Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4]
- Автор: Мойес Джоджо
- Год: 2019
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4]». Краткое содержание книги:
—Alice van Cleve.
—La mujer británica. —Su mano estaba áspera.
Beth Pinker apareció entre ellos con la respiración entrecortada y, con un gruñido, cogió las riendas de las manos de Frederick Guisler.
—Scooter, no sé de qué te sirven esos malditos sesos con los que naciste.
El hombre la miró.
—Ya te lo dije, Beth. No puedes salir de aquí a galope con un purasangre. Se pone muy alterado. Ve al paso durante los primeros veinte minutos y estará bien todo el día.
—¿Quién tiene tiempo para ir tan lento? Tengo que estar en Paint Lick a mediodía. Mira, me ha hecho un agujero en los mejores pantalones que tengo. —Beth tiró del caballo para acercarlo al banco de montura, aún murmurando entre dientes y, a continuación, se giró de repente—. Ah, ¿tú eres la nueva? Marge me ha pedido que te diga que ahora viene.
—Gracias. —Alice levantó la palma de la mano antes de quitarse las pequeñas piedras que se le habían quedado incrustadas en ella. Mientras la miraban, Beth comprobó las alforjas, volvió a maldecir y dio la vuelta al caballo para salir de nuevo calle arriba a medio galope.
Frederick Guisler volvió a mirar a Alice mientras negaba con la cabeza.
—¿Seguro que está bien? Puedo traerle un poco de agua.
Alice trató de mostrarse despreocupada, como si el codo no le doliera y no se hubiese dado cuenta de que una fina capa de polvo le adornaba el labio superior.
—Estoy bien. Me… quedaré sentada en el porche.
—Es un escalón —dijo él con una sonrisa.
—Sí, eso.
Frederick Guisler la dejó allí. Estaba poniendo estanterías de pino en las paredes de la biblioteca, debajo de las cuales había cajas de libros esperando a ser colocados. Una pared se encontraba ya llena de una variedad de títulos cuidadosamente etiquetados y un montón que estaba en el rincón indicaba que algunos ya habían sido devueltos. A diferencia de la casa de los Van Cleve, este pequeño edificio tenía un aire de sentido práctico y daba la sensación de estar a punto de convertirse en algo útil.
Mientras estaba ahí sentada quitándose el polvo de la ropa, dos mujeres jóvenes pasaron por el otro lado de la calle, las dos con largas faldas de sirsaca y sombreros de ala ancha para protegerse del sol. La miraron desde la otra acera y, después, juntaron las cabezas para hablar. Alice sonrió y levantó una mano tímidamente para saludarlas, pero ellas fruncieron el ceño y se dieron la vuelta. Alice se dio cuenta con un suspiro de que probablemente eran amigas de Peggy Foreman. A veces, se le ocurría que podría confeccionar un cartel y colgárselo del cuello: «No, no sabía que él tuviese una novia».
—Fred dice que ya te has caído sin ni siquiera haber montado en el caballo. Eso sí que es difícil.
Alice levantó los ojos y vio que Margery O’Hare la miraba. Estaba subida en un caballo grande y feo con las orejas excesivamente largas y llevaba detrás un poni más pequeño de color marrón y blanco.
—Eh…, bueno, yo…
—¿Alguna vez has montado en un mulo?
—¿Eso es un mulo?
—Claro. Pero no se lo digas. Se cree que es un semental de Arabia. —Margery la miró con los ojos entrecerrados desde debajo de su sombrero de ala ancha—. Puedes probar con esta pequeña, Spirit. Es peleona, pero de paso tan firme como Charley, este de aquí, y no se detiene ante nada. La otra muchacha no va a venir.
Alice se levantó y acarició el hocico de la pequeña yegua. La poni apretó los ojos. Sus pestañas eran medio blancas y medio marrones y desprendía un olor dulce y a hierba. Alice regresó de inmediato a los veranos que pasaba montando a caballo en la finca de su abuela en Sussex, cuando tenía catorce años y tenía libertad para escaparse durante todo el día, en lugar de soportar que le tuvieran que decir constantemente cómo tenía que comportarse.
«Alice, eres demasiado impulsiva».
Se inclinó hacia delante y olió el pelo suave de las orejas de la yegua.
—Y bien, ¿vas a hacerle el amor? ¿O te vas a subir en ella?
