Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4]
- Автор: Мойес Джоджо
- Год: 2019
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4]». Краткое содержание книги:
Los tres mantuvieron una conversación en voz baja, esa vez inaudible para el público, y un zumbido de susurros empezó a elevarse peligrosamente. Al otro lado de la sala, el señor Van Cleve parecía a punto de explotar. Alice lo vio levantarse un par de veces, pero el sheriff se dio la vuelta y lo obligó físicamente a sentarse. Veía a Van Cleve señalando y moviendo la boca, como si no pudiera creer que él no tuviera también derecho a subir allí y discutir con el juez. Margery, incrédula, seguía sentada, totalmente inmóvil.
—Vamos —susurró Beth, agarrándose al banco con tal fuerza que se le quedaron los nudillos blancos—. Vamos. Vamos.
Entonces, al cabo de una eternidad, los dos abogados regresaron a sus asientos y el juez volvió a dar un golpe con el mazo.
—¿Podemos volver a llamar al médico, por favor?
Se oyó un suave murmullo, mientras volvían a llamar al médico al estrado. En la tribuna del público, la gente se levantaba de sus asientos y se hacía gestos entre sí.
El abogado de la defensa se puso en pie.
—Doctor Tasker. Una pregunta más: según su opinión profesional, ¿sería posible que los hematomas de la cara de la víctima fueran causados por el peso de un libro grande, de tapa dura, que le hubiera caído encima? Por ejemplo, si se hubiera resbalado y caído de espaldas. —El abogado se acercó al alguacil y levantó el ejemplar de Mujercitas—. ¿Uno del tamaño de esta edición, por ejemplo? Tome: para que vea cuánto pesa.
El médico sopesó el libro y se lo pensó un momento.
—Pues sí. Supongo que esa podría ser una explicación racional.
—No hay más preguntas, señoría.
El juez necesitó un par de minutos más de conversación legal para poder concluir. Golpeó el mazo para hacer callar al público. Entonces, de repente, hundió la cabeza entre las manos y se quedó así durante un minuto. Cuando la levantó, miró a la sala con expresión exhausta.
—A la luz de estas nuevas pruebas, creo que debo darle la razón al abogado defensor y dictaminar que ya no se puede considerar con certeza que esto sea un juicio por asesinato. Todas las pruebas concluyentes parecen indicar que esto fue un desafortunado accidente. Un buen hombre se disponía a hacer una buena acción y podríamos decir que, debido a las condiciones imperantes, sufrió un final prematuro. —El juez respiró hondo y juntó las manos—. Dado que las pruebas del estado de Kentucky en relación con este caso son enormemente circunstanciales y dependen en gran medida de este libro, y dado que la testigo ha prestado un testimonio firme y claro en cuanto a su localización anterior, he decidido sobreseer el caso y dejar constancia de un veredicto de muerte accidental. Señorita McCullough, le agradezco su esfuerzo por cumplir con su… deber cívico y me gustaría expresar públicamente mis más sinceras condolencias, una vez más, por su pérdida. Señorita O’Hare, por la presente la declaro libre de abandonar la sala. Alguaciles, hagan el favor de liberar a la acusada.
En ese momento, la sala enloqueció. De repente, Alice se encontró rodeada por las otras mujeres, que daban saltos, gritaban, lloraban y unían sus brazos, codos y pechos en un enorme abrazo. Sven saltó la barrera de la tribuna del público, acompañó a Margery mientras el guarda le quitaba las esposas y la rodeó con los brazos cuando esta estuvo a punto de desplomarse por la conmoción. Se la llevó rápidamente, medio andando, medio en brazos, y la sacó por la puerta de atrás con la protección del ayudante del sheriff Dulles, antes de que nadie pudiera darse cuenta de lo que estaba sucediendo. En medio de todo aquello, se oyó a Van Cleve gritando que todo era una farsa. «¡Una auténtica farsa de la justicia!». Y los que tenían un oído especialmente bueno pudieron oír cómo la señora Brady replicaba: «¡Cierra el pico por una vez en la vida, viejo chocho!».
Entre todo aquel revuelo, nadie se dio cuenta de que Sophia había abandonado con discreción la zona de la tribuna del público destinada a la gente de color, sosteniendo con recato el bolso bajo el brazo, para desaparecer por la puerta y recorrer a paso ligero el corto camino hacia la biblioteca, cada vez más rápido.
