La chica del tambor
- Автор: Ле Карре Джон
- Язык: испанский
- Жанр: Шпионские детективы
Электронная книга - «La chica del tambor». Краткое содержание книги:
Ahora, Kurtz dio sus �rdenes a velocidad de dictado, y con gran autoridad: no se efectuar�n investigaciones en el centro de Munich hasta el d�a catorce; los resultados de las pruebas forenses deber�n ser enviados primeramente y con car�cter exclusivo al doctor Alexis, y no se distribuir�n hasta que los haya visto y examinado el propio Kurtz; las comparaciones p�blicas con otros incidentes s�lo se har�n previa la aprobaci�n de Kurtz.
Al o�r que su agente comenzaba a rebelarse, Kurtz apart� el aparato de su o�do, para que Becker pudiera o�r tambi�n el doctor Alexis:
-�Pero, Marty, mi querido amigo, escuche, debo preguntarle algo de esencial importancia, ya que�
-�Pregunte.
-��Qu� es lo que buscamos, en este caso concreto? A fin de cuentas un accidente no es una tonter�a, Marty. Esto es una democracia civilizada, y ya comprende usted, Marty, lo que quiero decir con ello.
En el caso de que Kurtz lo supiera, se abstuvo de confesarlo. Alexis sigui� hablando:
-�Escuche. Debo exigirle algo, Marty, s�, insisto en que es una exigencia. No quiero da�os, ni heridos ni muertos. Es una condici�n imperativa. �Comprende lo que le quiero decir?
Kurtz lo comprendi� muy bien, tal como lo demostraron sus tersas frases:
-�Paul, tengo la seguridad de que no se producir�n da�os en bienes alemanes. Alguna aver�a quiz�. Pero da�os propiamente dichos, no.
Sintiendo resurgir su alarma, Alexis grit�:
-��Y lesiones y muertes? �Por el amor de Dios, Marty, que aqu� no somos un hatajo de primitivos!
Una gran calma domin� la voz de Kurtz:
-�Paul, no se derramar� sangre inocente. Tiene usted mi palabra. Ni un solo ciudadano alem�n sufrir� siquiera un ara�azo.
-��Puedo estar cierto de ello?
Kurtz repuso:
-�No le queda m�s remedio.
Y colg� el aparato sin dar su n�mero de tel�fono.
En circunstancias normales, Kurtz no hubiera utilizado el tel�fono con tanta libertad, pero, teniendo en consideraci�n que, actualmente, el encargado de intervenir tel�fonos era el propio Alexis, Kurtz estim� que pod�a correr esa clase de riesgo.
Litvak llam� diez minutos despu�s. Kurtz le dijo: �Adelante, tienes luz verde, hazlo.�
Los dos esperaron. Kurtz junto a la ventana, y Becker de nuevo sentado en la silla, mirando el inquietante cielo nocturno. Kurtz agarr� la manecilla de la ventana y abri� ambas hojas de par en par, dejando que en el cuarto penetrase el zumbido del tr�nsito en la autopista.
Como si se hubiera pillado a s�, mismo en una actitud negligente, Kurtz dijo:
-��A santo de qu� correr riesgos innecesarios?
Becker comenz� a hacer cuentas a velocidad de soldado. Tanto tiempo para que los dos quedaran en posici�n. Tanto tiempo para las �ltimas comprobaciones. Tanto tiempo para emprender la retirada. Tanto tiempo para que se produjera una interrupci�n del tr�nsito en ambas direcciones. Tanto tiempo para preguntarse cu�l es el valor de la vida humana, incluso en el caso de aquellos que conculcan totalmente su naturaleza. Y de aquellos que tal no hacen.
