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Электронная книга - «La Sala Del Crimen». Краткое содержание книги:

El cuerpo calcinado de una de las personas más estrechamente vinculadas a un pequeño museo privado es el origen de esta nueva investigación de Adam Dalgliesh. La entidad dedicada al período de entreguerras, acoge, además de obras de arte, biblioteca y archivo una inquietante Sala del Crimen donde estudiar los sucesos más sonados de la época, uno de los cuales presenta extrañas semejanzas con el caso en que se ocupa Dalgliesh.
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Fue entonces cuando sonó el teléfono. Kate descolgó el auricular, escuchó a su interlocutor al otro lado del hilo y dijo:

– De acuerdo, bajaré inmediatamente. -Acto seguido, se dirigió a Dalgliesh-: Tally Clutton está aquí, señor. Quiere verlo. Dice que es importante.

– Debe de serlo para que haya venido personalmente -intervino Piers-. Supongo que sería demasiado esperar que hubiese reconocido al fin al conductor.

Kate ya estaba en la puerta.

– Que pase a la sala pequeña, ¿de acuerdo, Kate? Iré a verla contigo ahora mismo.

Libro cuarto . La tercera víctima

Jueves 7 de noviembre – Viernes 8 de noviembre

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La policía había dicho que los especialistas iban a necesitar el resto del miércoles y la mitad del jueves para completar el registro del museo. Esperaban devolver las llaves a última hora de la tarde del jueves. Ya se habían llevado el baúl y, después de la inspección del apartamento de Caroline Dupayne llevada a cabo por Dalgliesh y la inspectora Miskin, parecían haber aceptado que no había justificación para coger las llaves de aquélla y retenerla fuera de lo que, en definitiva, era su casa.

Tras levantarse el jueves tan temprano como de costumbre, Tally se sintió inquieta, pues echaba de menos ir a quitar el polvo y limpiar como cada día. Ahora la jornada carecía de forma para ella, quien experimentaba la confusa sensación de que ya nada era real o reconocible y de que se movía como una autómata en un mundo de fantasía aterradora. Ni siquiera la casa le ofrecía ya refugio para el sentimiento de disolución y continuo desastre que la embargaba. Todavía la consideraba el sosegado centro de su vida, pero la presencia de Ryan había destruido su paz y su orden. No era que el chico se mostrase difícil de forma deliberada, sino que el lugar resultaba, sencillamente, demasiado pequeño para dos personalidades tan distintas entre sí. Un inodoro, y por ende en el cuarto de baño, constituía algo más que un inconveniente. Tally no podía utilizarlo sin pensar, incómoda, que Ryan estaba fuera esperando con impaciencia a que saliese, mientras que él, por su parte, permanecía en su interior una cantidad de tiempo desmesurada y lo dejaba todo perdido. Era muy limpio en su aseo personal, pues se bañaba dos veces al día, lo que hacía que a Tally le preocupasen las facturas del agua y el gas, pero dejaba la ropa sucia de trabajo tirada por el suelo para que ella la recogiese y la metiese en la lavadora. Darle de comer también representaba un problema; ya había supuesto que no tendría los mismos gustos en materia de comida, pero no que ingiriese semejantes cantidades. Además, el chico no se había ofrecido a pagarle nada, y a ella le daba apuro sugerírselo. Se había ido temprano a la cama todas las noches, pero sólo para encender su equipo estéreo. La música pop a todo volumen había convertido las noches de Tally en un infierno. La noche anterior, todavía conmocionada por el descubrimiento del cadáver de Celia Mellock, le había pedido que la bajase un poco y él había accedido sin protestar. No obstante, el ruido, aunque amortiguado, había bastado para destrozarle los nervios, y ni siquiera tapándose los oídos con la almohada había conseguido silenciarlo.

