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Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4]

Электронная книга - «Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4]». Краткое содержание книги:

Por la autora de Yo antes de ti, una fabulosa historia sobre cinco extraordinarias mujeres que intentan cambiar su mundo con el poder de los libros. Inspirada por la sed de aventuras y el deseo de abandonar la monotonía de Inglaterra, Alice Wright se enamora de un atractivo americano y toma la impulsiva decisión de aceptar su propuesta de matrimonio. Pero su nueva vida en la pequeña y conservadora ciudad minera de Kentucky en la que Alice se instala con su marido y su autoritario suegro en medio de la Gran Depresión resulta aún más claustrofóbica. Hasta que conoce a Margery O'Hare. Independiente y deslenguada, Margery no ha pedido el permiso de un hombre para nada en toda su vida y ahora se ha propuesto llevar el milagro de los libros hasta el último rincón de la región. A caballo, atravesando montañas y bosques salvajes, y a menudo luchando contra el prejuicio y la ignorancia, Alice, Margery y sus compañeras se convertirán en bibliotecarias itinerantes al tiempo que descubren la libertad, la amistad, el amor y una vida que por fin les pertenece. La crítica ha dicho...
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—¿Qué tipo de hombre tiene tiempo para salir a montar a caballo? Necesitamos trabajar, no hacer visitas con el último ejemplar de la revista Ladies’ Home Journal. —Se oyó una pequeña oleada de carcajadas.

—Aunque a Tom Faraday le gusta ver la ropa interior de señora del catálogo de Sears. ¡Me han dicho que se pasa horas en el retrete leyéndolo!

—¡Señor Porteous!

—No son hombres. Son mujeres —dijo una voz.

Hubo un breve silencio.

Alice se dio la vuelta para mirar. Había una mujer apoyada en las puertas de atrás vestida con un abrigo de algodón azul oscuro remangado. Llevaba pantalones de montar de cuero y tenía las botas sucias. Podría andar entre los treinta y muchos y los cuarenta y pocos años, de rostro bonito y con su largo pelo oscuro atado en un rápido nudo.

—Son mujeres las que van a caballo para llevar los libros.

—¿Mujeres?

—¿Solas? —preguntó una voz de hombre.

—Por lo último que sé, Dios les dio dos brazos y dos piernas, igual que a los hombres.

Un breve murmullo recorrió el público. Alice miró con más atención, intrigada.

—Gracias, Margery. En el condado de Harlan tienen seis mujeres y todo un sistema en funcionamiento. Y, como digo, aquí contaremos con algo parecido. Ya tenemos dos bibliotecarias y el señor Guisler muy amablemente nos ha prestado un par de sus caballos. Me gustaría aprovechar esta oportunidad para darle las gracias por su generosidad.

La señora Brady hizo una señal a la mujer que había hablado para que se acercara.

—Muchos de ustedes conocerán también a la señorita O’Hare…

—Vaya que si conocemos bien a los O’Hare.

—Entonces, sabrán que ha estado trabajando estas últimas semanas para prepararlo todo. También contamos con Beth Pinker, que está colaborando con la señorita O’Hare… Ponte de pie, Beth. —Una chica con pecas, nariz respingona y pelo rubio oscuro se puso de pie incómoda y se sentó de inmediato otra vez—. Uno de los muchos motivos por los que he convocado esta reunión es porque necesitamos más señoras que tengan nociones básicas de literatura y de su organización para que podamos avanzar con este valioso proyecto cívico.

El señor Guisler, el tratante de caballos, levantó una mano. Se puso de pie y, tras vacilar un momento, habló con calmada seguridad:

—Bueno, yo creo que es una buena idea. Mi propia madre era una gran lectora de libros y he ofrecido mi viejo establo de ordeño para la biblioteca. Creo que todas las personas de bien deberían respaldarlo. Gracias. —Volvió a sentarse.

Margery O’Hare apoyó el trasero en la mesa que estaba en el frente y miró directamente al mar de rostros. Alice oyó un murmullo de leve descontento alrededor de la sala que daba la impresión de dirigirse a ella. También notó que Margery O’Hare parecía de lo más tranquila al respecto.

—Tenemos un amplio condado que cubrir —añadió la señora Brady—. No podemos hacerlo solamente con dos muchachas.

—¿Y qué implicaría? —gritó una mujer desde la parte delantera de la sala—. Me refiero a eso de la biblioteca a caballo.

