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Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4]

Электронная книга - «Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4]». Краткое содержание книги:

Por la autora de Yo antes de ti, una fabulosa historia sobre cinco extraordinarias mujeres que intentan cambiar su mundo con el poder de los libros. Inspirada por la sed de aventuras y el deseo de abandonar la monotonía de Inglaterra, Alice Wright se enamora de un atractivo americano y toma la impulsiva decisión de aceptar su propuesta de matrimonio. Pero su nueva vida en la pequeña y conservadora ciudad minera de Kentucky en la que Alice se instala con su marido y su autoritario suegro en medio de la Gran Depresión resulta aún más claustrofóbica. Hasta que conoce a Margery O'Hare. Independiente y deslenguada, Margery no ha pedido el permiso de un hombre para nada en toda su vida y ahora se ha propuesto llevar el milagro de los libros hasta el último rincón de la región. A caballo, atravesando montañas y bosques salvajes, y a menudo luchando contra el prejuicio y la ignorancia, Alice, Margery y sus compañeras se convertirán en bibliotecarias itinerantes al tiempo que descubren la libertad, la amistad, el amor y una vida que por fin les pertenece. La crítica ha dicho...
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—¿Hay leones además de serpientes?

—Observa a la gente, Alice. Ves a alguien a lo lejos y es un minero que vuelve a casa y, por sus andares, sabes que está cansado y que lo único que quiere es llegar de una vez, llenarse el estómago y poner los pies en alto. Si ves a ese mismo minero en la puerta de un garito, con una botella de bourbon a medio beber un viernes y lanzándote una mirada asesina, sabes que tienes que quitarte de en medio, ¿no?

Cabalgaron en silencio durante un rato.

—Oye, Margery…

—¿Sí?

—Si nunca has ido más allá de… ¿dónde era? ¿Lewisburg? ¿Cómo sabes tanto sobre los animales de África?

Margery detuvo su mulo y se giró para observarla.

—¿Me estás haciendo esa pregunta en serio?

Alice se quedó mirándola.

—¿Y quieres que yo te convierta en bibliotecaria?

Fue la primera vez que veía a Margery reír. Empezó a soltar carcajadas como una lechuza y seguía riéndose cuando habían bajado la mitad del camino hasta Salt Lick.

—Y bien, ¿cómo te ha ido hoy?

—Ha ido bien, gracias.

No quería hablar de que el trasero y los muslos le dolían tanto que casi había gritado al sentarse en la taza del retrete. Ni de las diminutas cabañas junto a las que había pasado, donde había visto que las paredes del interior estaban cubiertas con hojas de periódico para, según le había dicho Margery, «evitar las corrientes de aire en invierno». Necesitaba tiempo para asimilar el tipo de territorio que había recorrido, la sensación, al tomar un sendero horizontal atravesando un paisaje vertical, de estar de verdad en la naturaleza por primera vez en su vida, los enormes pájaros, el ciervo que se había escabullido, las diminutas lagartijas azules. Pensó que no debía mencionar al hombre sin dientes que las había increpado por el camino ni a la madre joven y agotada con cuatro niños pequeños que corrían al aire libre, desnudos como cuando vinieron al mundo. Pero, sobre todo, el día había sido tan extraordinario, tan valioso, que lo cierto era que no quería compartir nada de él con aquellos dos hombres.

—Me han comentado que ibas a caballo con Margery O’Hare. —El señor Van Cleve dio un sorbo a su copa.

—Sí. Y con Isabelle Brady. —No mencionó que Isabelle no había aparecido.

—Más vale que te mantengas alejada de esa O’Hare. Es problemática.

—¿A qué se refiere?

Vio la mirada de advertencia de Bennett: «No repliques».

El señor Van Cleve apuntó su tenedor hacia ella.

—Haz caso de lo que te digo, Alice. Margery O’Hare procede de una mala familia. Frank O’Hare era el mayor contrabandista de aquí a Tennessee. Llevas demasiado poco tiempo aquí como para saber qué significa eso. Puede que ahora se adorne con libros y palabras elevadas, pero en el fondo sigue siendo la misma, igual de impresentable que el resto de los suyos. Hazme caso. Ninguna dama decente de por aquí tomaría el té con ella.

Alice trató de imaginarse a Margery O’Hare mostrando el más mínimo interés por tomar el té con alguna señora. Cogió el plato de pan de maíz de las manos de Annie y se puso un trozo en el suyo antes de pasarlo. Se dio cuenta de que tenía un hambre voraz, a pesar del calor.

—Por favor, no se preocupe. Solo me está enseñando adónde debo llevar los libros.

