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Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4]

Электронная книга - «Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4]». Краткое содержание книги:

Por la autora de Yo antes de ti, una fabulosa historia sobre cinco extraordinarias mujeres que intentan cambiar su mundo con el poder de los libros. Inspirada por la sed de aventuras y el deseo de abandonar la monotonía de Inglaterra, Alice Wright se enamora de un atractivo americano y toma la impulsiva decisión de aceptar su propuesta de matrimonio. Pero su nueva vida en la pequeña y conservadora ciudad minera de Kentucky en la que Alice se instala con su marido y su autoritario suegro en medio de la Gran Depresión resulta aún más claustrofóbica. Hasta que conoce a Margery O'Hare. Independiente y deslenguada, Margery no ha pedido el permiso de un hombre para nada en toda su vida y ahora se ha propuesto llevar el milagro de los libros hasta el último rincón de la región. A caballo, atravesando montañas y bosques salvajes, y a menudo luchando contra el prejuicio y la ignorancia, Alice, Margery y sus compañeras se convertirán en bibliotecarias itinerantes al tiempo que descubren la libertad, la amistad, el amor y una vida que por fin les pertenece. La crítica ha dicho...
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—Vamos a subir un poco por aquí. Más vale que te agarres, por si se te vuelve a girar.

Alice notó que la pequeña yegua salía disparada bajo sus piernas y empezaron a subir a medio galope por un largo sendero de pedernal que, poco a poco, se volvió más sombrío hasta que estuvieron en las montañas, los caballos con los cuellos extendidos y los hocicos bajados por el esfuerzo de abrirse camino por los empinados senderos de piedra entre los árboles. Alice inhaló el aire frío, con los dulces y húmedos aromas del bosque, el sendero moteado de manchas de luz por delante de ellas y los árboles formando una enorme bóveda de catedral muy por encima de sus cabezas de donde les llegaba el canto de los pájaros. Alice se echó sobre el cuello del caballo mientras avanzaban y, de repente, se sintió inesperadamente feliz. Cuando bajaron el ritmo del paso se dio cuenta de que lucía una amplia sonrisa sin ser consciente de ello. Era una sensación sorprendente, como si de forma repentina pudiese ejercitar un miembro que hubiese perdido.

—Esta es la ruta noreste. He pensado que sería mejor dividirlas en ocho.

—Dios santo, es precioso —dijo Alice. Se quedó mirando las enormes rocas color arena que parecían cernirse desde la nada formando refugios naturales. Por todo su alrededor surgían peñascos casi horizontales desde la ladera de la montaña en gruesas capas o formando arcos naturales de piedra, erosionados por siglos de viento y lluvia. Ahí arriba se sentía lejos del pueblo, de Bennett y de su padre, por algo más aparte de la geografía. Sentía como si hubiese aterrizado en otro planeta completamente distinto, donde la gravidez no funcionaba del mismo modo. Oía como nunca a los grillos entre la hierba, el silencioso y lento planear de los pájaros sobre su cabeza, el perezoso agitar de las colas de los caballos al ahuyentar a las moscas de sus flancos.

Margery obligó a pasar a su mulo bajo un saliente e hizo a Alice una señal para que la siguiera.

—¿Ves eso de ahí? ¿Ese agujero? Es un hueco para el afrecho. ¿Sabes lo que es eso?

Alice negó con la cabeza.

—Donde los indios molían el maíz. Si miras allí verás dos parches desgastados en la piedra donde el anciano jefe posaba las nalgas mientras las mujeres trabajaban.

Alice sintió que las mejillas se le enrojecían y contuvo una sonrisa. Levantó los ojos hacia los árboles y su sensación de tranquilidad se evaporó.

—¿Siguen…, siguen por aquí?

Margery se quedó un momento mirándola desde debajo del ala de su sombrero.

—Creo que estás a salvo, señora Van Cleve. Suelen irse a almorzar a estas horas.

Se detuvieron para comerse sus bocadillos bajo el cobijo de un puente del ferrocarril y, después, pasaron toda la tarde cabalgando entre las montañas, con sus senderos retorciéndose y curvándose de tal forma que Alice ya no estaba segura de dónde habían estado y adónde se dirigían. Resultaba difícil orientarse cuando las copas de los árboles se extendían muy altas sobre sus cabezas, ocultando el sol y ensombreciéndolo todo. Le preguntó a Margery dónde podrían parar para aliviarse y Margery movió una mano en el aire.

—En cualquier árbol que quieras. Escoge tú misma.

La conversación de su acompañante era poco frecuente, sucinta y, sobre todo, parecía girar en torno a quién había muerto y quién no. Ella misma, según dijo, tenía sangre cheroqui de antiguos antepasados.

