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Электронная книга - «La Sala Del Crimen». Краткое содержание книги:

El cuerpo calcinado de una de las personas más estrechamente vinculadas a un pequeño museo privado es el origen de esta nueva investigación de Adam Dalgliesh. La entidad dedicada al período de entreguerras, acoge, además de obras de arte, biblioteca y archivo una inquietante Sala del Crimen donde estudiar los sucesos más sonados de la época, uno de los cuales presenta extrañas semejanzas con el caso en que se ocupa Dalgliesh.
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– Soy la detective inspectora Miskin, de New Scotland Yard -se presentó Kate-. Si quiere comprobar mi identidad, le daré un número para que llame. Preferiría no perder tiempo, necesito hablar urgentemente con sir Daniel.

Hubo una pausa.

– ¿Tiene la bondad de esperar un momento, inspectora? -dijo la voz.

Kate oyó el ruido de unos pasos. Al cabo de treinta segundos, la voz volvió a hablar y le dio el número de las Bermudas, repitiéndolo con cuidado.

Kate colgó y se lo pensó dos veces antes de realizar la segunda llamada. Sin embargo, no había otra opción: tendría que comunicar la noticia por teléfono. En las Bermudas debía de ser cuatro horas más temprano. Era posible que para ellos fuese muy pronto, pero no una hora intempestiva o irrazonable. Marcó el número y obtuvo una respuesta casi inmediata.

Le contestó una voz masculina, brusca y cargada de indignación.

– ¿Sí? ¿Quién es?

– Soy la detective inspectora Miskin, de New Scotland Yard. Necesito hablar con sir Daniel Holstead.

– Holstead al habla. Y sepa que es una hora especialmente desconsiderada para llamar. ¿De qué se trata? No será otro intento de robo en el piso de Londres, espero.

– ¿Está usted solo, sir Daniel?

– Estoy solo. Quiero saber de qué diablos va todo esto.

– Se trata de su hijastra, sir Daniel.

Antes de que Kate tuviese tiempo de continuar, el hombre la interrumpió.

– ¿Y en qué puñetas se ha metido ahora? Oiga, mi esposa ya no es responsable de ella, y por mi parte yo nunca lo he sido. La chica tiene diecinueve años, lleva su propia vida y tiene su propio piso. Que aprenda a resolver sus asuntos ella sola. Desde el día en que empezó a hablar no ha hecho más que traer problemas a su madre. ¿Qué ha sido ahora?

Saltaba a la vista que sir Daniel no estaba de muy buen humor a primera hora de la mañana, circunstancia que podía llegar a resultar una ventaja.

– Me temo que he de darle malas noticias, sir Daniel -dijo Kate-. Celia Mellock ha sido asesinada. Hemos encontrado su cuerpo esta mañana temprano en el Museo Dupayne, Hampstead Heath.

El silencio era tan absoluto que Kate se preguntó si la habría oído. Estaba a punto de hablar cuando Holstead dijo:

– ¿Asesinada? Asesinada, ¿cómo?

– Fue estrangulada, sir Daniel.

– ¿Me está diciendo que han encontrado a Celia estrangulada en un museo? ¿Esto no será alguna broma macabra?

– Lo siento, pero no. Puede comprobar la información telefoneando al Yard. Pensamos que sería mejor hablar primero con usted para que pudiera comunicar la noticia a su esposa. Lo siento, comprendo que esto debe de ser un golpe terrible.

– ¡Dios! ¡Vaya si lo es! Volveremos hoy mismo con el jet de la empresa. De todas formas, no creo que podamos darles ninguna información. No hemos visto a Celia en los últimos seis meses, y ella nunca llama. No tiene ninguna razón para llamar, supongo. Ya le he dicho que lleva su propia vida. Siempre ha dejado muy claro lo que pensaba de cualquier interferencia por parte de su madre o de mí. Iré ahora mismo a comunicar la noticia a lady Holstead. Ya me pondré en contacto con ustedes cuando lleguemos. No tendrán ninguna idea de quién lo ha hecho, supongo.

– Por el momento no, sir Daniel.

– ¿Ningún sospechoso? ¿Ningún novio conocido? ¿Nada?

– De momento, no.

– ¿Quién está a cargo de la investigación? ¿Lo conozco?

– El comisario Adam Dalgliesh. Irá a verlo a usted y a su esposa cuando regresen. Es posible que contemos con más información para entonces.

