La Sala Del Crimen
- Автор: Джеймс Филлис Дороти
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «La Sala Del Crimen». Краткое содержание книги:
En el coche, Kate permaneció en silencio unos minutos y luego dijo:
– Me pregunto cuánto habrá tardado esta mañana en ponerse todo ese maquillaje y pintarse las uñas. No parecía la madre más afligida del mundo, ¿no cree?
Dalgliesh mantuvo la mirada fija en la carretera que se desplegaba ante sí.
– Si es importante para su amor propio afrontar el día bien arreglada y maquillada, si es una rutina tan normal para ella como una ducha matinal, ¿esperas que la relegue sólo para parecer apropiadamente afligida? -observó-. Los ricos y famosos son tan capaces de cometer un asesinato como el resto de nosotros; sus privilegios no les otorgan inmunidad a los siete pecados capitales. Deberíamos recordar que también son capaces de experimentar otras emociones humanas, incluyendo la confusa devastación del dolor.
Había hablado en tono reposado y como para sí mismo, pero Kate lo interpretó de un modo muy distinto. Dalgliesh rara vez expresaba una crítica pero cuando lo hacía, la detective se guardaba muy bien de tratar de excusarse o explicarse. Permaneció en silencio, intensamente ruborizada y sintiéndose muy desdichada.
El comisario prosiguió, con voz más suave, como si nunca hubiese pronunciado las palabras anteriores.
– Quiero que Piers y tú entrevistéis a lady Swathling. Averiguad si está dispuesta a darnos más información sobre Celia Mellock que Caroline Dupayne. Habrán hablado entre ellas, por supuesto. Sobre eso no podemos hacer nada.
Fue entonces cuando sonó el móvil de Kate.
– Es Benton-Smith -explicó tras responder-. Acaban de recibir una llamada de una tienda benéfica en Highgate, señor. Parece que han encontrado el bolso. Piers y Benton van de camino.
8
Lady Swathling recibió a Kate y Piers en lo que evidentemente era su despacho. Al tiempo que les indicaba que se acercasen a un sofá con un ademán tan artificioso como un saludo real, les dijo:
– Por favor, siéntense. ¿Les apetece tomar algo? ¿Café? ¿Té? Sé que no pueden tomar alcohol estando de servicio.
A oídos de Kate, su tono consiguió transmitir con sutileza que cuando no estaban de servicio se hallaban, por lo general, sumidos en un constante sopor etílico. Antes de que Piers pudiera responder, ella se adelantó:
– No, gracias. No quisiéramos entretenerla.
El despacho tenía el aspecto discordante de las salas con una doble función, cuya función principal no queda clara. El escritorio doble adosado a la ventana sur, el ordenador, el fax y la hilera de archivadores metálicos que cubrían la pared a la izquierda de la puerta constituían el despacho. La parte de la derecha de la habitación tenía el aspecto hogareño y confortable de una sala de estar. En la elegante chimenea de época, las llamas azules simuladas por una estufa de gas despedían un calor suave que complementaba el de los radiadores. Sobre la repisa de la chimenea, con su serie de figurillas de porcelana, había un retrato al óleo. Una mujer del siglo xviii, con los labios fruncidos y los ojos más bien protuberantes, ataviada con un vestido azul de cuello bajo confeccionado con raso azul brillante, sostenía una naranja en sus dedos afilados tan delicadamente como si esperase que explotara de un momento a otro. En la pared del fondo destacaba un armario que contenía diversas tazas y platos de porcelana de color rosa y verde. A la derecha del fuego había un sofá y a la izquierda un sillón, cuya tapicería y cojines inmaculados entonaban con los rosas y verdes del armario. El lado derecho de la sala había sido cuidadosamente arreglado para producir un efecto determinado, del cual lady Swathling formaba parte.
