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Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4]

Электронная книга - «Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4]». Краткое содержание книги:

Por la autora de Yo antes de ti, una fabulosa historia sobre cinco extraordinarias mujeres que intentan cambiar su mundo con el poder de los libros. Inspirada por la sed de aventuras y el deseo de abandonar la monotonía de Inglaterra, Alice Wright se enamora de un atractivo americano y toma la impulsiva decisión de aceptar su propuesta de matrimonio. Pero su nueva vida en la pequeña y conservadora ciudad minera de Kentucky en la que Alice se instala con su marido y su autoritario suegro en medio de la Gran Depresión resulta aún más claustrofóbica. Hasta que conoce a Margery O'Hare. Independiente y deslenguada, Margery no ha pedido el permiso de un hombre para nada en toda su vida y ahora se ha propuesto llevar el milagro de los libros hasta el último rincón de la región. A caballo, atravesando montañas y bosques salvajes, y a menudo luchando contra el prejuicio y la ignorancia, Alice, Margery y sus compañeras se convertirán en bibliotecarias itinerantes al tiempo que descubren la libertad, la amistad, el amor y una vida que por fin les pertenece. La crítica ha dicho...
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Miércoles 15

Los hijos de los Farley, Crystaclass="underline" cuatro libros de historietas

Señora Petunia Grant, casa del maestro de Yellow Rock: dos ejemplares del Ladies’ Home Journal (febrero y abril de 1937), un ejemplar de Azabache, de Anna Sewell (manchas de tinta en las páginas 34 y 35)

Señor F. Homer, en Wind Cave: un ejemplar de Medicina popular, de D. C. Jarvis

Hermanas Fritz, The End Barn en White Ash: un ejemplar de Cimarrón, de Edna Ferber, Sublime obsesión, de Lloyd C. Douglas (nota: faltan tres páginas del final, cubierta estropeada por el agua)

Los libros rara vez eran nuevos y vio que, a menudo, les faltaban páginas o las cubiertas cuando ayudaba a Frederick Guisler a colocarlos en los estantes. Era un hombre enjuto y curtido de casi cuarenta años que había heredado más de trescientas hectáreas de su padre y que, al igual que él, criaba y domaba caballos, incluida Spirit, la pequeña yegua que Alice había estado montando.

—Esta tiene su carácter —dijo él mientras acariciaba el cuello de la pequeña yegua—. Eso sí, nunca he conocido una yegua decente que no lo tuviera. —Su sonrisa era discreta y cómplice, como si en realidad no estuviera hablando de caballos.

Cada día de aquella primera semana, Margery planeaba la ruta que iban a seguir y salían a la quietud de la mañana, con Alice respirando el aire de la montaña a grandes bocanadas después del aire viciado y agobiante de la casa de los Van Cleve. Bajo el sol, a medida que avanzaba el día, el calor se levantaba entre centelleantes oleadas desde el suelo y era un alivio subir al interior de las montañas, donde las moscas y las criaturas mordientes no estaban zumbando sin cesar alrededor de su cara. En las rutas más remotas, Margery bajaba de su caballo para atar un cordel cada cuatro árboles de modo que Alice pudiese encontrar el camino de vuelta cuando trabajara sola, señalando puntos de referencia y visibles formaciones rocosas que le sirvieran de ayuda.

—Si no las ves, Spirit encontrará el camino por ti —dijo—. Es más lista que el hambre.

Alice estaba acostumbrándose ya a la pequeña yegua marrón y blanca. Sabía exactamente dónde Spirit iba a intentar darse la vuelta y dónde le gustaba aumentar la velocidad, y ya no lanzaba gritos, sino que se inclinaba sobre ella para acariciarle el cuello de tal forma que sus pequeñas orejas aleteaban hacia delante y hacia atrás. Tenía ya una idea bastante aproximada de qué caminos llevaban a qué sitios y había dibujado mapas de cada uno de ellos que se guardaba en sus pantalones de montar con la esperanza de encontrar el camino a cada casa sin ayuda. Sobre todo, había empezado a disfrutar del tiempo que pasaba en las montañas, de la inesperada quietud del vasto paisaje, de ver a Margery por delante de ella, agachándose para evitar las ramas bajas, señalando cabañas remotas que se elevaban como formaciones orgánicas en medio de los claros de los árboles.

—Mira hacia el exterior, Alice —decía Margery, su voz transportada por la brisa—. No tiene mucho sentido andar preocupada por lo que piensen de ti en el pueblo. No puedes hacer nada, de todos modos. Pero cuando miras hacia fuera… ¡Uf! Hay todo un mundo de cosas preciosas.

