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Электронная книга - «La Sala Del Crimen». Краткое содержание книги:

El cuerpo calcinado de una de las personas más estrechamente vinculadas a un pequeño museo privado es el origen de esta nueva investigación de Adam Dalgliesh. La entidad dedicada al período de entreguerras, acoge, además de obras de arte, biblioteca y archivo una inquietante Sala del Crimen donde estudiar los sucesos más sonados de la época, uno de los cuales presenta extrañas semejanzas con el caso en que se ocupa Dalgliesh.
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Piers mostró cierto desdén.

– No veo por qué narices iba a estarlo. Sabemos que la Santísima Trinidad moderna es el dinero, el sexo y la fama. Ella tenía los dos primeros y bastantes esperanzas de obtener la tercera.

– Ninguna esperanza realista -objetó Kate.

– Pero tenía dinero. Vimos los extractos del banco y la cartera de valores. Su padre le dejó dos millones y medio, no es una inmensa fortuna según los baremos modernos, pero con esta suma se puede vivir bien. Una chica con esa cantidad de dinero y su propio piso en Londres no tiene por qué permanecer sola mucho tiempo.

– A menos que sea una chica dependiente -replicó Kate-, de la clase de chica que se enamora, se aferra a alguien y no suelta a ese alguien. Con dinero o sin dinero, los hombres podían considerarla problemática.

– Es evidente que uno de ellos la consideró problemática y pasó a la acción de forma muy expeditiva -dijo Piers. Hubo un silencio y luego prosiguió-: Un hombre tendría que ser muy poco exigente para aguantar todo eso. La asistenta le había pasado una nota por debajo de la puerta diciendo que no iba a poder ir a limpiar el jueves porque tenía que llevar a su hijo al hospital. Espero que al menos le pagara bien.

Dalgliesh intervino con voz tranquila.

– Si por casualidad te asesinan un día de éstos, Piers, lo cual no queda del todo fuera de los límites de lo posible, esperemos que el agente de la investigación que hurgue entre tus pertenencias íntimas no sea demasiado proclive a emitir juicios de valor.

– Es una posibilidad que tengo presente, señor -respondió Piers en tono grave-. Al menos lo encontrará todo en orden.

«Eso me lo he merecido», pensó Dalgliesh. Siempre había sido una parte de su trabajo que le había resultado difícil, la falta total de intimidad para la víctima. El asesinato era capaz de despojar a las personas de algo más que de la propia vida: el cuerpo era empaquetado, etiquetado, analizado; agendas, diarios, cartas confidenciales… todos los aspectos de la vida de la víctima eran investigadas y diseccionados. Unas manos extrañas se desplazaban entre la ropa, recogían y examinaban las pequeñas posesiones, registraban y etiquetaban para la opinión pública los tristes desechos de una existencia a veces patética. También aquella vida, en apariencia privilegiada, había sido patética. La imagen que tenían en ese momento era la de una chica rica pero vulnerable y solitaria, que intentaba abrirse paso en un mundo que ni siquiera su dinero podía comprar.

– ¿Han precintado el piso? -quiso saber Dalgliesh.

– Sí, señor. Y hemos entrevistado al conserje. Vive en un piso en el lado norte; sólo lleva seis meses en el puesto y no sabe nada acerca de ella.

– Esa nota por debajo de la puerta -siguió Dalgliesh-… parece que la asistenta no tenía la llave, a menos, claro está, que alguien entregase la nota en su lugar. Es posible que tengamos que localizarla. ¿Y Brian Clark y su equipo?

– Llegarán allí a primera hora de la mañana, señor. La sábana es importante, obviamente. Eso lo tenemos. Dudo que encuentren algo más. No la mataron allí, no es la escena del crimen.

– Pero es mejor que los especialistas echen un vistazo -repuso Dalgliesh-. Benton-Smith y tú reunios con ellos allí. Algún vecino podría tener información sobre posibles visitantes.

Pasaron al informe de la autopsia del doctor Kynaston, que habían recibido una hora antes. Piers examinó su copia.

