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Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4]

Электронная книга - «Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4]». Краткое содержание книги:

Por la autora de Yo antes de ti, una fabulosa historia sobre cinco extraordinarias mujeres que intentan cambiar su mundo con el poder de los libros. Inspirada por la sed de aventuras y el deseo de abandonar la monotonía de Inglaterra, Alice Wright se enamora de un atractivo americano y toma la impulsiva decisión de aceptar su propuesta de matrimonio. Pero su nueva vida en la pequeña y conservadora ciudad minera de Kentucky en la que Alice se instala con su marido y su autoritario suegro en medio de la Gran Depresión resulta aún más claustrofóbica. Hasta que conoce a Margery O'Hare. Independiente y deslenguada, Margery no ha pedido el permiso de un hombre para nada en toda su vida y ahora se ha propuesto llevar el milagro de los libros hasta el último rincón de la región. A caballo, atravesando montañas y bosques salvajes, y a menudo luchando contra el prejuicio y la ignorancia, Alice, Margery y sus compañeras se convertirán en bibliotecarias itinerantes al tiempo que descubren la libertad, la amistad, el amor y una vida que por fin les pertenece. La crítica ha dicho...
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Aquello suscitó las risas de los presentes en la sala y la ira del juez, y Nancy se llevó ambas manos a la cara suponiendo, probablemente con razón, que hasta aquella comparación iba a contribuir a la idea de que Marge era, de alguna forma, una transgresora, de que el no saber hornear iba en contra de las leyes de la naturaleza.

El fiscal le tiró aún más de la lengua, para que dijera lo aislada que estaba la ruta (mucho), lo a menudo que veía a alguien por allí (raras veces) y cuántas personas solían hacer aquel recorrido de forma regular (solo Margery, o algún que otro cazador).

—No hay más preguntas, señoría.

—Pues a mí me gustaría añadir una cosa —anunció Nancy, mientras el alguacil la hacía bajar del estrado. La mujer se volvió para señalar el banquillo de los acusados—. Esa de ahí es una muchacha buena y amable. Nos traía libros para leer, lloviera o hiciera sol, a mí y a mi hermana, que lleva en la cama desde 1933, y todos ustedes, que se dicen cristianos y la están juzgando, deberían pensar en lo que hacen por sus semejantes. Porque ninguno de ustedes es tan importante y poderoso como para no poder ser juzgado. ¡Ella es una buena chica y lo que le están haciendo está muy mal! Ah, señor juez, mi hermana también tiene un mensaje para usted.

—Debe de referirse a Phyllis Stone, hermana mayor de la testigo. Al parecer, está postrada en cama y le resultaría imposible bajar de la montaña —le susurró el alguacil al juez.

El juez Arthurs se recostó en la silla. Dio la sensación de que ponía fugazmente los ojos en blanco.

—Adelante, señora Stone.

—Esto es lo que ella quería que les dijera: «Váyanse todos al infierno, ¿quién nos va a traer ahora los libros de Mack Maguire?» —exclamó la mujer. Luego, asintió—. Pues eso, que se vayan todos al infierno. Ya está.

Y mientras el juez empezaba de nuevo a dar golpes con el mazo, Beth y Kathleen, una a cada lado de Alice, no pudieron evitar esbozar una sonrisa.

A pesar de aquel momento de regocijo, las bibliotecarias abandonaron el edificio por la tarde sin ganas de hablar y con cara de circunstancias, como si consideraran que el veredicto era un mero formalismo. Alice y Fred iban juntos atrás del todo, enfrascados en sus pensamientos, con sus codos rozándose de vez en cuando.

—Puede que la cosa mejore cuando le toque hablar al señor Turner —dijo Fred, al llegar a la biblioteca.

—Tal vez.

El hombre se quedó fuera, mientras los demás entraban.

—¿Te gustaría cenar algo antes de irte?

Alice se volvió para comprobar que la gente aún seguía saliendo del piso de arriba del juzgado y, de pronto, se sintió invadida por un espíritu de rebeldía. ¿Por qué no iba a cenar donde quisiera? ¿Por qué aquello iba a ser un pecado, teniendo en cuenta todo lo demás que estaba sucediendo?

—Me encantaría, Fred. Gracias.

Alice fue con Fred hasta su casa, con la espalda recta, desafiando a cualquiera que osara comentar algo al respecto. Una vez allí, se pusieron a deambular por la cocina para preparar la cena, en un extraño simulacro de vida doméstica que ninguno de los dos se atrevió a comentar.