Como de costumbre fue el estallido m�s fuerte que todos hab�an o�do en su vida. M�s fuerte que el de Godesberg, m�s fuerte que el de Hiroshima, m�s fuerte que el de todas las batallas jam�s libradas. Sentado en su silla, mirando m�s all� de la silueta de Kurtz, Becker vio una bola de color anaranjado que estallaba a la altura del suelo, y que luego se desvanec�a, llev�ndose consigo las �ltimas estrellas y la primera luz del d�a. El estallido fue seguido de inmediato por un aceitoso humo negro que llen� el espacio vaciado por los gases expansivos. Vio cascotes volando por los aires, y un chorro de fragmentos negros que sal�a disparado y girando sobre s� mismo detr�s del estallido, sin saber exactamente qu� eran aquellos fragmentos, ruedas, una porci�n de asfalto, restos humanos� Vio como la cortina acariciaba amorosamente el desnudo brazo de Kurtz, y sinti� el calor propio de un secador de cabello. Oy� el zumbido, parecido al que producen los insectos, causado por objetos duros que, al temblar, se rozaban entre s�, y mucho antes de que este zumbido se acallara, oy� los primeros gritos de indignaci�n, los ladridos de perros, el paso de pies que avanzaban arrastr�ndose, calzados con zapatillas, por los pasillos cubiertos que un�an los chalets, y oy� voces que dec�an las tontas frases que se dice la gente en las pel�culas cuando se hunde un barco: ��Mam�! �Mam�, mam�!� ��He perdido las joyas!� Oy� la voz de una mujer, presa de la histeria, que aseguraba que llegaban los rusos, y oy� otra voz igualmente aterrada que dec�a a la mujer que no pasaba nada, ya que s�lo hab�a estallado un dep�sito de petr�leo. Alguien dijo que era cosa de los militares, y que era una verg�enza las cosas que los militares transportaban de noche. Junto a la cama hab�a una radio. Mientras Kurtz segu�a junto a la ventana, Becker puso la radio en marcha, que comenz� a difundir un programa local centrado en conversaciones para insomnes, y la mantuvo conectada con dicha estaci�n, en espera de que se interrumpiera el programa para dar la informaci�n de emergencia. Acompa�ado por el gemido de una sirena, un autom�vil de la polic�a, destellante, intermitente su luz azul, avanzaba a toda velocidad por la autopista. Luego, no pas� nada. Despu�s un coche de bomberos, y luego una ambulancia. El programa de la radio fue interrumpido, y se dio la primera noticia. Se hab�a producido una misteriosa explosi�n al Este de Munich, sin que se supieran las causas ni otros detalles del hecho. La auto-pista hab�a quedado cerrada al tr�nsito en ambas direcciones, y se advert�a a los conductores que deb�an seguir las rutas alternativas.
Becker cerr� la radio y encendi� las luces. Kurtz cerr� la ventana y corri� las cortinas. Luego se sent� en la cama y se quit� los zapatos sin desanudar los cordones.
Como si, de repente, algo le hubiera refrescado la memoria, Kurtz dijo:
-�A prop�sito, Gadi, no hace mucho, unos d�as tan s�lo, estuve hablando con nuestra gente en la embajada de Bonn. Les ped� que practicaran ciertas investigaciones sobre las finanzas de esos polacos con los que t� trabajabas en Berl�n�
Becker nada dijo. Kurtz sigui�:
-�Bueno, pues parece que las noticias no son buenas, ni mucho menos. Creo que tendremos que buscar m�s dinero para ti o, de lo contrario, otros polacos�
Al no recibir respuesta, siquiera ahora, Kurtz levant� despacio la cabeza y vio a Becker que le miraba fijamente desde la puerta, y algo hab�a en la apostura de Becker, el m�s alto de los dos hombres, que irrit� gravemente a Kurtz, quien dijo:
-��Acaso quiere usted decirme algo, se�or Becker? �Es que tiene que hacer alguna alegaci�n de car�cter moral que deje tranquilizada su mente?
Al parecer, Becker nada ten�a que decir. Se fue, cerrando suave-mente la puerta a su espalda.
Kurtz ten�a que hacer una �ltima llamada telef�nica. Se trataba de una llamada a Gavron, directamente a su casa. Alarg� la mano para coger el tel�fono, dud�, y retir� la mano. Que espere, pens�, mientras la ira volv�a a surgir en su fuero interno. De todas maneras, le llam�. Comenz� a hablar suavemente, con sentido com�n, y como si todo estuviera dominado. Siempre comenzaban a hablar de esta manera. Utilizaban el ingl�s. Y se serv�an de los nombres falsos correspondientes a cada uno de ellos, en aquella semana.
-�Nathan, soy Harry. Hola. �C�mo est� tu mujer? Magn�fico, dale tambi�n mis recuerdos. Nathan, dos cabras locas, j�venes por cierto, han pillado un fuerte resfriado. Esto seguramente gustar� a la gente que de vez en cuando nos pide que le demos una satisfacci�n.
Al escuchar la respuesta de Gavron, seca, imparcial, oficialesca, Kurtz comenz� a temblar. Pero, a pesar de todo, consigui� mantener el tono sereno de su voz:
-�Nathan, me parece que ahora comienza tu gran momento. Por mi culpa has tenido que aguantar ciertas presiones, para que esa cosa madurase. Te he hecho promesas y las he cumplido, ahora hace falta que tengas un poco de confianza, un poco de paciencia.
De entre todas las mujeres y los hombres que Kurtz conoc�a, Gavron era el �nico ser que le induc�a a decir frases que luego Kurtz lamentaba. De todas maneras, Kurtz sigui� domin�ndose.