—Pues consistiría en ir a caballo hasta algunas de nuestras casas más lejanas para proporcionar material de lectura a quienes, de lo contrario, no podrían trasladarse a las bibliotecas del condado debido a, por ejemplo, problemas de salud, debilidad o falta de transporte. —Bajó la cabeza para poder ver por encima de sus gafas de media luna—. Añadiría también que esto es para ayudar a difundir la educación, ayudar a llevar el conocimiento a esos lugares en los que ahora mismo es probable que falte. Nuestro presidente y su esposa creen que este proyecto puede llevar el conocimiento y el aprendizaje hasta la vida rural.

—Yo no voy a permitir que mi señora suba a caballo ninguna montaña —gritó alguien desde atrás.

—¿Es que tiene miedo de que no regrese, Henry Porteous?

—Pueden llevarse a la mía. ¡Estaré encantado de que se vaya cabalgando y no vuelva nunca a casa!

Un estallido de carcajadas recorrió la sala.

La señora Brady elevó la voz con tono de frustración.

—Señores. Por favor. Estoy pidiendo que algunas de nuestras damas colaboren con nuestra comunidad y se apunten. La WPA les proporcionará el caballo y los libros y lo único que se les exige es que se comprometan al menos cuatro días a la semana para hacer las entregas. Habrá que madrugar y las jornadas serán largas, dada la topografía de nuestro hermoso condado, pero creo que la recompensa será enorme.

—¿Y por qué no lo hace usted? —preguntó una voz desde detrás.

—Me presentaría voluntaria, pero, como muchos de ustedes saben, soy una mártir de mis caderas. El doctor Garnett me ha advertido que recorrer a caballo esas distancias será un desafío físico demasiado grande. Lo mejor sería encontrar voluntarias entre las señoras más jóvenes.

—No es seguro que una dama joven vaya sola. Voto en contra.

—No es apropiado. Las mujeres deberían estar cuidando de la casa. ¿Qué será lo siguiente? ¿Que las mujeres trabajen en las minas? ¿Que conduzcan los camiones madereros?

—Señor Simmonds, si no es capaz de ver la gran diferencia que hay entre un camión maderero y un ejemplar de Noche de Reyes, que el Señor ayude a la economía de Kentucky, pues no sé dónde vamos a terminar.

—Las familias deberían leer la Biblia. Nada más. ¿Quién va a vigilar lo que vayan haciendo por ahí? Ya se sabe cómo son por el norte. Pueden difundir todo tipo de ideas locas.

—Son libros, señor Simmonds. Los mismos que usted leyó cuando era niño. Aunque creo recordar que usted era más aficionado a tirar de las coletas de las niñas que a leer.

Otro estallido de carcajadas.

Nadie se movió. Una mujer miró a su marido, pero él le hizo un pequeño movimiento de cabeza para indicarle que no.

La señora Brady levantó una mano.

—Ah, he olvidado decirlo. Se trata de una oportunidad de tener un trabajo pagado. En esta zona la remuneración será de veintiocho dólares al mes. Así que ¿quién quiere apuntarse?

Hubo un breve murmullo.

—Yo no puedo —dijo una mujer con un llamativo pelo rojo lleno de horquillas—. No con cuatro críos por debajo de los cinco años.

—Yo es que no entiendo por qué nuestro gobierno desperdicia el dinero que tanto cuesta conseguir con los impuestos repartiendo libros entre personas que ni siquiera saben leer —dijo Jowly Man—. Además, la mitad de ellas ni siquiera van a la iglesia.

La voz de la señora Brady había adoptado un tono de ligera desesperación.

—Se puede probar un mes. Vamos, señoras. No puedo volver y decirle a la señora Nofcier que nadie de Baileyville se ha presentado voluntario. ¿Qué tipo de lugar se pensaría que somos?

Nadie habló. El silencio se alargó. A la izquierda de Alice se oía el zumbido perezoso de una abeja contra la ventana. La gente empezó a removerse en sus asientos.

La señora Brady, sin perder el ánimo, miró a los congregados.

—Vamos. Que no nos pase otra vez como con la recaudación de fondos para los huérfanos.

Al parecer, había muchos pares de zapatos que, de repente, requerían gran atención.

—¿Nadie? ¿En serio? En fin… En ese caso, Izzy será la primera.

Una muchacha pequeña y con forma de esfera casi perfecta, medio escondida entre el atestado público, se llevó las manos a la boca. Alice pudo ver, más que oír, cómo en la boca de la chica se formaba una protesta.

—¡Mamá!

—Ahí va una voluntaria. A mi pequeña hija no le va a dar miedo cumplir con su deber hacia nuestro país, ¿verdad, Izzy? ¿Alguien más?

Nadie habló.

—¿Ninguna de ustedes? ¿No creen que es importante la educación? ¿No creen que es necesario animar a nuestras familias menos afortunadas a ocupar un puesto en la educación? —Lanzó una mirada fulminante a los congregados—. En fin, no es la respuesta que me había esperado.

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