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Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4]

Электронная книга - «Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4]». Краткое содержание книги:

Por la autora de Yo antes de ti, una fabulosa historia sobre cinco extraordinarias mujeres que intentan cambiar su mundo con el poder de los libros. Inspirada por la sed de aventuras y el deseo de abandonar la monotonía de Inglaterra, Alice Wright se enamora de un atractivo americano y toma la impulsiva decisión de aceptar su propuesta de matrimonio. Pero su nueva vida en la pequeña y conservadora ciudad minera de Kentucky en la que Alice se instala con su marido y su autoritario suegro en medio de la Gran Depresión resulta aún más claustrofóbica. Hasta que conoce a Margery O'Hare. Independiente y deslenguada, Margery no ha pedido el permiso de un hombre para nada en toda su vida y ahora se ha propuesto llevar el milagro de los libros hasta el último rincón de la región. A caballo, atravesando montañas y bosques salvajes, y a menudo luchando contra el prejuicio y la ignorancia, Alice, Margery y sus compañeras se convertirán en bibliotecarias itinerantes al tiempo que descubren la libertad, la amistad, el amor y una vida que por fin les pertenece. La crítica ha dicho...
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Entonces, oyeron la voz de Van Cleve que se elevaba por encima del jaleo de la multitud:

—¡No podéis decir que no os lo advertí! Es un peligro para los hombres y para este pueblo. El tribunal se va a enterar de hasta qué punto O’Hare es una influencia maligna, acordaos de lo que os digo. ¡Solo hay un sitio para ella!

—Diablos, encima se pone a alborotar más las cosas —se lamentó Beth.

—Amigos, os vais a enterar de lo abominable que es esa muchacha. ¡Contradice las leyes de la naturaleza! ¡No os creáis nada de lo que dice!

—¡Se acabó! —dijo Izzy, y apretó la mandíbula. La señora Brady se volvió para mirar a su hija, mientras Izzy se ponía en pie de un salto. La joven cogió el bastón y fue hacia la puerta—. ¿Madre? ¿Me acompañas?

Las mujeres se pusieron las botas y los sombreros en silencio, como si fueran una sola persona. Y luego, sin mediar palabra, se reunieron todas en lo alto de las escaleras: Kathleen y Beth, Izzy y la señora Brady y, tras unos instantes de vacilación, Sophia, que se levantó de la mesa con expresión tensa pero determinada, y cogió el bolso. Las demás se la quedaron mirando. Entonces, Alice, con un nudo en la garganta, le ofreció el brazo y Sophia enlazó en él el suyo. Y las seis mujeres salieron de la biblioteca formando un grupo compacto, para recorrer la carretera resplandeciente y dirigirse a la prisión en silencio, muy serias y con paso resuelto.

La multitud se apartó cuando llegaron, en parte por la fuerza bruta de la señora Brady, que llevaba los codos hacia afuera y estaba encolerizada, pero en parte también por la sorpresa de ver a una mujer de color entre ellas, del brazo de la mujer de Bennett van Cleve y de la viuda de Bligh.

La señora Brady se puso al frente de la multitud, de espaldas a la cárcel.

—¿No les da vergüenza? —les gritó—. ¿Qué tipo de hombres son ustedes?

—¡Es una asesina!

—En este condado creemos en la presunción de inocencia a menos que se demuestre lo contrario. ¡Así que ya pueden coger sus repugnantes palabras y sus consignas y dejar a esa muchacha en paz de una puñetera vez, hasta que la ley les dé la razón! —La señora Brady señaló al hombre del bigote—. ¿Y usted, qué pinta aquí? Estoy segura de que algunos han venido solo a causar problemas. Porque, desde luego, usted no es de Baileyville.

—Soy primo segundo de Clem. Tengo tanto derecho como cualquiera a estar aquí. Me importaba mi primo.

—¿Que le importaba su primo? ¡Y un pepino! —exclamó la señora Brady—. ¿Dónde estaba usted cuando sus hijas se morían de hambre y tenían el pelo lleno de piojos? ¿Cuando robaban comida de los huertos de los vecinos, porque él estaba demasiado borracho como para preocuparse de alimentarlas? ¿Dónde estaba usted entonces, eh? A usted le da igual esa familia.

