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Электронная книга - «La Sala Del Crimen». Краткое содержание книги:

El cuerpo calcinado de una de las personas más estrechamente vinculadas a un pequeño museo privado es el origen de esta nueva investigación de Adam Dalgliesh. La entidad dedicada al período de entreguerras, acoge, además de obras de arte, biblioteca y archivo una inquietante Sala del Crimen donde estudiar los sucesos más sonados de la época, uno de los cuales presenta extrañas semejanzas con el caso en que se ocupa Dalgliesh.
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Calder-Hale habló por primera vez.

– Y si lo hubiese hecho, la habría encontrado cerrada.

– ¿Y el sótano? -preguntó Piers.

– Abrí la puerta y vi que la luz seguía encendida. Desde la plataforma de hierro miré hacia el sótano. Allí no había nadie, así que apagué la luz. Esa puerta no tiene cerradura. Con la señora Clutton también comprobé que todas las ventanas estuviesen cerradas. Me fui a las cinco y cuarto con la señora Strickland y la dejé en la estación de metro de Hampstead. Luego regresé a casa, pero todo eso ya lo saben, inspector. Ya nos interrogaron al respecto el viernes pasado.

Piers hizo caso omiso de la protesta.

– ¿De modo que cabe en lo posible que alguien se escondiese aquí abajo, en los archivos, entre las estanterías correderas de acero? ¿No bajó para comprobarlo?

En ese momento intervino Caroline Dupayne.

– Inspector, dirigimos un museo, no una comisaría de policía. No hemos sufrido ningún allanamiento ni intento de robo en los últimos veinte años. ¿Por qué demonios iba la señorita Godby a registrar la sala de los archivos? Aunque alguien se hubiese escondido cuando se cerró el museo, ¿cómo iba a salir? Las ventanas de la planta baja permanecen cerradas por la noche. La señorita Godby, con la señora Clutton, llevó a cabo su cometido habitual.

Su hermano había permanecido en silencio, pero en ese momento decidió hablar.

– Todos nos sentimos desconcertados. Huelga decir que estamos tan ansiosos como ustedes por conseguir que este misterio se resuelva. Nuestra intención es colaborar al máximo en la investigación, pero no existe ninguna razón para suponer que cualquiera de las personas que trabajan en el museo tiene algo que ver con la muerte de la chica. Es posible que la señorita Mellock y su asesino viniesen al museo como simples visitantes o con algún propósito que sólo ellos conocían. Sabemos cómo pudieron entrar y cómo pudieron esconderse. Cualquier intruso podía marcharse sin ser visto. Después de la muerte de mi hermano, mi hermana y yo les esperamos a ustedes aquí en la biblioteca. Dejamos la puerta entornada, sabiendo que iban a venir. Los estuvimos esperando más de una hora, tiempo más que suficiente para que el asesino huyese sin ser visto.

– Habría corrido un gran riesgo, por supuesto -señaló la señora Strickland-. Cabía la posibilidad de que usted o Caroline salieran de la biblioteca, o de que el comisario Dalgliesh se presentara en cualquier momento.

Marcus Dupayne acogió el comentario con la impaciencia contenida con que habría recibido la intervención de un subordinado en una reunión del departamento.

– Corrió un riesgo, claro que sí. No le quedaba más remedio si no quería quedarse atrapado en el museo toda la noche. Sólo tenía que echar un breve vistazo por la puerta del sótano para comprobar que el vestíbulo se encontraba desierto y que la puerta principal estaba entreabierta. No pretendo sugerir que el asesinato se produjese en el sótano: la Sala del Crimen parece el lugar más probable. Sin embargo, la sala de archivos ofrecía el mejor, e incluso el único, escondite seguro hasta que pudiese escapar. No afirmo que sucediera de este modo, sólo planteo la posibilidad de que ocurriera así.

– Pero la puerta de la biblioteca también estaba entreabierta -objetó Dalgliesh-. Usted o su hermana habrían oído a cualquiera que pasarse por el vestíbulo, ¿no es así?

– Puesto que es evidente que alguien cruzó el vestíbulo y que nosotros no oímos nada, la respuesta no admite duda alguna -repuso-. Si mal no recuerdo, nos habíamos sentado con nuestras copas frente a la chimenea. No estábamos cerca de la puerta, y desde allí no veíamos el vestíbulo.

Su hermana miró directamente a Dalgliesh.

