Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4]
- Автор: Мойес Джоджо
- Год: 2019
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4]». Краткое содержание книги:
La vida en aquella casa grande le resultaba sofocante, aunque Annie, la criada casi muda, la liberaba de la mayor parte de las tareas de la casa. Sí que era una de las más grandes del pueblo, pero estaba llena de pesados muebles antiguos, cada superficie se hallaba cubierta con fotografías de la difunta señora Van Cleve, adornos o una variedad de imperturbables muñecas de porcelana sobre las que ambos hombres señalaban que era «la preferida de mamá» si alguna vez Alice trataba de mover alguna un centímetro. La devota y estricta influencia de la señora Van Cleve se tendía sobre la casa como un sudario.
«A mamá no le habría gustado que las almohadas se colocaran así, ¿verdad, Bennett?».
«No, no. Mamá tenía fuertes convicciones con respecto a la ropa de casa».
«A mamá le encantaban los libros de salmos bordados. ¿No decía el pastor McIntosh que no conocía a una mujer en todo Kentucky que hiciera un ganchillo más elegante?».
La constante presencia del señor Van Cleve la abrumaba; él decidía lo que hacían, qué comían, cada hábito diario. No podía mantenerse apartado de lo que fuera que estuviese ocurriendo, aunque solo se tratara de ella y Bennett poniendo música en el gramófono de su habitación y él entrara sin previo aviso: «Así que ahora tenemos música, ¿eh? Deberíais poner algo de Bill Monroe. No hay que olvidarse del bueno de Bill. Vamos, muchacho, quita ese ruido y pon al bueno de Bill».
Si se había tomado una o dos copas de bourbon, esas afirmaciones se volvían densas y rápidas y Annie buscaba excusas para ir a la cocina antes de que él se encolerizara y empezara a ponerle peros a la cena. Es que estaba triste, murmuraba Bennett. No se puede culpar a un hombre por no querer estar solo.
Descubrió rápidamente que Bennett jamás contradecía a su padre. En las pocas ocasiones en que ella había hablado para decir con tono calmado que no, que lo cierto era que nunca había sido muy aficionada a las chuletas de cerdo —o que la música de jazz le parecía bastante apasionante—, los dos hombres habían dejado caer sus tenedores y se habían quedado mirándola con el mismo asombro y desaprobación que si se hubiese quitado la ropa y se hubiese puesto a bailotear encima de la mesa del comedor.
—¿Por qué tienes que llevar siempre la contraria, Alice? —le susurraba Bennett cuando su padre salía para gritarle órdenes a Annie. Ella se dio cuenta enseguida de que era más seguro no expresar opinión alguna.
Fuera de la casa las cosas no iban mucho mejor. Entre los habitantes de Baileyville era observada con los mismos ojos escrutadores con que miraban cualquier cosa «forastera». La mayor parte de la gente del pueblo eran granjeros. Parecían pasar toda la vida dentro de un radio de pocos kilómetros y lo sabían todo unos de otros. Al parecer, había extranjeros en Minas Hoffman, que albergaba a unas quinientas familias dedicadas a la minería procedentes de todo el planeta bajo la supervisión del señor Van Cleve. Pero como la mayoría de los mineros vivían en casas que les proporcionaba la empresa, compraban en la tienda propiedad de la empresa, asistían a la escuela y al médico propiedad de la empresa y eran demasiado pobres como para tener vehículos o caballos, pocos entraban nunca en Baileyville.
Cada mañana, el señor Van Cleve y Bennett salían en el automóvil del señor Van Cleve hacia la mina y regresaban poco después de las seis. Mientras tanto, Alice mataba el tiempo en una casa que no era suya. Trató de hacer amistad con Annie, pero aquella mujer le había dejado claro, mediante una mezcla de silencios y quehaceres domésticos excesivamente briosos, que no tenía intención de entablar conversación. Alice se había ofrecido a cocinar, pero Annie le había dejado claro que el señor Van Cleve era muy especial con respecto a su dieta y solo le gustaba la comida sureña, suponiendo sin equivocarse que Alice no la conocía en absoluto.
