Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне

Электронная книга - «La Sala Del Crimen». Краткое содержание книги:

El cuerpo calcinado de una de las personas más estrechamente vinculadas a un pequeño museo privado es el origen de esta nueva investigación de Adam Dalgliesh. La entidad dedicada al período de entreguerras, acoge, además de obras de arte, biblioteca y archivo una inquietante Sala del Crimen donde estudiar los sucesos más sonados de la época, uno de los cuales presenta extrañas semejanzas con el caso en que se ocupa Dalgliesh.
1 ... 85 86 87 88 89 90 91 92 93 ... 112
Перейти на страницу:

A la señora Roberts, una voluntaria ocasional y no especialmente formal, se le daba bien el regateo, pero como siempre daba como mínimo un diez por ciento más de lo que la señora Fraser se atrevía a pedir a los clientes normales, ninguna de las dos mujeres veía ningún inconveniente moral en complacer a su colega.

Sin embargo, la señora Fraser no respondió. Se había quedado muy callada, tanto que, por un momento, pareció incapaz de realizar ningún movimiento.

– Ya me acuerdo -dijo al fin-. Conozco ese nombre. Celia Mellock. Lo he oído esta mañana en las noticias de la radio local. Es la chica a la que han encontrado muerta en ese museo… ¿cómo se llama? El Dupayne, ¿verdad?

La señora Pickering permaneció en silencio. Le sorprendía el evidente aunque reprimido entusiasmo de su compañera, pero no alcanzaba a comprender la importancia de aquel descubrimiento. Sintiendo al fin que se hacía necesario algún comentario, señaló:

– Vaya, por lo visto decidió donar el bolso a la beneficencia antes de que la matasen.

– Desde luego, ¡no pudo haberlo decidido después de que la mataran, Grace! Y mire el resto de cosas, no creo que sean de Celia Mellock. Es evidente que alguien metió su bolso entre todo lo demás para deshacerse de él.

La señora Pickering siempre había sentido gran admiración por la inteligencia de la señora Fraser y, ante aquella asombrosa capacidad de deducción, se esforzó por encontrar un comentario que estuviera a la altura de las circunstancias.

– ¿Y qué cree usted que deberíamos hacer? -preguntó al fin.

– La respuesta es muy sencilla: dejamos el cartel de «cerrado» en la puerta y no la abrimos a las diez. Y ahora, llamamos a la policía.

– ¿A Scotland Yard? -exclamó la señora Pickering.

– Exacto. Son quienes se encargan del asesinato de Mellock, y siempre hay que intentar hablar con los de arriba.

La siguiente hora y tres cuartos resultaron sumamente gratificantes para ambas mujeres. La señora Fraser realizó la llamada mientras su amiga permanecía a su lado, admirando la claridad con que daba la noticia del hallazgo. Al final oyó a la señora Fraser decir:

– Sí, ya lo hemos hecho, y nos quedaremos en la trastienda para que la gente no nos vea y empiece a llamar a la puerta. Hay una entrada por la puerta de atrás, si quieren llegar con discreción.

Acto seguido colgó.

– Van a enviarnos a alguien. Nos han dicho que no abramos y que los esperemos en la trastienda.

La espera no se prolongó por mucho tiempo. Dos agentes masculinos llegaron en coche por la calle de atrás, uno de ellos bajo y fornido por lo que, evidentemente, era el veterano, y otro alto y moreno tan guapo que la señora Pickering apenas podía quitarle los ojos de encima. El veterano se presentó como el inspector Tarrant y a su colega como el sargento Benton-Smith. Al estrecharle la mano, la señora Fraser le lanzó una mirada como queriendo decir que no estaba segura de que los agentes de policía debieran ser tan apuestos como aquél. La señora Pickering relató lo sucedido una vez más mientras la señora Fraser, haciendo gala de un considerable autodominio, permanecía a un lado, preparada para corregir cualquier inexactitud por pequeña que fuese y para proteger a su compañera del acoso policial.

El inspector Tarrant se puso unos guantes antes de manipular el bolso y deslizarlo en el interior de una bolsa de plástico de gran tamaño que a continuación selló y en cuya solapa escribió algo.

– Señoras, les agradecemos mucho que nos hayan comunicado este hallazgo. El bolso puede resultarnos muy útil. Es posible que necesitemos saber quién lo ha tocado. ¿Creen que podrían acompañarnos ahora mismo para que les tomemos las huellas? Así podremos descartarlas de las que encontremos en el bolso. Cuando ya no sean necesarias, las destruiremos, por supuesto.