– No quisiera entrometerme en su trabajo, comisario -dijo-, pero ¿no existe una razón probable para que Celia acudiera al museo? Tal vez viniese con un amante. A lo mejor era de la clase de personas que necesitan un elemento de riesgo para dar al sexo un punto de morbo adicional. Celia tal vez sugirió el Dupayne como un posible lugar de encuentro, y el hecho de saber que yo era una de las fideicomisarias del museo quizás añadía una pizca de peligro al encuentro. Luego las cosas se descontrolaron y acabó muerta.

Kate llevaba un rato sin hablar.

– Por lo que sabía de la señorita Mellock -le preguntó a Caroline-, ¿esperaría este tipo de comportamiento de ella?

Hubo una pausa. Caroline recibió la pregunta con incomodidad.

– Como ya he dicho, yo nunca le di clases y no sé nada acerca de su vida privada, pero era una alumna infeliz, confusa y difícil. También se dejaba influenciar con facilidad. No me sorprendería nada de lo que hubiese podido hacer.

«Tendríamos que contratar a este personal para la brigada -pensó Piers-. Media hora más y tendrán los dos asesinatos resueltos.» Sin embargo, lo cierto era que aquel pedante de Marcus Dupayne tenía parte de razón: el escenario tal vez fuese improbable, pero era posible. Sería un regalo para cualquier abogado defensor. Sin embargo, si de verdad había sucedido así, con un poco de suerte Nobby Clark y sus chicos encontrarían alguna prueba, tal vez en la sala de archivos del sótano. Pero no había sucedido así. Superaba los límites de la credibilidad que dos asesinos no relacionados estuviesen en el museo la misma noche casi a la misma hora para matar a dos víctimas tan diferentes. Celia Mellock había muerto en la Sala del Crimen, no en el sótano, y empezaba a pensar que sabía por qué. Miró al otro lado de la habitación, a su jefe. La expresión de Dalgliesh era grave y un poco distante, casi contemplativa. Piers conocía esa mirada y se preguntó si los pensamientos de ambos no estarían recorriendo caminos paralelos.

– Ya tenemos las huellas de todos ustedes, tomadas tras el asesinato del doctor Dupayne -explicó Dalgliesh-. Lamento los inconvenientes que puedan ocasionarles el cierre de la Sala del Crimen y la clausura temporal del museo, pero esperamos acabar el lunes. Mientras tanto, creo que hemos terminado con todos excepto con la señora Clutton y la señora Strickland. Por supuesto, tenemos todas sus direcciones.

– ¿No estamos autorizados a saber cómo murió la chica? -indagó Marcus Dupayne-. Supongo que la noticia se filtrará a la prensa en breve. ¿No tenemos un derecho razonable a ser los primeros en saberlo?

– La noticia no se filtrará ni se hará pública hasta que la familia haya sido informada -contestó Dalgliesh-. Les agradecería que todos ustedes guardasen silencio para evitar una angustia innecesaria a los parientes y amigos de la víctima. Una vez que el asesinato se haga público, evidentemente la prensa estará interesada, pero de eso se encarga el Departamento de Relaciones Públicas del Cuerpo de Policía de Londres. Es posible que quieran tomar sus propias medidas para no sufrir el acoso de los periodistas.

– ¿Y la autopsia? -inquirió Caroline Dupayne-. ¿Y el sumario? ¿Cuándo será eso?

– La autopsia se llevará a cabo mañana por la mañana y el sumario en cuanto lo decida la oficina del juez de instrucción -explicó Dalgliesh-. Como en el caso de la muerte de su hermano, se abrirá el sumario y luego serán llamados a declarar.

Los dos Dupayne y Calder-Hale se pusieron en pie para marcharse. A Piers le pareció que a los hermanos les molestaba que los hubiesen excluido del resto de la reunión y, por lo visto, la señorita Godby sentía lo mismo. Esta se levantó de mala gana y miró a Tally Clutton con una mezcla de curiosidad y resentimiento.

Una vez cerrada la puerta, Dalgliesh tomó asiento frente a la mesa.

– Le agradezco que no haya mencionado las violetas -le dijo a la señora Strickland.

– Usted me pidió que fuese discreta, y yo no he dicho nada -repuso ella con naturalidad.

Tally Clutton se levantó a medias del asiento. Había palidecido.

– ¿Qué violetas? -preguntó.

– Había cuatro violetas africanas marchitas en el cadáver, señora Clutton -le explicó Kate con delicadeza.

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