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Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4]

Электронная книга - «Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4]». Краткое содержание книги:

Por la autora de Yo antes de ti, una fabulosa historia sobre cinco extraordinarias mujeres que intentan cambiar su mundo con el poder de los libros. Inspirada por la sed de aventuras y el deseo de abandonar la monotonía de Inglaterra, Alice Wright se enamora de un atractivo americano y toma la impulsiva decisión de aceptar su propuesta de matrimonio. Pero su nueva vida en la pequeña y conservadora ciudad minera de Kentucky en la que Alice se instala con su marido y su autoritario suegro en medio de la Gran Depresión resulta aún más claustrofóbica. Hasta que conoce a Margery O'Hare. Independiente y deslenguada, Margery no ha pedido el permiso de un hombre para nada en toda su vida y ahora se ha propuesto llevar el milagro de los libros hasta el último rincón de la región. A caballo, atravesando montañas y bosques salvajes, y a menudo luchando contra el prejuicio y la ignorancia, Alice, Margery y sus compañeras se convertirán en bibliotecarias itinerantes al tiempo que descubren la libertad, la amistad, el amor y una vida que por fin les pertenece. La crítica ha dicho...
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—No se me da bien montar a caballo —respondió Izzy en voz baja.

—Eso me preguntaba. Nunca te he visto encima de un caballo. Así que el señor Guisler te prestará su viejo caballo, Patch. Es un poco pesado pero dulce como ningún otro, no te asustará. Sabe lo que hace e irá a tu ritmo.

—No sé montar —insistió Izzy con cierto tono de nerviosismo en la voz. Miró a su madre con expresión de rebeldía.

—Eso es solo porque no lo has probado, querida —dijo su madre sin mirarla. Dio una palmada con las manos—. Entonces, ¿a qué hora venimos mañana? Izzy, tendremos que llevarte a Lexington para comprarte unos pantalones de montar nuevos. Los viejos están muy desgastados.

—Bueno, Alice prepara su caballo a las siete, así que ¿por qué no vienes entonces? Podríamos empezar un poco antes a dividirnos las rutas.

—No me estás escuchando —empezó a protestar Izzy.

—Nos vemos mañana. —La señora Brady miró a su alrededor por la pequeña cabaña—. Me alegra ver cómo han avanzado. Me ha dicho el pastor Willoughby que las hijas de McArthur leyeron el domingo pasado sus ejemplares de la Biblia sin que él tuviera que hacer otra cosa que animarlas un poco, gracias a los libros que les han llevado. Maravilloso. Buenas tardes, señora Van Cleve, señorita O’Hare. Les estoy muy agradecida a las dos.

La señora Brady se despidió con un movimiento de la cabeza y las dos mujeres se giraron para salir de la biblioteca. Oyeron el rugido del motor del automóvil cuando se puso en marcha y, después, un derrape y un grito de sobresalto cuando la señora Brady se incorporó a la calle.

Alice miró a Margery, que se encogió de hombros. Se quedaron sentadas en silencio hasta que el sonido del motor desapareció.

—Bennett. —Alice subió de un salto al porche donde su marido estaba sentado con un vaso de té helado. Echó un vistazo a la mecedora, que se encontraba inusualmente vacía—. ¿Dónde está tu padre?

—Cenando con los Lowe.

—¿Es esa que nunca deja de hablar? Dios mío, se pasará allí toda la noche. ¡Me sorprende que la señora Lowe pueda tomar aire el tiempo suficiente para poder comer! —Se apartó el pelo de la frente—. He pasado un día estupendo. Hemos ido a una casa en mitad de la nada más absoluta y te juro que ese hombre quería pegarnos un tiro. No lo ha hecho, claro…

Fue dejando de hablar al ver que él había ido bajando los ojos hasta sus botas sucias. Alice dirigió la mirada hacia ellas y el barro de sus pantalones de montar.

—Ah. Eso. Sí. He calculado mal el sitio por donde debía atravesar un riachuelo y mi caballo ha tropezado y me ha tirado por encima de su cabeza. En realidad, ha sido muy divertido. Ha habido un momento en que he pensado que Margery iba a desmayarse de tanto reír. Por suerte, me he secado enseguida, aunque espera a ver mis moretones. Soy literalmente de color púrpura. —Subió corriendo los escalones hasta donde él estaba y se agachó para darle un beso, pero él apartó la cara.

—Últimamente apestas a caballo —dijo—. Quizá deberías lavarte. Si no, se te puede… quedar.

Ella estaba segura de que no había tenido intención de ofenderla, pero lo había hecho. Se olió el hombro.

