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Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4]

Электронная книга - «Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4]». Краткое содержание книги:

Por la autora de Yo antes de ti, una fabulosa historia sobre cinco extraordinarias mujeres que intentan cambiar su mundo con el poder de los libros. Inspirada por la sed de aventuras y el deseo de abandonar la monotonía de Inglaterra, Alice Wright se enamora de un atractivo americano y toma la impulsiva decisión de aceptar su propuesta de matrimonio. Pero su nueva vida en la pequeña y conservadora ciudad minera de Kentucky en la que Alice se instala con su marido y su autoritario suegro en medio de la Gran Depresión resulta aún más claustrofóbica. Hasta que conoce a Margery O'Hare. Independiente y deslenguada, Margery no ha pedido el permiso de un hombre para nada en toda su vida y ahora se ha propuesto llevar el milagro de los libros hasta el último rincón de la región. A caballo, atravesando montañas y bosques salvajes, y a menudo luchando contra el prejuicio y la ignorancia, Alice, Margery y sus compañeras se convertirán en bibliotecarias itinerantes al tiempo que descubren la libertad, la amistad, el amor y una vida que por fin les pertenece. La crítica ha dicho...
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El aire denso y húmedo las envolvía, y los bosques, con unos tonos ambarinos recién adquiridos, estaban llenos de hojas caídas que amortiguaban el ruido mientras ellas pasaban por los senderos ocultos. Cabalgaban en silencio, concentradas en aquel territorio desconocido, hablando solo de vez en cuando para animar a los caballos en voz baja, o para advertirles que se acercaba algún obstáculo.

Mientras recorrían el camino hacia el pico de la montaña, Alice cayó en la cuenta de que nunca habían cabalgado así, todas juntas. Y también de que lo más probable era que aquella fuera la última vez que ella se internaba en los bosques a caballo.

En una semana, aproximadamente, estaría en el tren, camino de Nueva York, donde cogería el enorme transatlántico que la llevaría a Inglaterra y a un tipo de vida muy diferente. Alice se dio la vuelta en la silla, observó al grupo de mujeres que la seguían y pensó en cuánto las quería y en que dejarlas a todas ellas, no solo a Fred, iba a ser la mayor tortura que había soportado hasta entonces. No creía que volviera a encontrar unas mujeres tan afines a ella y tan cercanas en su siguiente vida, entre parloteos cordiales y tazas de té.

Las otras bibliotecarias la olvidarían poco a poco y se entregarían a sus ajetreadas vidas: al trabajo, a la familia y a los retos siempre cambiantes de las estaciones. Por supuesto, prometerían escribirle, pero no sería lo mismo. Ya no habría más experiencias compartidas, más viento frío azotando sus rostros, más advertencias de que había serpientes en los caminos, ni más compasión cuando alguna de ellas se cayera del caballo. Alice iría convirtiéndose, poco a poco, en la posdata de una historia: «¿Te acuerdas de aquella muchacha inglesa que cabalgó con nosotras un tiempo? ¿La mujer de Bennett van Cleve?».

—¿Crees que ya estamos cerca? —Kathleen irrumpió en sus pensamientos, poniendo su caballo a la par del suyo.

Alice hizo parar a Charley y abrió el mapa que tenía en el bolsillo.

—Pues, según esto, no está mucho más allá de aquella cresta —dijo Alice, observando con los ojos entornados las imágenes dibujadas a mano—. Margery decía que las hermanas vivían a unos siete kilómetros en esa dirección, y que Nancy siempre hacía andando el último tramo por culpa del puente colgante, así que supongo que la casa de los McCullough debe de estar por allí.

Beth se burló de ella.

—¿Estás leyendo ese mapa del revés? Sé sin lugar a dudas que el puñetero puente está hacia el otro lado.

Alice tenía un nudo en el estómago, de los nervios.

—Si lo tienes tan claro, podrías adelantarte tú sola y avisarnos cuando llegues.

—No hace falta que te enfades. Lo digo porque tú no eres de aquí, eso es todo. Creía que…

—Claro, como si no lo supiera. Como si todo el pueblo no llevara un año recordándomelo.

—No te pongas así, Alice. Caray. Solo quería decir que tal vez algunas de nosotras conozcamos mejor las montañas que…

—Cállate, Beth. —Hasta Izzy estaba molesta—. No habríamos llegado hasta aquí de no ser por Alice.

—Esperad —dijo Kathleen—. Mirad.

