Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4]
- Автор: Мойес Джоджо
- Год: 2019
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4]». Краткое содержание книги:
—Es la hija —dijo el señor Turner.
—¿Qué hija? —preguntó el juez.
—La hija de McCullough. Verna.
El abogado de la acusación miró hacia atrás y negó con la cabeza.
—Señoría, no nos han notificado con antelación la presencia de esta testigo y protesto firmemente por la introducción de la misma a estas alturas de…
El juez seguía mascando, pensativo.
—¿Los hombres del sheriff no habían subido a Arnott’s Ridge para intentar hablar con la muchacha?
El abogado de la acusación tartamudeó.
—Bueno, s-sí. Pero ella no quiso bajar. Hacía años que no salía de casa, según los conocidos de la familia.
El juez se recostó en la silla.
—Entonces, yo diría que, ya que se trata de la hija de la víctima, posiblemente la última testigo en verlo con vida, y dado que por fin ha accedido a bajar al pueblo para responder a las preguntas sobre ese último día, es probable que tenga información pertinente para el caso, ¿no está de acuerdo, señor Howard?
El abogado de la acusación volvió a mirar hacia atrás. Van Cleve se estaba inclinando hacia delante en su asiento, con la boca apretada en un gesto de desagrado.
—Sí, señoría.
—Bien. Escucharé a la testigo —dijo el juez, agitando un dedo.
Kathleen y el abogado hablaron en susurros durante unos instantes, y luego ella salió corriendo hacia el fondo de la sala.
—Cuando quiera, señor Turner.
—Señoría, la defensa llama a declarar a la señorita Verna McCullough, hija de Clem McCullough. ¿Señorita McCullough? ¿Es tan amable de subir al estrado? Se lo agradecería mucho.
Un murmullo de curiosidad recorrió la sala. La gente se tensó en sus asientos. La puerta del fondo de la sala se abrió y entró Kathleen del brazo de una mujer más joven, que caminaba un poco por detrás de ella. Y, mientras la sala la observaba en silencio, Verna McCullough recorrió el pasillo lenta y pausadamente, hasta llegar a la parte delantera de la sala, como si cada paso le supusiera un esfuerzo titánico. Llevaba una mano apoyada en la parte baja de la espalda y la precedía su barriga baja y prominente.
Se oyó un rumor de sorpresa y luego una sucesión de exclamaciones, cuando todos en la sala tuvieron el mismo pensamiento.
—¿Vive en Arnott’s Ridge?
Verna se había sujetado el pelo con una horquilla y jugueteaba con ella, como si la llevara mal puesta. Respondió con un susurro ronco.
—Sí, señor. Con mi hermana. Y antes, con nuestro padre.
—¿Podría hablar más alto, por favor? —le pidió el juez.
El abogado continuó.
—¿Los tres solos?
La muchacha se apoyó en el borde del estrado y miró a su alrededor, como si acabara de darse cuenta de cuánta gente había en la sala. La voz le falló por un instante.
—¿Señorita McCullough?
—Sí. Mi madre se fue cuando yo tenía ocho años y vivíamos los tres solos desde entonces.
—¿Su madre murió?
—No lo sé, señor. Nos despertamos una mañana y mi padre dijo que se había ido. Eso fue todo.
—Entiendo. ¿Así que no tiene claro qué fue de ella?
—Me imagino que estará muerta. Porque siempre decía que mi padre acabaría matándola.
—¡Protesto! —dijo el fiscal del estado.
—Que eso no conste en acta. Lo dejaremos en que se desconoce el paradero de la madre de la señorita McCullough.
—Gracias, señorita McCullough. ¿Y cuándo fue la última vez que vio a su padre?
—Unos tres días antes de Navidad.
—¿No volvió a verlo desde entonces?
—No, señor.
—¿Lo buscó?
—No, señor.
—¿No se preocupó cuando no volvió a casa en Navidad?
—No era algo… raro en nuestro padre. Creo que no es ningún secreto que le gustaba beber. Creo que el sheriff lo conoce…, lo conocía bien.
El sheriff asintió, casi a regañadientes.
—Señor, ¿podría sentarme? Me siento un poco mareada.
El juez le hizo un gesto al alguacil, que le acercó una silla, y la sala esperó mientras la colocaban y ella se sentaba. Alguien le llevó un vaso de agua. Solo se le veía la cara por encima del estrado, y la mayor parte del público de la tribuna se inclinó hacia delante para verla mejor.
