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Электронная книга - «La Sala Del Crimen». Краткое содержание книги:

El cuerpo calcinado de una de las personas más estrechamente vinculadas a un pequeño museo privado es el origen de esta nueva investigación de Adam Dalgliesh. La entidad dedicada al período de entreguerras, acoge, además de obras de arte, biblioteca y archivo una inquietante Sala del Crimen donde estudiar los sucesos más sonados de la época, uno de los cuales presenta extrañas semejanzas con el caso en que se ocupa Dalgliesh.
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Estaría en la estación de King’s Cross el viernes para recibir ese tren. Aunque se produjesen acontecimientos importantes el viernes por la tarde, Kate y Piers eran más que capaces de solucionar cualquier incidencia que se presentara durante el fin de semana. Sólo una detención podía retenerlo en Londres, y no había ninguna inminente. Ya había organizado el plan para el viernes por la tarde: iría pronto a King’s Cross y pasaría media hora en la British Library para luego recorrer a pie la escasa distancia que separaba la biblioteca de la estación. Aunque se abriesen los cielos, ella lo encontraría esperándola en el acceso a los andenes cuando llegase.

Su última obligación consistía en escribirle una carta a Emma. No sabía muy bien por qué, en ese momento de sosiego, necesitaba hallar las palabras que la convencieran del amor que sentía por ella. Tal vez llegase el momento en que ya no quisiese oír su voz o, al escucharla, tal vez necesitase tiempo para pensar antes de responder. Si ese momento llegaba alguna vez, tendría la carta lista.

6

El jueves 7 de noviembre, la señora Pickering llegó para abrir la tienda de beneficencia a las nueve y media en punto, según su costumbre. Le molestó comprobar que había una bolsa negra de plástico fuera, en la puerta. La parte superior estaba abierta, y dejaba al descubierto el revoltijo habitual de lana y algodón. Tras abrir la puerta, entró arrastrando la bolsa y chasqueando la lengua con irritación. Desde luego, era el colmo. En el cartel que había pegado en el cristal del escaparate se decía bien clarito que los donantes no debían dejar las bolsas en la puerta por el riesgo de robo, pero era inútil. Se dirigió a la trastienda para colgar su abrigo y el sombrero, tirando de la bolsa. Tendría que esperar a que llegase la señora Fraser, poco antes de las diez. Era la señora Fraser, nominalmente al frente de la tienda de beneficencia y toda una experta en poner los precios a los artículos, quien registraría el contenido de la bolsa y decidiría qué había que poner en el escaparate y cuánto había que cobrar por ello.

La señora Pickering no albergaba grandes expectativas acerca de su hallazgo, pues todos los voluntarios sabían que a las personas cuya ropa merecía la pena les gustaba entregarla en mano, y no dejarla fuera para que alguien se la quedase. Sin embargo, no pudo resistirse a hacer una inspección previa. Desde luego, no parecía haber nada interesante en aquel fardo de vaqueros descoloridos, suéteres de lana apelmazada después de tantos lavados, una chaqueta larga de punto tejida a mano -que parecía muy prometedora hasta que vio los agujeros de las polillas en las mangas- y media docena de pares de zapatos agrietados y deformados. Después de coger las prendas una por una y de examinarlas, decidió que seguramente la señora Fraser las desecharía todas. Y justo en ese instante, su mano palpó un trozo de cuero y una fina cadena de metal. La cadena se había enredado con los cordones de unos zapatos masculinos, pero cuando tiró de ella, se sorprendió al descubrir un bolso de mano que a todas luces debía de ser carísimo.

La posición de la señora Pickering en la jerarquía de la tienda era más bien baja, un hecho que aceptaba sin resentimiento. Daba el cambio con lentitud, se equivocaba con los billetes o las monedas en euros y tendía a perder el tiempo cuando el establecimiento estaba abarrotado, charlando con los clientes y ayudándolos a decidir qué prenda se ajustaba mejor a su talla y a su estilo. Ella misma reconocía estos defectos, pero no le preocupaban en lo más mínimo. La señora Fraser le había comentado en una ocasión a una compañera de trabajo:

– Es un desastre en la caja registradora, por supuesto, y habla por los codos, pero es completamente de fiar y sabe tratar a los clientes, de modo que tenemos mucha suerte de contar con ella.