La señora Pickering se había imaginado a sí misma siendo conducida a New Scotland Yard en Victoria Street, en todo su esplendor, cuyo rótulo giratorio había visto tantas veces por televisión. En vez de eso, para su decepción, las acompañaron a la comisaría local de policía, donde les tomaron las huellas sin mayor ceremonia. Mientras tomaban con delicadeza cada uno de los dedos de la señora Pickering y los presionaban sobre la almohadilla de tinta, la mujer sintió toda la excitación de una experiencia completamente nueva y se puso a charlar con alegría sobre el proceso. La señora Fraser, conservando su dignidad, se limitó a preguntar qué procedimiento seguían para garantizar que las huellas se destruirían cuando fuese pertinente. Al cabo de media hora habían regresado a la tienda y estaban delante de una taza de café recién hecho. Tras el nerviosismo de la mañana, ambas sintieron que lo necesitaban.

– Se lo han tomado con mucha calma, ¿no? -comentó la señora Pickering-. No nos han dicho nada, la verdad. ¿Cree que el bolso es una pista importante?

– Pues claro que lo es, Grace. De lo contrario no se habrían tomado tantas molestias ni nos hubiesen pedido las huellas. -Estuvo a punto de añadir: «Toda esa aparente indiferencia forma parte de su estrategia policial», pero en su lugar, dijo-: Me ha parecido un tanto innecesario que el inspector Tarrant insinuara que si algo de esto salía a la luz, sabrían que una de nosotras dos se había ido de la lengua. A fin de cuentas, le aseguramos que no se lo contaríamos a nadie y es evidente que ambas somos mujeres responsables. Eso debería haberle bastado.

– Pero Elinor, no creo que estuviese insinuando eso… Aunque es una lástima, ¿no? Siempre me gusta contarle algo a John al final de la jornada, cuando salgo de aquí. Creo que le gusta oírme hablar de la gente que he conocido, sobre todo los clientes. Algunos tienen unas historias tan interesantes cuando hablas con ellos, ¿no cree? Es una lástima no poder compartir con él lo más emocionante que ha pasado jamás.

En su fuero interno, la señora Fraser estaba de acuerdo con ella. En el camino de vuelta en el coche patrulla había imprimido en la señora Pickering la necesidad de que guardara silencio, pero ya estaba considerando la perfidia. Por supuesto que se lo contaría a su marido; al fin y al cabo, Cyril era magistrado y conocía la importancia de guardar un secreto.

– Me temo que su John tendrá que esperar, Grace. Sería un desastre si esto se divulgase en el campo de golf. Y no debe olvidar, Grace, que de hecho fue usted quien encontró el bolso. Es posible que la llamen a declarar como testigo.

– ¡Cielo santo! -La señora Pickering hizo una pausa justo cuando estaba a punto de llevarse la taza de café a los labios y luego la dejó de nuevo en el platillo-. ¿Quiere decir que tendría que subir al estrado? ¿Que tendría que declarar ante un tribunal?

– Bueno, no creo que celebren el juicio en un urinario público, ¿no le parece?

«Desde luego -pensó la señora Pickering-, para ser la nuera de un antiguo alcalde, a veces Elinor puede ser sumamente ordinaria.»

7

Sir Daniel Holstead llamó a Dalgliesh y concertaron una reunión para una hora más tarde, a las nueve y media. Eso apenas les daría a él y a su esposa ocasión de recuperarse del vuelo, pero su ansiedad por escuchar lo que tuviese que decirles la policía había sido decisiva. Dalgliesh dudaba de que ninguno de los dos hubiese podido conciliar el sueño desde que se habían enterado de la noticia. Juzgó prudente y considerado ir a ver a la pareja en persona, acompañado por Kate. En el edificio donde vivían, un moderno bloque de la calle Brook, había un conserje que inspeccionó sus placas de identificación y los anunció por teléfono antes de conducirlos a un ascensor controlado por un dispositivo de seguridad. Marcó los números del código, los invitó a pasar y luego explicó:

– Sólo tiene que pulsar este botón, señor. Es un ascensor privado que lleva directamente al piso de sir Daniel.

En un lado del ascensor había un asiento bajo y acolchado; mientras que los tres lados restantes estaban forrados de espejos. Dalgliesh se vio a sí mismo y a Kate reflejados en una sucesión aparentemente interminable. Ambos permanecieron en silencio. El trayecto de subida fue rápido y el ascensor se detuvo con suavidad. Casi al instante, las puertas se abrieron sin hacer ruido.

1 ... 85 86 87 88 89 90 91 92 93 ... 112
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)