—Solo se está justificando. Todos sabemos lo que han estado haciendo las bibliotecarias.

—¡Usted no sabe nada! —replicó la señora Brady—. Y usted, Henry Porteous, creía que ya tenía edad para ser más sensato. En cuanto a ese majadero —la mujer señaló a Van Cleve—, creía de verdad que nuestros vecinos tendrían suficiente sentido común como para no confiar en un hombre que se ha hecho rico a base de generar miseria y destrucción, principalmente a costa de este pueblo. ¿Cuántos de ustedes han perdido sus hogares por culpa de este saco de estiércol? ¿A cuántos de ustedes puso sobre aviso la señorita O’Hare, para que se salvaran? Y, aun así, basándose en rumores y chismorreos infundados, prefieren castigar a una mujer que enfrentarse al verdadero delincuente que hay aquí.

—¡Eso son calumnias, Patricia!

—¡Pues denúncieme, Geoffrey!

Van Cleve se puso rojo como un tomate.

—¡Ya se lo advertí! ¡Es una influencia maligna!

—¡Usted es la única influencia maligna de por aquí! ¿Por qué cree que su nuera preferiría vivir en un establo antes que pasar una noche más bajo el mismo techo que usted? ¿Qué tipo de hombre le da una paliza a la esposa de su hijo? Y aún tiene el valor de erigirse en una suerte de árbitro moral. Desde luego, la forma en que juzgamos el comportamiento de los hombres hacia las mujeres en este pueblo es realmente alarmante.

La multitud empezó a murmurar.

—¿Qué tipo de mujer mata a un hombre decente sin que la haya provocado?

—Esto no tiene nada que ver con McCullough y lo saben. ¡Tiene que ver con vengarse de una mujer que ha sacado a la luz su verdadera cara!

—¿Lo ven, damas y caballeros? Estos son los auténticos frutos de la supuesta biblioteca: la vulgarización del discurso femenino y el comportamiento inapropiado. ¿O les parece correcto que la señora Brady hable de esa manera?

La multitud se abalanzó hacia delante pero, de repente, se oyeron dos disparos al aire y esta se detuvo. Alguien gritó. La gente se agachó, mirando a su alrededor, nerviosa. El sheriff Archer apareció en la puerta trasera de la prisión y echó un vistazo a la multitud.

—De acuerdo. He sido un hombre paciente, pero no quiero oír ni una sola palabra más aquí fuera. El tribunal juzgará este caso a partir de mañana y se celebrará un juicio justo. Y como alguno más de ustedes se pase de la raya, acabará en la cárcel, con la señorita O’Hare. Eso va por ustedes, Geoffrey y Patricia. No dudaré en encerrar a cualquiera de los dos. ¿Me han oído?

—¡Tenemos derecho a la libertad de expresión! —gritó un hombre.

—Así es. Y yo tengo derecho a asegurarme de que lo ejerzan desde una de las celdas de aquí abajo.

La multitud empezó a gritar de nuevo cosas horribles, con voces ásperas y estridentes. Alice miró a su alrededor y se echó a temblar, al ver el veneno y el odio grabado en los rostros de personas a las que antes daba los buenos días alegremente. ¿Cómo podían volverse así contra Margery? Notó cómo el temor y el pánico crecían en su pecho, mientras el aire que la rodeaba se cargaba con la energía de la muchedumbre. Kathleen le dio un codazo y Alice vio que Izzy había dado un paso al frente. Mientras los manifestantes despotricaban y coreaban consignas a su alrededor, sin parar de repartir empujones y empellones, la muchacha se abrió paso cojeando ante ellos, un tanto insegura y apoyada en el bastón, para colocarse debajo de la ventana de la celda. Y, mientras todos la miraban, Izzy Brady, que solía pasarlo mal delante de un público compuesto por cinco personas, se volvió hacia la agitada multitud, miró a su alrededor y respiró hondo. Y, entonces, empezó a cantar.

No me abandones; el crepúsculo llegará raudo;

la oscuridad se hace más profunda; Señor, no me abandones.

La joven hizo una pausa, cogió aire y echó un vistazo a su alrededor.

Cuando me falten apoyos y ya nadie me consuele,

Auxilio de los desamparados, no me abandones.

