Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4]
- Автор: Мойес Джоджо
- Год: 2019
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4]». Краткое содержание книги:
Margery se tambaleó un poco y miró hacia la tribuna del público.
—Inocente —respondió en voz baja. Alguien tosió con fuerza en el lado derecho de la sala y el juez golpeó el mazo con energía. No iba a tolerar de ninguna manera, repetía, de ninguna manera, que hubiera revuelo en la sala, así que no quería que nadie se atreviera siquiera a respirar sin su permiso. ¿Lo habían entendido bien?
La multitud se calmó, aunque reprimiendo vagamente un aire de amotinamiento. Margery miró al juez y, al cabo de un rato, él le hizo un gesto con la cabeza para que volviera a sentarse, y esa fue toda su actividad hasta que le permitieron abandonar la sala.
La mañana avanzó poco a poco a ritmo legal, con las mujeres abanicándose y los niños revolviéndose en sus asientos, mientras el fiscal hacía un resumen del caso contra Margery O’Hare. El hombre anunció, con una voz un tanto nasal, como si fuera un artista, que iba a quedarles claro que, ante ellos, estaba una mujer criada sin valores morales, sin preocupación por la forma decente y legítima de hacer las cosas y sin fe. Que hasta su proyecto más visible —la denominada «Biblioteca Itinerante»— había resultado ser una tapadera de inquietudes menos decorosas y que el Estado lo demostraría por medio de los testimonios de testigos afectados por algunos ejemplos de su laxitud moral. Tales deficiencias, tanto de carácter como de comportamiento, habían alcanzado su punto culminante una tarde en Arnott’s Ridge, cuando la acusada se había topado con el enemigo declarado de su difunto padre y había aprovechado aquel lugar aislado y la ebriedad del señor Clem McCullough para terminar lo que sus pendencieros antepasados habían empezado.
Mientras aquello seguía adelante —y vaya si siguió, porque el fiscal adoraba el sonido de su propia voz—, los periodistas de Lexington y Louisville tomaban notas frenéticamente en pequeños cuadernos rayados, ocultándose su trabajo los unos a los otros y levantando la vista con atención ante cada nuevo dato. Cuando llegó la parte de la «laxitud moral», Beth gritó: «¡Y una mierda!», lo que le hizo ganarse un coscorrón de su padre, que estaba sentado detrás de ella, y una severa reprimenda del juez, que le aseguró que, si decía una palabra más, se pasaría el resto del juicio fuera, sentada en el barro. La muchacha escuchó el resto del alegato con los brazos cruzados y el tipo de expresión que hacía que Alice temiera por los neumáticos del abogado de la acusación.
—Ya verás. Esos periodistas escribirán que por estas montañas corren ríos de sangre por las reyertas familiares y otras sandeces por el estilo —susurró la señora Brady, detrás de ella—. Siempre hacen lo mismo. Nos hacen quedar como un hatajo de salvajes. No leerás ni una palabra sobre todo el bien que esta biblioteca, o Margery, han hecho.
Kathleen estaba sentada en silencio a un lado de Alice e Izzy al otro. Escuchaban atentamente, muy serias e inmóviles, y, cuando el hombre terminó, se miraron como diciéndose que ahora entendían a lo que se enfrentaba Margery. Reyertas familiares aparte, la Margery a la que el fiscal había descrito era tan falsa y monstruosa que, si no la conocieran, les habría dado miedo estar sentadas a escasos metros de ella.
Y parecía que Margery se había dado cuenta. Estaba marchita, como si le hubieran arrancado aquello que le hacía ser ella misma y hubieran dejado solo una carcasa vacía.
Alice deseó por enésima vez que Sven no se hubiera ido. Claramente, por mucho que Margery dijera, le habría tranquilizado tenerlo allí. Alice no dejaba de imaginarse cómo sería estar sentada en el banquillo de los acusados, enfrentándose al fin de todo lo que apreciaba y quería. Cayó en la cuenta de que Margery, que amaba la soledad por encima de todo, que adoraba estar a su aire, sin que nadie la controlara, y que disfrutaba del aire libre como una mula, un árbol o un gavilán, iba a pasarse encerrada en una de esas pequeñas celdas oscuras diez o veinte años, si no el resto de su vida.
