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Электронная книга - «La isla misteriosa». Краткое содержание книги:

La isla misteriosa
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Apenas hab�an llegado donde estaban Ciro Smith y Harbert, se vio invadido el islote, y los piratas de la primera embarcaci�n lo recorr�an en todos sentidos.

Casi al mismo tiempo, nuevas detonaciones estallaron en el puesto del r�o de la Merced, al cual se hab�a acercado r�pidamente la segunda canoa. De los ocho hombres que la tripulaban, dos quedaron mortalmente heridos por Gede�n Spilett y Nab, y la misma embarcaci�n, irresistiblemente impulsada sobre los arrecifes, se rompi� a la desembocadura del r�o de la Merced. Pero los seis supervivientes, levantando sus armas por encima de la cabeza para Preservarlas del contacto del agua, consiguieron tomar pie en la orilla derecha del r�o y despu�s, vi�ndose expuestos al fuego del enemigo invisible que los persegu�a, huyeron a todo correr en direcci�n de la punta del Pecio, fuera del alcance de las balas.

La situaci�n era la siguiente: en el islote, doce presidiarios, varios de ellos heridos, pero que ten�an una canoa a su disposici�n, y en la isla, seis, que hab�an desembarcado, pero que estaban imposibilitados de llegar al Palacio de granito, porque no pod�an atravesar el r�o, cuyos puentes estaban levantados.

-�Esto marcha dijo Pencroff, precipit�ndose en el interior de las Chimeneas-, esto marcha, se�or Ciro. �Qu� le parece?

-�Me parece -contest� el ingeniero-que el combate va a tomar una nueva forma, porque no puede suponerse que esos bribones sean tan est�pidos que lo contin�en en condiciones tan desfavorables para ellos.

-�No atraviesan el canal -dijo el marino-. Las carabinas de Ayrton y del se�or Spilett est�n ah� para imped�rselo. Ya sabe que alcanzan m�s de una milla.

-�Sin duda -contest� Harbert-, �pero qu� pueden hacer dos carabinas contra los ca�ones del brick?

-�El brick no est� todav�a en el canal, me parece a m� -repuso Pencroff. -�Y si viene? -dijo Ciro Smith.

-�Es imposible, porque se arriesgar�a a encallar y a perderse.

-�Es posible -repuso entonces Ayrton-. Los piratas pueden aprovechar la marea alta para entrar en el canal, aunque luego encallen a marea baja, y entonces, bajo el fuego de sus ca�ones, nuestras posiciones no ser�an ya sostenibles.

-��Mil diablos del infierno! -exclam� Pencroff-. Parece, en verdad, que esa canalla se prepara a levar anclas.

-�Tal vez nos veamos obligados a refugiarnos en el Palacio de granitoobserv� Harbert. -Esperemos -repuso Ciro Smith.

-��Pero Nab y el se�or Spilett? -observ� Pencroff.

-�Ya se nos unir�n a su debido tiempo. Est� preparado, Ayrton. Su carabina y la de Spilett son las que deben hablar ahora.

Era cierto. El Speedy comenzaba a virar sobre su ancla y manifestaba la intenci�n de acercarse al islote. La marea deb�a subir durante hora y media y, habiendo disminuido la

corriente del flujo, hac�a f�cil la maniobra para el brick. Pero, en cuanto a entrar en el canal, Pencroff, contra la opini�n de Ayrton, no pod�a admitir que pensasen intentarlo.

Durante este tiempo los piratas que ocupaban el islote se hab�an acercado a la orilla opuesta y estaban separados de la tierra s�lo por el canal. Armados de fusiles, no pod�an hacer da�o a los colonos ocultos en las Chimeneas y en las desembocaduras del r�o de la Merced, pero, no crey�ndolos provistos de carabinas de largo alcance, pensaban que no corr�an peligro alguno y paseaban por la isla a pecho descubierto, acerc�ndose continuamente a la playa.

Sus ilusiones duraron poco. Las carabinas de Ayrton y de Gede�n Spilett hablaron y dijeron cosas desagradables a dos de los piratas, pues cayeron tendidos de espaldas.

Entonces, los dem�s se desbandaron, sin aguardar siquiera a recoger a sus compa�eros heridos o muertos. Pasando a toda prisa al otro lado del islote, se lanzaron a la embarcaci�n que les hab�a llevado y se dirigieron al brick.

-��Ocho menos! -grit� Pencroff-. Verdaderamente parece que Ayrton y el se�or Spilett obedecen perfectamente a la consigna para operar.

-�Se�ores -dijo Ayrton volviendo a cargar su carabina-, la cosa se va poniendo fea, porque el brick apareja.

