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Электронная книга - «El Vizconde Que Me Amo». Краткое содержание книги:

Los cotilleos de lady Whistledown no fallan nunca: una vez más, Anthony Bridgerton es el soltero más codiciado de la temporada en la alta sociedad victoriana. Pero este año, el atractivo vizconde, amante de la diversión y enemigo del compromiso, sorprende a todos y decide buscar esposa y sentar cabeza.
La joya más preciada, la joven y hermosa Edwina Sheffield, es su elección natural. Pero para conseguirla ha de obtener antes la aprobación de la hermana mayor de la muchacha, Kate. Anthony comprobará que convencer a esa mujer arrogante y decidida de que ha dejado de ser un vividor no es tarea fácil. Como tampoco lo es quitársela de la cabeza cuando llega la noche.
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– Mi padre era el mejor hombre que he conocido. No pasa un día sin que me dé cuenta de que no estoy a su altura. Yo sabía que él era todo a lo que yo podía aspirar. Seguramente no pueda igualar su grandeza, pero si al menos pudiera aproximarme a él, me sentiría satisfecho. Eso es lo único que quiero. Sólo aproximarme.

Miró a Kate. No estaba seguro de por qué. Tal vez en busca de ánimo, tal vez comprensión. Tal vez sólo para verle el rostro.

– Si una cosa sabía -susurró, encontrando de algún modo el valor para mantener su vista fija en la de ella- era que nunca le superaría, ni siquiera en edad.

– ¿Qué intentas decirme? -murmuró ella.

Anthony se encogió de hombros con impotencia.

– Sé que no tiene sentido. Sé que no puedo ofrecer una explicación racional. Pero desde la noche en que estuve sentado junto al cadáver de mi padre, he sabido que era imposible que viviera más que él.

– Ya veo -dijo ella con calma.

– ¿Ah sí? -Y entonces, como si una presa hubiera reventado, las palabras escaparon a borbotones, todo salió de éclass="underline" por qué se había mostrado tan opuesto a casarse por amor, los celos que había sentido al percatarse de que ella se había enfrentado a sus demonios y que los había vencido.

Observó a Kate que se llevaba una mano a la boca y se mordía el extremo del pulgar. Le había visto hacer eso antes, advirtió: cada vez que algo la inquietaba o cuando meditaba profundamente.

– ¿Cuántos años tenía tu padre cuando murió? -preguntó.

– Treinta y ocho.

– ¿Cuántos años tienes tú ahora?

La miró con curiosidad, ella sabía su edad. Pero de todos modos la dijo:

– Veintinueve.

– O sea, que según tus cálculos nos quedan nueve años.

– Como mucho.

– Y tú lo crees de veras.

Él hizo un gesto afirmativo.

Kate apretó los labios y soltó una larga exhalación por la nariz. Por fin, después de lo que pareció un silencio eterno, volvió a mirarle con ojos claros y directos y dijo:

– Bien, estás equivocado.

Por extraño que fuera, el tono rotundo de su voz fue bastante tranquilizador. Anthony notó que incluso un extremo de su boca se elevaba formando la más débil de las sonrisas.

– ¿Crees que no soy consciente de lo ridículo que suena todo esto?

– No creo que suene ridículo en absoluto. En sí parece una reacción perfectamente normal, sobre todo si se considera cuánto adorabas a tu padre. -Se encogió de hombros como si supiera de qué hablaba y ladeó un poco la cabeza-. Pero de cualquier modo te equivocas.

Anthony no dijo nada.

– La muerte de tu padre fue un accidente -dijo Kate-. Un accidente. Una de esas terribles y horribles vueltas que da la vida y que nadie pudo haber presagiado.

Anthony se encogió de hombros con gesto fatalista.

– Probablemente a mí me sucederá lo mismo.

– Oh, por el amor de… -Kate consiguió morderse la lengua una milésima de segundo antes de blasfemar-. Anthony, yo también podría morirme mañana. Podría haber muerto hoy mismo cuando el carruaje se volcó encima mío.

Él palideció.

– No me recuerdes eso.

– Mi madre murió cuando tenía mi edad -le recordó Kate con dureza-. ¿Alguna vez has pensado en eso? Según tus reglas, yo debería morir por mi próximo cumpleaños.

– No seas…

– ¿Tonta? -concluyó ella por él.

Se hizo un silencio durante todo un minuto.

Por fin Anthony dijo, con voz apenas más audible que un susurro:

– No sé si podré superarlo.

