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Электронная книга - «La Sala Del Crimen». Краткое содержание книги:

El cuerpo calcinado de una de las personas más estrechamente vinculadas a un pequeño museo privado es el origen de esta nueva investigación de Adam Dalgliesh. La entidad dedicada al período de entreguerras, acoge, además de obras de arte, biblioteca y archivo una inquietante Sala del Crimen donde estudiar los sucesos más sonados de la época, uno de los cuales presenta extrañas semejanzas con el caso en que se ocupa Dalgliesh.
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Con los ojos desencajados por el horror, Tally miró a todos los presentes y soltó en un susurro:

– ¡Violette Kaye! Así que son asesinatos que imitan asesinatos anteriores…

Kate se desplazó hasta el asiento que había a su lado.

– Es una posibilidad que debemos tener en cuenta. Lo que necesitamos saber es cómo el asesino obtuvo acceso a las violetas.

Dalgliesh se dirigió a ella con tacto y hablándole despacio.

– Hemos visto pequeñas macetas con esas violetas en dos habitaciones, la del señor Calder-Hale y la suya. Vi las plantas del señor Calder-Hale el domingo por la mañana hacia las diez, cuando fui a entrevistarme con él. Entonces estaban intactas, aunque pensé que iba a aplastarlas por el modo en que cerró la persiana de la ventana. La inspectora Miskin cree que no había ninguna flor tronchada cuando estuvo en el despacho del señor Calder-Hale con los visitantes de éste poco antes de las diez de esta mañana, y el sargento Benton-Smith se fijó en ellas cuando entró en la habitación poco después del hallazgo del cadáver de Celia Mellock. No faltaba ninguna de la maceta hacia las diez y media de esta mañana. Lo hemos comprobado y en estos momentos sigue sin faltar ninguna. En una de las plantas que tiene usted en el alféizar de la ventana he observado cuatro tallos rotos, de modo que por lo visto las violetas encontradas proceden de esta maceta en concreto. Eso significa que la persona que las puso en el cuerpo de Celia Mellock tenía acceso a su casa.

Tally se limitó a contestar lacónicamente, como si no albergase la menor duda de que iban a creerla:

– ¡Pero las que hay aquí son las del despacho del señor Calder-Hale! Cambié su maceta por una de las mías el domingo por la mañana.

Kate era una experta en ocultar su entusiasmo.

– ¿Cómo sucedió eso? -preguntó con calma.

Sin embargo, Tally se volvió hacia Dalgliesh para contestar.

– Le regalé una maceta de violetas africanas al señor Calder-Hale para su cumpleaños. Eso fue el 3 de octubre. Supongo que fue una tontería; este tipo de regalos habría que consultarlos antes con las personas en cuestión. Nunca tiene plantas en su despacho; tal vez está demasiado ocupado para tomarse la molestia de cuidarlas. Sabía que estaría en su despacho trabajando el domingo, porque casi siempre viene los domingos, así que se me ocurrió entrar a regar las violetas y quitar las flores o las hojas secas antes de que él llegase. Fue entonces cuando vi que faltaban cuatro flores. Pensé, como ustedes, que debían de haberse roto cuando él bajó la persiana. Tampoco había regado la maceta lo suficiente y las hojas no tenían muy buen aspecto, así que me traje aquí la planta para cuidarla un poco y la cambié por una de las mías. No creo que llegase a fijarse en el cambio.

– ¿Cuándo vio por última vez íntegra la maceta de violetas africanas en el despacho del señor Calder-Hale? -le preguntó Dalgliesh.

Tally Clutton reflexionó unos instantes.

– Creo que fue el jueves, el día antes del asesinato del doctor Dupayne, cuando limpié su despacho. Siempre está cerrado, pero hay una llave en el armario. Recuerdo que ya en ese momento pensé que la maceta no tenía muy buen aspecto, pero las flores estaban intactas.

– ¿A qué hora del domingo sustituyó las macetas?

– No lo recuerdo con exactitud, pero era temprano, poco después de llegar. Puede que entre las ocho y media y las nueve.

– Tengo que preguntárselo, señora Clutton -dijo Dalgliesh-. ¿No rompió esas flores usted misma?

Sosteniéndole la mirada, respondió con la docilidad de un chiquillo obediente.

– No, yo no arranqué ninguna de esas flores.