Y, entonces, tuvo que levantarse y salir precipitadamente de la tribuna, porque sintió que iba a vomitar de miedo.
—¿Estás bien? —Kathleen apareció detrás de ella mientras escupía en el barro.
—Lo siento —se excusó Alice, irguiéndose—. No sé qué me ha pasado.
Kathleen le dio un pañuelo y ella se limpió la boca.
—Izzy nos está guardando los sitios. Pero será mejor que no tardemos mucho. La gente ya los está mirando.
—Es que… No puedo soportarlo, Kathleen. No puedo verla así. No puedo ver a la gente del pueblo así. Es como si quisieran tener la más mínima excusa para pensar mal de ella. En vez de estar juzgando los hechos, parece que están juzgando que ella no se comporte como a ellos les gustaría.
—Es muy desagradable, eso está claro.
Alice se quedó parada unos instantes.
—¿Qué has dicho?
Kathleen frunció el ceño.
—He dicho que es muy desagradable. Ver cómo el pueblo se le echa encima así. —La mujer miró a Alice—. ¿Qué? ¿Qué he dicho?
«Desagradable». Alice empezó a patear una piedra que había en el suelo, insistiendo con la punta del pie hasta que la desenterró. «Siempre hay una solución para cualquier problema. Puede que sea desagradable. Puede que te haga sentir como si la tierra hubiera desaparecido bajo tus pies». Cuando levantó la vista, tenía mejor cara.
—Nada. Es por algo que Marge me dijo una vez. Que… —Alice negó con la cabeza—. Nada.
Kathleen le ofreció el brazo y volvieron a entrar.
Los abogados se enzarzaron en largos debates entre bastidores que se diluyeron en un descanso a la hora del almuerzo y, cuando las mujeres salieron de la sala, como no sabían muy bien qué hacer, acabaron regresando lentamente a la biblioteca en grupo, seguidas de Fred y la señora Brady, que estaban enfrascados en su conversación.
—No tienes por qué volver por la tarde, si es demasiado para ti —dijo Izzy, que seguía un tanto impactada por que Alice hubiera vomitado en público.
—Ha sido por los nervios —se justificó Alice—. Me pasaba lo mismo de niña. Debería haber desayunado algo.
Siguieron andando, en silencio.
—Seguro que la cosa mejora cuando les toque hablar a los nuestros —dijo Izzy.
—Sí. El elegante abogado de Sven los pondrá a todos en su sitio —comentó Beth.
—Pues claro que sí —confirmó Alice.
Pero ninguna de ellas parecía convencida.
El segundo día no fue mucho mejor. La fiscalía hizo un resumen del informe de la autopsia de Clem McCullough. La víctima, un hombre de cincuenta y siete años de edad, había muerto a causa de un traumatismo craneal causado por un golpe contundente en la nuca. También tenía hematomas en la cara.
—¿Podría tratarse de un golpe como el asestado con un libro de tapa dura?
—Podría ser, sí —dijo el médico que había realizado la autopsia.
—¿O podría haber sido fruto de una pelea en un bar? —sugirió el señor Turner, abogado de la defensa. El médico se quedó pensando un momento.
—Bueno, sí, también. Pero estaba bastante lejos de cualquier bar.
La zona en la que estaba el cadáver no se había examinado a conciencia, dado lo alejado que se encontraba el camino. Dos de los hombres del sheriff lo habían bajado por el sendero de la montaña, un viaje que les había llevado varias horas, y una nevada tardía había cubierto el terreno donde había yacido el cuerpo, pero sí había pruebas fotográficas de sangre y posibles huellas de cascos.
El señor McCullough no era propietario de ningún caballo o mula.
Después, la fiscalía interpeló a sus testigos. Estaba la vieja Nancy, a quien presionaron una y otra vez para que confirmara que, en su primera declaración, había dicho claramente que había oído a Margery arriba, en la cima, y luego el ruido de un altercado.
—Pero yo no lo dije como usted ha hecho que suene —protestó la mujer, mesándose los cabellos, antes de mirar al juez—. No hacen más que enmarañar lo que digo. Conozco a Margery. Sería tan incapaz de matar a un hombre a sangre fría como… No sé… De hornear un bizcocho.