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Электронная книга - «La Sala Del Crimen». Краткое содержание книги:

El cuerpo calcinado de una de las personas más estrechamente vinculadas a un pequeño museo privado es el origen de esta nueva investigación de Adam Dalgliesh. La entidad dedicada al período de entreguerras, acoge, además de obras de arte, biblioteca y archivo una inquietante Sala del Crimen donde estudiar los sucesos más sonados de la época, uno de los cuales presenta extrañas semejanzas con el caso en que se ocupa Dalgliesh.
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Se encontraron en un pasillo amplio con una serie de puertas a cada lado. En la pared del fondo colgaban dos hileras de láminas de aves exóticas. Al salir del ascensor, vieron a dos mujeres que avanzaban en dirección a ellos con paso silencioso por la mullida moqueta. Una de las mujeres, con un traje pantalón negro y un aire de seguridad ligeramente intimidatorio, poseía la briosa eficiencia de una secretaria personal. La otra, con el pelo más claro y más joven, llevaba una bata blanca y una camilla de masaje plegable, colgada del hombro.

– Hasta mañana entonces, señorita Murchison -se despidió la mujer de mayor edad-. Si puede acabar en una hora, podré colarla entre la cita con el peluquero y la manicura. Tendrá que llegar un cuarto de hora antes. Me consta que a lady Holstead no le gusta tomarse los masajes con prisas.

La masajista entró en el ascensor y la puerta se cerró. A continuación, la mujer se dirigió a Dalgliesh:

– ¿El comisario Dalgliesh? Sir Daniel y lady Holstead lo están esperando. Por aquí, por favor.

No había reparado en la presencia de Kate ni se había presentado a sí misma. La siguieron por el pasillo hasta una puerta que abrió con aplomo y anunció:

– El comisario Dalgliesh y su colega, lady Holstead. -A continuación, cerró la puerta tras de sí.

La habitación tenía el techo bajo pero era muy amplia, con cuatro ventanales que daban a Mayfair. Los muebles eran magníficos, incluso lujosos, y del estilo de una suite de hotel de las más caras. Pese a la disposición de varias fotografías en sus marcos de plata en una mesita auxiliar junto a la chimenea, apenas se observaban muestras de posibles gustos personales. La chimenea de mármol era ornamentada y resultaba evidente que no había formado parte de la habitación original. El suelo estaba cubierto por una moqueta de color gris plata y sobre ésta aparecía un surtido de alfombras de gran tamaño, cuyos colores ofrecían una tonalidad más brillante de los cojines de raso, los sofás y los sillones. Encima de la chimenea había un retrato de una mujer de pelo claro con un vestido de color escarlata.

La misma mujer del retrato estaba sentada junto al fuego, pero en cuanto Dalgliesh y Kate entraron, se levantó con ademán elegante y se acercó a ellos, tendiéndoles una mano temblorosa. Su marido, que hasta entonces había estado de pie detrás del sillón, la acompañó pasándole la mano bajo el brazo. La impresión era de delicada angustia femenina sostenida por una impresionante fuerza masculina. Su marido la condujo de vuelta al sillón con ternura.

Sir Daniel era un hombre corpulento, ancho de espaldas, con facciones marcadas y un pelo gris oscuro y fuerte peinado hacia atrás para apartarlo de una frente ancha. Tenía los ojos más bien pequeños, subrayados por unas bolsas dobles, y la mirada que fijaron en Dalgliesh era totalmente impasible. Al observar aquel rostro inexpresivo, Dalgliesh recuperó un recuerdo de su infancia: un terrateniente local, coadjutor de su padre, había invitado a cenar a la rectoría a un multimillonario, en una época en que un millón aún significaba algo. También él era un hombre corpulento, afable, un invitado agradable. Adam, que por entonces tenía sólo catorce años, quedó sumamente desconcertado al descubrir en el transcurso de la cena que el millonario en cuestión era un hombre estúpido. Ese día aprendió que la capacidad para amasar grandes sumas de dinero de un modo concreto es un talento muy beneficioso para su poseedor y acaso también para otros, pero que no implica ninguna virtud, sabiduría o inteligencia más allá de una experiencia en el terreno lucrativo. Dalgliesh llegó a la conclusión de que era tan fácil como peligroso catalogar a los muy ricos, aunque sin duda poseían ciertas cualidades en común, entre ellas el ejercicio del poder con plena seguridad en sí mismos. Es posible que a sir Daniel lo impresionase un juez del Tribunal Supremo pero desde luego, sabía cómo no dejarse amilanar ante un comisario y una inspectora de la policía londinense.

