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Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4]

Электронная книга - «Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4]». Краткое содержание книги:

Por la autora de Yo antes de ti, una fabulosa historia sobre cinco extraordinarias mujeres que intentan cambiar su mundo con el poder de los libros. Inspirada por la sed de aventuras y el deseo de abandonar la monotonía de Inglaterra, Alice Wright se enamora de un atractivo americano y toma la impulsiva decisión de aceptar su propuesta de matrimonio. Pero su nueva vida en la pequeña y conservadora ciudad minera de Kentucky en la que Alice se instala con su marido y su autoritario suegro en medio de la Gran Depresión resulta aún más claustrofóbica. Hasta que conoce a Margery O'Hare. Independiente y deslenguada, Margery no ha pedido el permiso de un hombre para nada en toda su vida y ahora se ha propuesto llevar el milagro de los libros hasta el último rincón de la región. A caballo, atravesando montañas y bosques salvajes, y a menudo luchando contra el prejuicio y la ignorancia, Alice, Margery y sus compañeras se convertirán en bibliotecarias itinerantes al tiempo que descubren la libertad, la amistad, el amor y una vida que por fin les pertenece. La crítica ha dicho...
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Entró en la tienda y se detuvo en seco, suspirando para sus adentros, al darse cuenta de que había, al menos, quince personas en la cola delante de ella. Miró hacia atrás, preguntándose si merecería la pena ir a uno de los bares, a ver si le vendían algo. ¿Qué tipo de gente habría dentro? Últimamente, estaba tan llena de rabia que se sentía como una lata de yesca, como si solo hiciera falta un comentario equivocado de uno de aquellos imbéciles para que ella…

Notó unos golpecitos en el hombro.

—¿Alice?

Se dio la vuelta. Y allí, al lado de las conservas y los productos enlatados, en mangas de camisa y con sus pantalones azules buenos, sin una mota de carbonilla encima, se encontró a Bennett. Seguramente acababa de salir de trabajar aunque, como siempre, parecía tan fresco como recién salido de las páginas de un catálogo de Sears.

—Bennett —contestó, parpadeando, antes de mirar para otro lado. Se dio cuenta de que, físicamente, ya no sentía nada por él, mientras buscaba la razón de su repentino malestar. Solo quedaba un vago sentimiento de afecto residual. Sobre todo, le parecía imposible que alguna vez hubiera abrazado a aquel hombre piel con piel, que lo hubiera besado y que le hubiera suplicado que la tocara. Una intimidad extraña y desequilibrada por la que ahora se sentía ligeramente avergonzada.

—He… He oído que te vas del pueblo.

Alice cogió una lata de tomates, solo por tener algo que hacer con las manos.

—Sí. Al parecer, el juicio acaba el martes. Me voy el miércoles. Tú y tu padre ya no tendréis que volver a preocuparos por mí.

Bennett miró hacia atrás, tal vez consciente de que podía haber gente mirando, pero todos los clientes eran forasteros y nadie consideró digno de chismorreo que un hombre y una mujer intercambiaran unas palabras en un rincón de la tienda.

—Alice…

—No tienes por qué decir nada, Bennett. Creo que ya nos hemos dicho lo suficiente. Mis padres han contratado a un abogado y…

Él le tocó la manga.

—Papá dice que nadie consiguió hablar con sus hijas.

Ella apartó la mano.

—¿Perdona? ¿Qué?

Bennett miró hacia atrás y bajó la voz.

—Papá dice que el sheriff no pudo hablar con las hijas de McCullough. No le abrieron la puerta. Les gritaron a sus hombres que no tenían nada que decir sobre el tema y que no pensaban hablar con nadie. Él dice que están las dos locas, como el resto de la familia. Asegura que, de todos modos, el argumento del fiscal es ya muy sólido y que no las necesitan. —Bennett la miró fijamente.

—¿Por qué me estás contando esto?

Él se mordió el labio.

—Creía… Creía… que podría ayudarte.

Ella se quedó mirándole, observó su hermoso rostro, ligeramente aniñado, sus manos suaves como las de un bebé y sus ojos inquietos. Y, por un instante, Alice sintió que ella misma se venía un poco abajo.

—Lo siento —dijo él, en voz baja.

—Yo también lo siento, Bennett.

Él dio un paso atrás y se pasó una mano por la cara.

Se quedaron allí unos instantes más, sin saber qué hacer.

—Bueno —dijo Bennett, finalmente—. Si no te veo antes de irte…, buen viaje.

Ella asintió. Él fue hacia la puerta. Antes de salir, se volvió y levantó un poco la voz, para que pudiera oírlo.

—Por cierto. He pensado que te gustaría saber que estoy haciendo las gestiones necesarias para arreglar las presas de lodo. Les pondré una cubierta adecuada y una base de cemento. Para que no vuelvan a romperse.

—¿Tu padre ha accedido?

