Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Историческая проза » Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4]
Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4] - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4]

Электронная книга - «Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4]». Краткое содержание книги:

Por la autora de Yo antes de ti, una fabulosa historia sobre cinco extraordinarias mujeres que intentan cambiar su mundo con el poder de los libros. Inspirada por la sed de aventuras y el deseo de abandonar la monotonía de Inglaterra, Alice Wright se enamora de un atractivo americano y toma la impulsiva decisión de aceptar su propuesta de matrimonio. Pero su nueva vida en la pequeña y conservadora ciudad minera de Kentucky en la que Alice se instala con su marido y su autoritario suegro en medio de la Gran Depresión resulta aún más claustrofóbica. Hasta que conoce a Margery O'Hare. Independiente y deslenguada, Margery no ha pedido el permiso de un hombre para nada en toda su vida y ahora se ha propuesto llevar el milagro de los libros hasta el último rincón de la región. A caballo, atravesando montañas y bosques salvajes, y a menudo luchando contra el prejuicio y la ignorancia, Alice, Margery y sus compañeras se convertirán en bibliotecarias itinerantes al tiempo que descubren la libertad, la amistad, el amor y una vida que por fin les pertenece. La crítica ha dicho...
1 ... 91 92 93 94 95 96 97 98 99 100
Перейти на страницу:

—Ah, esta mañana ha llegado otra carta a la biblioteca. Con tanto alboroto, había olvidado decírtelo. —Fred sacó el sobre del bolsillo y se lo entregó. Ella reconoció la letra de inmediato y la dejó caer sobre la mesa.

—¿No vas a leerla?

—Será sobre mi vuelta. Para hacer planes y esas cosas.

—Léela. No pasa nada.

Mientras él lavaba los platos, Alice abrió el sobre, consciente de que Fred la estaba observando. Le echó un vistazo rápido y volvió a guardarla.

—¿Qué? —preguntó el hombre. Ella levantó la vista—. ¿Por qué pones esa cara?

Alice suspiró.

—Es solo… por la forma de hablar de mi madre.

Él rodeó la mesa y se sentó, antes de sacar la carta del sobre.

—No…

Él le apartó la mano.

—Déjame.

Ella volvió la cara mientras Fred leía, frunciendo el ceño.

—¿Qué es esto? «Intentaremos olvidar tu empeño en avergonzar a esta familia». ¿Qué quiere decir con eso?

—Ella es así.

—¿Le has contado que Van Cleve te pegó?

—No. —Alice se pasó la mano por la cara—. Seguramente, habrían dado por hecho que fue culpa mía.

—¿Cómo iba a ser culpa tuya? Que un hombre hecho y derecho se ponga así por un par de muñecas. Por favor. Nunca había oído nada igual.

—No fue solo por las muñecas.

Fred levantó la vista.

—Él creía… Creía que yo había intentado corromper a su hijo.

—¿Que creía… qué?

Alice se arrepintió de haber abierto la boca.

—Vamos, Alice. Podemos contarnos lo que sea.

—No puedo. —La joven se ruborizó—. No puedo contártelo. —Alice bebió un trago más, mientras Fred la miraba, como intentando descubrir algo. Pero ¿qué sentido tenía ocultárselo? Después de ese día, nunca más volvería a verlo. Finalmente, lo soltó—. Llevé a casa un libro que Margery me dejó. Sobre el amor conyugal.

Fred apretó un poco la mandíbula, como si no quisiera imaginarse a Alice y a Bennett en ningún tipo de situación íntima. No habló hasta pasados unos instantes.

—¿Y por qué iba a importarle eso?

—Él… Ellos dos… creían que no debía leerlo.

—Bueno, tal vez pensaba que, como estabais aún en el período de la luna de miel…

—Esa es la cuestión. Que no hubo período de luna de miel. Quería ver si…

—¿Si qué?

—Ver… —Alice tragó saliva—. Si habíamos…

—¿Si habíais qué?

—Si lo habíamos hecho —susurró la joven.

—¿Ver si habíais hecho qué?

Ella se llevó las manos a la cara y emitió un gemido.

—¿Por qué me haces contarte esto?

—Solo intento entender lo que estás diciendo, Alice.

—Si lo habíamos hecho. El amor conyugal.

Fred posó el vaso. Pasó un largo y doloroso lapso de tiempo antes de que volviera a hablar.

—¿No… lo sabes?

—No —repuso ella, desolada.

—Vaya. Vaya. Un momento. ¿No sabes si Bennett y tú… habéis consumado el matrimonio?

—No. Y él nunca ha querido hablar del tema. Así que no tengo forma de saberlo. El libro me dio algunas pistas pero, a decir verdad, sigo sin tenerlo claro. Ponía un montón de cosas sobre flotar y extasiarse. Y luego todo estalló y nunca hablamos de ello, así que aún no estoy segura.

Fred se pasó la mano por la nuca.

—Bueno, Alice, a ver… Es que… Es un poco difícil pasarlo por alto.

—¿El qué?

—Pues… Olvídalo. —Fred se inclinó hacia delante—. ¿De verdad cabe la posibilidad de que no lo hayáis hecho?

