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Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4]

Электронная книга - «Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4]». Краткое содержание книги:

Por la autora de Yo antes de ti, una fabulosa historia sobre cinco extraordinarias mujeres que intentan cambiar su mundo con el poder de los libros. Inspirada por la sed de aventuras y el deseo de abandonar la monotonía de Inglaterra, Alice Wright se enamora de un atractivo americano y toma la impulsiva decisión de aceptar su propuesta de matrimonio. Pero su nueva vida en la pequeña y conservadora ciudad minera de Kentucky en la que Alice se instala con su marido y su autoritario suegro en medio de la Gran Depresión resulta aún más claustrofóbica. Hasta que conoce a Margery O'Hare. Independiente y deslenguada, Margery no ha pedido el permiso de un hombre para nada en toda su vida y ahora se ha propuesto llevar el milagro de los libros hasta el último rincón de la región. A caballo, atravesando montañas y bosques salvajes, y a menudo luchando contra el prejuicio y la ignorancia, Alice, Margery y sus compañeras se convertirán en bibliotecarias itinerantes al tiempo que descubren la libertad, la amistad, el amor y una vida que por fin les pertenece. La crítica ha dicho...
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lágrimas para todos los males, un corazón para cada súplica:

ven, Amigo de los pecadores, y nunca me abandones.

Cantaron hasta que la multitud se quedó en silencio, bajo la atenta mirada del sheriff Archer. Cantaron todas unidas, cogidas de la mano sin vacilar, con el corazón acelerado pero con voz firme. Unas cuantas personas del pueblo se adelantaron y se unieron a ellas: la señora Beidecker, el hombre de la tienda de piensos, Jim Horner y sus hijas, todos de la mano y alzando sus voces para ahogar el sonido del odio, sintiendo la reverberación de cada palabra, enviando consuelo, e intentando a la vez ofrecerse un poco de esa escurridiza sustancia a sí mismos.

Unos centímetros más allá, al otro lado de la pared, Margery O’Hare yacía inmóvil en el catre, con mechones húmedos de pelo pegados a la cara, y la piel pálida y caliente. Llevaba allí tumbada al menos ya cuatro días, con los pechos doloridos y los brazos sin fuerzas. Se sentía como si alguien hubiera metido la mano dentro de ella y le hubiera arrancado lo que la mantenía en pie. ¿Por qué iba a luchar ahora? ¿Qué esperanza le quedaba? Estaba anormalmente inmóvil, con los ojos cerrados, la áspera arpillera contra la piel, oyendo vagamente a la multitud que la insultaba fuera. Alguien había conseguido lanzar una piedra por la ventana hacía un rato y le había dado en la pierna, dejándole un largo arañazo rojo y ensangrentado.

Sostén Tu cruz ante mis ojos cerrados,

ilumina la oscuridad y guíame hacia los cielos.

Abrió los ojos al oír un sonido que le resultaba a la vez familiar y extraño, parpadeó mientras se centraba y, poco a poco, se dio cuenta de que se trataba de Izzy. Su voz inolvidable y dulce se elevaba en el aire al otro lado de la alta ventana, tan cerca que casi podía tocarla. Hablaba de un mundo mucho más allá de aquella celda, de bondad y generosidad, de un cielo grande e infinito en el que elevar la voz. Margery se apoyó en un codo, para escucharla. Entonces, otra voz más profunda y grave se unió a la suya, y luego, mientras se erguía, aparecieron otras voces distintas que podía distinguir perfectamente entre las demás: eran las de Kathleen, Sophia, Beth y Alice.

La aurora celestial despunta y las sombras banales de la tierra huyen.

No me abandones, Señor, ni en la vida ni en la muerte.

Las escuchó y se dio cuenta de que estaban cantando para ella. Oyó a Alice gritar, cuando el himno llegó a su fin, con una voz todavía clara y cristalina:

—¡Sé fuerte, Margery! ¡Estamos contigo! ¡Estamos aquí, a tu lado!

Margery O’Hare bajó la vista, se cubrió la cara con las manos y, finalmente, se echó a llorar.

24

Amaba algo que me había inventado. Hice un traje y me enamoré de él, y cuando Ashley apareció, hice que se pusiera ese traje y que lo llevara, tanto si le iba bien como si no. No quería ver lo que Ashley era realmente y seguía amando al bonito traje y no a él.

MARGARET MITCHELL, Lo que el viento se llevó

Por consenso, el día que empezó el juicio, la Biblioteca Itinerante de la WPA de Baileyville (Kentucky) permaneció cerrada. Igual que la oficina de correos, las iglesias Pentecostal y Episcopaliana, la Primera Iglesia Presbiteriana y la Baptista, así como la tienda de ultramarinos, que abrió solo durante una hora, a las siete de la mañana, y luego a la hora de comer para alimentar a todos los forasteros que habían llegado a Baileyville. Había coches de desconocidos mal aparcados a lo largo de la calle del tribunal, los terrenos cercanos estaban salpicados de casas móviles, y hombres con trajes elegantes y sombreros de fieltro recorrían las calles con cuadernos de notas a la luz del alba, reuniendo información general, fotografías o cualquier otro tipo de dato sobre la bibliotecaria asesina, Margery O’Hare.