Fue el humo lo que las alertó, un fino hilillo gris que no habrían avistado si los árboles cercanos no hubieran perdido las hojas de las copas, dejando brevemente a la vista aquel penacho ondulante sobre el cielo plomizo. Las mujeres se detuvieron en el claro y vieron la choza agazapada en la cresta de la montaña, el tejado al que le faltaban un par de tejas y el jardín descuidado. Era la única casa en varios kilómetros a la redonda y rezumaba abandono y recelo hacia las visitas inesperadas. Un perro de aspecto cruel, atado a una cadena, empezó a emitir unos ladridos feroces y sordos, al percatarse de su presencia entre los árboles.

—¿Creéis que nos dispararán? —preguntó Beth, y escupió ruidosamente.

Fred le había dicho a Alice que cogiera el rifle y esta lo llevaba colgado al hombro, por la cinta. No tenía muy claro si era bueno o malo que la familia McCullough viera que iba armada.

—Me pregunto cuántos habrá ahí dentro. A mi hermano mayor le dijeron que ninguno de los McCullough de fuera del pueblo había venido hasta aquí.

—Ya. Como dijo la señora Brady, lo más probable es que solo hayan acudido por el espectáculo —comentó Kathleen, entornando los ojos para ver mejor.

—Pues no iban a venir por las riquezas de los McCullough, ¿no? ¿Qué te dijo tu madre cuando se enteró de que ibas a subir aquí, por cierto? —le preguntó Beth a Izzy—. Me sorprende que te lo haya permitido —añadió. Izzy hizo avanzar a Patch hacia una pequeña zanja, que el caballo salvó con un resoplido—. ¿Izzy?

—Ella no tiene ni idea.

—¡Izzy! —Alice se giró en la silla.

—Ay, Alice, cállate. Sabes tan bien como yo que no me habría dejado venir. —Izzy se frotó la bota.

Se quedaron todas mirando la casa. Alice se estremeció.

—Si te pasa algo, tu madre me pondrá en el banquillo de los acusados con Margery. Izzy, esto es peligroso. Si lo hubiera sabido, no te habría dejado venir. —Alice negó con la cabeza.

—¿Y por qué has venido, Izzy? —preguntó Beth.

—Porque somos un equipo. Y los equipos permanecen unidos —repuso Izzy, levantando la barbilla—. Somos las bibliotecarias itinerantes de Baileyville y permanecemos unidas.

Beth le dio un pequeño puñetazo en el brazo, mientras su caballo avanzaba.

—Bien dicho, maldita sea.

—Caray, ¿es que nunca vas a dejar de maldecir, Beth Pinker?

Izzy le devolvió el puñetazo y chilló cuando sus caballos chocaron entre ellos.

Al final, fue Alice la que tomó la delantera. Subieron hasta donde el perro gruñón de la cadena se lo permitió, y luego la joven se bajó del caballo y le pasó las riendas a Kathleen. Avanzó unos pasos hacia la puerta, alejándose del perro, que le enseñaba los dientes y tenía el pelo del cogote erizado. Alice miró la cadena, nerviosa, esperando que el otro extremo estuviera bien sujeto.

—¿Hola? —Las dos ventanas de la parte delantera, llenas de mugre, las observaban de forma inexpresiva. De no haber sido por el hilillo de humo, habría jurado que no había nadie en casa. Alice avanzó un paso más y alzó la voz—. ¿Señorita McCullough? Usted no me conoce, pero trabajo en la Biblioteca Itinerante, abajo, en el pueblo. Sé que no han querido hablar con los hombres del sheriff, pero les estaría muy agradecida si pudieran ayudarnos.

Su voz rebotó en la ladera de la montaña. Dentro de la casa, no hubo ningún movimiento.

Alice se volvió y miró a las demás, vacilante. Los caballos pateaban con impaciencia y observaban al perro, que no paraba de gruñir, con las fosas nasales dilatadas.

—¡Solo sería un momento!

El perro se giró y se quedó callado. Por un instante, en la montaña reinó un silencio mortal. No se movía nada: ni los caballos, ni los pájaros en los árboles. A Alice se le puso la piel de gallina, como si aquello fuera el presagio de algo terrible. Pensó en la descripción del cadáver de McCullough, al que le habían arrancado los ojos a picotazos. Había yacido no muy lejos de allí, durante meses.

«No quiero estar aquí», pensó, mientras un pánico visceral le recorría la espina dorsal. Levantó la vista y vio a Beth, que asentía como diciendo: «Vamos, inténtalo otra vez».

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