La Sala Del Crimen
- Автор: Джеймс Филлис Дороти
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «La Sala Del Crimen». Краткое содержание книги:
– Este ascensor lo instaló mi padre. Vivió aquí durante su vejez y estaba obsesionado con la seguridad. A mí también me ocurre cuando me quedo aquí a solas. Y valoro mi intimidad tanto como sin duda usted valora la suya, comisario. Considero esta inspección una intrusión.
Dalgliesh no contestó. Si encontraban algún indicio de que Celia Mellock hubiera estado allí o de que hubiera entrado en el museo por el apartamento, entonces la señorita Dupayne tendría que tolerar un registro profesional que sí iba a ser una intrusión. El recorrido por el apartamento, por llamarlo de algún modo, fue superficial, pero a él no le preocupó que así fuese. Caroline les mostró sucintamente las dos habitaciones de invitados, ambas con sus respectivos cuartos de baño con ducha, que no mostraban indicios de haber sido utilizadas recientemente; la cocina, con un frigorífico enorme; un cuarto de plancha con una inmensa lavadora secadora, y la sala de estar. No podría haber sido más distinta de la de Neville Dupayne: allí había unas cómodas sillas y un sofá con una tapicería verde pálido, la librería baja recorría la longitud de tres paredes, y unas alfombras cubrían casi la totalidad del suelo. Por encima de las librerías, en las paredes colgaban pequeños cuadros, acuarelas, litografías y óleos. Aun en aquel día tristón, la luz se derramaba por las dos ventanas con sus vistas del cielo. Era una sala acogedora que, con su silencio etéreo, debía de procurarle cierto alivio de la frialdad y la falta de intimidad de su ruidoso apartamento en Swathling’s, de manera que Dalgliesh comprendió la importancia que tenía para ella.
Por último, Caroline Dupayne les acompañó a su dormitorio. La estancia sorprendió a Kate; no era lo que había esperado. Era sencilla pero cómoda, incluso lujosa, y pese al ligero toque de austeridad, muy femenina. Allí, como en todas las demás habitaciones, las ventanas estaban provistas de persianas además de cortinas. No entraron; se limitaron a permanecer de pie un momento en la puerta, que Caroline había abierto de par en par. Dupayne se apoyó en el marco y miró fijamente a Dalgliesh. Kate atrapó una mirada que era desafiante y lasciva a la vez. La mirada la intrigó. Hasta cierto punto, explicaba en parte la actitud de Caroline hacia la investigación. A continuación, aún en silencio, Caroline cerró la puerta.
Sin embargo, lo que le interesaba a Dalgliesh era el posible acceso al museo. Una puerta pintada de blanco conducía a un tramo corto de escalones enmoquetados y a un pasillo estrecho. A continuación había una puerta de caoba con dos pestillos. Una llave colgaba en un gancho de la pared, a la derecha. Caroline Dupayne permaneció inmóvil y en silencio. Después de extraer sus guantes de látex del bolsillo, Dalgliesh se los puso, descorrió los pestillos y abrió la puerta. La llave giró con facilidad, pero la puerta pesaba mucho y, una vez abierta, el policía tuvo que apoyar todo su peso en ella para que no se cerrara.
Tenían ante sí la Sala del Crimen. Nobby Clark y uno de los agentes de huellas digitales les dirigieron una mirada de sorpresa.
– Examinen las huellas de la parte de esta puerta que da al museo -anunció Dalgliesh. A continuación, cerró la puerta y corrió los pestillos de nuevo.
Caroline Dupayne no había hablado durante los minutos anteriores, y la señorita Godby no había dicho una sola palabra desde la llegada de ambos. Al regresar al apartamento, Dalgliesh les preguntó:
– ¿Confirman que sólo ustedes dos tienen llaves de la puerta de la planta baja?
– Ya se lo he dicho -insistió Caroline Dupayne-. No existen más llaves. Nadie puede entrar en el apartamento desde la Sala del Crimen, no hay ningún pomo en la puerta. Eso, por supuesto, está hecho así de forma intencionada, según las instrucciones de mi padre.
– ¿Cuándo fueron, cualquiera de las dos, por primera vez al piso tras el asesinato del doctor Dupayne?
Muriel Godby tomó la palabra:
– Entré el sábado temprano porque sabía que la señorita Dupayne tenía planeado quedarse el fin de semana en el piso. Limpié un poco el polvo y comprobé que todo estaba en orden. En ese momento la puerta que da al museo estaba cerrada.
