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Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4]

Электронная книга - «Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4]». Краткое содержание книги:

Por la autora de Yo antes de ti, una fabulosa historia sobre cinco extraordinarias mujeres que intentan cambiar su mundo con el poder de los libros. Inspirada por la sed de aventuras y el deseo de abandonar la monotonía de Inglaterra, Alice Wright se enamora de un atractivo americano y toma la impulsiva decisión de aceptar su propuesta de matrimonio. Pero su nueva vida en la pequeña y conservadora ciudad minera de Kentucky en la que Alice se instala con su marido y su autoritario suegro en medio de la Gran Depresión resulta aún más claustrofóbica. Hasta que conoce a Margery O'Hare. Independiente y deslenguada, Margery no ha pedido el permiso de un hombre para nada en toda su vida y ahora se ha propuesto llevar el milagro de los libros hasta el último rincón de la región. A caballo, atravesando montañas y bosques salvajes, y a menudo luchando contra el prejuicio y la ignorancia, Alice, Margery y sus compañeras se convertirán en bibliotecarias itinerantes al tiempo que descubren la libertad, la amistad, el amor y una vida que por fin les pertenece. La crítica ha dicho...
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—¿Te encuentras bien? —le preguntó, sentándose a su lado.

Margery no volvió la cabeza. Observó fijamente las copas de los árboles e inspiró con fuerza, antes de mirar a Alice.

—Se me hace un poco raro ser tan feliz —comentó Margery. Alice nunca la había visto tan perturbada.

La joven se quedó pensando y asintió.

—Te entiendo —dijo. Luego, le dio un codazo a su amiga—. Ya te acostumbrarás.

Al cabo de dos meses, después de que los Gustavsson adoptaran a un perro (un cachorrillo de ojos saltones que nadie quería, nada que ver con el sabueso de calidad que Sven había sugerido, aunque él estaba, por supuesto, encantado con él), Margery volvió a trabajar en la biblioteca. Dejaba a Virginia cuatro días por semana con Verna McCullough y su bebé, un niño bastante frágil y pecoso llamado Peter. Sven y Fred, con la ayuda de Jim Horner y un par de hombres más, habían levantado una cabañita cerca de la de Margery con dos habitaciones, una chimenea y un retrete exterior, y las hermanas McCullough se habían mudado a ella encantadas. Solo habían vuelto a su antigua casa a buscar una bolsa de yute con alguna ropa, dos sartenes y al perro feroz. «El resto apestaba a nuestro padre», había comentado Verna, y nunca más había vuelto a hablar del tema.

Verna había empezado a bajar al pueblo una vez por semana, sobre todo para comprar provisiones con su sueldo, pero también para echar un vistazo. La gente la saludaba llevándose la mano al sombrero o la dejaba en paz, y pronto su presencia dejó de llamar la atención. Neeta, su hermana, aún no salía mucho de casa, pero ambas mimaban a los bebés y disfrutaban socializando de vez en cuando. Con el tiempo, la gente que pasaba por Arnott’s Ridge (que no era mucha) empezó a comentar que la cabaña destartalada había empezado a derrumbarse: primero las tablillas del tejado, luego la chimenea y, después, a medida que el viento se ensañaba con el revestimiento suelto, la casa en sí, ventana rota a ventana rota, hasta que la naturaleza medio se adueñó de ella y la maleza y las zarzas volvieron a anclarla al suelo, como prácticamente habían hecho con su dueño.

Frederick Guisler y Alice se casaron un mes después de Margery y Sven y, si alguien había reparado en la cantidad de tiempo que pasaban juntos a solas en la casa de Fred antes de estar legalmente unidos, a nadie le apeteció comentarlo. El primer matrimonio de Alice se anuló con discreción y poco alboroto, una vez que Fred le hubo explicado los entresijos al señor Van Cleve. Este, por una vez, en lugar de ponerse a gritar contrató a un abogado especializado en facilitar y acelerar aquel tipo de trámites. Y puede que lo sobornara un poco para garantizar la confidencialidad. La posibilidad de que el nombre de su hijo se asociara públicamente a la palabra «anulación» pareció aplacar su mal genio habitual y, después de esa reunión, apenas volvió a mencionar en público la biblioteca.

Como habían acordado, primero dejaron que Bennett volviera a casarse. Las bibliotecarias se sentían en deuda con él por la ayuda que les había prestado, e Izzy incluso asistió al enlace con sus padres y dijo que había sido precioso, dentro de lo que cabía, y que Peggy era una novia muy guapa y parecía muy contenta.