—Tienes razón —dijo forzando una sonrisa—. ¡Huelo como un vaquero! Te diré qué vamos a hacer. ¿Qué te parece si me refresco y me pongo algo bonito? Después, quizá podríamos ir en coche hasta el río. Puedo preparar una pequeña cesta con cosas ricas. ¿No había dejado Annie un poco de ese pastel de melaza? Y sé que aún tenemos lonchas de jamón. Di que sí, cariño. Solos tú y yo. Llevamos varias semanas sin salir de verdad a ningún sitio.

Bennett se levantó de su asiento.

—La verdad es que…, eh…, voy a juntarme con algunos amigos para jugar un partido. Solo estaba esperando a que llegaras a casa para decírtelo. —Estaba de pie delante de ella y se dio cuenta de que llevaba los pantalones blancos que se ponía para hacer deporte—. Vamos al campo de juegos que hay en Johnson.

—Ah. Muy bien. Iré a veros. Prometo que no tardaré en lavarme.

Él se pasó la palma de la mano por la cabeza.

—Es una cosa de hombres. Lo cierto es que no va ninguna esposa.

—No voy a decir nada, cariño, ni tampoco voy a molestarte.

—La cuestión no es esa…

—Es que me encantaría verte jugar. Te pones tan… contento cuando juegas.

Por su forma de mirarla y, después, apartar los ojos, Alice supo que había hablado demasiado. Se quedaron un momento en silencio.

—Como te he dicho, es una cosa de hombres.

Alice tragó saliva.

—Entiendo. Entonces, en otra ocasión.

—¡Claro! —Al verse liberado parecía, de repente, feliz—. Una merienda en el campo estaría muy bien. Quizá podríamos decírselo a alguno de los otros para que venga también. Como Pete Schrager. Su mujer te gusta, ¿verdad? Patsy es divertida. Las dos os vais a hacer buenas amigas, lo sé.

—Ah, sí. Supongo que sí.

Se quedaron incómodos uno delante del otro un momento más. A continuación, Bennett extendió una mano y se inclinó hacia delante como si fuera a besarla. Pero esta vez fue ella la que dio un paso atrás.

—No pasa nada. No tienes por qué hacerlo. ¡Dios mío, sí que apesto! ¡Qué desagradable! ¿Cómo puedes soportarlo?

Se alejó caminando hacia atrás y, después, se giró y subió corriendo los escalones de dos en dos para que él no viera que los ojos se le habían llenado de lágrimas.

Las jornadas de Alice habían entrado en una especie de rutina desde que había empezado a trabajar. Se levantaba a las cinco y media de la mañana, se lavaba y se vestía en el pequeño baño que había al otro lado del pasillo (se sintió agradecida por ello cuando no tardó en ver que la mitad de las casas de Baileyville aún tenían los retretes fuera… o algo peor). Bennett dormía como un muerto, sin apenas removerse mientras ella se ponía las botas y se inclinaba sobre él para darle un pequeño beso en la mejilla para, después, bajar de puntillas. En la cocina, recogía los bocadillos que había preparado la noche anterior, cogía un par de «galletas» que Annie dejaba en el aparador, las envolvía en una servilleta y se las comía mientras recorría a pie la distancia de menos de un kilómetro hasta la biblioteca. Algunos de los rostros con los que se cruzaba en su paseo habían empezado a resultarle conocidos: granjeros en sus carros tirados por caballos, camiones de troncos que se dirigían a los enormes depósitos de madera y algún que otro minero que se había quedado dormido y que iba con el balde del almuerzo en la mano. Había empezado a saludar a las personas a las que reconocía. La gente de Kentucky era mucho más educada que en Inglaterra, donde lo más probable era que te miraran con recelo si saludabas a algún desconocido con demasiada simpatía. Un par de personas habían empezado a hablarle desde el otro lado de la calle: «¿Qué tal va esa biblioteca?». A lo que ella respondía: «Ah, muy bien, gracias». Siempre sonreían aunque, a veces, ella sospechaba que le hablaban porque su acento les hacía gracia. En cualquier caso, resultaba agradable sentir que estaba empezando a formar parte de algo.

En ocasiones se cruzaba con Annie, que caminaba con paso enérgico y la cabeza agachada de camino a la casa —para su vergüenza, no estaba segura de dónde vivía su sirvienta— y la saludaba con un alegre movimiento de la mano, pero Annie se limitaba a saludar con la cabeza, sin sonreír, como si Alice hubiese traspasado alguna norma tácita del reglamento de patrona y empleada. Sabía que Bennett no se levantaría hasta que Annie llegara a la casa, que lo despertaría con un café en una bandeja después de haberle llevado otro al señor Van Cleve. Para cuando los dos hombres estuviesen vestidos, les estarían esperando el beicon, los huevos y las gachas en la mesa del comedor, con la cubertería ya dispuesta poco antes. A las ocho menos cuarto se marcharían en el Ford descapotable de color burdeos del señor Van Cleve en dirección a Minas Hoffman.

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