Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4]
- Автор: Мойес Джоджо
- Год: 2019
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4]». Краткое содержание книги:
27
Allá arriba, el aire era fácil de respirar y me aportaba serenidad y alegría. En las montañas, me despertaba por las mañanas y pensaba: «Por fin he encontrado mi lugar».
KAREN BLIXEN, Memorias de África
Para decepción de los comerciantes y los dueños de los bares, Baileyville tardó menos de un día en vaciarse. Cuando los periódicos con titulares de «INOCENTE: VEREDICTO INESPERADO» acabaron usándose para encender el fuego y tapar las corrientes de aire, la última de las casas móviles cruzó traqueteando la frontera del condado y el abogado de la acusación, que se había encontrado misteriosamente con tres neumáticos rajados, consiguió que le mandaran otro juego desde Lexington, Baileyville regresó de inmediato a la normalidad. Solo las marcas de las ruedas en el barro y los envases vacíos de comida que salpicaban las orillas de los caminos revelaban que allí se había celebrado un juicio.
Kathleen, Beth e Izzy acompañaron a Verna de vuelta a su cabaña, turnándose para caminar mientras esta iba a lomos del robusto Patch. El viaje les llevó la mayor parte del día y regresaron con la promesa de que Neeta, la hermana de Verna, iría a buscarlas si esta necesitaba ayuda con el parto. Nadie sacó el tema de la paternidad del bebé y, cuando llegaron a la puerta, Verna ya no hablaba, como si estuviera agotada por haber estado con tanta gente desconocida.
No esperaban volver a saber nada de ella.
Aquella primera noche, Margery O’Hare yacía de lado en su propia cama, frente a Sven Gustavsson, en la penumbra. Tenía el pelo suave y limpio, después del baño que se había dado, y el estómago lleno. Por la ventana abierta, oía a los búhos y a los grillos cantando en la oscuridad, en la ladera de la montaña, un sonido que hacía que la sangre fluyera lenta por sus venas y que su corazón latiera con un ritmo sosegado. Estaban observando a la niñita que dormía tumbada entre ellos, con los brazos echados hacia atrás y haciendo gestitos con la boca mientras soñaba. La mano de Sven descansaba sobre la curva de la cadera de Margery y esta disfrutaba de su peso y de la perspectiva de las noches que estaban por llegar.
—Aún podemos irnos, si quieres —susurró Sven.
Margery levantó la manta de algodón del bebé y se la subió hasta la barbilla.
—¿Adónde?
—De aquí. Me refiero a lo que dijiste sobre la advertencia de tu madre y volver a empezar de nuevo. He leído que hay varios lugares en el norte de California donde buscan granjeros y colonos. He pensado que podría gustarte la zona. Podríamos llevar una buena vida. —Al ver que ella no decía nada, Sven añadió—: No tiene por qué ser en una ciudad. Es un estado grande y desarrollado. La gente llega a California desde todas partes, así que nadie se fija en las personas que no son de allí. Tengo un amigo con una granja de melones que se ha ofrecido a darme trabajo mientras nos asentamos.
Margery se apartó el pelo de la cara.
—No me apetece mucho.
—Bueno, pues podríamos irnos a Montana, si te gusta más cómo suena.
—Sven, quiero quedarme aquí.
Sven se irguió y se apoyó sobre un codo. Analizó la expresión de Margery lo mejor que pudo, en la penumbra.
—Dijiste que querías que Virginia fuera libre. Que viviera como quisiera.
—Lo sé —reconoció Margery—. Y quiero que sea así. Pero lo cierto es que aquí tenemos amigos de verdad, Sven. Gente que nos apoya. Lo he estado pensando y, mientras estén ahí para ella, estará bien. Todos estaremos bien. —Como Sven no respondió, añadió—: ¿Te parece bien que… nos quedemos?
—Cualquier sitio en el que estéis tú y Virginia me parece bien.
Se produjo un largo silencio.