No hablaron de Margery, de Sven, ni del bebé, aunque aquellas tres almas estaban alojadas casi de forma permanente en sus mentes. No hablaron de cómo Alice se había deshecho de casi todas las pertenencias que había adquirido desde su llegada a Kentucky, ni de que ahora, en la cabaña de Margery, solo había un pequeño baúl, etiquetado con pulcritud, esperando para volver a casa. Hablaron de lo deliciosa que estaba la comida, de la sorprendente cosecha de manzanas de ese año, del comportamiento errático de uno de los nuevos caballos de Fred y de un libro que este había leído, De ratones y hombres, aunque deseaba no haberlo hecho, a pesar de la calidad de la escritura, ya que era demasiado deprimente para aquellos momentos. Dos horas después, Alice se fue a su cabaña, sonriéndole a Fred mientras partía (porque le resultaba casi imposible no sonreír a Fred) y, al cabo de unos minutos de haberse marchado, descubrió que, detrás de aquella fachada bondadosa, últimamente sentía una furia casi permanente. Se encontraba en un mundo en el que solo podría seguir sentándose con el hombre al que amaba durante unos días más, en un pueblecito donde tres vidas estaban a punto de echarse a perder para siempre, por culpa de un crimen que una mujer no había cometido.

La semana fue avanzando a trompicones, de forma exasperante. Cada día, las bibliotecarias se sentaban en la primera fila de la tribuna del público, y cada día escuchaban a varios testigos expertos que exponían y diseccionaban los elementos del caso: que la sangre del ejemplar de Mujercitas coincidía con la de Clem McCullough, que el hematoma que tenía en la cara y en la frente encajaba con un golpe asestado con el mismo. Mientras la semana proseguía, el tribunal escuchó los supuestos «testimonios de moralidad»: una esposa remilgada que aseguró que Margery O’Hare había insistido en dejarles un libro que ella y su marido solo podían calificar de «obsceno». El hecho de que Margery acabara de tener un bebé fuera del matrimonio y que no se sintiera en absoluto avergonzada. Había varios ancianos —entre ellos, Henry Porteous— que se prestaron para testificar sobre la larga enemistad de los O’Hare con los McCullough, y sobre lo mezquinas y vengativas que eran ambas familias. El abogado defensor intentó desacreditar esos testimonios, para equilibrar:

—Sheriff, ¿es cierto que la señorita O’Hare no ha sido detenida ni una sola vez en sus treinta y ocho años de vida, por ningún tipo de delito?

—Lo es —reconoció el sheriff—. También es cierto que muchos fabricantes de alcohol ilegal de la zona tampoco han visto nunca el interior de una celda.

—¡Protesto!

—Solo estoy diciendo, señoría, que el hecho de que una persona no haya sido detenida no significa que sea un ángel. Ya sabe cómo funcionan las cosas por aquí.

El juez ordenó que la declaración no constara en acta. Pero el sheriff consiguió su objetivo: mancillar el nombre de Margery de una forma vaga e imprecisa. Alice vio que los integrantes del jurado fruncían el ceño y tomaban algunas notas en los cuadernos, y también vio que Van Cleve esbozaba una lenta sonrisa de satisfacción, desde el banco en el que estaba sentado. Fred reparó en que el sheriff estaba fumando la misma marca de puros caros importados de Francia que fumaba Van Cleve.

¿Sería una coincidencia?

El viernes por la tarde, las bibliotecarias estaban desmoralizadas. Los titulares sensacionalistas se sucedían; la multitud, aunque había disminuido un poco, al menos hasta el punto de que ya no había que subir y bajar las cestas de comida y bebida al segundo piso, seguía fascinada con la «bibliotecaria sedienta de sangre de las montañas» y, cuando Fred fue a ver a Sven el viernes por la tarde, cuando el tribunal decretó el descanso del fin de semana, para informarle de lo que estaba pasando en el juzgado, Sven había enterrado la cara entre las manos y no había dicho ni una palabra durante cinco minutos.

Ese día, las mujeres volvieron a la biblioteca andando y se sentaron en silencio, sin nada que decir, aunque tampoco querían irse a casa. Por fin, Alice, a la que aquel silencio empezaba a resultarle opresivo, dijo que iba a ir a la tienda a buscar algo de beber.

—Creo que nos lo hemos ganado.

—¿No te importa que te vean comprando alcohol? —preguntó Beth—. Porque puedo traer un poco de licor de Bert, el primo de mi padre, si lo prefieres. Sé que es fuerte para ti, por…

Pero Alice ya estaba en la puerta.

—Que se vayan todos al infierno. Probablemente, ya no esté aquí dentro de una semana —dijo—. Entonces podrán chismorrear todo lo que quieran sobre mí.

Bajó por la calle polvorienta, esquivando a los desconocidos que, tras haber finalizado el espectáculo diario en el tribunal, zigzagueaban para entrar en las tabernas o en el Nice ’N’ Quick, donde les estaría costando sentirse mal por lo de Margery O’Hare, dada la rentabilidad que le estaban sacando al asunto. Alice caminaba a paso ligero, con la cabeza gacha y los codos un poco hacia fuera, sin ganas de hablar de nimiedades con la gente, ni de saludar a los vecinos a los que ella y Margery habían llevado libros durante el último año y que tenían pinta de ser lo suficientemente traidores como para disfrutar de los acontecimientos de la semana. Que se fueran al infierno ellos también.

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