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Электронная книга - «La Sala Del Crimen». Краткое содержание книги:

El cuerpo calcinado de una de las personas más estrechamente vinculadas a un pequeño museo privado es el origen de esta nueva investigación de Adam Dalgliesh. La entidad dedicada al período de entreguerras, acoge, además de obras de arte, biblioteca y archivo una inquietante Sala del Crimen donde estudiar los sucesos más sonados de la época, uno de los cuales presenta extrañas semejanzas con el caso en que se ocupa Dalgliesh.
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– Todavía no puedo creerlo -dijo-. A pesar de su presencia aquí, no tiene sentido. Cuando veníamos en el avión imaginaba que aterrizaríamos y que ella estaría aquí esperándonos, explicando que todo había sido un error. Si la viese, lo creería, pero no quiero verla. No creo que lo soportara. No es necesario que la vea, ¿verdad que no? No pueden obligarme a hacerlo.

Dirigió una mirada implorante a su marido. A sir Daniel le costó disimular la impaciencia de su voz.

– Por supuesto que no pueden. Si es necesario, yo la identificaré.

La mujer se dirigió a Dalgliesh de nuevo.

– Que tu hija muera antes que tú… No es natural, no es así como tiene que ser.

– No -contestó él-, no es así como debe suceder.

Su propio hijo, un varón, había muerto con su madre poco después de nacer. Últimamente pensaba en ellos mucho más a menudo que en los años anteriores, despertando recuerdos que habían permanecido dormidos en su memoria: la joven esposa muerta; aquel matrimonio impulsivo y juvenil, cuando darle a ella lo que tan desesperadamente deseaba, él mismo, le había parecido un regalo tan simple; la cara de su hijo nacido muerto, con su expresión de satisfacción casi petulante, como si él, que nunca había conocido nada, que nunca conocería nada, lo supiese todo ya. El dolor por la pérdida de su hijo se había diluido en la agonía aún mayor de la muerte de su esposa y en una sensación abrumadora de participar de un dolor universal, de formar parte de algo que no había entendido con anterioridad. Sin embargo, los largos años habían ido tejiendo poco a poco su misericordiosa cicatriz. Todavía encendía una vela en el aniversario de la muerte de ella porque eso era lo que habría querido, pero ya podía recordarla con tristeza nostálgica y sin dolor. Y ahora, si todo iba bien, todavía podía nacer un hijo, de él y de Emma. El hecho de que semejante pensamiento, compuesto por el miedo y por un anhelo infundado, le acudiese a la mente en ese preciso instante lo turbó.

Era consciente de la intensidad de la mirada de lady Holstead. En ese momento se produjo entre ellos algo que ella podía interpretar como comprensión compartida.

– Lo entiende, ¿verdad? -le dijo ella-. Veo que lo entiende. ¿Y descubrirán quién la ha matado? Prométamelo.

– Haremos cuanto esté en nuestra mano -aseguró-, pero necesitamos su ayuda. Sabemos muy poco de la vida de su hija, sus amigos, sus intereses… ¿Sabe si se veía a menudo con alguien, alguien con quien se hubiera citado en el Museo Dupayne?

Ella miró a su marido con gesto impotente.

– Me parece que no se hace cargo de la situación, comisario -contestó sir Daniel-. Creí que ya había dejado claro que mi hijastra vivía como una mujer independiente. Tuvo acceso a su dinero al cumplir dieciocho años, se compró el piso de Londres y prácticamente desapareció de nuestras vidas.

Su esposa se volvió hacia él.

– Es lo que hacen todos los jóvenes, cariño. Quieren ser independientes. Lo entendí, los dos lo entendimos.

– Antes de trasladarse -prosiguió Dalgliesh-, ¿vivía aquí con ustedes?

Una vez más fue sir Daniel quien contestó.

– Normalmente sí, pero pasaba algún tiempo en nuestra casa de Berkshire, donde solemos dejar el mínimo de personal, y de vez en cuando ella se dejaba caer por allí, a veces con amigos. Utilizaban la casa para hacer fiestas, normalmente para molestia del personal.

– ¿Y usted o lady Holstead llegaron a conocer a algunos de esos amigos? -quiso saber Dalgliesh.