—Te quiero, Sven Gustavsson —dijo Margery.
Él se volvió hacia ella, en la oscuridad.
—¿No irás a ponerte sentimental conmigo, verdad, Marge?
—Nadie ha dicho que vaya a repetirlo.
Él sonrió y se recostó sobre el cabecero. Al cabo de un rato, extendió la mano, ella la agarró y la estrechó con fuerza, y así durmieron, al menos durante un par de horas, hasta que el bebé volvió a despertarse.
A Alice le sorprendió lo rápido que los sentimientos de entusiasmo y euforia por la vuelta a casa de Margery se disiparon cuando cayó en la cuenta de que aquello significaba que ya no le quedaba ningún impedimento para partir de inmediato. Todo había acabado. El juicio había llegado a su fin, al igual que su estancia en Kentucky.
Mientras observaba con las bibliotecarias cómo Sven se llevaba a Margery y a Virginia carretera arriba, hacia la vieja cabaña, se había dado cuenta de lo que aquello suponía y había empezado a derrumbarse poco a poco. Logró mantener la sonrisa mientras todas se iban, gritándose las unas a las otras, abrazándose y besándose, y les había prometido que las vería más tarde en el Nice ’N’ Quick, para celebrarlo. Pero el esfuerzo era demasiado grande y, cuando Beth le dio un puntapié a la colilla del cigarro en la carretera y se despidió de Alice agitando la mano con alegría, esta empezó a notar un gran peso en el pecho. Solo Fred se había dado cuenta y su cara era un reflejo de lo que ella sentía.
—¿Te apetece un bourbon? —le propuso el hombre, mientras cerraban con llave la puerta de la biblioteca y caminaban lentamente hacia su casa. Alice asintió. Ya solo le quedaban unas horas en el pueblo.
Él sirvió dos vasos y le ofreció uno, mientras ella se sentaba en el sillón bueno con los cojines de botones y la colcha de retales que había hecho su madre sobre el respaldo. Fuera había oscurecido y el clima templado había dado paso a un viento frío y punzante, y a una fuerte lluvia. Alice empezaba a temer el momento de irse.
Fred recalentó los restos de sopa, pero ella no tenía apetito y se dio cuenta de que tampoco tenía nada que decir. Alice intentó no mirar las manos de Fred, ambos eran conscientes del tictac del reloj sobre la repisa de la chimenea y de lo que este implicaba. Hablaron del juicio pero, aunque lo pintaron de vivos colores, Alice sabía que Van Cleve se habría enfadado todavía más y que, sin duda, redoblaría sus esfuerzos para acabar con la biblioteca, o para asegurarse de que su vida fuera lo más incómoda posible. Además, por mucho que dijera Margery, ella no podía quedarse más tiempo en la cabaña. Todos sabían que ella y Sven necesitaban pasar tiempo a solas y, cuando Alice les dijo que Izzy la había invitado a quedarse en su casa esa noche, las protestas habían sido poco convincentes.
—¿A qué hora sale el tren? —preguntó Fred.
—A las diez y cuarto.
—¿Quieres que te lleve en coche a la estación?
—Te lo agradecería mucho, Fred. Si no es molestia.
Él asintió con torpeza e intentó esbozar una sonrisa, que se desvaneció tan rápido como había llegado. Alice sintió el mismo dolor impreciso de siempre ante el malestar de él, consciente de que ella era la causa. ¿Qué derecho tenía ella a reclamar a ese hombre, a sabiendas de que era imposible? Había sido una egoísta al permitir que los sentimientos de él se acercaran a los suyos. Hundidos en una tristeza que ninguno de los dos era capaz de expresar, su conversación pronto se volvió tensa. Alice, mientras bebía a sorbitos una bebida que apenas podía saborear, se preguntó por un instante si había sido buena idea ir hasta allí. Tal vez debería haberse ido directamente a casa de Izzy. ¿Qué sentido tenía prolongar aquel sufrimiento?