– ¿Y está segura de todo lo que nos ha contado? ¿Las violetas africanas del despacho del señor Calder-Hale estaban intactas el jueves 31 de octubre y las encontró rotas y las sustituyó el domingo 3 de noviembre? ¿No tiene la menor duda al respecto?

– No, señor Dalgliesh. No tengo ninguna duda, en absoluto.

Le dieron las gracias por haberles permitido utilizar la casa pequeña y se dispusieron a marcharse. Había sido útil tener allí a la señora Strickland como testigo de su interrogatorio a Tally y en ese momento la mujer dejó muy claro que no tenía la menor intención de marcharse enseguida de allí. Tally parecía agradecer su compañía y se ofreció con cierta vacilación a preparar un poco de sopa y una tortilla antes de que Ryan regresase. El chico no había dado señales de vida desde que Kate habló con él e iba a ser necesario verlo e interrogarlo de nuevo, sobre todo acerca de lo que había hecho el viernes anterior.

El lunes, después de que Tally lo hubiese llevado de vuelta, había proporcionado un testimonio úticlass="underline" la evidencia del resentimiento que existía entre Neville Dupayne y sus hermanos acerca del futuro del museo. Había dicho que después de cobrar su paga semanal, había vuelto a una casa ocupada en la que había vivido anteriormente con el propósito de invitar a sus amigos a una copa, pero había encontrado que los dueños de la casa habían vuelto a vivir en su propiedad. Entonces había empezado a deambular por la zona de Leicester Square durante un rato antes de decidir volver andando a Maida Vale. Le parecía que había llegado a casa hacia las siete, pero no estaba seguro. La policía no había podido corroborar su versión. Su relato de la agresión coincidía con la declaración del Comandante, aunque no había querido dar ninguna razón de por qué las palabras del anciano le habían parecido tan ofensivas. Era difícil considerar a Ryan Archer como un sospechoso principal, pero el simple hecho de que pudiese ser un sospechoso ya constituía un problema. Dondequiera que estuviese en ese momento, Dalgliesh esperaba de todo corazón que mantuviese la boca cerrada.

Calder-Hale seguía en su despacho, y Kate y Dalgliesh fueron a verlo juntos. No podían afirmar que se mostrara poco dispuesto a colaborar, aunque parecía sumido en la apatía. Estaba recogiendo papeles y documentos con aire parsimonioso y metiéndolos en un maletín ancho y deteriorado. Cuando le dijeron que habían encontrado cuatro violetas africanas en el cadáver, mostró tan poco interés como si hubieran mencionado un detalle insulso que nada tenía que ver con él. Echando un vistazo a las violetas de su ventana con aire distraído, comentó que no se había fijado en que alguien hubiese cambiado las macetas. Tally era muy amable por haber recordado su cumpleaños, pero él prefería no celebrar tales eventos. No le gustaban las violetas africanas, aunque no tenía ninguna razón en concreto para esa aversión; sencillamente, le parecían unas plantas sin ningún atractivo especial. Habría sido una falta de delicadeza decirle esto a Tally, así que no lo había hecho. Solía cerrar la puerta de su despacho con llave al marcharse, pero no lo hacía de forma sistemática. Después de que Dalgliesh y Piers lo hubiesen interrogado el domingo, había seguido trabajando hasta las doce y media y luego había regresado a casa; no recordaba si ese día había cerrado la puerta con llave al marcharse. Dado que el museo estaba cerrado al público y seguiría cerrado hasta después del funeral de Dupayne, cabía la posibilidad de que no se hubiese molestado en echar la llave.

Durante el interrogatorio había continuado recogiendo sus papeles, ordenando su escritorio, y había llevado una taza al cuarto de baño para lavarla. A continuación se dispuso a marcharse sin la menor intención de seguir respondiendo a más preguntas. Tras entregarle su juego de llaves del museo a Dalgliesh, le dijo que le agradecería vivamente que se las devolviesen lo antes posible. Para él resultaba una enorme molestia el hecho de no poder utilizar su despacho.

Por último, Dalgliesh y Kate llamaron a Caroline Dupayne y a Muriel Godby desde el despacho de la planta baja. Al parecer, la señorita Dupayne ya había aceptado la idea de que hubiesen decidido inspeccionar su apartamento. La puerta estaba en la parte de atrás del edificio, en el ala oeste, y era una puerta discreta. La señorita Dupayne la abrió con la llave y entraron en un pequeño vestíbulo con un moderno ascensor controlado por botones. Tras marcar la secuencia de dígitos, Caroline Dupayne dijo:

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