Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4]
- Автор: Мойес Джоджо
- Год: 2019
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4]». Краткое содержание книги:
—No lo dudo. Es una época del año con mucho trabajo.
—No quiero que se distraigan.
—Lo entiendo. No puede haber nada que frene el envasado de las conservas. Tengo que decir que parece que el maíz va a ser bueno este año. No como el año pasado, ¿eh? —Margery sonrió cuando llegó la niña delante de ellos, inclinada hacia un lado por el peso del cubo a medio llenar—. Vaya, muchas gracias, cariño. —Extendió una mano mientras la niña le llenaba una vieja taza de latón. La bebió con ansia y, después, le pasó la taza a Alice—. Rica y fresca. Muchísimas gracias.
Jim Horner extendió el libro hacia ella.
—Querrán dinero para estas cosas.
—Bueno, eso es lo mejor de esto, Jim. Nada de dinero, ni de comprometerse a nada. La biblioteca se ha creado para que la gente pueda probar a leer un poco. Puede que aprendan algo si les llega a gustar.
Jim Horner se quedó mirando la cubierta del libro. Alice no había oído nunca a Margery hablar tanto y tan seguido.
—Le diré lo que vamos a hacer. ¿Qué le parece si le dejo estos aquí solo durante esta semana? No tiene por qué leerlos, pero puede echarles un vistazo. Volveremos el lunes que viene para recogerlos. Si le gustan, que las niñas me lo digan y traeré más. Si no le gustan, déjelos en un cajón junto al poste de la valla y no le molestaremos más. ¿Qué opina?
Alice miró detrás de ella. Una segunda carita desapareció de inmediato entre la penumbra de la casa.
—No me parece bien.
—Si le digo la verdad, me haría un favor. Eso significaría que no tendría que llevarme esas malditas cosas otra vez montaña abajo. ¡Nuestros bolsos vienen hoy muy cargados! Alice, ¿te has terminado el agua? No queremos robarle más tiempo a este caballero. Me alegro de verle, Jim. Y gracias, Mae. ¡Has crecido más que una judía verde desde la última vez que te vi!
Cuando llegaron a la valla, la voz de Jim Horner se elevó con un tono más duro.
—No quiero que venga nadie más por aquí a molestarnos. No quiero que me molesten a mí ni a mis hijas. Ya tienen bastante de lo que ocuparse.
Margery ni siquiera se giró. Levantó una mano en el aire.
—Ya le he oído, Jim.
—Y no necesitamos caridad alguna. No quiero que nadie del pueblo venga siquiera por aquí. No sé por qué ha tenido que venir.
—Voy a todas las casas desde aquí hasta Berea. Pero le he oído. —La voz de Margery recorrió la ladera de la montaña cuando llegaron a sus caballos.
Alice miró hacia atrás y vio que Horner había vuelto a apoyarse el rifle en el hombro. Sentía el zumbido de sus latidos en los oídos mientras echaba a andar. Tenía miedo de mirar hacia atrás de nuevo. Cuando Margery se subió al mulo, ella cogió las riendas, montó a Spirit con piernas temblorosas y, hasta que no calculó que estaban demasiado lejos como para que Jim Horner les disparara, no se permitió soltar el aire de los pulmones. Hincó los pies sobre la yegua para que avanzara hasta ponerse a la misma altura que Margery.
—Dios mío. ¿Siempre son tan desagradables? —Se dio cuenta de que las piernas se le habían quedado sin fuerzas.
—¿Desagradables? Alice, esto ha ido estupendamente.
Alice no estaba segura de haberla oído bien.
—La última vez que subí a Red Creek, Jim Horner me tiró el sombrero con un disparo. —Margery se giró hacia ella y movió el sombrero para que Alice pudiera ver el diminuto agujero que lo había chamuscado justo por arriba. Volvió a calárselo en la cabeza—. Vamos, démonos un poco de prisa. Quiero llevarte a conocer a Nancy antes de que hagamos un descanso para almorzar.
3
… y lo mejor de todo era que el sinfín de libros entre los cuales podía elegir a su gusto hacía de la biblioteca un verdadero paraíso para ella.