—Lo hará. —Bennett esbozó una débil sonrisa, un destello de aquel a quien una vez Alice había conocido.

—Me alegro, Bennett. Me alegro mucho.

—Sí. Bueno. —Él bajó la vista—. Por algo se empieza.

Acto seguido, su marido se llevó la mano al sombrero, abrió la puerta y fue engullido por la muchedumbre que seguía dando vueltas allá fuera.

—¿Que el sheriff no ha hablado con sus hijas? ¿Por qué? —Sophia negó con la cabeza—. No tiene ningún sentido.

—Pues yo creo que sí —dijo Kathleen, desde el rincón en el que estaba cosiendo un estribo roto, haciendo una mueca mientras intentaba atravesar el cuero con la enorme aguja—. Subieron hasta Arnott’s Ridge para ver a una familia problemática. Suponían que las muchachas no sabrían nada de su padre, ya que era un borracho reconocido que solía desaparecer durante varios días seguidos. Así que llamaron a la puerta unas cuantas veces, estas les dijeron que se largaran, ellos no insistieron y bajaron, y para eso necesitaron medio día de ida y otro medio de vuelta.

—McCullough era un borracho y un malvado —señaló Beth—. Puede que el sheriff no quisiera tirarles demasiado de la lengua, por si le contaban algo que no quería oír. Necesitan que parezca que era un buen hombre para demonizar a Marge.

—¿Creéis que nuestro abogado habrá ido a interrogarlas?

—¿El señor Pantalones Caros de Lexington? ¿Crees que se va a pasar medio día montado en una mula para llegar a Arnott’s Ridge y hablar con un puñado de montañeses malhumorados?

—Pues no sé en qué puede ayudarnos eso —comentó Beth—. Si no quieren hablar con los hombres del sheriff, tampoco querrán hablar con nosotras.

—Puede que hablen con nosotras precisamente por eso —opinó Kathleen.

Izzy señaló la pared.

—Margery puso la casa de los McCullough en la lista de lugares a los que no debíamos ir. «Bajo ningún concepto». Mirad, lo pone ahí.

—Bueno, a lo mejor solo estaba haciendo lo que todo el mundo ha hecho con ella —sugirió Alice—. Guiarse por las habladurías sin pararse a analizar los hechos.

—Hace casi diez años que nadie ve a esas muchachas por el pueblo —susurró Kathleen—. Dicen que su padre no les dejaba salir de casa, desde que su madre desapareció. Son una de esas familias que viven en la sombra.

Alice pensó en las palabras de Margery, unas palabras a las que llevaba días dándoles vueltas: «Siempre hay una solución para cualquier problema. Puede que sea desagradable. Puede que te haga sentir como si la tierra hubiera desaparecido bajo tus pies… Siempre hay una forma de salir».

—Voy a subir allí —anunció Alice—. No creo que tengamos nada que perder.

—¿La cabeza? —dijo Sophia.

—Ahora mismo, tal y como la tengo, no supondría mucha diferencia.

—¿Sabes las historias que cuentan de esa familia? ¿Y sabes cuánto deben odiarnos en estos momentos? ¿Quieres que te maten?

—Pues dime qué otra opción le queda a Margery en esta situación —replicó Alice. Sophia la miró muy seria, pero no respondió—. Bien. ¿Alguien tiene el mapa de esa ruta? —Sophia se quedó inmóvil unos instantes. Luego, abrió el cajón sin pronunciar palabra y rebuscó entre los papeles, hasta que lo encontró y se lo entregó.

—Gracias, Sophia.

—Yo iré contigo —le comunicó Beth.

—Entonces, yo también voy —dijo Izzy.

Kathleen cogió el sombrero.

—Parece que tenemos una excursión. ¿Mañana a las ocho, aquí?

—Que sea a las siete —propuso Beth.

Por primera vez en muchos días, Alice sonrió.

—Que Dios os ayude —dijo Sophia, negando con la cabeza.

25

Al cabo de un par de horas, quedó claro por qué Margery y Charley eran los únicos que habían hecho alguna vez la ruta de Arnott’s Ridge. Incluso en las condiciones benignas de principios de septiembre, la ruta era remota y ardua, había que salvar grietas profundas, cornisas estrechas y otra serie de obstáculos para poder bajar o subir: desde zanjas hasta cercas, pasando por árboles caídos. Alice se había llevado a Charley, con la esperanza de que reconociera la ruta, y así fue. Este avanzaba con perseverancia, moviendo las enormes orejas adelante y atrás, siguiendo sus propias huellas a lo largo del lecho del arroyo y subiendo por el lateral de la cresta, mientras el resto de los caballos lo seguían. Allí no había muescas en los árboles ni lazos rojos: simplemente, Margery no esperaba que nadie más que ella fuera nunca por esa ruta, y Alice volvía la cabeza de vez en cuando para mirar a las otras mujeres, esperando poder confiar en Charley como guía.

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