Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4]
- Автор: Мойес Джоджо
- Год: 2019
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4]». Краткое содержание книги:
—Le diré… Le diré… —balbuceó Fred, antes de darse cuenta de que no tenía ni idea de qué decirle a Margery. Ambos se miraron y se dieron unas palmadas en el hombro, la forma en que los hombres de pocas palabras expresaban su afecto, y Sven se alejó con el sombrero calado sobre la frente y la boca apretada en un gesto serio.
Alice también había empezado a hacer las maletas. En el silencio de la cabañita, había comenzado a separar la ropa en aquella que le resultaría útil en Inglaterra, en su futura vida, y la que no volvería a ponerse jamás. Levantaba las finas blusas de seda, las faldas de corte elegante, los picardías y los camisones de gasa y fruncía el ceño. ¿Alguna vez había sido esa persona? ¿Se había puesto vestidos de tarde floreados, color esmeralda, y cuellos de encaje? ¿De verdad había necesitado todos aquellos bigudíes, lociones moldeadoras y prendedores de perlas? Se sentía como si todos aquellos recuerdos pertenecieran a una desconocida.
Esperó a terminar aquella tarea para contárselo a las chicas. Por aquel entonces, por acuerdo tácito, se quedaban todas juntas en la biblioteca hasta mucho después de haber acabado sus turnos. Era como si aquel fuera el único lugar en el que soportaran estar. Dos noches antes de la fecha de inicio del juicio, Alice aguardó a que Kathleen empezara a reunir sus bolsas y se lo comunicó.
—Bueno… Tengo algo que contaros. Me marcho. Si alguien quiere alguna de mis cosas, dejaré un baúl de ropa en la biblioteca, para que le echéis un vistazo. Podéis quedaros con lo que deseéis.
—¿Adónde te vas?
—Pues… —Alice tragó saliva—. Tengo que volver a Inglaterra.
Se hizo un silencio abrumador. Izzy se tapó la boca con las manos.
—¡No puedes irte!
—Bueno, no puedo quedarme, a no ser que vuelva con Bennett. Van Cleve irá a por mí cuando tenga a Margery bien encerrada.
—No digas eso —le pidió Beth.
Se produjo un largo silencio. Alice intentó ignorar las miradas que se dirigían las mujeres.
—¿Tan malo es Bennett? —preguntó Izzy—. A lo mejor, si le convences para que deje de vivir a la sombra de su padre, podríais tener una oportunidad. Así podrías quedarte.
¿Cómo explicarles que le resultaría imposible volver con Bennett, dado lo que sentía por Fred? Prefería estar a un millón de kilómetros de este que tener que verlo todos los días y saber que tendría que volver a casa con otro hombre. Fred apenas la había tocado y ya tenía la sensación de que se entendían mejor de lo que ella y Bennett se habían entendido jamás.
—No puedo. Y sabéis que Van Cleve no descansará hasta librarse también de la Biblioteca Itinerante. Lo que nos dejará a todas sin trabajo. Fred lo ha visto con el sheriff y Kathleen lo vio dos veces, la semana pasada, con el gobernador. Está intentando destruirnos.
—Pero sin Margery y sin ti… —La voz de Izzy se apagó.
—¿Se lo has dicho a Fred? —preguntó Sophia.
Alice asintió.
Sophia la miró a los ojos, como para confirmar algo.
—¿Cuándo te vas? —quiso saber Izzy.
—En cuanto acabe el juicio. —Fred apenas había hablado de camino a casa. A Alice le habría gustado cogerle de la mano y decirle que lo sentía, que aquello no era en absoluto lo que deseaba, pero estaba tan paralizada por la tristeza que le causaba tener ya el billete impreso, que no era capaz de moverse.
Izzy se frotó los ojos y suspiró.
—Es como si todo se estuviera viniendo abajo. Todo por lo que hemos trabajado. Nuestra amistad. Este lugar. Todo se está derrumbando.