LOUISA MAY ALCOTT, Mujercitas
Dos magulladuras púrpura en sus rodillas, otra en el tobillo izquierdo y ampollas en sitios donde no sabía que pudiera haber ampollas, un racimo de picaduras infectadas tras la oreja izquierda, uñas rotas (tenía que admitir que ligeramente sucias) y cuello y nariz quemados por el sol. Un rasguño de cinco centímetros de largo en el hombro derecho por haberse raspado con un árbol y una marca en el codo izquierdo donde Spirit la había mordido cuando ella había tratado de golpear a un tábano. Alice miró su rostro mugriento en el espejo y se preguntó qué pensaría la gente de esa vaquera llena de costras que le devolvía la mirada.
Habían pasado más de quince días y nadie había dicho nada de que Isabelle Brady aún no hubiese ido para unirse al pequeño equipo de bibliotecarias itinerantes, así que Alice no se atrevió a preguntar. Frederick no hablaba mucho, aparte de para ofrecerle café y su ayuda con Spirit; Beth —la mediana de ocho hermanos varones— entraba y salía con briosa energía masculina, saludando con un alegre movimiento de cabeza mientras tiraba su silla de montar al suelo y soltaba exclamaciones cuando no podía encontrar sus «malditas alforjas»; y el nombre de Isabelle simplemente no aparecía en las pequeñas tarjetas de la pared con las que registraban el comienzo y el final de sus jornadas. En algunas ocasiones, un automóvil grande de color verde oscuro pasaba con la señora Brady en el asiento delantero y Margery saludaba con un movimiento de cabeza, pero sin que se cruzara palabra alguna entre ellas. Alice empezaba a pensar que haber sacado a relucir el nombre de su hija había sido una estratagema de la señora Brady para animar a otras jóvenes a dar un paso al frente.
Así que le provocó cierta sorpresa que el coche aparcara un jueves por la tarde, con sus enormes ruedas salpicando arena y gravilla sobre los escalones al detenerse. La señora Brady era una conductora entusiasta, aunque se despistaba fácilmente y era dada a conseguir que la gente del pueblo se apartara cuando ella volvía la cabeza para saludar a algún peatón o hacía un giro exagerado para no atropellar a un gato por la calle.
—¿Quién es? —Margery no levantó la vista. Estaba ocupándose de dos montones de libros devueltos y trataba de decidir cuáles estaban demasiado estropeados para volver a sacarlos. Tenía poco sentido prestar un libro al que le faltaba la última página, como ya había ocurrido una vez. «Una pérdida de tiempo», había sido la respuesta del aparcero al que habían dejado La buena tierra, de Pearl S. Buck. «No pienso volver a leer un libro».
—Creo que es la señora Brady. —Alice, que había estado curándose una ampolla del talón, miró por la ventana, tratando de parecer discreta. Vio cómo la señora Brady cerraba la puerta del conductor y se detenía a saludar con la mano a alguien que estaba al otro lado de la calle. Y, entonces, observó que otra mujer más joven salía del asiento del pasajero, con su pelo rojo echado hacia atrás y recogido en unos rizos bien peinados. Isabelle Brady—. Vienen las dos —añadió Alice en voz baja. Se volvió a poner el calcetín con una mueca de dolor.
—Me sorprende.
—¿Por qué? —preguntó Alice.
Isabelle rodeó el lateral del coche hasta ponerse al lado de su madre. Fue entonces cuando Alice vio que caminaba con una fuerte cojera y que la parte inferior de la pierna izquierda la llevaba sujeta con un aparato ortopédico de cuero y metal, con el extremo del zapato ensanchado de forma que parecía un pequeño ladrillo negro. No usaba muleta, pero se giraba un poco al andar y la concentración —o posiblemente la incomodidad— podía verse claramente en su rostro lleno de pecas.
Alice se apartó, pues no quería que la vieran mirando mientras subían despacio los escalones. Oyó el murmullo de una conversación y, a continuación, la puerta al abrirse.
—¡Señorita O’Hare!
—Buenas tardes, señora Brady. Isabelle.
—Siento mucho el retraso con el que empieza Izzy. Ha tenido… otros asuntos que atender antes.
—Me alegra que hayan venido. Estamos casi listas para enviar a la señora Van Cleve sola, así que, cuantas más, mejor. Aunque tendré que buscarte un caballo, señorita Brady. No estaba segura de cuándo vendrías.