Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4]
- Автор: Мойес Джоджо
- Год: 2019
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4]». Краткое содержание книги:
—Esta es la última vez que te veré. Es uno de los pocos derechos que tengo aquí, el de renunciar a las visitas. Sven, sé que eres un buen hombre y que harías cualquier cosa para ayudarme. Y Dios sabe que te quiero por ello. Pero ahora Virginia es la prioridad. Así que necesito que me prometas que harás lo que te pido y que nunca volverás a traer a nuestra hija a este lugar. —Margery se recostó contra la pared.
—Pero… ¿y el juicio?
—No quiero que vayas.
Sven se levantó.
—Esta conversación es una locura. No pienso escucharte. No…
Margery alzó la voz. Se lanzó hacia delante y lo agarró de la mano, para detenerlo.
—Sven, ya no me queda nada. No tengo libertad, dignidad, ni futuro. La única puñetera cosa que me queda es la esperanza de que esta niña, mi corazón, lo que más amo en el mundo, tenga una vida diferente. Así que, si me quieres tanto como dices, haz lo que te pido. No quiero que la infancia de mi bebé esté marcada por las visitas a la cárcel. No quiero que me veáis consumirme, semana tras semana, año tras año, en la prisión estatal, con piojos en el pelo y el hedor de los cubos de excrementos, derrotada por los fanáticos que gobiernan este pueblo y volviéndome loca poco a poco. No permitiré que ella vea eso. Harás que sea feliz, sé que puedes hacerlo, y, cuando le hables de mí, no le cuentes esto, sino cómo cabalgaba por las montañas a lomos de Charley, haciendo lo que más me gustaba.
Él la cogió de la mano. La voz le temblaba y no paraba de negar con la cabeza, como si no se diera cuenta de que lo estaba haciendo.
—No puedo dejarte, Marge.
Margery apartó la mano. Cogió al bebé dormido y se lo puso suavemente en los brazos a Sven. Luego, se inclinó y besó la cabeza de la niña. Mantuvo allí los labios unos instantes, mientras apretaba con fuerza los ojos. Luego los abrió y la miró fijamente, como si estuviera grabando su recuerdo en lo más hondo de su ser.
—Adiós, cariño. Mamá te quiere muchísimo.
Rozó la parte posterior de los nudillos de Sven con la punta de los dedos, como si se tratara de una consigna. Después, mientras él seguía allí sentado, atónito, Margery O’Hare se levantó, apoyando una mano en la mesa, y llamó al guarda para que la llevara a su celda.
Y se fue sin mirar atrás.
Fiel a su palabra, fue la última visita que recibió. Alice llegó esa misma tarde con un bizcocho y el ayudante del sheriff Dulles le dijo con pesar (porque adoraba los pasteles de Alice) que lo sentía mucho, pero que la señorita O’Hare le había indicado claramente que no quería ver a nadie.
—¿Hay algún problema con el bebé?
—El bebé ya no está aquí. Se lo ha llevado su padre esta mañana.
Dijo que lo lamentaba, pero que las reglas eran las reglas y que no podía obligar a la señorita O’Hare a que la recibiera. Sin embargo, aceptó el bizcocho y le prometió que se lo bajaría a Margery más tarde. Cuando Kathleen Bligh se presentó allí, dos días después, recibió la misma respuesta, al igual que les sucedería posteriormente a Sophia y a la señora Brady.
Alice volvió cabalgando a casa, dándole vueltas a la cabeza, y se encontró a Sven en el porche, con el bebé apoyado en el hombro. La niña tenía los ojitos abiertos de par en par por la luz del sol, tan poco familiar para ella, y por las sombras en movimiento de los árboles.
—¿Sven? —Alice se bajó de la yegua y enganchó al poste las riendas de Spirit—. ¿Sven? ¿Qué diablos está pasando? —El hombre no fue capaz de mirarla. Tenía los ojos enrojecidos y miraba hacia otro lado—. ¿Sven?
—Es la puñetera mujer más testaruda de todo Kentucky.
En ese preciso instante, el bebé se echó a llorar con el llanto primario y quebrado de un bebé que había tenido que enfrentarse a demasiados cambios en un solo día y que se sentía, de pronto, excesivamente abrumado. Sven le dio unas palmaditas en la espalda que resultaron inútiles y, al cabo de un rato, Alice fue hacia él y cogió al bebé en brazos. Sven hundió la cara entre sus manos grandes, llenas de cicatrices. La niña se acurrucó en el hombro de Alice y luego echó la cabeza hacia atrás, dibujando una «O» con la boquita, como si le sorprendiera darse cuenta de que aquella no era su madre.
