La isla misteriosa
- Автор: Верн Жюль Габриэль
- Язык: испанский
- Жанр: Другие приключения
Электронная книга - «La isla misteriosa». Краткое содержание книги:
Bob Harvey y su tripulaci�n dif�cilmente se explicaban lo que hab�a pasado la noche anterior a bordo del brick. Aquel hombre medio desnudo, que hab�a tratado de forzar la puerta de la santab�rbara y contra el cual hab�a luchado, que hab�a descargado seis veces el rev�lver contra ellos y que hab�a matado a uno y herido a dos, �hab�a podido escapar de sus balas? �I labia podido volver a la isla a nado? �De d�nde ven�a y qu� iba a hacer a bordo del buque? �Su proyecto era realmente el de volar el brick, como pensaba Bob Harvey?
Todo esto deb�a ser muy confuso para los presidiarios, pero lo que no pod�a dudarse era que la isla desconocida, ante la cual hab�a anclado el brick, estaba habitada y ten�a, quiz�, una colonia dispuesta a defenderla. Y, sin embargo, nadie se presentaba, ni en la playa ni en las alturas: el litoral parec�a absolutamente desierto y no hab�a se�al de habitaci�n. �Habr�an huido los habitantes hacia el interior?
Esto era lo que se preguntaban el jefe y los piratas, y sin duda, aqu�l, como hombre prudente, trataba de reconocer el pa�s antes de empe�ar su gente en una acci�n.
Durante hora y media ning�n indicio de ataque ni de desembarco se observ� a bordo del brick Era evidente que Bob Harvey vacilaba y, sin duda, sus mejores anteojos no le hab�an permitido divisar ni un colono escondido entre las rocas. No era tampoco probable que hubiese llamado su atenci�n el ramaje y los bejucos que ocultaban las ventanas del Palacio de granito y se destacaban sobre la roca desnuda. En efecto, �c�mo imaginar que se hab�a abierto una habitaci�n a aquella altura en la masa gran�tica? Desde el cabo de la Garra hasta los cabos Mand�bulas, en todo el per�metro de la bah�a de la Uni�n, nada pod�a indicarles que la isla estuviese o pudiera estar ocupada.
Sin embargo, a las ocho de la ma�ana, los colonos observaron cierto movimiento a bordo del Speedy. Los piratas halaban los aparejos de las embarcaciones y echaban una canoa al mar. Siete hombres bajaron armados de fusiles; uno de ellos se puso a la barra, cuatro a los remos y los otros dos se agacharon hacia proa dispuestos a disparar sus fusiles, examinando con cuidado la isla. Su objeto era practicar un reconocimiento, pero no desembarcar, porque en este caso habr�an venido m�s.
Los piratas, subidos en los m�stiles hasta las barras de juanete, hab�an podido ver que un islote cubr�a la costa y que estaba separado de ella por un canal de media milla de anchura. Sin embargo, Ciro Smith calcul�, por la direcci�n que segu�a la canoa, que no trataba de penetrar en aquel canal, sino que se dirig�a a la costa del islote, como lo aconsejaba la prudencia.
Pencroff y Ayrton, ocultos cada uno por su lado entre las rocas, vieron llegar la canoa sobre ellos y esperaron que estuvieran a tiro.
La canoa se adelantaba con precauci�n. Los remos se hund�an en el agua a largos intervalos. Pod�a verse tambi�n que uno de los presidiarios a proa llevaba una sondaleza en la mano y trataba de reconocer el canal abierto por la corriente del r�o de la Merced. Esto indicaba que Bob Harvey ten�a la intenci�n de acercar el brick lo m�s posible a la costa. Unos treinta piratas, subidos a los obenques, segu�an atentamente los movimientos de la canoa y apuntaban ciertas marcas que deb�an permitirles llegar a la costa sin peligro.
La canoa estaba a dos cables del islote cuando se detuvo. El hombre del tim�n, en pie, buscaba el mejor punto para saltar a tierra.
En aquel momento sonaron dos tiros. Un poco de humo dio vueltas como un torbellino por encima de las rocas del islote. El hombre del tim�n y el de la sonda cayeron derribados en la canoa. Las balas de Ayrton y de Pencroff les hab�an tocado a los dos en el mismo instante.
Inmediatamente se oy� una detonaci�n m�s violenta, un chorro de vapor sali� de los costados del brick, y una bala de ca��n, dando en lo alto de las rocas que abrigaban a Ayrton y Pencroff, las hizo volar a pedazos, pero los dos tiradores no hab�an sido tocados.