—Así que el hecho de que no fuera a casa el… 20 de diciembre, señorita McCullough, ¿a usted no le pareció especialmente extraño?
—No, señor.
—Y, cuando se fue, ¿le dijo adónde iba? ¿A un bar, quizá?
Por primera vez, Verna vaciló un buen rato antes de hablar. La muchacha miró a Margery, que tenía los ojos clavados en el suelo.
—No, señor. Dijo… —La joven tragó saliva y luego se volvió hacia el juez—. Dijo que iba a devolver el libro de la biblioteca.
Se produjo un revuelo en la tribuna del público, no estaba muy claro si fruto de la sorpresa, por socarronería, o por una combinación de ambas. Margery, desde el banquillo de los acusados, levantó la cabeza por primera vez. Alice bajó la vista y vio que Izzy le estaba apretando tanto la mano que tenía los nudillos blancos.
El abogado de la defensa se volvió hacia el jurado.
—¿Puedo comprobar si he oído bien, señorita McCullough? ¿Ha dicho que su padre tenía intención de devolver un libro de la biblioteca?
—Sí, señor. Hacía poco que recibía libros de la Biblioteca Itinerante de la WPA y le parecía algo maravilloso. Había acabado de leer un buen libro y dijo que era un deber cívico devolverlo lo antes posible, para que otra persona pudiera disfrutar de su lectura.
El señor Howard, el fiscal del estado y su ayudante unieron las cabezas para mantener una conversación urgente. El fiscal levantó la mano, pero el juez desestimó su petición agitando la suya.
—Continúe, señorita McCullough.
—Mi hermana y yo insistimos mucho en que era mejor que no saliera, porque hacía muy mal tiempo y había nieve, hielo y todo eso. Le dijimos que podía resbalar y caerse, pero él había bebido bastante y no nos hizo caso. Insistió en que no quería devolver el libro con retraso.
La joven miró a la sala mientras hablaba, ya con voz firme y segura.
—Así que el señor McCullough se adentró solo, a pie, en la nieve.
—Sí, señor. Con el libro de la biblioteca.
—Para ir andando a Baileyville.
—Sí, señor. Aunque le advertimos que era una locura.
—¿Y no volvieron a verlo, ni a saber nada de él?
—No, señor.
—Y… ¿no se les ocurrió buscarlo?
—Mi hermana y yo no salimos de casa, señor. Desde que mi madre se fue, a mi padre no le gustaba que bajáramos al pueblo y no queríamos desobedecerle por el mal carácter que tenía. Salimos al jardín al anochecer y lo llamamos a gritos, por si se había caído, pero como la mayoría de las veces volvía cuando le daba la gana…
—Así que se limitaron a esperar que regresara.
—Sí, señor. Ya nos había amenazado antes con abandonarnos, así que, al ver que no volvía, creímos que había acabado haciéndolo. Y luego, en abril, el sheriff vino a decirnos que estaba… muerto.
—Y…, señorita McCullough, ¿puedo hacerle una pregunta más? Ha sido usted muy valiente al bajar de la montaña y completar este difícil testimonio. Se lo agradezco mucho. Una última pregunta: ¿recuerda qué libro era ese que le gustaba tanto a su padre y que tenía tanta prisa por devolver?
—Pues claro que lo recuerdo, señor. Perfectamente. —Entonces, Verna McCullough clavó sus ojos azul claro en los de Margery O’Hare, y puede que los que estuvieran más cerca captaran una leve sonrisa jugueteando en sus labios—. Era un libro llamado Mujercitas.
La sala se alborotó y el juez tuvo que dar seis, ocho golpes con el mazo para que la mayoría de la gente lo viera —o lo oyera— y se callara. Hubo carcajadas, exclamaciones de incredulidad y gritos de furia procedentes de diversas zonas de la estancia y el juez, con las cejas sobresaliendo como una cornisa, se puso lívido de ira.
—¡Silencio! No toleraré faltas de respeto en esta sala, ¿me oyen? ¡La próxima persona que haga el menor ruido será acusada de desacato! ¡Silencio en la sala! —La habitación se quedó en silencio. El juez esperó un momento para asegurarse de que todos habían captado el mensaje—. Abogados, ¿pueden acercarse al estrado?