—Mi bisabuelo se casó con una cheroqui. Yo tengo pelo cheroqui y una nariz bien recta. En nuestra familia teníamos todos la piel algo oscura, aunque mi prima nació albina.

—¿Y cómo es?

—No pasó de los dos años. Le picó una víbora cobriza. Todos pensaron que simplemente estaba irritable hasta que le vieron la picadura. Pero, claro, para entonces ya era demasiado tarde. Ah, vas a tener que estar alerta con las serpientes. ¿Sabes algo de serpientes?

Alice negó con la cabeza.

Margery pestañeó, como si le resultara impensable que alguien no supiera nada sobre serpientes.

—Pues las venenosas suelen tener la cabeza en forma de pala, ¿sabes?

—Entiendo. —Alice esperó un momento—. ¿De las cuadradas? ¿O de las que son para cavar y tienen el filo en punta? Mi padre hasta tiene una para drenaje, que…

Margery soltó un suspiro.

—Quizá sea mejor que te limites por ahora a mantenerte alejada de todas las serpientes.

Mientras subían, alejándose del riachuelo, Margery bajaba de vez en cuando de su mulo para atar un cordel rojo alrededor del tronco de un árbol, sirviéndose de una navaja para cortarlo o mordiéndolo y escupiendo los extremos. Así, según dijo, Alice vería cómo encontrar el camino de vuelta al sendero abierto.

—¿Ves la casa del viejo Muller allí, a la izquierda? ¿Ves el humo de la leña? Son él, su mujer y sus cuatro hijos. Ella no sabe leer, pero el mayor sí y le va a enseñar. A Muller no le gusta mucho la idea de que aprendan, pero está bajo la mina desde que amanece hasta que anochece, así que les he estado llevando libros de todos modos.

—¿A él no le importa?

—No lo sabe. Entra en casa, se lava, come lo que ella le haya preparado y para cuando el sol se esconde ya está dormido. Allí abajo las condiciones son duras y vuelven agotados. Además, ella guarda los libros en su baúl de la ropa. Él no mira ahí dentro.

Quedó claro que Margery llevaba ya varias semanas dirigiendo ella sola una pequeña biblioteca. Pasaron junto a unas casitas construidas sobre pilotes, unas cabañas diminutas y abandonadas con tejados de tablillas con aspecto de que un viento fuerte pudiera echarlas abajo, chabolas con destartalados puestos de frutas y verduras en la puerta, y en cada una de ellas Margery le señalaba y explicaba quién vivía allí, si sabían leer, qué material era el mejor para llevarles y de qué casas había que mantenerse alejada. Contrabandistas de alcohol en su mayoría. Alcohol ilegal que destilaban en alambiques ocultos en los bosques. Estaban los que lo fabricaban y pegaban un tiro a quien lo viera y aquellos que se lo bebían y a los que no era muy seguro acercarse. Parecía saberlo todo de todo el mundo y le iba proporcionando esa información tan valiosa con el mismo tono relajado y lacónico. Esa era la casa de Bob Gillman, que perdió un brazo con una de las máquinas de una fábrica de Detroit y había regresado para vivir con su padre. Aquella era la casa de la señora Coghlan, cuyo marido le daba palizas horribles hasta que un día volvió a casa con una buena trompa y ella le ató con la sábana y le empezó a dar con una vara hasta que le juró que nunca más volvería a hacerlo. Aquí era donde dos destiladoras clandestinas habían explotado con un estruendo que se pudo oír hasta en dos condados. Los Campbell aún culpaban a los Mackenzie y, en ocasiones, iban a pegar tiros a su casa cuando estaban un poco borrachos.

—¿Nunca sientes miedo? —preguntó Alice.

—¿Miedo?

—Aquí arriba, sola. Por lo que dices parece que pueda pasar cualquier cosa.

Margery la miró como si nunca se le hubiese ocurrido pensarlo.

—Llevo cabalgando por estas montañas desde antes de aprender a andar. Me mantengo alejada de los problemas.

Alice debió de poner una expresión de escepticismo.

—No es difícil. ¿Sabes cuando hay un grupo de animales alrededor de una poza?

—Eh…, la verdad es que no. En Surrey no hay muchas pozas.

—Si vas a África, verás al elefante bebiendo al lado del león, que está al lado de un hipopótamo y el hipopótamo bebe junto a una gacela. Y ninguno de ellos molesta al otro, ¿verdad? ¿Sabes por qué?

—No.

—Porque están observándose los unos a los otros. Y esa vieja gacela ve que el león está completamente tranquilo y que solo quiere echar un trago. Y el hipopótamo está relajado y, así, todos viven y dejan vivir. Pero, si les pones en una llanura al anochecer y ese mismo león está merodeando con un destello en la mirada…, esas gacelas saben que tienen que salir pitando y hacerlo rápido.

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