– No. Imagino que eran más bien parásitos temporales, y no auténticos amigos. Nunca hablaba de ellos. Aun cuando estábamos en Inglaterra, rara vez la veíamos.

– Creo que se tomó muy mal mi divorcio de su padre -intervino lady Holstead-, y luego, cuando él murió en aquel accidente aéreo, me echó a mí las culpas. Si hubiésemos seguido juntos, él no habría estado en ese avión. Ella adoraba a Rupert.

– Así que me temo que no le podemos decir gran cosa -añadió sir Daniel-. Sé que intentó iniciar una carrera en el mundo de la canción pop en algún momento y que se gastó grandes cantidades de dinero en clases de canto. Incluso llegó a tener un agente, pero al final no salió nada. Antes de cumplir la mayoría de edad, conseguimos convencerla de que fuese a una escuela de señoritas, a Swathling’s, durante un año. Había tenido una educación muy descuidada. Swathling’s cuenta con una buena reputación pero, como cabía esperar, no se quedó el curso entero.

– No sé si saben que la señorita Caroline Dupayne -intervino Kate-, una de las fideicomisarias del museo, es la codirectora de Swathling’s.

– ¿Quiere decir que Celia fue al museo para verse con ella?

– La señorita Dupayne asegura que no, y no parece muy probable, pero debía de conocer el museo a través de ese contacto.

– Pero alguien debió de verla llegar, ¿no? Alguien debió de ver con quién estaba.

– El museo anda escaso de personal -explicó Dalgliesh- y es posible que tanto ella como su asesino entrasen en el museo sin ser vistos. También es posible que su asesino se marchara ese viernes por la noche sin ser visto, de momento aún no hemos comprobado esta cuestión. El hecho de que el doctor Neville Dupayne también fuese asesinado ese viernes sugiere que puede haber alguna relación, pero este extremo también está pendiente de confirmación. La investigación se halla en su fase preliminar. Por supuesto, ya les iremos informando de los avances. La autopsia se está realizando esta mañana y la causa de la muerte, estrangulamiento, era evidente.

– Por favor, dígame que fue una muerte rápida -le pidió lady Holstead-. Por favor, dígame que no sufrió.

– Creo que fue rápido, lady Holstead. -¿Qué otra cosa podía decirle? ¿Por qué agobiarla con el peso del último momento de terror absoluto de su hija?

– ¿Cuándo nos entregarán el cuerpo? -quiso saber sir Daniel.

– El sumario se abrirá mañana; no sé cuándo decidirá entregar el cuerpo el juez de instrucción.

– Organizaremos un funeral íntimo, una incineración -explicó sir Daniel-. Les agradeceremos que nos ayuden a mantener alejados a los curiosos.

– Haremos todo lo posible. La mejor manera de garantizar la intimidad es mantener en secreto el lugar y la hora.

Lady Holstead se volvió hacia su marido.

– Pero cariño… ¡no podemos enterrarla como si fuera una desconocida! Sus amigos querrán despedirse de ella. Tendría que haber al menos una misa fúnebre, una iglesia bonita en alguna parte. Londres sería lo más conveniente. Salmos, flores… algo hermoso para celebrar su vida… una misa que la gente recuerde.

Miró a Dalgliesh como si pudiese esperar de éste que convocase el escenario adecuado, el párroco, el organista, la congregación y las flores.

Fue su marido quien habló.

– Celia no pisó una iglesia en su vida. Si un asesinato es lo bastante notorio o trágico, se puede llenar una catedral entera. Dudo que éste sea el caso. No tengo ningún deseo de dar pie a la prensa sensacionalista a que publique una foto en portada.

No podría haber demostrado su autoridad con mayor claridad. Su esposa lo miró, luego bajó los ojos y dijo dócilmente:

– Como tú digas, cariño.

Se marcharon poco después. Sir Daniel había pedido, o más bien exigido, que lo mantuvieran informado de los avances en la investigación y los policías le habían asegurado con cautela que así lo harían. No iban a descubrir nada más y la pareja no tenía nada más que decir. Sir Daniel los acompañó a la puerta del ascensor y luego hasta la planta baja. Dalgliesh se preguntó si su cortesía se debía a que quería decirles algo en privado, pero no añadió nada.

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