Cuando llegaron a la biblioteca, la señora Brady empuñó una escoba y dijo que le arrancaría la cabeza a cualquiera que osara invadir su espacio sin invitación, que podían poner eso en su puñetero periódico e imprimirlo. No parecía importarle demasiado lo que la señora Nofcier pudiera pensar de aquello.

Los policías estatales charlaban en parejas en las esquinas de las calles y se habían instalado puestos de refrigerios alrededor del juzgado, un encantador de serpientes invitaba al gentío a acercarse para poner a prueba sus nervios y las tabernas hacían ofertas especiales de dos por una en cervezas de barril, al finalizar cada día de juicio.

La señora Brady decidió que no tenía mucho sentido que las muchachas intentaran hacer sus rondas ese día. Los caminos estaban colapsados, ellas tenían la mente dispersa y, además, querían estar apoyando a Margery en el tribunal. De hecho, mucho antes de las siete de la mañana había ya una cola de gente para intentar entrar en la tribuna del público, encabezada por Alice. Mientras esta esperaba y se le unían Kathleen y las demás, la cola fue aumentando rápidamente detrás de ellas: vecinos con cestas de comida, sombríos receptores de libros de la biblioteca, personas que Alice no conocía y a las que parecía que aquello les resultaba divertido, que charlaban alegremente, hacían bromas y se daban codazos unos a otros. A la joven le entraron ganas de gritarles que aquello no era ninguna fiesta, que Margery era inocente y que no debería estar allí.

Van Cleve llegó y aparcó el coche en la plaza reservada para el sheriff, como para demostrarles a todos lo involucrado que estaba en el proceso judicial. No saludó a Alice y se limitó a entrar directamente en el tribunal, con la mandíbula hacia fuera, convencido de que ya le habrían reservado un sitio. Alice no vio a Bennett; puede que se estuviera ocupando de los negocios en Hoffman. Nunca había sido un metomentodo, al contrario que su padre.

Alice esperaba en silencio, con la boca seca y un nudo en la garganta, como si fuera ella, y no Margery, la que iba a ser juzgada. Suponía que las demás se sentirían igual. Apenas habían hablado entre ellas, solo se habían saludado y se habían estrechado con fuerza la mano, fugazmente.

A las ocho y media, las puertas se abrieron y la multitud entró. Sophia se sentó en la parte de atrás, con el resto de gente de color. Alice la saludó. No le parecía bien que no estuviera sentada con ellas: otro ejemplo de las desigualdades de aquel mundo.

Alice se sentó en la parte delantera de la tribuna del público, en un banco de madera, flanqueada por el resto de sus amigas, y se preguntó cómo iban a ser capaces de soportar aquello durante días.

Llamaron al jurado. Eran todos hombres, la mayoría productores de tabaco, a juzgar por su indumentaria, pensó Alice, y ninguno tenía aspecto de compadecerse de una mujer soltera, mordaz y con mala reputación. El alguacil anunció que permitirían que las mujeres se fueran unos minutos antes que los hombres a la hora del almuerzo y al final del día para preparar la comida, lo que hizo que Beth pusiera los ojos en blanco. Acto seguido, condujeron a Margery al banquillo de los acusados con las manos esposadas, como si fuera un peligro para los presentes, y una serie de susurros y gritos ahogados procedentes de la galería acompañaron su aparición en el tribunal. Ella se sentó, pálida y silenciosa, al parecer ajena a lo que la rodeaba, sin apenas mirar a Alice. Tenía el pelo lacio y sucio, unas profundas ojeras grises y parecía exhausta. Llevaba los brazos caídos y los codos separados, como si aún estuviera sosteniendo a Virginia. Su aspecto era desaliñado e indolente.

Alice pensó, consternada, que parecía una delincuente.

Fred había dicho que se sentaría una fila por detrás de Alice, para guardar las apariencias, y la joven se volvió hacia él, angustiada. Él apretó la boca, como para hacerle ver que la entendía, pero que no se podía hacer nada.

Entonces, entró el juez Arthur D. Arthurs, mascando pensativo un poco de tabaco, y todos se levantaron a petición del alguacil. Cuando el juez se sentó, le pidieron a Margery que confirmara que era, en efecto, Margery O’Hare, de la Vieja Cabaña, Thompson’s Pass, y el alguacil leyó los cargos de los que se le acusaba. ¿Cómo se declaraba?

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