Alice casi ni se enteró. Era tan tremendamente feliz que la mayoría de los días no era capaz de controlarlo. Cada mañana, antes del amanecer, desenredaba sus largas extremidades a regañadientes de las de su marido, se tomaba el café que él insistía en prepararle y bajaba a abrir la biblioteca y encender la estufa, para que todo estuviera preparado cuando las demás llegaran. A pesar del frío y de aquellas horas intempestivas, casi siempre se la encontraban sonriendo. Aunque las amigas de Peggy van Cleve comentaban que Alice Guisler se había abandonado muchísimo desde que había empezado a trabajar en la biblioteca, que siempre iba despeinada y con un atuendo demasiado masculino (¡con lo refinada que era y lo bien vestida que solía ir cuando llegó!), Fred no podía estar más en desacuerdo. Estaba casado con la mujer más guapa del mundo y, cada noche, cuando ambos acababan de trabajar y guardaban los platos en su sitio, uno al lado del otro, él se aseguraba de rendirle homenaje. No era raro que las personas que pasaban por Split Creek negaran con la cabeza, divertidas, al escuchar los sonidos joviales y los jadeos que salían de la casa de detrás de la biblioteca, en la quietud de la noche. Al fin y al cabo, en Baileyville, en invierno, no había muchas cosas que hacer después de ponerse el sol.

Sophia y William volvieron a mudarse a Louisville. Ella les dijo a las otras mujeres que le daba pena dejar la biblioteca, pero que le habían ofrecido otro trabajo en la Biblioteca Pública Gratuita de Louisville (en la sección para gente de color) y, dado que su cabaña no había vuelto a ser la misma desde las inundaciones, y que las posibilidades de que William pudiera trabajar eran limitadas, habían supuesto que les iría mejor en la ciudad, sobre todo en una en la que había una gran cantidad de personas como ellos. Profesionales. Izzy se echó a llorar y a las demás no les sentó mucho mejor, pero no había forma de oponerse al sentido común y mucho menos a Sophia. Al cabo de un tiempo, cuando empezaron a llegar cartas suyas desde la ciudad, recibieron también la fotografía de su ascenso y la enmarcaron para ponerla en la pared, al lado de aquella en la que estaban todas juntas, y se sintieron un poco mejor. Aunque, la verdad sea dicha, las estanterías nunca volvieron a estar tan bien organizadas.

Kathleen, fiel a su palabra, no volvió a casarse, aunque no le faltaron hombres con intención de cortejarla, tras un período decente de tiempo. Ella les decía a las otras bibliotecarias que no tenía tiempo para aquello, que ya le bastaba con tener que lavar, limpiar la casa y cuidar a los niños, además de trabajar. Por otra parte, no había ningún hombre que le llegara a la suela de los zapatos a Garrett Bligh en todo el estado. Aunque reconocía, cuando la presionaban, que le había sorprendido un poco el aspecto de Jim Horner en la boda de Alice, tras haber recibido las atenciones de un barbero profesional y haberse puesto su mejor traje. Tenía una cara bastante agradable, después de haberse liberado de todo aquel pelo, y su aspecto general era mucho mejor que cuando llevaba el mono de trabajo sucio. Ella insistía en que no pensaba volver a casarse, pero, al cabo de unos meses, empezó a ser habitual verlos paseando por el pueblo con los niños e incluso en alguna feria local, en primavera. A sus hijas les venía bien tener una referencia femenina, a fin de cuentas, y si alguien los miraba de soslayo furtivamente, alzando las cejas, pues era su problema. Y Beth podía hacer el favor de dejar de mirarla así, muchas gracias.

La vida de Beth apenas cambió después del juicio. Siguió en casa con su padre y sus hermanos, quejándose amargamente de ellos en cada turno, fumando a escondidas y bebiendo en público hasta que, seis meses después, sorprendió a todos al anunciar que había ahorrado hasta el último penique que había ganado y que iba a marcharse en un transatlántico a ver el continente de la India. Al principio, se rieron de ella —al fin y al cabo, Beth estaba provista de un sentido del humor de lo más peculiar—, pero la muchacha sacó el billete de la alforja y se lo enseñó.

—¿Cómo es posible que hayas ahorrado tanto dinero? —preguntó Izzy, desconcertada—. Me dijiste que tu padre se quedaba con la mitad para los gastos de la casa.

Beth permaneció inusitadamente callada y luego tartamudeó una respuesta que tenía algo que ver con un trabajo extra y unos ahorros que eran solo suyos, además de añadir que no sabía por qué todo el mundo en aquel maldito pueblo tenía que meterse donde no le llamaban. Y cuando, un mes después de su partida, el sheriff descubrió un alambique abandonado al lado del establo desmoronado de los Johnson, rodeado de colillas de cigarros, decidieron que ambas cosas no podían estar relacionadas. O, al menos, eso fue lo que le dijeron a su padre.

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