-�El ancla est� a pique� -repuso Pencroff.

-�S�, ya larga el fondo.

En efecto, se o�a claramente el ruido met�lico del linguete, que chocaba sobre el montante a medida que viraba el brick. El Speedy hab�a sido atra�do al principio por su ancla, y despu�s, cuando �sta estuvo arrancada del fondo, comenz� a derivar hacia la costa. El viento soplaba del mar; se izaron el foque mayor y la gavia y el buque se fue acercando poco a poco a tierra.

Desde las dos posiciones de la Merced y de las Chimeneas le miraban los colonos maniobrar sin dar se�ales de vida, pero no sin cierta emoci�n. Los colonos iban a verse en una situaci�n terrible, cuando a corta distancia se vieran expuestos al fuego de los ca�ones del brick y sin poder responder �tilmente. �C�mo impedir entonces el desembarco de los piratas?

Ciro Smith comprend�a perfectamente el peligro y se preguntaba para s� qu� se deb�a hacer. Dentro de poco tendr�a que tomar una determinaci�n. �Pero cu�l? �Encerrarse en el palacio de granito, dejarse sitiar, mantenerse en �l por espacio de semanas y aun de meses, puesto que ten�an v�veres en abundancia? �Bien!, �y despu�s? Los piratas no por eso dejar�an de ser due�os de la isla, la arrasar�an y con el tiempo acabar�an por vencer y dominar a los presos del Palacio de granito.

Quedaba, sin embargo, una probabilidad, y era que Bob Harvey no se aventurase con su buque a entrar en el canal y que se mantuviera apartado en el islote. Entonces les separar�a media milla de la costa y a tal distancia sus tiros no pod�an ser tan duros.

-�Jam�s -repet�a Pencroff-, jam�s ese Bob Harvey, por lo mismo que es un buen marino, se arriesgar�a a entrar en el canal. Sabe que ser�a arriesgar el brick por poco que empeorase el estado del mar, y �qu� ser�a de �l sin su buque?

Entretanto el brick se hab�a acercado al islote y pudo observarse que trataba de llegar a su extremo inferior. La brisa era ligera y, como la corriente hab�a perdido mucha parte de su fuerza, Bob Harvey era absolutamente due�o de maniobrar como le pareciese.

El rumbo seguido anteriormente por las embarcaciones le hab�an permitido reconocer el canal y en �l penetr� audazmente. Su proyecto era demasiado visible: quer�a plantarse delante de la Chimeneas y desde all� responder con sus ca�ones a las balas que hasta entonces hab�an diezmado su tripulaci�n.

Pronto el Speedy lleg� a la punta del islote; la dobl� f�cilmente, larg� la cangreja y el brick, ci�endo el viento, se encontr� enfrente del r�o de la Merced.

-��Los bandidos! �Ya vienen! -exclam� Pencroff.

En aquel momento, Nab y Gede�n Spilett llegaron adonde estaban Ciro Smith y Ayrton, el marino y Harbert.

El periodista y Nab hab�an estimado m�s conveniente abandonar la posici�n de la Merced, donde no pod�an hacer nada contra el buque, y hab�an obrado cuerdamente. Era preferible que los colonos estuviesen reunidos en el momento en que iba a consumarse una acci�n decisiva. Gede�n Spilett y Nab hab�an llegado desliz�ndose detr�s de la rocas, pero no sin que les fuese dirigida una granizada de balas, que afortunadamente no les hab�an alcanzado.

-�Spilett, Nab -exclam� el ingeniero-, �no est�n heridos?

-�No -contest� el periodista-; algunas contusiones por el rebote de las piedras. Ese condenado brick entra en el canal.

-�S� -respondi� Pencroff-, y antes de diez minutos habr� afondado delante del Palacio de granito.

-��Tiene usted alg�n proyecto, Ciro? -pregunt� Spilett.

-�Es preciso refugiamos en el Palacio de granito, cuando todav�a es tiempo, sin que nos vean los presidiarios.

-�Ese es mi parecer -contest� Gede�n Spilett-, pero una vez encerrados�

-�Haremos lo que nos aconsejen las circunstancias -dijo el ingeniero. -En marcha y d�monos prisa -dijo el periodista.

-��No quiere usted, se�or Ciro, que nos quedemos aqu� Ayrton y yo? pregunt� el marino.

-��Para qu�, Pencroff? -repuso Ciro Smith-. No nos separaremos.

No hab�a un momento que perder: los colonos salieron de las Chimeneas. Un peque�o recodo de la cortina de granito imped�a ser vistos desde el brick; pero dos o tres detonaciones y el ruido de las balas que daban en las rocas les advirtieron que el Speedy estaba a muy corta distancia.

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