Alice estaba angustiada y se arrepentía de que aquello fuera lo último que él recordara de ella.

—Yo diría que no… Dios, piensas que soy una mojigata, ¿verdad? No puedo creer que te esté contando esto. Debes de pensar que…

Fred se levantó bruscamente de la mesa.

—No… No, Alice. ¡Es una gran noticia!

Ella lo miró fijamente.

—¿Qué?

—¡Eso es maravilloso! —Fred la cogió de la mano y empezó a bailar un vals con ella por la habitación.

—¿Fred? ¿Qué pasa? ¿Qué estás haciendo?

—Ponte el abrigo. Vamos a la biblioteca.

Cinco minutos después, estaban en la cabañita con dos lámparas de aceite encendidas, mientras Fred inspeccionaba las estanterías. No tardó mucho en encontrar lo que estaba buscando y le pidió a Alice que sostuviera la lámpara mientras él hojeaba un pesado libro encuadernado en piel.

¿Lo ves? —dijo, señalando una página con el dedo—. Si no habéis consumado el matrimonio, no estáis casados a los ojos de Dios.

—¿Y eso qué quiere decir?

—Pues que puedes conseguir que anulen el matrimonio. Y casarte con quien te dé la gana. Y Van Cleve no puede hacer nada al respecto.

Ella se quedó mirando el libro y leyó las palabras que sus dedos señalaban. Luego levantó la vista hacia él, incrédula.

—¿En serio? Entonces, ¿no cuenta?

—¡No! Espera: vamos a buscar otro de esos libros de Derecho para cerciorarnos. Ya verás. ¡Mira! Mira, ahí está. ¡Puedes quedarte, Alice! ¿Lo ves? ¡No tienes que irte a ninguna parte! ¡Mira! Ese pobre idiota de Bennett… Tengo ganas de darle un beso.

Alice dejó el libro y miró a Fred fijamente.

—Preferiría que me besaras a mí.

Y eso fue lo que él hizo.

Cuarenta minutos después, yacían tumbados sobre el suelo de la biblioteca, encima de la chaqueta de Fred, jadeando y un tanto sorprendidos por lo que acababa de ocurrir. Él la miró, escudriñando su rostro, antes de coger su mano y llevársela a los labios.

—¿Fred?

—¿Sí, querida?

Alice esbozó lentamente una dulce sonrisa.

—Definitivamente, nunca había hecho esto —aseguró, con una voz melosa y rebosante de felicidad.

28

Del cuerpo de piel delicada y dulcemente ruborizada del ser amado, que nuestros instintos animales nos instan a desear, brota no solo la maravilla de una nueva vida corpórea, sino también la ampliación del horizonte de la compasión humana y el fulgor de la comprensión espiritual, algo que nunca se podría alcanzar en solitario.

DRA. MARIE STOPES, Amor conyugal

Sven y Margery se casaron a finales de octubre, un día soleado y frío en que la niebla se había levantado de las «hondonadas» al alba, los pájaros cantaban a voz en grito sobre la trascendencia del cielo azul y se peleaban ruidosamente en las ramas. Margery le había dicho a Sven que accedería a hacerlo, muy a su pesar, porque no quería que Sophia la estuviera regañando hasta el fin de sus días. Pero no quería contárselo a nadie, ni que él le diera «demasiada importancia».

Sven, que casi siempre solía complacer a Margery, rechazó rotundamente la propuesta.

—Si nos casamos, lo haremos en público, delante de todo el pueblo, con nuestra hija y todos nuestros amigos —dijo el hombre, cruzándose de brazos—. O eso, o no nos casamos.

Así que se casaron en la pequeña iglesia episcopaliana de Salt Lick, cuyo pastor era un poco menos puntilloso que otros en relación con los niños nacidos fuera del matrimonio, en presencia de todas las bibliotecarias, del señor y la señora Brady, Fred y un buen número de familias a las que llevaban libros. Después, ofrecieron una recepción en la casa de Fred y la señora Brady agasajó a los novios con una colcha nupcial hecha de retales que su grupo de confección de colchas había bordado y con otra más pequeña, a juego, para la cuna de Virginia. Margery, a pesar de parecer un poco incómoda con su vestido de color blanco roto (que Alice le había prestado y al que Sophia había agrandado las costuras), lucía una expresión entre orgullosa y avergonzada, y consiguió no volver a ponerse los pantalones de montar hasta el día siguiente, a pesar de que era evidente que no le hacía ninguna gracia. Comieron las viandas que habían llevado los vecinos (Margery no pretendía que acudiera tanta gente y se había quedado un poco desconcertada por el goteo interminable de invitados), además del cerdo que alguien había asado fuera. Sven parecía realmente feliz y les enseñaba a todos a Virginia, y hubo violines y unos buenos bailes. A las seis, cuando empezaba a anochecer, Alice abandonó la fiesta y logró encontrar a la novia, que estaba sentada a solas en los escalones de la biblioteca, mirando hacia una montaña cada vez más oscura.

1 ... 91 92 93 94 95 96 97 98 99 100
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)