Por primera vez en casi un año, Alice sintió que nadie la observaba. No había nadie que hiciese ningún comentario de cómo vestía o de cómo se comportaba, nadie que le lanzara miradas curiosas ni que se acercara para oír su forma de hablar. Había empezado a entender la determinación de Margery por hacer que la gente «la dejara en paz». Salió de sus pensamientos cuando Margery se detuvo.

—Allá vamos, Alice. —Desmontó junto a una valla desvencijada donde unos pollos escarbaban con desgana entre la tierra junto a la casa y un cerdo grande olfateaba junto a un árbol—. Es hora de conocer a los vecinos.

Alice imitó sus pasos, desmontando y lanzando las riendas por encima del poste de la valla frontal. Los caballos bajaron de inmediato sus cabezas y empezaron a pastar mientras Margery levantaba una de las bolsas de la silla y le hacía una señal a Alice para que la siguiera. La casa estaba destartalada, con el revestimiento de madera caído a un lado, como una sonrisa torcida. Las ventanas estaban llenas de mugre, impidiendo ver el interior, y había una cafetera de hierro fuera, sobre las ascuas de una hoguera. Resultaba difícil creer que alguien viviera allí.

—¡Buenos días! —Margery se acercó a la puerta—. ¿Hola?

No se oyó nada; después, el crujido de una tabla y un hombre apareció en la puerta, con un rifle apoyado en el hombro. Llevaba puesto un mono de trabajo que no se había ocupado de lavar desde hacía tiempo y una pipa de barro que salía de su espeso bigote. Detrás de él, aparecieron dos niñas pequeñas, con las cabezas inclinadas para tratar de ver a sus visitantes. Él las miró con desconfianza.

—¿Cómo está usted, Jim Horner? —Margery entró en el pequeño cercado (apenas podía llamarse jardín) y cerró la valla cuando entraron. No parecía haber visto el arma o, si la había visto, no le hizo caso. Alice sintió que el corazón se le aceleraba un poco, pero la siguió, obediente.

—¿Quién es esta? —El hombre señaló con la cabeza a Alice.

—Es Alice. Me está ayudando con la biblioteca itinerante. Me preguntaba si podríamos hablar con usted de lo que traemos.

—No quiero comprar nada.

—Bueno, eso me parece muy bien, porque no vendemos nada. Solo necesito cinco minutos de su tiempo. ¿Podría traerme un vaso de agua? Qué calor hace aquí afuera. —Margery, con toda la calma, se quitó el sombrero y se abanicó con él la cabeza. Alice estaba a punto de protestar diciendo que se acababan de beber un jarro de agua entre las dos menos de un kilómetro atrás, pero se calló. Horner se quedó mirándola un momento.

—Esperen aquí fuera —dijo por fin señalándoles un largo banco en la fachada de la casa. Le murmuró algo a una de sus hijas, una niña muy flaca con trenzas en el pelo, que desapareció en la oscuridad del interior para salir con un cubo y el ceño fruncido por la tarea que le habían encargado—. Ella le traerá el agua.

—¿Te importaría traer también para mi amiga, por favor, Mae? —preguntó Margery asintiendo con la cabeza hacia la niña.

—Sería muy amable de tu parte, gracias —contestó Alice, y el hombre se sorprendió al oír su acento.

Margery movió la cabeza hacia ella.

—Es que es la que viene de Inglaterra. La que se casó con el chico de Van Cleve.

El hombre paseó su mirada impasible entre las dos. Seguía con el arma en el hombro. Alice se sentó con cuidado en el banco mientras Margery seguía hablando, en voz baja y con un soniquete relajado. Igual que hablaba con el mulo Charley cuando se ponía, como ella decía, «quisquilloso».

—Bueno, no estoy segura de si se ha enterado en el pueblo, pero hemos puesto en marcha una biblioteca. Es para la gente a la que le gustan las historias o para ayudar a educar un poco a los niños, sobre todo si no van a la escuela de la montaña. Y he venido porque me preguntaba si a usted le gustaría probar con algunos libros para sus hijas.

—Ya le dije que no leen.

—Sí que me lo dijo. Así que le he traído algunos de los fáciles, solo para ver qué tal les va. Estos de aquí tienen dibujos y todas las letras, de forma que pueden aprender solas. Ni siquiera tienen que ir a la escuela para hacerlo. Pueden aprender aquí mismo, en su casa.

Le pasó uno de los libros con dibujos. Él lo cogió con cuidado, como si le estuviese dando algo que pudiera explotar, y pasó algunas páginas.

—Necesito que las niñas me ayuden con la recogida y las conservas.

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