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Электронная книга - «La Sala Del Crimen». Краткое содержание книги:

El cuerpo calcinado de una de las personas más estrechamente vinculadas a un pequeño museo privado es el origen de esta nueva investigación de Adam Dalgliesh. La entidad dedicada al período de entreguerras, acoge, además de obras de arte, biblioteca y archivo una inquietante Sala del Crimen donde estudiar los sucesos más sonados de la época, uno de los cuales presenta extrañas semejanzas con el caso en que se ocupa Dalgliesh.
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– No en este caso -respondió Dalgliesh-, pero antes de que sigamos hablando, sería conveniente que dejáramos el museo a los especialistas en la escena del crimen. Señora Clutton, ¿le importaría que utilizásemos su sala de estar?

Tally Clutton y la señora Strickland se habían puesto de pie. En ese momento, desconcertada, Tally miró a Caroline Dupayne, quien se encogió de hombros y dijo:

– Es su casa mientras viva usted allí. Si cabemos todos, ¿por qué no?

– Creo que habrá sitio suficiente -respondió Tally-. Podría traer más sillas del comedor.

– Entonces, vamos y acabemos ya con esto -sentenció Caroline Dupayne.

El pequeño grupo abandonó la galería y esperó un momento en el pasillo mientras Dalgliesh volvía a cerrar la puerta con llave. Rodearon la casa en silencio como un alicaído cortejo fúnebre que abandonara el crematorio. Mientras seguía a Dalgliesh por el porche de la casa pequeña, Kate casi esperaba encontrar unos sándwiches y un refresco en la mesa de la sala de estar.

Una vez dentro, se produjo un pequeño revuelo cuando Marcus Dupayne, con la ayuda de Kate, llevó unas cuantas sillas más y los presentes se acomodaron alrededor de la mesa del centro. Sólo Caroline Dupayne y la señora Strickland parecían sentirse cómodas; ambas escogieron la silla que quisieron, se sentaron rápidamente y esperaron, Caroline Dupayne con adusta conformidad y la señora Strickland con gesto de expectación controlada, como si estuviese lista para quedarse mientras lo que sucediese le resultara interesante.

El alegre ambiente hogareño de la habitación resultaba extraño para esa clase de reunión, sobre todo teniendo en cuenta el asunto que debían tratar. La estufa de gas estaba encendida al mínimo, seguramente, pensó Kate, para contentar al enorme gato anaranjado que estaba hecho un ovillo en uno de los dos sillones junto a la fuente de calor. Piers, que pretendía limitarse a contemplar la escena apartado del grupo, lo echó de allí sin miramientos. El animal, ofendido, se dirigió a la puerta sacudiendo la cola y luego salió disparado hacia las escaleras.

– ¡Vaya por Dios! -exclamó Tally-. ¡Ahora se meterá en el parterre! Vagabundo sabe que tiene prohibido hacer eso. Perdónenme.

Salió corriendo tras él mientras los demás esperaban con la incómoda sensación de los invitados que llegan en un momento inoportuno. Tally apareció en la puerta con un dócil Vagabundo en brazos.

– Lo dejaré fuera. Normalmente sale hasta última hora de la tarde, pero esta mañana ha tomado posesión del sillón y se ha quedado dormido. Me ha dado pena molestarlo.

La oyeron reñir al gato y luego cerrar la puerta principal. Caroline Dupayne miró a su hermano, arqueando las cejas y torciendo la boca con una breve sonrisa burlona. Por fin estaban listos.

Dalgliesh se quedó de pie junto a la ventana del lado sur.

– La chica muerta se llama Celia Mellock. ¿Alguno de ustedes la conocía?

No le pasó desapercibida la mirada fugaz que Muriel Godby dirigió a Caroline Dupayne, pero la primera no dijo nada y fue Caroline quien contestó.

– Tanto la señorita Godby como yo la conocemos o, mejor dicho, la conocíamos. Fue alumna de Swathling’s el año pasado, pero se marchó al final del segundo trimestre, es decir, la primavera de 2001. La señorita Godby trabajó como recepcionista en la escuela el trimestre anterior. No he visto a Celia desde que se fue. Yo no le di clases, pero sí la entrevisté a ella y a su madre antes de admitirla. Sólo se quedó dos trimestres y no era muy buena estudiante.

– ¿Están sus padres en Inglaterra? Sabemos que la dirección de la señorita Mellock es el 47 de Manningtree Gardens, Earls Court Road. Hemos llamado por teléfono, pero no contesta nadie.