– Puede que asistir a una de las autopsias del doctor Kynaston sea instructivo -señaló-, pero no es muy terapéutico. No tanto por la increíble minuciosidad y precisión de su trabajo como por la música que pone. No esperaría un coro de The Yeoman of the Guard, pero dadas las circunstancias es duro escuchar el Agnus Dei del Requiem de Fauré. Por un momento temí que se desmayara usted, sargento.

Al mirar a Benton-Smith, Kate vio que su rostro se ensombrecía y sus ojos negros emitían un brillo indignado. Sin embargo, encajó la pulla sin pestañear y repuso con calma:

– Es que me desmayé un momento. -Hizo una pausa y luego se dirigió a Dalgliesh-. Era mi primera autopsia en la que la víctima es una mujer joven, señor.

Dalgliesh tenía la mirada concentrada en el informe de la autopsia.

– Sí, siempre son las peores, las chicas jóvenes y los niños -dijo-. Si alguien es capaz de asistir a una autopsia de cualquiera de estos dos grupos sin inmutarse, tal vez debería preguntarse si ha elegido el trabajo adecuado. Veamos qué nos dice el doctor Kynaston.

El informe del patólogo confirmaba lo que había descubierto durante su primer examen. La máxima presión se había ejercido con la mano derecha oprimiendo la laringe y fracturando el cornu superior del tiroides en su base. Había un pequeño moratón en la nuca que sugería que habían empujado a la chica contra la pared durante el estrangulamiento, pero ninguna prueba de contacto físico entre el agresor y la víctima, ni tampoco ninguna prueba bajo las uñas que sugiriese que la chica hubiese ofrecido resistencia con las manos. Un hallazgo interesante era que Celia Mellock estaba embarazada de dos meses.

– De modo que tenemos un posible móvil adicional -señaló Piers-. Pudo haberse citado con su novio o amante para hablar de lo que debían hacer, o tal vez intentó presionarlo para que se casara con ella. Pero ¿por qué escoger el Dupayne? Tenía piso propio.

– Y en el caso de esta chica, rica y sexualmente activa -intervino Kate-, el embarazo no es un móvil probable para un asesinato, no sería más que un pequeño inconveniente del que podría deshacerse pasando una noche en una clínica cara. ¿Y cómo es posible que estuviera embarazada cuando, por lo visto, tomaba la píldora? O fue de forma deliberada o había dejado de preocuparse por los anticonceptivos. La caja que encontramos estaba por estrenar.

– No creo que la matasen porque estuviera embarazada -comentó Dalgliesh-. La asesinaron por estar en el lugar donde estaba. Tenemos a un único asesino, y la víctima original y objetivo inicial exclusivo era Neville Dupayne.

La imagen, aunque todavía no era más que una suposición, había adquirido una asombrosa nitidez en su mente: aquella figura andrógina, pues su género era desconocido todavía, abriendo el grifo de la parte posterior del cobertizo; un fuerte chorro de agua que eliminaba todos los restos de gasolina de las manos enfundadas en guantes de goma; el rugido abrasador del fuego y entonces, amortiguado, el ruido del cristal al romperse y el primer crujido de la madera cuando las llamas atraparon en sus brazos el árbol más cercano. ¿Y qué era lo que había hecho a Vulcano levantar la vista hacia la casa, una premonición o el miedo de que el incendio pudiese estar descontrolándose? Habría sido en esa mirada hacia lo alto cuando vio, mirándolo desde la ventana de la Sala del Crimen, a una chica con los ojos muy abiertos y el pelo amarillo enmarcado en un halo de fuego. ¿Fue acaso en aquel momento único y con aquella simple mirada cuando Celia Mellock quedó sentenciada a muerte?

Oyó hablar a Kate.

– Pero seguimos teniendo el problema de cómo accedió Celia a la Sala del Crimen. Una forma sería a través de la puerta del piso de Caroline Dupayne, pero en ese caso, ¿cómo entró en el piso y por qué fue allí? ¿Y cómo podríamos demostrarlo cuando es del todo posible que ella y su asesino entrasen en el museo cuando no había nadie en el mostrador de recepción?

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