La señora Pickering sólo había captado la última parte de esta frase, pero lo más probable es que no se hubiese ofendido aunque la hubiese oído entera. Sin embargo, aunque la valoración de la calidad y los precios eran privilegios reservados a la señora Fraser, ella también sabía reconocer una piel de calidad cuando la veía. Aquél era sin duda un bolso caro y fuera de lo corriente. Lo alisó acariciándolo levemente, percibiendo la suavidad de la piel, y luego lo devolvió a su sitio en lo alto del fardo.

Dedicó la siguiente media hora a quitar el polvo a los estantes, como de costumbre, reordenando los artículos según las indicaciones de la señora Fraser, volviendo a colocar la ropa que unas manos descuidadas habían descolgado de sus perchas y disponiendo las tazas para el Nescafé que prepararía en cuanto llegase la señora Fraser quien, como de costumbre, llegó puntualmente. Después de cerrar la puerta tras ella y de lanzar una mirada preliminar de aprobación al interior de la tienda, entró en la trastienda con la señora Pickering.

– He encontrado este fardo de ropa -le explicó la señora Pickering-. Estaba en la puerta, como siempre. Parece increíble cómo es la gente, en el cartel lo pone bien clarito. No parece muy interesante, salvo por un bolso.

La señora Fraser, tal como bien sabía su compañera, no podía resistirse a una nueva bolsa de ropa donada. Mientras la señora Pickering encendía el aparato eléctrico para calentar el agua y vertía las cucharadas de Nescafé, la señora Fraser se acercó al bolso. Se produjo un silencio. La señora Pickering la observó mientras abría el bolso, examinaba el cierre con cuidado y le daba la vuelta en sus manos. A continuación, se dispuso a inspeccionar el interior.

– Es un Gucci, y parece casi nuevo. ¿Quién nos habrá dado esto? ¿Vio usted quién dejó el saco de ropa?

– No, ya estaba aquí cuando llegué, aunque el bolso no estaba encima de todo. Estaba casi en el fondo. Me puse a rebuscar por curiosidad y lo encontré.

– Qué raro; es el bolso de una mujer rica. Los ricos no nos suelen dar lo que ya no usan, lo que hacen es enviar a sus criadas para que lo vendan en esas tiendas de segunda mano de categoría, así es como siguen siendo ricos. Conocen el valor de lo que tienen. Nunca habíamos tenido un bolso tan caro.

La mujer deslizó los dedos en un bolsillo lateral y extrajo una tarjeta de visita. Olvidándose del café, la señora Pickering se acercó y ambas la examinaron juntas. Era pequeña y las letras eran elegantes y sencillas. Leyeron: «Celia Mellock», y en la esquina inferior izquierda: «Pollyanne Promotions, agentes teatrales, Covent Garden, WC2.»

– ¿No tendríamos que ponernos en contacto con la agencia para tratar de localizar a la dueña? -sugirió la señora Pickering-. Podríamos devolver el bolso. Tal vez lo haya puesto en la bolsa por error.

La señora Fraser no quería saber nada de semejantes miramientos tan poco oportunos.

– Si la gente nos trae cosas por error, es responsabilidad suya venir a reclamárnoslas. No podemos llegar a esa clase de conclusiones. A fin de cuentas, no debemos olvidar nuestra causa, el asilo para animales viejos y abandonados. Si nos dejan la mercancía fuera, estamos en nuestro derecho a venderla.

– Podríamos pedirle a la señora Roberts que le echara un vistazo -dijo la señora Pickering-. Creo que nos daría un buen precio. ¿No tiene que venir esta tarde?

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