Al principio, la multitud se quedó en silencio porque no sabía qué estaba pasando. La gente de detrás del todo se puso de puntillas para poder ver. Un hombre la abucheó y alguien le insultó. Izzy se quedó allí, con las manos entrelazadas delante de ella, un poco temblorosa, y cantando con una voz cada vez más fuerte e intensa.

El breve día de la vida se desvanece y veloz llega a su fin;

las alegrías terrenales se oscurecen; sus goces desaparecen;

no percibo más que veleidad y decadencia a mi alrededor;

Oh, Señor inmutable, no me abandones.

La señora Brady se puso recta, dio dos pasos, luego tres, avanzó entre la multitud y se colocó al lado de su hija, con la espalda contra la parte exterior del muro de la prisión y la barbilla levantada. Mientras cantaban juntas, Kathleen, Beth y, finalmente, Sophia y Alice, todavía agarradas del brazo, se acercaron a ellas y alzaron sus voces, también con la cabeza erguida y la mirada fija, enfrentándose a la multitud. Mientras los hombres las insultaban, el volumen de aquellas seis voces aumentaba cada vez más, sofocándolos con determinación y valentía.

No acudas con violencia, como Rey de Reyes,

sino con benevolencia y bondad, y con Tus alas sanadoras,

lágrimas para todos los males, un corazón para cada súplica:

ven, Amigo de los pecadores, y nunca me abandones.

Cantaron hasta que la multitud se quedó en silencio, bajo la atenta mirada del sheriff Archer. Cantaron todas unidas, cogidas de la mano sin vacilar, con el corazón acelerado pero con voz firme. Unas cuantas personas del pueblo se adelantaron y se unieron a ellas: la señora Beidecker, el hombre de la tienda de piensos, Jim Horner y sus hijas, todos de la mano y alzando sus voces para ahogar el sonido del odio, sintiendo la reverberación de cada palabra, enviando consuelo, e intentando a la vez ofrecerse un poco de esa escurridiza sustancia a sí mismos.

Unos centímetros más allá, al otro lado de la pared, Margery O’Hare yacía inmóvil en el catre, con mechones húmedos de pelo pegados a la cara, y la piel pálida y caliente. Llevaba allí tumbada al menos ya cuatro días, con los pechos doloridos y los brazos sin fuerzas. Se sentía como si alguien hubiera metido la mano dentro de ella y le hubiera arrancado lo que la mantenía en pie. ¿Por qué iba a luchar ahora? ¿Qué esperanza le quedaba? Estaba anormalmente inmóvil, con los ojos cerrados, la áspera arpillera contra la piel, oyendo vagamente a la multitud que la insultaba fuera. Alguien había conseguido lanzar una piedra por la ventana hacía un rato y le había dado en la pierna, dejándole un largo arañazo rojo y ensangrentado.

Sostén Tu cruz ante mis ojos cerrados,

ilumina la oscuridad y guíame hacia los cielos.

Abrió los ojos al oír un sonido que le resultaba a la vez familiar y extraño, parpadeó mientras se centraba y, poco a poco, se dio cuenta de que se trataba de Izzy. Su voz inolvidable y dulce se elevaba en el aire al otro lado de la alta ventana, tan cerca que casi podía tocarla. Hablaba de un mundo mucho más allá de aquella celda, de bondad y generosidad, de un cielo grande e infinito en el que elevar la voz. Margery se apoyó en un codo, para escucharla. Entonces, otra voz más profunda y grave se unió a la suya, y luego, mientras se erguía, aparecieron otras voces distintas que podía distinguir perfectamente entre las demás: eran las de Kathleen, Sophia, Beth y Alice.

La aurora celestial despunta y las sombras banales de la tierra huyen.

No me abandones, Señor, ni en la vida ni en la muerte.

Las escuchó y se dio cuenta de que estaban cantando para ella. Oyó a Alice gritar, cuando el himno llegó a su fin, con una voz todavía clara y cristalina:

—¡Sé fuerte, Margery! ¡Estamos contigo! ¡Estamos aquí, a tu lado!

Margery O’Hare bajó la vista, se cubrió la cara con las manos y, finalmente, se echó a llorar.

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