Fue ella quien tomó la iniciativa. Antes de que Kate y Piers pudiesen hablar, les dijo:
– Habrán venido a verme por la tragedia del Museo Dupayne, la muerte de Celia Mellock. Naturalmente, deseo ayudarles con sus pesquisas si está en mi mano, pero no acierto a imaginar cómo creen que podría hacerlo. La señorita Dupayne sin duda les habrá dicho que Celia abandonó esta escuela la primavera del pasado año después de sólo dos trimestres. No tengo información de ninguna clase acerca de su vida o actividades después de esa fecha.
– En un caso de homicidio -le explicó Kate-, necesitamos obtener el máximo de información posible sobre la víctima. Esperamos que nos proporcione algún dato sobre la señorita Mellock: sus amigos, tal vez, qué tal era como estudiante, si le interesaban las visitas a los museos…
– Me temo que no sé nada de eso. Sin duda esa clase de preguntas deberían hacérselas a su familia o a las personas que la conocían. Estas dos trágicas muertes no tienen nada que ver con Swathling’s.
Piers miró fijamente a lady Swathling con una expresión a medio camino entre la admiración y el desprecio. Kate reconoció aquella mirada: se había predispuesto en contra de lady Swathling. En ese momento, se dirigió a ella con suavidad:
– Pero hay una relación, ¿no le parece? Celia Mellock fue alumna aquí, la señorita Dupayne es la codirectora, Muriel Godby trabajaba aquí y Celia murió en el museo. Me temo que en un caso de homicidio, lady Swathling, es necesario hacer preguntas tan molestas para los inocentes como inoportunas para los culpables.
«Ya traía esta respuesta preparada -se dijo Kate-. Es un comentario brillante y volverá a utilizarlo.»
Surtió efecto sobre lady Swathling.
– Celia no era una alumna satisfactoria -respondió-, en gran medida porque era una joven desdichada y no mostraba el menor interés en nada de cuanto ofrecemos aquí. La señorita Dupayne tenía sus dudas respecto a su aceptación en el centro, pero lady Holstead, a quien conozco personalmente, se mostró muy persuasiva. Anteriormente la chica había sido expulsada de otros dos colegios, y su madre y su padrastro estaban ansiosos por que obtuviese algo de formación. Por desgracia, Celia vino aquí de mala gana, lo cual nunca permite un buen comienzo. Como ya les he dicho, no sé nada acerca de su vida más reciente. Apenas la traté mientras estuvo en Swathling’s y nunca volví a verla cuando se fue.
– ¿Conocía usted al doctor Dupayne, lady Swathling? -preguntó Kate de improviso.
La mujer acogió la pregunta con una mezcla de repulsión e incredulidad.
– No lo conocía en absoluto. No me consta que hubiese visitado la escuela nunca. El señor Marcus Dupayne vino al concierto de una de nuestras alumnas hace unos dos años, pero no su hermano. Ni siquiera habíamos hablado nunca por teléfono y desde luego, nunca nos habíamos conocido en persona.
– ¿No lo llamaron para que visitase o tratase a alguna de sus alumnas? -insistió Kate-. ¿A Celia Mellock, por ejemplo?
– Desde luego que no. ¿Es que alguien ha insinuado tal cosa?
– Nadie, lady Swathling. Sólo me lo preguntaba.
– ¿Qué relación existía entre Celia y Muriel Godby? -intervino Piers.
– Absolutamente ninguna. ¿Por qué iba a haberla? La señorita Godby era, simplemente, la recepcionista. No caía muy bien a algunas de las chicas pero, que yo recuerde, Celia Mellock nunca se quejó de ella. -Hizo una pausa y añadió-: Y por si estaban pensando en preguntarlo, cosa que habría lamentado enormemente, estuve en la escuela todo el viernes pasado desde las tres de la tarde, hora en que regresé de un almuerzo, en adelante, durante el resto del día y la noche. Mis citas de la tarde están anotadas en la agenda que hay en mi mesa y mis visitas, incluyendo la de mi abogado, quien vino a las cuatro y media, podrán confirmar mi versión. Lamento no serles de mayor utilidad. Si recuerdo algún detalle relevante, me pondré en contacto con ustedes, por supuesto.
– ¿Y está segura de que no volvió a ver a Celia después de que se marchara de Swathling’s? -insistió Kate.