La mayoría de las casas cultivaban sus propias frutas y verduras y había pocas que no tuviesen un cerdo o un corral de gallinas. Había una tienda de comestibles, con enormes sacos de harina y azúcar junto a la puerta y estantes llenos de latas. Y solo había un restaurante: el «Nice ’N’ Quick», con su puerta verde, la norma estricta de que los clientes debían llevar zapatos y que servía cosas de las que ella nunca había oído hablar, como tomates verdes fritos y berzas y cosas a las que llamaban «galletas», pero que, en realidad, eran un cruce entre dumplings y scones. En una ocasión había tratado de cocinarlas, pero habían salido de los caprichosos fogones no tiernas ni esponjosas como las de Annie, sino lo bastante sólidas como para hacer un fuerte ruido al dejarlas caer en un plato (Alice habría jurado que Annie las había gafado).
La habían invitado varias veces a merendar algunas señoras del pueblo y había tratado de entablar conversación, pero había descubierto que tenía poco que contar, al no saber nada sobre la elaboración de colchas, que parecía ser la obsesión local, ni conocer tampoco los nombres de las personas sobre las que chismorreaban. Cada merienda después de la primera parecía tener que empezar con la historia de cómo Alice había ofrecido «galletas» con su té en lugar de «pastas» (a las otras mujeres esto les parecía desternillante).
Al final, resultó más fácil limitarse a sentarse en la cama de la habitación que compartía con Bennett para volver a leer las pocas revistas que se había traído de Inglaterra o escribir a Gideon otra carta más en la que trataba de no contarle lo infeliz que era.
Poco a poco, se había dado cuenta de que había cambiado una cárcel por otra. Algunos días no podía enfrentarse a otra noche mirando al padre de Bennett leyendo la Biblia desde la chirriante mecedora del porche («La palabra de Dios debería ser el único estímulo mental que necesitamos, ¿no era eso lo que decía mamá?»), mientras ella permanecía sentada respirando los trapos empapados en aceite que ponían a quemar para alejar a los mosquitos y zurciendo los remiendos de la ropa de él («A Dios no le gusta el despilfarro. Esos pantalones solo tienen cuatro años, Alice. Aún les queda mucha vida»). Alice refunfuñaba por dentro que si Dios hubiese tenido que sentarse a coser casi a oscuras los pantalones de otra persona, probablemente se habría comprado un par nuevo en la tienda de Arthur J. Harmon para caballeros de Lexington, pero esbozaba una sonrisa tensa y entrecerraba cada vez más los ojos para ver los puntos. Mientras tanto, Bennett solía mostrar la expresión de alguien que hubiese sido engañado y no supiese dilucidar en qué ni cómo había ocurrido.
—Y bueno, ¿qué diantres es una biblioteca itinerante? —Alice despertó de repente de su ensoñación con un fuerte codazo de Bennett.
—Tienen una en Misisipi, con barcos —gritó una voz casi en la parte posterior de la sala.
—Por nuestros arroyos no se pueden meter barcos. Son muy poco profundos.
—Creo que la idea es usar caballos —contestó la señora Brady.
—¿Van a meter caballos por el río? Qué locura.
El primer cargamento de libros había llegado desde Chicago, continuó explicando la señora Brady, y había más de camino. Contaría con una amplia selección de libros de ficción, desde Mark Twain hasta Shakespeare, y libros prácticos con recetas, consejos para el hogar y ayuda para la crianza de los niños. Incluso habría libros de historietas, una revelación que hizo que algunos de los niños lanzaran gritos de emoción.
Alice miró su reloj preguntándose cuándo podría tomarse el granizado. Lo único bueno de esas asambleas era que no estaban encerrados en la casa toda la noche. Ya se estaba temiendo cómo serían los inviernos, cuando les resultara más difícil encontrar excusas para escapar.