de toda utilidad para Charlie. Se trataba de un muchacho delgado, peligrosamente pac�fico, con oscuros ojos que indicaban que amaba a su madre. Llevaba una larga trinchera de tela de gabardina, de color casta�o, con militares hombreras para dar anchura a sus civiles hombros. Y una corbata casta�a que armonizaba con el color de sus ojos que armonizaba con la trinchera. Calzaba zapatos casta�os, de triste aspecto, con anchas punteras cosidas con dos filas de puntadas. Charlie concluy� que no era un hombre de la justicia, sino un hombre de justicia denegada. Un muchacho de cuarenta a�os, con gabardina, privado de su justicia en su primera juventud.

-��Se�orita Charlie?

Y una boca excesivamente alimentada, sobre el campo de una barbilla p�lida.

-�Vengo a saludarla de parte de nuestro com�n amigo Michel, se�orita Charlie.

Charlie hab�a endurecido la expresi�n de su cara, como si se dispusiera a aguantar castigo en ella. Dijo:

-��Qu� Michel?

Y vio que nada se mov�a en el individuo, lo cual, a su vez, infundi� gran quietud en la propia Charlie, que se qued� quieta tal como quietos nos quedarnos para que nos pinten o nos hagan estatuas, y tal como se quedan quietos los polic�as.

-�Michel de Nottingham, se�orita Charlie.

El hombre hab�a hablado con acento suizo, acento ofendido y levemente acusador. El hombre a�adi�:

-�Michel me ha pedido que le regale orqu�deas doradas y que la lleve a cenar, en su nombre. Insisti� mucho en que usted aceptara. Soy un buen amigo de Michel. Por favor, venga conmigo.

��T�? -pens� Charlie-. �Amigo? Michel jam�s tendr�a un amigo como t�, ni que en ello le fuera la vida.� Pero Charlie dej� que su furiosa mirada dijera estas palabras.

-�Tambi�n tengo la misi�n de representar a Michel jur�dicamente, se�orita Charlie. Michel tiene derecho a la plena protecci�n legal. Por favor, venga. Ahora.

El adem�n cost� a Charlie un gran esfuerzo, pero Charlie deseaba que se notara. Las orqu�deas pesaban terriblemente, y fue largu�simo el trayecto que tuvieron que recorrer en el aire, levant�ndose de las manos de Charlie a las del hombre. Pero Charlie lo consigui�. Pudo reunir el valor y la fuerza suficientes, y los brazos del hombre se levantaron para recibir las orqu�deas. Y Charlie pudo hallar el met�lico tono adecuado para decir las palabras que quer�a decir:

-�Se equivoca, yo no conozco al Michel de Nottingham, y no conozco a ning�n Michel, sea de donde sea. Y tampoco nos encontramos en Monte, en la �ltima temporada. Lo ha hecho usted muy bien, pero estoy cansada. Cansada de todos ustedes.

Al volverse hacia el mostrador para coger la llave, Charlie se dio cuenta de que Humphrey, el conserje, le estaba diciendo algo de suma importancia. A Humphrey le temblaba la cara de grasienta piel, y sosten�a un l�piz con la punta sobre un gran libro registro. En tono indignado, con su marcado acento norte�o, y arrastrando las palabras, Humphrey dijo:

-�Le he preguntado que a qu� hora quiere usted el t� del desayuno, se�orita.

-�A las nueve en punto, ni un segundo antes.

Y con cansados movimientos, Charlie se dirigi� hacia la escalera. Humphrey dijo:

-��Quiere el peri�dico de la ma�ana tambi�n, se�orita? Charlie se volvi�, dirigi� una

pesada mirada a Humphrey y murmur�:

-�Dios m�o�

De repente, Humphrey se excit� grandemente. Al parecer, Humphrey cre�a que �nicamente un poco de animaci�n pod�a despertar a Charlie. Dijo:

-��El peri�dico de la ma�ana! �Para leerlo! �Cu�l es su favorito? Charlie repuso:

-�El Times, querido.

Humphrey volvi� a sumirse en un estado de satisfecha apat�a. Mientras escrib�a, dijo:

-�Ser� el Telegraph, el Times es s�lo para los suscriptores.

Pero en estos momentos, Charlie ya hab�a comenzado a subir penosamente la ancha escalera, camino de las hist�ricas tinieblas del primer descansillo.

-��Se�orita Charlie!

Si vuelves a llamarme de esta manera, pens� Charlie, igual bajo unos cuantos pelda�os y te atizo con verdadera fuerza en tu suave pasamonta�as suizo. Charlie subi� dos pelda�os m�s, antes de que el individuo volviera a hablar. Charlie no hab�a previsto que aquel hombre pudiera hablar con tanta energ�a:

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