– No tienes que superarlo -dijo Kate. Se mordió el labio inferior, que le había empezado a temblar, y luego puso la mano sobre el punto vacío de la cama-. ¿Puedes acercarte aquí para que pueda cogerte la mano?

Anthony se acercó al instante; el calor de su contacto le invadió y se extendió por su cuerpo hasta acariciar su mismísima alma. Y en ese momento esto era más que amor. Esta mujer le hacía sentirse mejor persona. Había sido bueno y fuerte y bondadoso siempre, pero con ella a su lado era algo más.

Y juntos podrían hacer cualquier cosa.

Casi le hizo pensar que cuarenta años tal vez no fuera un sueño tan imposible.

– No tienes que superarlo -repitió ella y sus palabras flotaron con suavidad entre ellos-. Para ser sincera, no sé cómo podrás superarlo del todo hasta que tengas treinta y nueve años. Pero lo que puedes hacer -le dio un apretón en la mano, y Anthony se sintió aún más fuerte que momentos antes – es negarte a permitir que domine tu vida.

– Comprendí eso esta mañana -susurró él- cuando supe que tenía que decirte que te quería. Pero, de algún modo, ahora… ahora lo sé.

Ella asintió y él vio cómo se llenaban sus ojos de lágrimas.

– Tienes que vivir cada hora como si fuera la última -dijo Kate- y cada día como si fueras inmortal. Cuando mi padre se puso enfermo, lamenté tantas cosas. Había tantas cosas que deseaba haber hecho, eso me contó. Siempre suponía que contaba con más tiempo. Eso es algo que siempre he llevado conmigo. ¿Por qué diantres crees que decidí tocar la flauta a una edad tan avanzada? Todo el mundo me decía que era demasiado mayor, que para conseguir hacerlo bien de verdad tenía que haber empezado de niña. Pero en realidad ésa no es la cuestión. No me hace falta ser tan buena. Sólo necesito disfrutar por mí misa. Y necesito saber que lo he intentado.

Anthony sonrió. Era una flautista terrible. Ni Newton podía soportar escucharla.

– Pero lo contrario también es cierto -añadió Kate con ternura-. No puedes rehuir retos nuevos o evitar el amor porque pienses que tal vez no vayas a estar aquí para cumplir tus sueños. Al final, lamentarás tantas cosas como mi padre.

– Yo no quería amarte -susurró Anthony-. Era la cosa que mas miedo me daba, por encima de todas. Había acabado por acostumbrarme bastante a mi extraña visión de la vida. En realidad casi me sentía cómodo. Pero el amor… -Su voz se entrecortó; el sonido sofocado sonó poco viril, le volvió vulnerable. Pero no le importó porque estaba con Kate.

Y no le importaba que ella conociera sus temores más profundos, porque sabía que le quería pese a todo. Era una sublime sensación de liberación.

– He visto el amor verdadero -continuó-. No he sido el granuja cínico que la sociedad ha querido retratar. Sabía que existía el amor. Mi madre, mi padre… -Se detuvo para tomar aliento de forma irregular. Era lo más duro que había hecho en su vida, y no obstante sabía que tenía que pronunciar aquellas palabras. Por difícil que fuera soltarlas, sabía que al final su corazón renacería-. Estaba tan seguro de que lo único que podría… hacer… que… en realidad no sé cómo llamarlo…, este conocimiento de mi propia mortalidad… -Se pasó la mano por el pelo buscando con afán las palabras-. El amor era la única cosa que lo hacía de verdad insoportable. ¿Cómo podía amar a alguien, sincera y profundamente, y saber que estábamos sentenciados?

– Pero no estamos sentenciados -dijo Kate apretando su mano.

– Lo sé. Me enamoré de ti y entonces lo supe. Aunque esté en lo cierto, aunque mi destino sea vivir sólo hasta la edad de mi padre, no estoy condenado. -Se inclinó hacia delante y rozó los labios de Kate con un beso liviano-. Te tengo -susurró- y no voy a malgastar ni un solo momento que tengamos juntos.

Los labios de Kate formaron una sonrisa.

– ¿Qué quiere decir eso?

– Significa que el amor no tiene que ver con tener miedo a que te lo arrebaten. El amor tiene que ver con encontrar a la persona que te llene el corazón, que te hace ser una persona mejor de lo que nunca soñaste ser. Tiene que ver con mirar a tu mujer a los ojos y estar convencido hasta lo más hondo de que ella es sencillamente la mejor persona que has conocido.

– Oh, Anthony -susurró Kate con lágrimas surcando sus mejillas -. Eso es lo que siento por ti.

– Cuando pensaba que te habías muerto…

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