—¿Ya? —preguntó Alice.
—¿Estás esperando a que la señora Roosevelt te dé permiso? Venga, tenemos que recorrer mucha distancia.
Sin más dilación, giró al mulo y Alice tuvo que subirse rápidamente mientras la pequeña yegua pinta salía detrás de él.
Durante la primera media hora, Margery O’Hare no habló mucho y Alice cabalgó en silencio detrás de ella mientras trataba de acostumbrarse a aquel estilo tan distinto de montar. Margery no mantenía la espalda rígida, los talones abajo y el mentón levantado, como las muchachas con las que ella cabalgaba en Inglaterra. Llevaba las piernas flexionadas, se mecía como un árbol joven mientras hacía que el mulo girara, subiera y bajara por pendientes, amortiguando cada movimiento. Le hablaba al mulo más que a Alice, reprendiéndole o cantándole, haciendo ocasionales giros de ciento ochenta grados en su silla para gritar hacia atrás, como si acabara de acordarse de que llevaba compañía:
—¿Todo bien por ahí atrás?
—¡Sí! —gritaba Alice mientras trataba de no tambalearse cuando la yegua intentaba girar de nuevo y salir corriendo de vuelta hacia el pueblo.
—Solo te está poniendo a prueba —dijo Margery después de que Alice soltara un grito—. Cuando le hagas saber que eres tú la que mandas, será suave como la melaza.
Alice, que notaba que la pequeña yegua se removía airada debajo de ella, no estaba convencida del todo, pero no quiso quejarse por si Margery decidía que no era apta para el trabajo. Atravesaron el pueblo, pasaron por frondosos huertos cercados llenos de maíz, tomates y verduras y Margery saludaba con un toque en el sombrero a las personas que pasaban por su lado a pie. La yegua y el mulo resoplaron y retrocedieron brevemente cuando un enorme camión cargado de troncos pasó por su lado, pero, luego, de repente, habían salido del pueblo y subían por un camino empinado y estrecho. Margery aflojó la marcha un poco cuando el camino se ensanchó y pudieron empezar a avanzar las dos juntas.
—Así que tú eres la chica de Inglaterra —dijo pronunciando el nombre del país con tono engolado.
—Sí. —Alice se encorvó para no darse con una rama baja—. ¿Has estado?
Margery mantenía la mirada al frente, así que a Alice le costaba oírla.
—Nunca he ido más allá del este de Lewisburg. Allí es donde vivía mi hermana.
—Ah, ¿y se ha mudado?
—Murió. —Margery extendió la mano para romper un trozo de rama y quitarle las hojas dejando caer las riendas sobre el cuello del mulo.
—Lo siento mucho. ¿Tienes más familia?
—Tenía. Una hermana y cinco hermanos. Pero ya solo quedo yo.
—¿Vives en Baileyville?
—Un poco apartada. En la misma casa en la que nací.
—¿Has vivido siempre en la misma casa?
—Sí.
—¿Y no sientes curiosidad?
—¿Por qué?
Alice se encogió de hombros.
—No sé. ¿Por cómo sería vivir en algún otro lugar?
—¿Para qué? ¿Es mejor tu país?
Alice pensó en el agobiante silencio de la sala de estar de sus padres, en el leve chirrido de la verja de entrada, en su padre sacándole brillo a su automóvil mientras silbaba entre dientes cada sábado por la mañana, en la minuciosa colocación de los cubiertos del pescado y las cucharas sobre el mantel de los domingos cuidadosamente planchado. Miró hacia los infinitos pastos verdes, las enormes montañas que se elevaban a ambos lados. Por encima de ella, un halcón daba vueltas y soltaba gañidos hacia el cielo vacío y azul.
—Probablemente no.
Margery aminoró el paso para que Alice quedara a su mismo nivel.
—Aquí tengo lo que necesito. Me manejo bien y, en general, la gente me deja tranquila. —Se echó hacia delante para acariciar el cuello del mulo—. A mí me gusta así.
Alice notó en sus palabras una ligera barrera y se quedó callada. Los siguientes tres kilómetros los recorrieron en silencio, con Alice siendo consciente de cómo la silla le estaba rozando ya la parte interna de las rodillas y cómo el calor del día se asentaba en su cabeza desnuda. Margery le hizo una señal para indicarle que iban a girar a la izquierda por un claro entre los árboles.