Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4]
- Автор: Мойес Джоджо
- Год: 2019
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4]». Краткое содержание книги:
—Yo lo haré —dijo Alice, en medio del silencio.
La señora Brady entrecerró los ojos y colocó una mano sobre ellos a modo de visera.
—¿Es usted la señora Van Cleve?
—Sí, soy yo. Mi nombre es Alice.
—No puedes apuntarte —susurró Bennett con tono de urgencia.
Alice se inclinó hacia delante.
—Justo me estaba diciendo mi marido que está convencido de la importancia del deber con la comunidad, exactamente como le ocurría a su madre, así que estaré encantada de ofrecerme como voluntaria. —Sintió un hormigueo en la piel cuando los ojos del público se deslizaron hacia ella.
La señora Brady se abanicó con algo más de fuerza.
—Pero usted no conoce esta zona, querida. No creo que sea muy sensato.
—Sí —siseó Bennett—. No conoces esto, Alice.
—Yo se la enseñaré —dijo Margery O’Hare haciendo un gesto de asentimiento hacia Alice—. Recorreré las rutas a caballo con ella durante una o dos semanas. Podemos hacer que se mueva cerca del pueblo hasta que conozca mejor el entorno.
—Alice, yo… —susurró Bennett. Parecía aturdido y levantó los ojos hacia su padre.
—¿Sabe usted montar?
—Desde que cumplí los cuatro años.
La señora Brady se balanceó sobre sus tacones con gesto de satisfacción.
—Pues ya está, señorita O’Hare. Ya tiene otras dos bibliotecarias.
—Es un comienzo.
Margery O’Hare sonrió a Alice y esta le devolvió la sonrisa casi antes de darse cuenta de lo que estaba haciendo.
—Pues yo no creo que sea una buena idea en absoluto —insistió George Simmonds—. Y voy a escribir mañana al gobernador Hatch para decírselo. Creo que enviar a unas jóvenes por ahí solas es una forma segura de buscar un desastre. Y no veo en esta mala idea más que una forma de fomentar pensamientos impíos y mal comportamiento, por mucho que venga de la primera dama. Que tenga un buen día, señora Brady.
—Que pase un buen día, señor Simmonds.
El público empezó a ponerse de pie poco a poco.
—Te veré en la biblioteca el lunes por la mañana —dijo Margery O’Hare cuando salían a la luz del sol. Extendió una mano para estrechar la de Alice—. Puedes llamarme Marge. —Levantó los ojos al cielo, se caló un sombrero de cuero y ala ancha en la cabeza y se alejó en dirección a un mulo grande al que saludó con el mismo tono de sorpresa entusiasta que si se hubiese tratado de un viejo amigo con el que se acabara de tropezar por la calle.
Bennett se quedó mirándola mientras se iba.
—Señora Van Cleve, no sé qué te crees que estás haciendo.
Lo dijo dos veces antes de que ella recordara que ahora ese era, de hecho, su nombre.
2
Baileyville no se diferenciaba en nada de las demás localidades del sur de los Apalaches. Ubicado entre dos cadenas montañosas, estaba compuesto por dos calles principales con una mezcla titubeante de edificios de ladrillo y de madera, unidas en forma de uve, de las cuales salían una multitud de callejas y senderos serpenteantes que llevaban por la parte más baja a lejanas «hondonadas», que era como se llamaba a los valles pequeños, y, por la más alta, a varias casas de montaña esparcidas por los riscos cubiertos de árboles. Las casas que estaban en la cuenca alta del riachuelo albergaban tradicionalmente a las familias más ricas y respetables —pues era más fácil ganarse la vida legalmente en las zonas más llanas y también resultaba más fácil esconder alcohol en las partes más arboladas y elevadas—, pero, a medida que fue avanzando el siglo, la llegada de mineros y capataces y los sutiles cambios en la demografía del pueblo y su condado habían tenido como consecuencia que ya no fuese posible juzgar quién era quién simplemente por el tramo de la calle en que vivían.
