Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Историческая проза » Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4]
Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4] - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4]

Электронная книга - «Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4]». Краткое содержание книги:

Por la autora de Yo antes de ti, una fabulosa historia sobre cinco extraordinarias mujeres que intentan cambiar su mundo con el poder de los libros. Inspirada por la sed de aventuras y el deseo de abandonar la monotonía de Inglaterra, Alice Wright se enamora de un atractivo americano y toma la impulsiva decisión de aceptar su propuesta de matrimonio. Pero su nueva vida en la pequeña y conservadora ciudad minera de Kentucky en la que Alice se instala con su marido y su autoritario suegro en medio de la Gran Depresión resulta aún más claustrofóbica. Hasta que conoce a Margery O'Hare. Independiente y deslenguada, Margery no ha pedido el permiso de un hombre para nada en toda su vida y ahora se ha propuesto llevar el milagro de los libros hasta el último rincón de la región. A caballo, atravesando montañas y bosques salvajes, y a menudo luchando contra el prejuicio y la ignorancia, Alice, Margery y sus compañeras se convertirán en bibliotecarias itinerantes al tiempo que descubren la libertad, la amistad, el amor y una vida que por fin les pertenece. La crítica ha dicho...
1 ... 89 90 91 92 93 94 95 96 97 ... 100
Перейти на страницу:

—¿Hola? ¿Señorita McCullough? ¿Hay alguien? —Todo siguió inmóvil—. ¿Hola?

Una voz rompió el silencio.

—¡Fuera de aquí, déjennos en paz!

Alice se volvió y se topó con los dos cañones de un rifle, que asomaban por un hueco de la puerta.

Tragó saliva y ya estaba a punto de volver a hablar, cuando Kathleen apareció andando a su lado y le puso una mano en el brazo a Alice.

—¿Verna? ¿Eres tú? No sé si te acuerdas de mí, pero soy Kathleen Hannigan, ahora Bligh. A veces jugaba con tu hermana, abajo, en Split Creek. Una vez, hicimos muñecas de maíz con mi madre, durante una cosecha, y creo que ella te hizo una a ti. Con un lazo de lunares. ¿Te acuerdas?

Ahora el perro miraba fijamente a Kathleen, con los labios retraídos sobre los dientes.

—No estamos aquí para causaros problemas —continuó la mujer, levantando las manos—. Una buena amiga está en apuros y estaríamos muy agradecidas si nos dejarais hablar con vosotras un momento.

—¡No tenemos nada que deciros!

Nadie se movió. El perro dejó de ladrar un instante y volvió el morro hacia la puerta. Los dos cañones seguían allí.

—No pienso bajar al pueblo —añadió la voz, desde el interior—. No… No voy a bajar. Ya le dije al sheriff qué día había desaparecido nuestro padre y listo. No vais a sacarme nada más.

Kathleen se acercó otro poco.

—Lo entendemos, Verna. Solo queremos que nos dediques un par de minutos para poder hablar. Para ayudar a nuestra amiga. Por favor.

Se hizo un largo silencio.

—¿Qué le ha pasado?

Se miraron las unas a las otras.

—¿No lo sabes? —preguntó Kathleen.

—El sheriff solo dijo que habían encontrado el cadáver de mi padre. Y al asesino que lo había matado.

Alice tomó la palabra.

—Más o menos, fue así. Salvo que es a nuestra amiga a la que están juzgando, señorita Verna, y podemos jurar sobre la Biblia que ella no es ninguna asesina.

—Verna, puede que conozcas a Margery O’Hare. Como sabrás, la fama de su padre la precede. —Kathleen bajó la voz, como si aquello fuera una conversación informal—. Pero ella es una buena mujer. Un poco… particular, pero no es ninguna despiadada asesina. Y su bebé se arriesga a crecer sin una madre por culpa de los chismorreos y los rumores.

—¿Margery O’Hare ha tenido un bebé? —El arma descendió un poco—. ¿Con quién se ha casado?

Las mujeres intercambiaron miradas incómodas.

—Bueno, no está casada, exactamente.

—Pero eso no significa nada —se apresuró a gritar Izzy—. No significa que no sea una buena persona.

Beth acercó el caballo un poco más a la casa y levantó una alforja.

—¿Quiere unos libros, señorita McCullough? ¿Para usted o para su hermana? Tenemos libros de recetas, libros de cuentos, todo tipo de libros. Muchas familias de las montañas se alegran de recibirlos. No tiene que pagar nada y le traeremos otros nuevos cuando quiera.

Kathleen negó con la cabeza, mirando a Beth.

—No creo que sepa leer —susurró.

Alice, nerviosa, intentó hablar por encima de ellas.

—Señorita McCullough, lamentamos mucho, muchísimo, lo de su padre. Debían de quererlo mucho. Y sentimos mucho molestarlas con este asunto. No habríamos venido si no estuviéramos desesperadas por ayudar a nuestra amiga…

—Me da igual —dijo la muchacha.

