Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4]
- Автор: Мойес Джоджо
- Год: 2019
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4]». Краткое содержание книги:
Su primera carta llegó de un lugar llamado Surat, tenía el sello más sofisticado jamás visto y contenía una foto suya con un vestido largo bordado, de colores muy vivos, llamado «sari», y un pavo real bajo el brazo. Kathleen exclamó que no le sorprendería en absoluto que Beth acabara casándose con el virrey de la India, porque aquella muchacha era una caja de sorpresas. A lo que Margery respondió, con sequedad, que aquello seguro que les sorprendería a todas.
Izzy grabó un disco, con el permiso de su padre. En dos años, se convirtió en una de las cantantes más famosas de Kentucky. Era conocida por la pureza de su voz y por su inclinación a actuar con vestidos largos y sueltos. Grabó una canción sobre un asesinato en las montañas que se hizo popular en tres estados, e hizo un dueto sobre el escenario con Tex Lafayette, en un auditorio de Knoxville, que la dejó abrumada durante casi una semana. Y no solo porque él la cogiera de la mano en las notas más altas. La señora Brady dijo que, cuando su hija llegó al número cuatro en las listas de los gramófonos, había sido el momento de mayor orgullo en toda su vida. El segundo, admitió en privado, había sido cuando había recibido una carta de la señora Lena C. Nofcier, dos meses después del final del juicio, dándole las gracias por sus extraordinarios esfuerzos por mantener abierta la Biblioteca Itinerante de la WPA de Baileyville en aquellos momentos de crisis.
Nosotras, las mujeres, nos enfrentamos a numerosos retos inesperados cuando decidimos salirnos de lo que se consideran nuestros límites habituales. Y usted, querida señora Brady, ha demostrado estar más que a la altura de cualquier reto que se le haya presentado. Espero poder hablar con usted de esto y de muchos otros temas de interés en persona, algún día.
La señora Nofcier aún no había llegado hasta Baileyville, pero la señora Brady estaba muy segura de que algún día lo haría.
La biblioteca abría cinco días por semana, su gestión corría a cargo de Alice y Margery y, durante esa época, las mujeres continuaron prestando todo tipo de novelas, manuales, libros de recetas y revistas. El recuerdo del juicio se desvaneció rápidamente, especialmente entre aquellos que se dieron cuenta de que, después de todo, les gustaría seguir pidiendo libros prestados, y la vida en Baileyville recuperó el ritmo habitual. Solo los hombres de la familia Van Cleve se esforzaban en evitar la biblioteca, iban a toda velocidad con sus coches por Split Creek y, la mayoría de las veces, daban un rodeo para no pasar por delante de ella.
Así que cuando, bien avanzado 1939, Peggy van Cleve se dejó caer por allí, fue toda una sorpresa. Margery la vio entretenerse delante de la biblioteca, como si estuviera rebuscando en el bolso algo de vital importancia, y luego la pilló mirando por la ventana para cerciorarse de que estaba ella sola. Y es que no era conocida por ser la más voraz de las lectoras.
Últimamente, entre Virginia, el perro, su marido y las múltiples distracciones que su casa parecía albergar, Margery O’Hare era una mujer muy ocupada. Pero esa noche dejaba de vez en cuando lo que estaba haciendo y sonreía para sus adentros, preguntándose si debía contarle a Alice Guisler que la nueva señora Van Cleve había entrado en la biblioteca y que, después de varias evasivas y mucho teatro fingiendo que miraba títulos al azar en las estanterías, le había preguntado si era cierto el rumor de que tenían un libro para asesorar a las damas sobre ciertos asuntos delicados de alcoba. Y que Margery le había respondido, sin inmutarse, que por supuesto que sí. Al fin y al cabo, aquello era lo que había sucedido, ni más ni menos.
Seguía pensando en ello, y haciendo esfuerzos para no sonreír, cuando todas llegaron a la biblioteca al día siguiente.
EPÍLOGO
El programa de las Bibliotecas Itinerantes de la WPA se puso en práctica entre 1935 y 1943. En la época de máximo apogeo, sus bibliotecarias llevaban libros a más de cien mil personas que vivían en zonas rurales. Desde entonces, no ha habido ningún otro programa similar.