– ¿Y es normal que comprobase usted esa puerta? ¿Por qué debía hacerlo?
– Porque forma parte de mi rutina. Cuando vengo al apartamento, compruebo que todo esté correcto.
– Yo llegué hacia las tres de la tarde y pasé aquí el sábado por la noche sola. Me marché hacia las diez y media del domingo. Que yo sepa, nadie ha estado aquí desde entonces.
«Y si hubieran estado -pensó Dalgliesh-, la concienzuda Muriel Godby habría eliminado cualquier rastro.» Los cuatro se dirigieron a la planta baja en silencio, y también en silencio la señorita Dupayne y la señorita Godby les entregaron sus copias de las llaves del museo.
5
Era poco después de medianoche cuando Dalgliesh regresó al fin a su piso a orillas del río encima de un almacén reformado del siglo xix, en Queenhithe. Disponía de su propia entrada y de un ascensor de seguridad. Allí, salvo en horario laboral, vivía sobre las oficinas silenciosas y vacías, en la soledad que necesitaba. Hacia las ocho de la tarde, incluso las encargadas de la limpieza se habían marchado ya. Al regresar a casa se imaginaba bajo sus pies las salas desiertas con los ordenadores apagados, las papeleras vacías, las llamadas telefónicas sin respuesta y el pitido ocasional del fax, el único ruido capaz de quebrar el inquietante silencio. El edificio había sido un almacén de especias, y un aroma penetrante y evocador había impregnado los paneles de madera y todavía se detectaba débilmente a pesar del intenso olor del Támesis. Como siempre, se situó junto a la ventana. El viento había dejado de soplar, y unos frágiles jirones de nubes manchados de carmesí por el fulgor de la ciudad colgaban inmóviles en un cielo violáceo plagado de estrellas. Quince metros por debajo de su ventana, la corriente arrastraba y lamía las paredes de ladrillo; el dios pardo de T. S. Eliot había asumido su oscuro misterio nocturno.
Había recibido una carta de Emma en respuesta a la suya. Acercándose a su escritorio, la releyó. Era breve pero explícita: podía estar en Londres el viernes por la tarde. Pensaba tomar el tren de las seis y cuarto, con el que llegaría a King’s Cross a las siete y tres minutos. Le pedía que fuera a recogerla en el acceso a los andenes. Saldría de casa a eso de las cinco y media, de modo que si a él no le iba bien la hora, ¿podía llamarla entonces? Firmaba con un simple «Emma». Repasó las escasas líneas con los elegantes trazos verticales de su letra tratando de descifrar qué se escondía tras aquellas palabras. ¿Acaso la brevedad expresaba la insinuación de un ultimátum? Eso no sería propio de Emma, aunque tenía su orgullo, y después de la última cancelación de la cita por parte de él, cabía la posibilidad de que le estuviese diciendo que aquélla era su última oportunidad, la última oportunidad para ambos.
No se atrevía a albergar la esperanza de que ella lo amase, y aunque ella estuviese en la frontera del amor, todavía era posible que se echase atrás. La vida de Emma discurría en Cambridge, y la suya en Londres. Por supuesto, podía renunciar a su trabajo en la policía; había heredado de su tía una suma suficiente como para considerarse relativamente rico. Era un poeta respetado. Desde la adolescencia había sabido que la poesía iba a ser el motor principal de su vida, aunque nunca había querido dedicarse profesionalmente a ella. Para él, había sido importante desempeñar un trabajo útil para la sociedad -pues no dejaba de ser digno hijo de su padre-, un trabajo en el que pudiera mantenerse activo en el plano físico y, a ser posible, correr algún que otro peligro de vez en cuando. Establecería su propio escalafón, si no en la nauseabunda trapería del corazón de W. B. Yeats, al menos en un mundo muy alejado de la tentadora paz de aquella rectoría de Norfolk, de los privilegiados años posteriores de colegios privados y de Oxford. La policía le había dado todo lo que había estado buscando y más. Su trabajo le había garantizado su intimidad, lo había protegido de las obligaciones del éxito, de las entrevistas, de las conferencias, de los viajes al extranjero, de la publicidad implacable y, lo más importante, de formar parte del mundillo literario de Londres. Además, había nutrido lo mejor de su poesía. No podía abandonarlo, y sabía que Emma no se lo pediría, como tampoco él le pediría a ella que sacrificase su carrera. Si por algún milagro ella lo amaba, ya encontrarían algún modo de llevar una vida juntos.