Horribles imprecaciones se escaparon de la canoa, que emprendi� inmediatamente su marcha. El hombre del tim�n fue reemplazado por uno de los compa�eros y los remos se hundieron en el agua.
Sin embargo, en vez de volver al brick, como hubiera podido creerse, la canoa sigui� por la orilla del islote, con el objeto de efectuar el desembarco por su punta sur. Los piratas remaban vigorosamente para ponerse fuera del alcance de las balas.
Se adelantaron cinco cables de la parte entrante del litoral, terminada por la punta del Pecio; y despu�s de haberla seguido en una l�nea semicircular, siempre protegidos por los ca�ones del brick, se dirigieron a la desembocadura del r�o de la Merced.
Su intenci�n era penetrar en el canal y tomar por la espalda a los colonos del islote, de manera que �stos, cualesquiera que fuese su n�mero, se viesen entre los fuegos de la canoa y los del bergant�n, y, por consiguiente, en la situaci�n m�s comprometida.
Un cuarto de hora pas�, durante el cual la canoa avanzaba en esta direcci�n en medio de un silencio absoluto y de una calma completa en el aire y en el agua.
Pencroff y Ayrton, aunque comprend�an que iban a ser flanqueados, no hab�an dejado su puesto, bien porque no quer�an todav�a mostrarse a los asaltantes exponi�ndose a los ca�ones del Speedy, bien porque contaban con Nab y Gede�n Spilett, que estaban en la desembocadura del r�o, o con Ciro Smith y Harbert, ocultos entre las rocas de las Chimeneas.
Veinte minutos despu�s de los primeros disparos, la canoa estaba enfrente de la desembocadura del r�o de la Merced, a menos de dos cables. Como el flujo comenzaba con su violencia habitual ocasionada por lo estrecho de la desembocadura, los presidiarios se sintieron impulsados hacia el r�o y s�lo a fuerza de remos lograron mantenerse en medio del canal. Pero, como pasaban a buen alcance de la desembocadura, dos balas les saludaron al paso y dos quedaron tendidos en la embarcaci�n. Nab y Spilett tampoco hab�an errado.
Inmediatamente el brick envi� una segunda bala al puesto que se descubr�a por el humo de las armas de fuego, pero sin m�s resultado que hacer saltar algunas puntas de roca.
En aquel momento, la canoa no llevaba m�s que tres hombres �tiles para el combate. Tomada por la corriente, enfil� el canal con la rapidez de una flecha, pas� delante de Ciro Smith y Harbert, que, no juzg�ndola a buen alcance, permanecieron mudos, y despu�s, doblando la punta norte del islote, con los dos remos que le quedaban, se dirigi� a toda prisa hacia el brick.
Hasta entonces los colonos no ten�an de qu� quejarse. La partida empezaba mal para sus adversarios: �stos ten�an ya cuatro hombres heridos gravemente, o muertos quiz�, y ellos, por el contrario, estaban ilesos y no hab�an perdido una bala. Si los piratas continuaban atac�ndolos de este modo, si renovaban otras tentativas de desembarco por medio de la canoa, pod�an ser destruidos uno a uno.
Ahora vemos perfectamente cu�n acertadas eran las disposiciones adoptadas por el ingeniero. Los piratas pod�an creer que ten�an que v�rselas con adversarios numerosos y bien armados, que ser�a dif�cil dominar.
Media hora tard� la canoa, que ten�a que luchar contra la corriente del mar, en llegar al Speedy.
Cuando sus tripulantes subieron a bordo con los heridos, resonaron gritos espantosos y se dispararon tres o cuatro ca�onazos, que no pod�an producir ning�n resultado.
Pero entonces otros piratas, ebrios de c�lera y quiz� tambi�n de las libaciones de la v�spera, se arrojaron a la embarcaci�n. Eran doce. Lanz�se al mar una segunda canoa, en la cual entraron otros ocho hombres, y mientras la primera se dirig�a rectamente al
islote para arrojar de �l a los colonos, la segunda maniobraba para forzar la entrada del r�o de la Merced.
La situaci�n era evidentemente peligros�sima para Pencroff y Ayrton y comprendieron que deb�an volver a tierra franca.
Sin embargo, esperaron a que la primera canoa estuviese al alcance de sus fusiles, y dos balas diestramente dirigidas volvieron a introducir el desorden en la tripulaci�n. Despu�s Pencroff y Ayrton, abandonando su puesto, no sin haber sufrido una descarga de diez tiros, atravesaron el islote con toda la rapidez que les permitieron sus piernas, se lanzaron a la piragua, pasaron el canal en el momento en que la segunda canoa llegaba a la punta sur y corrieron a refugiarse a las Chimeneas.