El este de Kentucky continúa siendo uno de los lugares más pobres —y hermosos— de Estados Unidos.
AGRADECIMIENTOS
Este libro, más que ninguna otra cosa que yo haya escrito, es un acto de amor. Me enamoré de un lugar y de sus gentes y, luego, a medida que fue surgiendo la historia, hizo que el hecho de escribir se convirtiera en un placer inusual. Por ello, quiero dar las gracias a Barbara Napier y a toda la gente de Snug Hollow, en Irvine, Kentucky, especialmente a Olivia Knuckles, sin cuyas voces no habría encontrado las de mis heroínas. Vuestro espíritu y el de esa «hondonada» corre por este libro y estoy muy feliz de poder llamaros amigas.
Gracias a toda la gente de Whisper Valley Trails, en las montañas de Cumberland, que me permitieron recorrer a caballo el tipo de rutas que habrían hecho esas mujeres, y a todo aquel a quien detuve para preguntar, sermonear y conversar durante mis viajes.
Más cerca de casa, me gustaría dar las gracias a mis editoras Louise Moore y Maxine Hitchcock de Penguin Michael Joseph, en el Reino Unido, a Pam Dorman de Pamela Dorman Books, de PRH, en Estados Unidos, y a Katharina Dornhoefer de Rowohlt, en Alemania. Ninguna de ellas puso objeciones cuando les dije que mi siguiente libro sería sobre un grupo de bibliotecarias itinerantes de la América rural durante la Depresión. Aunque sospecho que habrían querido hacerlo. Gracias también a todas por no dejar de ayudarme a mejorar mis libros —todas las historias son un esfuerzo conjunto— y por vuestra continua fe en ellos y en mí. Gracias a Clare Parker y a Louise Braverman, a Liz Smith, Claire Bush, Kate Stark y Lydia Hirt y a todos los equipos de cada editorial por vuestro increíble talento a la hora de ayudarme a acercar estas historias a la gente. A una escala más amplia, quiero dar las gracias a Tom Weldon y Brian Tart y, en Alemania, a Anoukh Foerg.
Gracias como siempre a Sheila Crowley, de Curtis Brown, por ser animadora, gurú de las ventas, negociadora empedernida y apoyo emocional, todo en una. Y a Claire Nozieres, Katie McGowan y Enrichetta Frezzato por su visión global a una escala bastante espectacular. Gracias también a Bob Bookman, de Bob Bookman Management, a Jonny Geller y a Nick Marston por encargarse de poner en funcionamiento este motor en todo tipo de medios. Sois los mejores.
Muchísimas gracias a Alison Owen, de Monumental Pictures, por «ver» esta historia cuando no era más que un simple argumento y por tu continuo entusiasmo, y a Ol Parker por lo mismo y por ayudarme a dar forma a escenas claves y hacer que resultara divertido. Estoy deseando ver qué hacéis con ello.
Un sentido agradecimiento a Cathy Runciman por su labor de chófer por Kentucky y Tennessee y por hacerme reír tanto que casi nos salimos de la carretera más de una vez. Nuestra amistad también ha quedado incorporada en estas páginas.
Gracias también a Maddy Wickham, Damian Barr, Alex Heminsley, Monica Lewinsky, Thea Sharrock, Sarah Phelps y Caitlin Moran. Todos sabéis la razón.
Mi gratitud como siempre a Jackie Tearne, Claire Roweth y Leon Kirk por todo el respaldo logístico y práctico, sin el cual no habría podido superar cada semana y, mucho menos, seguir viviendo. Os lo agradezco muchísimo.
Estoy en deuda con la Oficina de Turismo de Kentucky por sus consejos y doy las gracias a todos los que me habéis ayudado en los condados de Lee y Estill. Y a Green Park, por resultar una fuente de inspiración inesperada.
Y por último, pero no por ello menos importante, doy las gracias como siempre a mi familia: a Jim Moyes, a Lizzie Sanders y a Brian Sanders. Y, sobre todo, a Charles, a Saskia, a Harry y a Lockie.