—Lo solucionaremos, Sven. Haremos que entre en razón.
Él negó con la cabeza.
—¿Por qué íbamos a conseguirlo? —Sus manos ásperas ahogaron su voz—. Está en lo cierto. Eso es lo peor, Alice. Que está en lo cierto.
Por medio de Kathleen, que todo lo sabía y conocía a todo el mundo, Alice encontró a una mujer en el pueblo de al lado dispuesta a amamantar al bebé a cambio de una pequeña cantidad de dinero, ya que acababa de destetar al suyo. Cada mañana, Sven llevaba a la niña a aquella granja recubierta de tablones blancos y dejaba allí a la pequeña Virginia para que la alimentaran y la cuidaran. A todos les causaba cierto desasosiego ver aquello, ya que con quien debería estar la niña era con su madre, y la propia Virginia pronto se volvió recelosa y empezó a observarlo todo con la mirada atenta y el pulgar metido con cautela en la boca, como si ya no tuviera tan claro que el mundo fuera un lugar benévolo y fiable. Pero ¿qué otra cosa podían hacer? La niña estaba alimentada y Sven tenía tiempo para buscar trabajo. Alice y las chicas se las arreglaban para salir adelante lo mejor que podían y, si estaban tristes o les dolía la tripa por los nervios, pues aquello era lo que había.
23
No te voy a pedir que me quieras siempre como ahora, pero sí te pido que lo recuerdes. Pase lo que pase, siempre quedará en mí algo de lo que soy esta noche.
F. SCOTT FITZGERALD, Suave es la noche
Un ambiente casi circense se apoderó de Baileyville. Era el tipo de revuelo que hacía que la visita de Tex Lafayette pareciera una reunión de la escuela dominical. Cuando la fecha de inicio del juicio se difundió por el pueblo, los ánimos cambiaron y no precisamente a favor de Margery. El extenso clan de los McCullough empezó a llegar de fuera del pueblo, incluidos los primos lejanos de Tennessee, Míchigan y Carolina del Norte, algunos de los cuales apenas habían visto a McCullough en décadas, pero que parecían muy comprometidos con la idea de vengar a su querido pariente. Estos empezaron a reunirse de inmediato delante de la cárcel y de la biblioteca para gritar insultos y clamar venganza.
Fred había bajado dos veces de casa para intentar calmar los ánimos y, cuando eso no surtió efecto, para enseñar la pistola y recomendarles que permitieran a las mujeres seguir haciendo su trabajo. Fue como si el pueblo se dividiera en dos con su llegada: por una parte, estaban los que se inclinaban a considerar todos los errores de la familia de Margery como prueba de su propio resentimiento y, por otra, los que preferían guiarse por sus propias experiencias y le estaban agradecidos por llevarles libros y un poco de amabilidad a sus vidas.
Beth se había liado dos veces a puñetazos para defender la reputación de Margery, una vez en la tienda y otra en las escaleras de la biblioteca, y había empezado a andar con las manos cerradas, como si estuviera siempre preparada para dar un guantazo. Izzy lloraba a menudo en silencio y, si alguien le hablaba del tema, negaba con la cabeza sin decir nada, como si el mero hecho de hablar fuera demasiado para ella. Kathleen y Sophia apenas soltaban prenda, pero sus caras sombrías indicaban el rumbo que pensaban que tomarían las cosas. Alice ya no podía ir de visita a la prisión, de acuerdo con los deseos de Margery, pero sentía su presencia en la pequeña edificación de cemento como si estuvieran conectadas por hilos. Cuando pasaba por allí, el ayudante del sheriff Dulles le decía que comía un poco, pero que no hablaba mucho. Al parecer, pasaba mucho tiempo durmiendo.
Sven se fue del pueblo. Se compró una pequeña carreta y un caballo joven, hizo las maletas con las pertenencias que le quedaban y se mudó de la casa de Fred a una cabaña de una habitación, cerca de la nodriza, en la cara este de Cumberland Gap. No podía quedarse en Baileyville, con todo lo que comentaba la gente de ellos. Y menos aún para ver cómo la mujer a la que amaba se hundía todavía más y el llanto del bebé al alcance del oído de su madre. Tenía los ojos enrojecidos por el cansancio, y unos surcos nuevos y profundos a ambos lados de la boca, que nada tenían que ver con el bebé. Fred le prometió informarle de inmediato de cualquier acontecimiento.