La Biblioteca Itinerante de Baileyville de la WPA iba a tener su sede en la última cabaña de madera subiendo por el riachuelo de Split Creek, girando a la derecha desde la calle principal por una calle llena de trabajadores administrativos, dependientes de tiendas y otros que se ganaban la vida principalmente vendiendo lo que cultivaban. Era una casa construida directamente sobre el suelo, al contrario que muchos de los edificios más bajos, que estaban sostenidos sobre pilotes para protegerse de las inundaciones de la primavera. Medio cubierto por la sombra de un enorme roble que tenía a su izquierda, el edificio medía, aproximadamente, quince zancadas por doce. Desde la fachada se entraba por un pequeño tramo de desvencijados escalones y, por detrás, a través de una puerta de madera que antiguamente había sido lo suficientemente grande como para que entraran las vacas.
—Será para mí una forma de conocer a la gente del pueblo —les había dicho Alice a los dos hombres durante el desayuno cuando, una vez más, Bennett había cuestionado la sensatez de su esposa por haber aceptado el trabajo—. Eso era lo que tú querías, ¿no? Y no andaré molestando a Annie todo el día.
Había descubierto que, si exageraba su acento británico, les costaba más llevarle la contraria. En las últimas semanas había empezado a mostrar un tono verdaderamente regio.
—Y, por supuesto, podré ver así quién está necesitado de sustento religioso.
—Tiene razón —dijo el señor Van Cleve a la vez que se quitaba un trozo de ternilla de beicon de la comisura de la boca y lo colocaba con cuidado en el lateral de su plato—. Puede hacerlo hasta que empiecen a venir los niños.
Alice y su marido habían evitado deliberadamente mirarse.
Ahora, Alice se acercaba al edificio de una sola planta, levantando con sus botas la tierra de la calle. Se puso una mano a modo de visera y entrecerró los ojos. Un cartel recién pintado anunciaba: «BIBLIOTECA ITINERANTE DE ESTADOS UNIDOS, WPA» y del interior salía una sucesión intermitente de golpes de martillo. El señor Van Cleve había bebido la noche anterior con cierta excesiva ligereza y se había despertado con la firme decisión de encontrar faltas en todo lo que cualquiera estuviese haciendo en su casa. Incluido respirar. Ella se había movido sigilosa por la casa, se había embutido en sus pantalones de montar y, después, se había descubierto cantando en voz baja mientras recorría a pie la distancia de menos de un kilómetro hasta la biblioteca, solo por el placer de tener otro sitio en el que estar.
Retrocedió un par de pasos para tratar de ver el interior y, al hacerlo, notó el leve zumbido de un motor que se acercaba junto con otro sonido más irregular que no supo distinguir bien. Se dio la vuelta y vio la camioneta y la cara de asombro del conductor.
—¡Eh! ¡Cuidado!
Alice se giró justo cuando un caballo sin jinete llegaba galopando por la estrecha calle en dirección a ella, con sus estribos aleteando y las riendas enredadas en sus larguiruchas patas. Cuando la camioneta hizo un giro brusco para no chocar contra él, el caballo se asustó y dio un traspié, haciendo que Alice cayera al suelo despatarrada.
Fue vagamente consciente de un mono de trabajo que pasaba por su lado dando un salto, del estruendo de un claxon y del traqueteo de unos cascos.
—Eh…, eh, quieto. Quieto, amigo…
—Ay. —Alice se frotó el codo a la vez que sentía un zumbido en la cabeza por el golpe. Cuando por fin se incorporó, vio que a unos cuantos metros un hombre agarraba las bridas del caballo y le pasaba una mano por el cuello para tratar de tranquilizarlo. Se le habían puesto los ojos en blanco y las venas del cuello se le habían hinchado, como si fuese un mapa en relieve.
—¡Ese loco! —Una mujer joven corría hacia ellos por la calle—. El viejo Vance ha tocado su claxon a propósito y el caballo me ha tirado al suelo.
—¿Está bien? Ha sufrido una caída bastante fuerte. —Una mano se extendió para ayudar a Alice a levantarse. Ella se puso de pie parpadeando y se fijó en su propietario: un hombre alto vestido con un mono y una camisa de cuadros, con una suave expresión de preocupación en la mirada. Aún le sobresalía un clavo de la comisura de la boca. Se lo escupió en la mano y se lo guardó en el bolsillo antes de ofrecer esta para estrechar la de Alice—. Frederick Guisler.