Normalmente, cuando una de ellas expresaba unos sentimientos tan dramáticos, las demás se le echaban encima diciéndole que dejara de decir tonterías, que estaba loca, que solo necesitaba dormir de un tirón toda la noche, comer algo, tranquilizarse, o que era el período quien hablaba. Pero, en esa ocasión, estaban todas tan deprimidas que ninguna dijo nada.
Sophia rompió el silencio. Respiró hondo y puso las palmas de las manos sobre la mesa.
—Bueno, por ahora vamos tirando. Beth, no puedo creer que hayas metido los libros de esta tarde. Si eres tan amable de traérmelos, te los arreglaré. Y, Alice, si me dices el día exacto que piensas marcharte, ajustaré tu salario.
Durante la noche, dos casas rodantes aparecieron en la calle de al lado del juzgado. En el pueblo había más policías estatales de lo normal y, el lunes a la hora del té, una multitud empezó a congregarse delante de la prisión, espoleada por un artículo del Lexington Courier titulado: «La hija de un fabricante de alcohol ilegal mata a un hombre con un libro de la biblioteca, en un sangriento altercado».
—Esto son patrañas —dijo Kathleen, cuando la señora Beidecker le enseñó un ejemplar en la escuela. Pero eso no impidió que la gente siguiera reuniéndose y que algunos de ellos empezaran a abuchear a Margery desde la parte trasera del edificio, para que esta los oyera a través de la ventana abierta de la celda. El ayudante del sheriff Dulles salió dos veces, levantando las palmas de las manos, para intentar calmarlos, pero un hombre alto, con bigote y un traje mal cortado, al que nadie había visto antes y que decía ser el primo de Clem McCullough, alegó que solo estaban ejerciendo el derecho divino de la libertad de expresión. Y que si él quería decir que O’Hare era una perra asesina, nadie podía impedírselo. Se empujaban unos a otros, alimentando sus osadas reivindicaciones con alcohol y, al anochecer, el patio que había delante de la cárcel estaba lleno de gente: algunos borrachos, algunos que gritaban insultos a Margery, otros que les respondían a gritos que ellos no eran de allí y que por qué no se iban con sus modales pendencieros a otra parte. Las mujeres mayores del pueblo se refugiaban en casa, murmurando, y algunos de los hombres más jóvenes, envalentonados por el caos, encendieron una hoguera al lado del taller de coches. Por un momento, fue como si en aquella pequeña localidad pudiera pasar casi cualquier cosa. Y ninguna de ellas buena.
Las bibliotecarias se enteraron al volver de sus rutas y, después de guardar los caballos, se sentaron en silencio con la puerta abierta durante un rato, escuchando los sonidos distantes de la protesta.
«¡Perra asesina!».
«¡Te van a dar lo que te mereces, zorra!».
«Vamos, caballeros. Que hay damas presentes. Mantengan la calma».
—Cuánto me alegro de que Sven no esté aquí para ver esto —comentó Beth—. Sabéis que no toleraría que hablaran así de Margery.
—No puedo soportarlo —dijo Izzy, que estaba asomada a la puerta—. Imaginad cómo se sentirá al tener que oír todo eso.
—Además, estará muy triste sin su bebé.
Alice no podía pensar en nada más. Debía de resultar terrible ser la receptora de tanto odio, sin poder recibir ni una palabra de consuelo por parte de tus seres queridos. La forma en que Margery se había aislado hacía que Alice tuviera ganas de llorar. Era como un animal que se iba deliberadamente a algún lugar solitario para morir.
—Que Dios la ayude —musitó Sophia.
Entonces, la señora Brady entró por la puerta, mirando hacia atrás, con las mejillas coloradas y el pelo encrespado de rabia.
—Os juro que creía que este pueblo era más sensato. Mis vecinos me han dejado asombrada, de verdad. No quiero ni imaginarme lo que diría la señora Nofcier si llegara a enterarse de esto.
—Fred cree que seguirán ahí toda la noche.
—Sencillamente, no sé adónde va a ir a parar este pueblo. No tengo ni idea de por qué el sheriff Archer no los echa a latigazos. Os prometo que nos estamos volviendo peores que los de Harlan.