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Электронная книга - «La Sala Del Crimen». Краткое содержание книги:

El cuerpo calcinado de una de las personas más estrechamente vinculadas a un pequeño museo privado es el origen de esta nueva investigación de Adam Dalgliesh. La entidad dedicada al período de entreguerras, acoge, además de obras de arte, biblioteca y archivo una inquietante Sala del Crimen donde estudiar los sucesos más sonados de la época, uno de los cuales presenta extrañas semejanzas con el caso en que se ocupa Dalgliesh.
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– Ya se lo he dicho, inspectora. Y ahora, si no hay más preguntas, mis obligaciones me esperan. Claro está, remitiré una carta con mis condolencias a lady Holstead.

Se levantó de la silla con cierta brusquedad y se dirigió hacia la puerta. Fuera, el portero uniformado que los había recibido ya estaba esperándolos. Kate dedujo que había permanecido allí fuera durante toda la entrevista.

Cuando llegaron al coche, Piers dijo:

– Un poco artificial, ¿no te parece? No es difícil adivinar cuáles son sus prioridades: primero ella y luego la escuela. ¿Te has fijado en lo diferentes que eran esos dos escritorios? Uno prácticamente vacío, y las bandejas de entrada y salida del otro llenas de papeles. Tampoco es muy difícil adivinar quién se sienta en cada cual. Lady Swathling impresiona a los padres con su elegancia aristocrática y Caroline Dupayne hace todo el trabajo.

– ¿Por qué lo hace? ¿Qué saca ella de todo eso?

– Tal vez espera tomar el relevo. Aunque no logrará hacerse con el edificio, a menos que se lo deje en herencia. A lo mejor es eso precisamente lo que espera. No creo que pueda permitirse el lujo de comprarlo.

– Imagino que su trabajo está bien remunerado -comentó Kate-. Lo que más curioso me resulta no es el motivo que tiene Dupayne para trabajar aquí, sino por qué le interesa tanto que el museo continúe abierto.

– Orgullo familiar -sugirió Piers-. El piso es su casa. Debe de querer escapar de la escuela de vez en cuando. No te ha hecho mucha gracia lady Swathling, ¿verdad?

– Ni la escuela. Ni a ti tampoco. Es una especie de recinto de lujo al que los malditos ricos envían a sus hijas con la esperanza de quitárselas de encima. Ambas partes saben de antemano cuál es el trato y qué esperan obtener a cambio de pagar un riñón: asegurarse de que la niña no se queda embarazada, de que se mantiene bien lejos de las drogas y el alcohol, y de que conoce al tipo adecuado de hombres.

– Eso es un poco exagerado. Una vez salí con una chica que había estudiado en ese centro. No parecía haberle hecho ningún daño: no era una lumbrera de Oxbridge exactamente, pero sabía cocinar. Y ése no era su único talento.

– Y tú, por supuesto, eras el tipo adecuado de hombre.

– A su mamá no se lo pareció. ¿Te apetece conducir?

– No, será mejor que lo hagas tú, hasta que me calme. Bueno, ¿le decimos a AD que es probable que lady Swathling sepa algo pero que no ha querido hablar?

– ¿Estás sugiriendo que es una sospechosa?

– No, no nos habría dado esa coartada si no estuviera segura de que se sostiene. La comprobaremos si es necesario, pero en este momento me parece una pérdida de tiempo. Está limpia en lo que respecta a los dos asesinatos, pero podría ser cómplice.

Piers se mostró desdeñoso.

– Eso es ir un poco lejos. Considera los hechos: por el momento, estamos dando por supuesto que ambos asesinatos están relacionados, y eso significa que si lady Swathling está implicada en el asesinato de Celia, también lo está en el de Neville Dupayne. Y si en todo lo que ha dicho hay algo que me ha parecido cierto, es cuando ha asegurado que ni siquiera lo conocía. ¿Y por qué iba a importarle que el museo cierre? Puede incluso que le interese mantener a Caroline Dupayne más atada a la escuela. No, no creo que esté involucrada. De acuerdo, hay algo sobre lo que ha mentido o que no nos ha querido contar, pero ¿qué tiene eso de nuevo?

9

Eran las tres y cuarto del jueves 7 de noviembre y en el centro de investigaciones el equipo hablaba sobre los avances en la investigación. Benton-Smith había traído bocadillos un poco antes y la secretaria de Dalgliesh había preparado una enorme cafetera de café bien cargado. En ese momento, ya habían retirado cualquier resto de comida y se habían concentrado en sus papeles y cuadernos de notas.