Alice se tragó el resto de la frase y encorvó un poco los hombros. Beth cerró la boca, consternada.

—Bueno, me parece natural que albergue sentimientos negativos hacia Margery, pero le ruego que escuche…

—No digo lo de ella. —La voz de Verna se endureció—. Me da igual lo que le ha pasado a mi padre.

Las mujeres se miraron, confusas. El rifle descendió otro poco más y luego desapareció.

—¿Eres la Kathleen que llevaba las trenzas sujetas encima de la cabeza?

—La misma.

—¿Habéis cabalgado hasta aquí desde Baileyville?

—Así es —dijo Kathleen.

Hubo una breve pausa.

—Entonces, será mejor que entréis.

Ante la atenta mirada de las bibliotecarias, la tosca puerta de madera se entornó y, al cabo de un rato, se abrió un poco más, chirriando. Y allí, por primera vez, en la penumbra, vieron la figura de la veinteañera Verna McCullough. Llevaba puesto un vestido de color azul descolorido, con parches en los bolsillos, y una pañoleta en la cabeza. Su hermana se movía entre las sombras, detrás de ella.

Se quedaron un momento en silencio, mientras todas asimilaban lo que tenían delante.

—Mierda —dijo Izzy, en voz baja.

26

Alice era la primera de la cola para entrar en el tribunal, el lunes por la mañana. Apenas había dormido y tenía los ojos irritados y doloridos. Había llevado pan de maíz recién horneado a la prisión a primera hora de la mañana, pero el ayudante del sheriff Dulles había bajado la vista hacia el molde y le había comunicado, como disculpándose, que Margery había dejado de comer.

—Apenas ha probado bocado en todo el fin de semana —le dijo el hombre, muy preocupado.

—Quédeselo de todas formas. Por si consigue que coma algo más tarde.

—Ayer no vino.

—Estaba ocupada.

Él frunció el ceño ante la brusquedad de la respuesta, pero al final decidió que las cosas ya estaban lo suficientemente feas en el pueblo esa semana como para que él las complicara aún más, y volvió a bajar a las celdas.

Alice ocupó su asiento, en la parte delantera de la tribuna del público, y echó un vistazo a la multitud. No estaban ni Kathleen, ni Fred. Izzy se sentó a su lado y luego llegó Beth, fumando el final de un cigarro que apagó con el pie.

—¿Se sabe algo?

—Todavía no —respondió Alice.

Y, entonces, se quedó estupefacta. Allí, dos filas más atrás, se encontraba Sven, con el rostro sombrío y unas profundas ojeras, como si llevara semanas sin dormir. Estaba inmóvil, mirando al frente con las manos sobre las rodillas. Había algo en la rigidez de su porte que sugería que estaba haciendo grandes esfuerzos para contenerse, y el mero hecho de verlo allí hizo que a Alice se le hiciera un nudo en la garganta. Se sobresaltó cuando Izzy le estrechó la mano, y le devolvió el apretón, intentando respirar de forma rítmica. Un minuto después, Margery entró, cabizbaja, con paso lento. Se quedó de pie, con expresión inescrutable, sin preocuparse ya siquiera de mirar a nadie a los ojos.

—Ánimo, Marge —susurró Beth, a su lado.

En ese momento, el juez Arthurs entró en la sala y todos se levantaron.

—La señorita Margery O’Hare, aquí presente, ha sido víctima de un desafortunado malentendido. Estaba, como se suele decir, en el lugar equivocado, en el momento equivocado. Ya solo Dios sabrá la verdad de lo sucedido en lo alto de esa montaña, pero lo que sí sabemos es que el hecho de que haya un libro que, según todos los indicios, ha debido de viajar por medio condado de Lee, al lado de un cadáver que podía llevar allí ya unos seis meses, es una prueba muy poco fiable. —El abogado de la defensa levantó la vista cuando las puertas del fondo de la sala se abrieron, y todos se giraron en sus asientos para ver entrar a Kathleen Bligh, sudorosa y un tanto sofocada.

—Disculpen. Lo siento mucho. Lo siento. —La mujer fue corriendo hasta la parte delantera del tribunal, donde se inclinó para hablar con el señor Turner. Este miró hacia atrás y luego se levantó, llevándose una mano a la corbata, mientras la gente de la sala murmuraba, sorprendida.

—¿Señoría? Tenemos una testigo a la que le agradaría mucho decir algo ante el tribunal.

—¿Puede esperar?

—Señoría, es de vital importancia para el caso.

El juez suspiró.

—Abogados, por favor, acérquense al estrado.

Los dos hombres fueron a la parte delantera. Ninguno se molestó en bajar demasiado la voz, uno por urgencia y el otro por frustración, así que la sala pudo oír prácticamente todo lo que decían.

1 ... 89 90 91 92 93 94 95 96 97 ... 100
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)