– Gracias por venir tan rápido -dijo su esposa-. ¿Quieren tomar asiento? -Acto seguido, miró a Kate-. Lo siento, no se me ocurrió que vendría acompañado.

Dalgliesh presentó a Kate y los cuatro ocuparon los dos inmensos sofás situados en ángulo recto con respecto al fuego. Dalgliesh habría preferido casi cualquier otro asiento de la habitación en lugar de aquella opulencia asfixiante. Se sentó en el borde, inclinando el cuerpo hacia delante, y miró a los Holstead.

– Lamento haberme visto en la obligación de comunicarles una noticia tan terrible, y por teléfono -se disculpó-. Es demasiado pronto para darles los detalles sobre cómo murió la señorita Mellock, pero haré todo lo posible.

Lady Holstead se inclinó hacia delante.

– Oh, sí, por favor, se lo ruego. El sentimiento de impotencia es tremendo… Me parece que todavía no lo he asimilado. Casi esperaba que me dijera que se trata de un terrible error. Por favor, perdóneme si no consigo ser más coherente. El vuelo… -Se desmoronó.

– Habría sido de agradecer que nos comunicaran la noticia con un poco más de tacto, comisario -intervino el marido-. La agente que llamó, supongo que fue usted, inspectora, no se mostró demasiado considerada. No me dio ninguna indicación de que se tratase de una llamada especialmente importante.

– No lo habríamos telefoneado y despertado a esas horas de no haberse tratado de un asunto importante. Lamento haberle dado la impresión de que se le comunicaba la noticia de forma un tanto brusca. Por supuesto, la inspectora Miskin prefirió hablar con usted en lugar de hacerlo con lady Holstead para que usted decidiese cuál era la mejor forma de transmitirle la noticia.

Lady Holstead se volvió hacia él.

– Y fuiste muy delicado, cariño. Hiciste cuanto estaba en tu mano, pero la verdad es que no se pueden dar noticias como ésa de una forma suave, ¿no es cierto? La verdad es que no. Decirle a una madre que han asesinado a su hija… Es imposible suavizar esa noticia. Imposible.

La consternación, pensó Dalgliesh, era bastante genuina. ¿Cómo no iba a serlo? Era desafortunado que todo en lady Holstead sugiriese cierta teatralidad rayana en el fingimiento, pues iba vestida con un traje negro que recordaba un uniforme militar, con una falda corta y una hilera de botoncillos de bronce en los puños. Parecía recién salida de la peluquería y el maquillaje, el cuidadoso toque de colorete en las mejillas y el meticuloso perfil de los labios, no habría sido posible de no haber mantenido el pulso firme. El dobladillo de la falda le llegaba justo por encima de las rodillas y estaba sentada con las piernas delgadas y esbeltas muy juntas, cuyos huesos destacaban bajo el brillo del nailon de calidad. Cabía considerar que tanta perfección se debía al coraje de una mujer que prefería enfrentarse a las grandes tragedias de la vida así como a sus pequeñas contrariedades con el mejor aspecto posible. Dalgliesh no advirtió ningún parecido con su hija, pero tampoco le sorprendió: la muerte violenta borraba algo más que la apariencia de vida.

Su marido, al igual que Dalgliesh, estaba sentado en el borde del sofá, con los brazos colgando entre las rodillas. Tenía el rostro impasible y sus ojos, fijos casi constantemente en el rostro de su esposa, eran vigilantes. Dalgliesh pensó que no podía esperarse de él que sintiera una pérdida personal por una chica a la que apenas había conocido y que probablemente había sido una molestia en su ajetreada vida. Y ahora no le quedaba más remedio que afrontar aquella tragedia pública por la que tendría que expresar un sentimiento adecuado. Seguramente no era distinto de los demás hombres: anhelaba disfrutar de una tranquilidad hogareña con una esposa feliz o, al menos, satisfecha, no una madre perpetuamente doliente. Pero todo aquello pasaría. Ella se perdonaría a sí misma por su falta de afecto, tal vez incluso llegara a convencerse de que sí había amado a su hija, aunque fuese de una forma poco gratificante, y acaso acabara aceptando que no es posible amar por obligación, ni siquiera a un hijo. En ese momento, la mujer parecía más desorientada que conmocionada por el dolor, mientras tendía los brazos hacia Dalgliesh en un ademán más histriónico que patético. Tenía las uñas muy cuidadas y pintadas de un rojo brillante.

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