– ¿Dalgliesh? El nombre me suena. Llamaré al comisario cuando haya hablado con mi esposa. Podría haberme comunicado la noticia con un poco más de delicadeza. Adiós, inspectora.

Antes de que Kate tuviera tiempo para replicar, ya le había colgado el teléfono. Llevaba parte de razón, pensó. Si le hubiese comunicado la noticia del asesinato inmediatamente, no habría escuchado aquel pequeño arrebato de rencor. Sabía más cosas sobre sir Daniel Holstead de lo que él habría deseado. Aunque la idea le dio cierta sensación de satisfacción, se preguntó por qué también le hacía sentirse un poco avergonzada.

4

Kate regresó a la casa y ocupó de nuevo su asiento, no sin antes confirmar a Dalgliesh con un asentimiento que el mensaje había sido transmitido. Vio que Marcus Dupayne seguía sentado a la cabecera de la mesa, con las manos entrelazadas ante sí y el rostro impenetrable. En ese momento se dirigió a Dalgliesh:

– Supongo que estamos en libertad para marcharnos si eso es lo que cualquiera de nosotros quiere o necesita hacer.

– Son completamente libres. Les he pedido que se reunieran aquí para interrogarlos porque éste es el modo más rápido de obtener la información que necesito. Si a cualquiera de ustedes le resulta inconveniente, puedo fijar la entrevista para cualquier otro momento, más adelante.

– Gracias. Me ha parecido oportuno establecer cuál es la situación legal -dijo Marcus-. Como es lógico, mi hermana y yo deseamos colaborar en cuanto nos sea posible. Esta muerte nos ha causado un impacto terrible. Es una tragedia, para la chica, para su familia y para el museo.

Dalgliesh no respondió. A decir verdad, dudaba de que el museo fuese a resentirse por aquello. Una vez reabierta, la Sala del Crimen resultaría doblemente atractiva; ya se imaginaba a la señora Strickland sentada en la biblioteca, escribiendo con sus manos artríticas un nuevo cartel explicativo y flanqueada por los dos hermanos Dupayne: «El baúl original en el que permanecieron escondidos los cuerpos sin vida de Violette Kaye y Celia Mellock se halla actualmente en posesión de la policía. El baúl que tienen ante ustedes es una réplica.» La imagen le resultó harto desagradable.

– ¿Podrían, entre todos, volver a relatar lo que hicieron el viernes pasado? -les pidió-. Por supuesto, ya sabemos qué es lo que hicieron cuando cerró el museo; ahora necesitamos una explicación detallada de lo acontecido durante el día.

Caroline Dupayne miró a Muriel Godby. Fue ella quien empezó, pero poco a poco, todos los presentes, con la excepción de Calder-Hale, fueron aportando pormenores o confirmando sus palabras. Surgió un detallado relato del día, hora a hora, desde el momento en que Tally Clutton llegó a las ocho en punto para sus tareas habituales de limpieza hasta que Muriel Godby cerró con llave la puerta principal del museo y llevó en coche a la señora Strickland a la estación de metro de Hampstead.

Y al final Piers intervino:

– De modo que hay dos ocasiones en las que Celia Mellock y su asesino pudieron entrar sin ser vistos: a las diez de la mañana y a la una y media, cuando la señorita Godby abandonó la recepción y fue a la casa pequeña a buscar a la señora Clutton.

– Pero la recepción no pudo estar desatendida más de cinco minutos -adujo Muriel Godby-. Si tuviésemos un sistema telefónico como es debido, o si la señora Clutton se aviniera a llevar móvil, yo no tendría que ir a la casa. Es ridículo tratar de organizarse con un sistema anticuado que ni siquiera tiene contestador.

– Suponiendo que la señorita Mellock y su asesino hubiesen entrado sin ser vistos -prosiguió Piers-, ¿hay alguna habitación en la que pudiesen haberse escondido por la noche? ¿Cómo funciona el sistema de cierre interno de las puertas?

Muriel Godby respondió.

– Cuando cerramos la puerta principal a las cinco para que no entren más visitantes, recorro todas las salas con Tally para comprobar que no queda nadie en el museo. A continuación cierro las dos únicas puertas para las que hay llave, la galería de arte y la biblioteca. Esas dos salas contienen las exposiciones más valiosas. Ninguna otra sala se cierra con llave, salvo el despacho del señor Calder-Hale, y eso no es responsabilidad mía. Normalmente lo mantiene cerrado cuando no está. No intenté abrir esa puerta.

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