El hallazgo del bolso había sido interesante, pero no los había conducido a nada nuevo. Cualquiera de los sospechosos podía haberlo metido en la bolsa negra tanto si lo había planeado de antemano como si había obedecido a un impulso. Resultaba más probable que la idea se le hubiese ocurrido a una mujer en lugar de a un hombre, pero eso no constituía una prueba consistente. Seguían a la espera de obtener información del servicio de telecomunicaciones sobre la ubicación del móvil de Muriel Godby cuando ésta había respondido a la llamada de Tally Clutton; las solicitudes de información interpuestas al servicio eran muy numerosas y había otras demandas prioritarias. Todas las pesquisas realizadas sobre la vida profesional de Neville Dupayne antes de que se trasladara a Londres desde la zona central de Inglaterra en 1987 sólo habían dado como resultado un mutismo absoluto por parte del cuerpo de policía local. Nada de todo ello resultaba especialmente decepcionante, pues apenas había transcurrido una semana desde que se iniciara el caso.

En ese momento, Piers y Kate debían informar al resto del equipo sobre su visita al piso de Celia. Para sorpresa de Dalgliesh, Kate permaneció en silencio y fue Piers quien habló. Al cabo de unos segundos se hizo evidente que se estaba divirtiendo. En frases breves y entrecortadas, la imagen cobró vida.

– Es un piso situado en una planta baja con vistas a un jardín central. Árboles, parterres, un césped bien cuidado, en el lado caro del edificio. Rejas en las ventanas y dos cerraduras de seguridad en la puerta. Una amplia sala de estar en la parte delantera y tres dormitorios dobles con cuarto de baño completos en suite. Lo más probable es que lo comprase como inversión siguiendo los consejos del abogado de papá y en la actualidad diría que debe de valer más de un millón. Una cocina agresivamente moderna, pero ningún indicio de que nadie se moleste en cocinar. El frigorífico apesta a leche agria y comida de supermercado caducada. Cuando se fue, dejó la casa hecha un desastre: ropa tirada encima de todas las camas, cómodas atestadas y armarios roperos repletos hasta los topes. Unos cincuenta pares de zapatos, veinte bolsos, unos cuantos vestidos provocativos diseñados para mostrarlo todo sin arriesgarse a ser detenida por la policía. En general el resto son cacharros caros de diseño. No ha habido mucha suerte con el examen de su escritorio: no se esforzaba por pagar las facturas a tiempo ni por contestar cartas oficiales, ni siquiera las de sus abogados. Una compañía de la City se encarga de su cartera de valores, la mezcla habitual de valores de renta variable y títulos del Estado. Es evidente que el dinero no le duraba en las manos.

– ¿Algún indicio de la existencia de un posible novio? -preguntó Dalgliesh.

En ese momento fue Kate quien tomó el relevo.

– En el cesto de la ropa sucia había una sábana bajera con manchas. Parecen restos de semen, pero no son recientes. Nada más. Tomaba la píldora, encontramos la caja en el armario del baño. Nada de drogas, pero mucho alcohol. Parece ser que probó suerte como modelo, hay un book de fotografías. También había querido dedicarse al mundo de la canción pop: sabemos que estaba inscrita en esa agencia y que pagaba un ojo de la cara por las clases de canto. Creo que se estaban aprovechando de ella. Lo más extraño, señor, es que no encontramos invitaciones ni ninguna evidencia de que tuviera amistades. Sería lógico pensar que con un apartamento de tres habitaciones, quisiera compartirlo, aunque sólo fuera por tener un poco de compañía y por repartir los gastos. No encontramos pruebas de que hubiese recibido ninguna visita, aparte de esa sábana manchada. Llevamos el maletín con los instrumentos, de modo que la metimos en una bolsa para pruebas y nos la llevamos. La he enviado al laboratorio.

– ¿Libros? ¿Fotos? -preguntó Dalgliesh.

– Todas las revistas femeninas del mercado, incluyendo las de moda -respondió Kate-. Libros de bolsillo, la mayoría ficción popular. Fotografías de estrellas del pop. Nada más. -A continuación, añadió-: No encontramos ninguna agenda ni libreta de direcciones. Tal vez los llevase en su bolso, en cuyo caso los tiene su asesino, si es que no los ha destruido. Había un mensaje en su contestador, los del taller llamaban para decir que su coche estaba listo y que ya podía recogerlo. Si no acudió al museo con su asesino, entonces lo más seguro es que fuera en taxi; no me imagino a una chica así tomando el autobús. Hemos estado en la oficina del transporte público con la esperanza de que puedan localizar al conductor. No había ningún otro mensaje ni ninguna carta privada. Era extraño: todo ese desorden y ninguna prueba de vida social o personal. Sentí lástima por ella. Creo que estaba muy sola.

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