—Me limito a avisarte. Cuídate de no pasar mucho tiempo con ella. Más te vale que no se te peguen sus modales. —Cogió dos rebanadas de pan, se llevó media directamente a la boca y la estuvo masticando durante un minuto con la boca abierta. Alice hizo una mueca y miró para otro lado—. ¿Y qué tipo de libros son?

Alice se encogió de hombros.

—Son… libros, sin más. De Mark Twain y Louisa May Alcott, algunas aventuras de vaqueros, libros con consejos para el hogar, recetas y cosas así.

El señor Van Cleve negó con la cabeza.

—La mitad de esas personas de las montañas no saben leer una palabra. El viejo Henry Porteous cree que es una forma de malgastar el tiempo y el dinero de los impuestos y debo decir que estoy de acuerdo. Y, como he mencionado, cualquier asunto en el que ande metida Margery O’Hare tiene que ser algo malo.

Alice estuvo a punto de salir en defensa de Margery, pero un fuerte apretón de la mano de su marido por debajo de la mesa le advirtió que no lo hiciera.

—No sé. —El señor Van Cleve se limpió un poco de salsa de la comisura de la boca—. Estoy bastante seguro de que mi mujer no habría aprobado un plan como ese.

—Pero sí que creía en las muestras de caridad, por lo que me ha contado Bennett —dijo Alice.

El señor Van Cleve miró desde el otro lado de la mesa.

—Así es, sí. Era una mujer de lo más piadosa.

—Bueno —contestó Alice un momento después—. Yo creo que si podemos animar a familias impías a que lean, podremos fomentar que lean los Evangelios y la Biblia y eso sería bueno para todos. —Tenía una sonrisa dulce y amplia. Se inclinó por encima de la mesa—. ¿Se imagina a todas esas familias capaces por fin de entender la palabra de Dios con una adecuada lectura de la Biblia, señor Van Cleve? ¿No sería maravilloso? Estoy segura de que su esposa no haría otra cosa más que apoyar algo así.

Hubo un largo silencio.

—Bueno, sí —respondió el señor Van Cleve—. Puede que tengas razón. —Hizo un gesto de asentimiento para indicar que ese era el final de la conversación, al menos por el momento. Alice vio que su marido se desinflaba ligeramente, aliviado, y deseó no odiarle por ello.

Tres días después, Alice se dio cuenta rápidamente de que, fuera o no de una mala familia, prefería pasar el tiempo con Margery O’Hare antes que casi con cualquier otra persona de Kentucky. Margery no hablaba mucho. Mostraba un desinterés absoluto por los chismorreos, velados o no, que parecían alimentar a las mujeres durante las interminables meriendas y sesiones de confección de colchas en las que Alice había participado hasta entonces. No mostraba interés por el aspecto de Alice, ni por sus ideas ni por su pasado. Margery iba adonde le apetecía y decía lo que pensaba, sin esconder nada tras los elegantes eufemismos que resultaban tan útiles para todos los demás.

«Ah, ¿es esa la moda inglesa? Qué interesante».

«¿Y el hijo del señor Van Cleve está conforme con que su mujer salga a caballo sola por las montañas? Dios mío».

«Bueno, puede que le esté usted acostumbrando a los hábitos ingleses. Qué… original».

Alice se dio cuenta con un sobresalto de que Margery se comportaba «como un hombre».

Era una idea tan extraordinaria que se puso a estudiar a la otra mujer desde cierta distancia, tratando de averiguar cómo había llegado a ese estado de liberación tan asombroso. Pero no tenía la valentía suficiente —o quizá es que era aún demasiado inglesa— como para preguntárselo.

Alice llegaba a la biblioteca poco después de las siete de la mañana, con la hierba aún inundada de rocío, tras rechazar el ofrecimiento de Bennett de llevarla en el automóvil y dejarlo desayunando con su padre. Intercambiaba un saludo con Frederick Guisler, a quien, a menudo, encontraba hablando con un caballo, como Margery, y, a continuación, iba por detrás de la casa, donde estaban atados Spirit y el mulo, expulsando por la boca un vaho que se elevaba por el frío aire del amanecer. Los estantes de la biblioteca estaban ya casi terminados, llenos de libros donados desde lugares tan lejanos como Nueva York y Seattle. (La WPA había lanzado un llamamiento para la donación de bibliotecas y dos veces por semana llegaban paquetes envueltos en papel de estraza). El señor Guisler había arreglado una mesa vieja donada por una escuela de Berea para poder tener un sitio donde colocar el enorme libro de registro encuadernado en cuero donde se apuntaban los ejemplares entrantes y salientes. Sus páginas se fueron llenando rápidamente: Alice descubrió que Beth Pinker se iba a las cinco de la mañana y que, antes de ver a Margery cada día, esta ya había recorrido dos horas a caballo para dejar libros en casas remotas de las montañas. Examinaba la lista para ver dónde habían estado ella y Beth.

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