Y solo aquellos con el oído más fino oyeron que Verna McCullough, mientras abandonaba la sala con gran determinación y con la mano aún en la parte baja de la espalda, susurraba al pasar al lado de las bibliotecarias: «Que se pudra».
Nadie quería dejar sola a Margery, así que se la llevaron a la biblioteca y cerraron con llave ambas puertas, conscientes de que los periódicos de más tirada de Kentucky, además de la mitad del pueblo, pronto querrían hablar con ella. Apenas abrió la boca durante el corto camino y sus movimientos eran lentos e inusitadamente débiles, como si hubiera estado enferma, aunque se comió medio cuenco de sopa de alubias que Fred le bajó de su casa, mirándola fijamente, como si fuera la única certeza que había a su alrededor. Las mujeres comentaban a gritos entre ellas lo impactantes que habían sido el veredicto, la furia impotente de Van Cleve y el hecho de que la joven Verna hiciera lo que había prometido.
Esta había pasado la noche anterior en la cabaña de Kathleen, que la había bajado a lomos de Patch, pero estaba tan nerviosa por tener que enfrentarse a toda esa gente del pueblo que Kathleen temía que, al despertarse, la joven hubiera desaparecido. Hasta que Fred llegó por la mañana en la camioneta para llevarlas al juicio, Kathleen no creyó que fueran a tener una oportunidad, e incluso entonces aquella muchacha era tan extraña e impredecible que no tenían ni idea de lo que acabaría diciendo.
Margery escuchaba todo aquello como de lejos, con expresión impasible y distraída, como si tanto ruido y escándalo fueran demasiado después de todos esos meses de silencio casi absoluto.
Alice quería abrazarla, pero había algo en el comportamiento de Margery que se lo impedía. Ninguna de ellas sabía qué decirle y se sorprendieron hablándole como si fuera casi una desconocida. ¿Quería más agua? ¿Necesitaba algo? Solo tenía que decirlo.
Y entonces, casi una hora después de su llegada, alguien dio un par de golpes en la puerta y Fred, al oír una voz grave que le resultaba familiar, fue a abrir. Entornó la puerta, contempló algo que quedaba oculto al resto de los presentes y sonrió de oreja a oreja. Dio un paso atrás y Sven subió los dos pequeños escalones con el bebé, que llevaba puesto un vestido de color amarillo claro y unos pololos. La niña tenía los ojitos brillantes como dos soles y se aferraba a la manga de su padre con los puñitos.
Margery levantó la cabeza y se llevó lentamente las manos a la boca, al verla. Se le llenaron los ojos de lágrimas y se puso de pie, poco a poco.
—¿Virginia? —dijo con voz quebrada, como si apenas pudiera creer lo que veía. Sven se acercó a ella y le entregó el bebé a su madre. Margery y la niña se miraron a los ojos y esta la observó a conciencia, como para cerciorarse de algo. Siguieron mirándose durante un rato, hasta que la niñita recostó la cabeza bajo la barbilla de su madre, con el dedo pulgar en la boca. Margery cerró los ojos y se echó a llorar en silencio. Su pecho se agitaba con violencia y tenía el rostro contorsionado, como si estuviera exorcizando algún dolor terrible. Sven se acercó a ellas y las rodeó con los brazos, estrechándolas contra él, con la cabeza gacha. Conscientes de que aquel era un momento íntimo, Fred y las bibliotecarias abandonaron de puntillas la biblioteca y recorrieron en silencio el camino a la casa de Fred.
Las mujeres de la Biblioteca Itinerante de la WPA eran un equipo, sí, y los equipos debían permanecer unidos. Pero había momentos en los que había que estar a solas.
Hasta varios días después, las otras bibliotecarias no se fijaron en que el libro de registros que el sheriff creía desaparecido en las grandes inundaciones estaba con los demás, en el estante que había a la izquierda de la puerta. Con fecha del 15 de diciembre de 1937, constaba un préstamo a nombre del «señor C. McCullough, de Arnott’s Ridge», de un «ejemplar de tapa dura de Mujercitas, de Louisa May Alcott (con una página suelta y la contraportada un poco estropeada)». Solo aquellos que se fijaran mucho podrían darse cuenta de que la entrada se encontraba entre dos líneas y de que la tinta tenía un color ligeramente diferente al de las demás. Y solo si eras de verdad muy desconfiado, podrías preguntarte por qué había una entrada con una única palabra al lado, escrita con la misma tinta, que ponía: «Sin devolver».