El jueves, inmediatamente después del desayuno, cuando Ryan seguía aún en la cama, decidió ir al West End. Sin saber muy bien cuánto tiempo estaría fuera, no preparó su mochila sino que sólo se llevó un bolso grande y una naranja y un plátano para almorzar. Tomó un autobús a la estación de Hampstead, fue en metro hasta el Embankment y a continuación enfiló la avenida Northumberland, atravesó el bullicio de Trafalgar Square y se dirigió al Mall y a Saint James’s Park. Aquél era uno de sus paseos favoritos por Londres, y poco a poco, mientras bordeaba el lago, fue apoderándose de ella una sensación de paz. El calor, insólito para aquella época del año, había regresado, y se sentó en un banco a comerse la fruta bajo la suave luz del sol, contemplando cómo los padres con sus hijos arrojaban migas de pan a los patos, los turistas se fotografiaban unos a otros con el trasfondo del brillo del agua, las parejas de novios se paseaban cogidas de la mano y los misteriosos hombres vestidos con abrigos oscuros, que le recordaban a espías de alto nivel intercambiándose peligrosos secretos, paseaban de dos en dos.

Hacia las dos y media, más despejada ya, estaba lista para regresar a casa, y tras dar una última vuelta al lago cambió de idea y decidió caminar hasta el río. Llegó a la plaza del Parlamento y a las puertas del palacio de Westminster, donde decidió, siguiendo un impulso, sumarse a la breve cola de gente que se disponía a entrar en la Cámara de los Lores. Había visitado la Cámara de los Comunes con anterioridad, pero no la de los Lores; constituiría una experiencia nueva y le vendría bien sentarse tranquilamente durante media hora. La espera no fue larga. Pasó por los rigurosos controles de seguridad, donde le registraron el bolso y obtuvo su pase. A continuación, siguiendo las indicaciones, subió por la escalera alfombrada hacia la tribuna del público.

Al abrir la puerta de madera, se encontró en lo alto de la cámara y miró hacia abajo con gran asombro. La había visto muchas veces por televisión, pero en ese momento su sombría magnificencia cobró vida con todo su esplendor. En aquella época era imposible que alguien fuese capaz de crear semejante cámara legislativa; la maravilla consistía en que a alguien se le hubiese ocurrido alguna vez. Era como si no hubiese adorno, concepto arquitectónico o trabajo en oro, madera o vidrieras de colores que pudiera considerarse demasiado grandilocuente para aquellos duques, condes, marqueses y barones Victorianos. Desde luego, la razón de su éxito, pensó Tally, quizá fuese que había sido construida con seguridad y confianza. El arquitecto y los artesanos sabían perfectamente qué estaban construyendo y creían en lo que sabían. «Al fin y al cabo -se dijo-, nosotros también tenemos nuestras pretensiones, pues hemos construido la Cúpula del Milenio.» La cámara le recordaba un poco a una catedral, salvo en que se trataba de un edificio laico por entero. El trono de oro con su baldaquino y su candelabro celebraba la realeza terrenal, las estatuas instaladas entre las ventanas, dentro de hornacinas, no eran de santos, sino de barones, y en las altas vidrieras no aparecían escenas de la Biblia sino escudos de armas.

El enorme trono de oro estaba justo enfrente de ella y dominaba su mente igual que la cámara toda. Si algún día Gran Bretaña se convertía en una república, ¿qué sería de él? Sin duda ni siquiera el gobierno más antimonárquico se animaría a destruirlo. Y sin embargo, ¿qué sala de museo era lo bastante grande para albergarlo? ¿Para qué podía utilizarse? Tal vez, pensó, un futuro presidente se sentaría con mucha ceremonia, vestido con traje de calle, bajo aquel baldaquino. Tally poseía una limitada experiencia del mundo, pero aun así había observado que quienes alcanzaban el poder y cierta posición social eran tan amigos de los beneficios que éstos comportaban como aquellos que los habían adquirido por derecho de nacimiento. Se alegró de que hubiese tantas cosas que se ofrecían a su vista y ocupaban sus pensamientos. Algunas de las inquietudes del día se esfumaron por completo.

Abstraída como estaba al principio apenas se fijó en las figuras que ocupaban los bancos de debajo. Y entonces oyó su voz, clara e inconfundible. El corazón le dio un vuelco. Bajó la mirada y vio que estaba de pie frente a uno de los bancos que había entre los del Gobierno y la oposición, de espaldas a ella. El hombre estaba diciendo:

– Milores, solicito formular la pregunta que aparece con mi nombre en el orden del día.

Tally estuvo a punto de agarrarse al brazo de un joven que se había sentado a su lado.

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