– Imagino que ésa será su dirección, no la de sus padres -repuso Caroline Dupayne-. La verdad es que no tengo muchos datos sobre la familia. Su madre se casó por tercera vez aproximadamente un mes antes de que Celia ingresara en la escuela. No recuerdo el nombre del nuevo marido, creo que es un industrial o algo así. Rico, por supuesto. La propia Celia no era pobre: su padre dejó un fondo fiduciario y ella tuvo acceso al capital a los dieciocho. Demasiado joven, pero así son las cosas. Creo recordar que su madre solía pasar la mayor parte del invierno fuera. Si no se encuentra en Londres, seguramente estará en las Bermudas.

– Tiene usted una memoria prodigiosa, muchas gracias -dijo Dalgliesh.

Caroline Dupayne se encogió de hombros.

– No suelo fallar al elegir a las alumnas, pero esta vez me equivoqué. Tenemos pocos fracasos en Swathling’s, de modo que suelo recordarlos.

En ese momento, Kate tomó el relevo.

– ¿Conoció usted bien a Celia Mellock mientras estuvo en la escuela? -le preguntó a Muriel Godby.

– No, en absoluto. Tenía muy poco contacto con las alumnas, y el poco contacto que tenía no era agradable. Algunas de ellas me detestaban, todavía no entiendo por qué. Una o dos se mostraban verdaderamente hostiles y las recuerdo muy bien, pero no era el caso de esa chica. No creo que viniese a menudo a la escuela y dudo que llegásemos a hablar alguna vez.

– ¿Alguien más conocía a la chica? -Nadie contestó, pero negaron con la cabeza-. ¿Tiene alguien alguna idea de por qué pudo haber venido al museo?

Una vez más, negaron con la cabeza.

– Es de suponer que viniese como visitante -se aventuró a decir Marcus Dupayne-, ya fuese sola o con su asesino. Es poco probable que viniese por casualidad. Tal vez la señorita Godby la recuerde.

Todas las miradas se volvieron hacia Muriel.

– Dudo que la hubiese reconocido si la hubiese visto entrar en el museo -contestó-. Puede que ella me hubiese reconocido a mí y me hubiese dicho algo, pero es poco probable. Si yo no me acuerdo de ella, ¿por qué iba ella a acordarse de mí? No entró en el museo mientras yo estaba en recepción.

– Es de suponer que en Swathling’s tendrán el nombre y la dirección de la madre de la señorita Mellock. ¿Quiere llamar a la escuela y preguntarlo, por favor? -pidió Dalgliesh.

Era obvio que la petición no fue recibida con agrado.

– ¿Y no parecerá un poco raro? La chica se marchó el año pasado y después de sólo dos trimestres -objetó Caroline.

– ¿Y los expedientes se destruyen tan rápido? Seguro que no. No es preciso que hable con lady Swathling, pídale a una de las secretarias que busque el archivo. ¿No es usted la codirectora del centro? ¿Por qué no puede pedir cualquier información que necesite?

La mujer siguió vacilando.

– ¿Y no puede averiguarlo por otros medios? La muerte de la chica no guarda ninguna relación con Swathling’s.

– Todavía no sabemos con qué guarda relación. Celia Mellock había sido alumna de Swathling’s, usted es la codirectora, y han encontrado muerta a la chica en el museo.

– Hombre, dicho así…

– Sí, dicho así. Debemos informar a la familia. Seguramente habrá otras formas de averiguar la dirección, pero ésta es la más rápida.

Caroline acabó cediendo y levantó el auricular del teléfono.

– ¿Señorita Cosgrove? Necesito la dirección y el número de teléfono de la madre de Celia Mellock. El expediente está en el armario de la izquierda, la sección de ex alumnas.

La espera se prolongó durante un minuto y luego Caroline anotó la información y se la pasó a Dalgliesh.

– Gracias -le contestó él y le entregó la nota a Kate-. Intenta concertar una entrevista lo antes posible.

Kate salió de la casa para llamar desde su teléfono móvil. La puerta se cerró tras ella.

La opacidad de primera hora de la mañana se había desvanecido, pero no hacía sol y el viento era frío. Kate decidió hacer la llamada desde su coche. La dirección era de la calle Brook y respondió al teléfono una voz empalagosa de alguien que a todas luces formaba parte del servicio. Lady Holstead y su marido se encontraban en su casa de las Bermudas; no estaba autorizado para dar el número.

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