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Электронная книга - «El Vizconde Que Me Amo». Краткое содержание книги:

Los cotilleos de lady Whistledown no fallan nunca: una vez más, Anthony Bridgerton es el soltero más codiciado de la temporada en la alta sociedad victoriana. Pero este año, el atractivo vizconde, amante de la diversión y enemigo del compromiso, sorprende a todos y decide buscar esposa y sentar cabeza.
La joya más preciada, la joven y hermosa Edwina Sheffield, es su elección natural. Pero para conseguirla ha de obtener antes la aprobación de la hermana mayor de la muchacha, Kate. Anthony comprobará que convencer a esa mujer arrogante y decidida de que ha dejado de ser un vividor no es tarea fácil. Como tampoco lo es quitársela de la cabeza cuando llega la noche.
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– Mejor que no mires -dijo Anthony intentando ladear su barbilla en otra dirección.

La respiración de Kate, que ya era rápida por el esfuerzo de intentar controlar el dolor, se volvió desigual y nerviosa.

– Oh, Dios mío -dijo con un resuello-. Me duele. No me había percatado de cómo duele hasta que he visto…

– No mires -ordenó Anthony.

– Oh, Dios mío. Oh, Dios mío.

– ¿Kate? -Edwina se interesó con voz preocupada y se inclinó hacia delante-. ¿Te encuentras bien?

– ¡Mira mi pierna! -casi chilla Kate-. ¿Qué aspecto tiene?

– En realidad me refería a tu cara. Estás un poco verde.

Pero Kate no pudo responder. Su respiración cada vez era más desigual. Y entonces, con Anthony, Edwina, el señor Bagwell y Newton mirándola fijamente, entornó los ojos, tiró hacia atrás la cabeza y se desmayó.

Tres horas después, Kate se encontraba instalada en su cama, estaba claro que poco cómoda pero al menos sin tantos dolores gracias al láudano que Anthony le había obligado a tragar en cuanto llegaron a casa. Los tres cirujanos que Anthony había llamado habían compuesto su pierna (como habían indicado los tres cirujanos, no hacía falta más de uno para encajar un hueso, pero Anthony se había cruzado de brazos con gesto implacable y se había quedado mirándoles hasta que se callaron), y otro doctor se había acercado para dejar varias recetas que juró que acelerarían el proceso de recuperación y la soldadura.

Anthony la había mimado como si fuera una gallina clueca, cuestionaba cualquier movimiento de los doctores hasta que uno de ellos tuvo la audacia de preguntarle cuándo había obtenido el diploma del Real Colegio de Médicos.

A Anthony no le había hecho gracia.

Pero después de mucha arenga, la pierna de Kate estuvo entablillada, y a ella le informaron que contara con pasar el menos un mes en cama.

– ¿Un mes? -gimió Kate a Anthony en cuanto el último de los cirujanos se marchó-. ¿Cómo podré aguantar tanto tiempo?

– Podrás dedicarte de nuevo a la lectura -sugirió él.

Kate soltó una exhalación impaciente por la nariz; era difícil respirar por la boca mientras apretaba los dientes.

– No era consciente de que tenía lectura atrasada.

Probablemente Anthony sintió la tentación de echarse a reír, pero consiguió contenerse:

– Tal vez puedas dedicarte a la costura -sugirió.

Kate le lanzó una mirada iracunda. Como si la perspectiva de la costura fuera a hacer que se sintiera mejor.

Anthony se sentó con cautela sobre el borde de la cama y le dio unas palmaditas en el dorso de la mano.

– Te haré compañía -dijo con una sonrisa alentadora-. Ya había decidido rebajar las horas que paso en el club.

Kate suspiró. Estaba cansada, malhumorada y dolorida, y se la tomaba con su marido, algo que no era justo. Volvió la mano hacia arriba para juntar su palma con la de él y luego se entrelazaron los dedos.

– Te quiero, lo sabes -dijo con voz suave.

Él le dio un apretón e hizo un gesto de asentimiento, el cariño en su mirada al mirarla decía más que cualquier palabra.

– Me dijiste que no te quisiera -continuó Kate.

– Fui un burro.

Kate no le contradijo. Un movimiento de los labios de Anthony le comunicó que había tomado nota de que por una vez no le había llevado la contraria. Tras un momento de silencio, ella dijo:

– En el parque hablabas de cosas muy raras.

Anthony no retiró la mano, pero su cuerpo retrocedió un poco.

– No sé a qué te refieres -contestó.

– Creo que sí lo sabes -le dijo con dulzura.

Anthony cerró los ojos durante un momento, luego se levantó y sus dedos fueron descendiendo por la mano de ella hasta que finalmente no se tocaron. Hacía muchos años que guardaba celosamente sus peculiares convicciones para sí. Parecía lo mejor. La gente podía creerle, y por consiguiente preocuparse, o no hacerlo y pensar que estaba loco.

Ninguna opción resultaba especialmente atractiva.

Pero este día, en el calor de un momento de terror, se lo había soltado a su esposa. Ni siquiera recordaba con exactitud lo que había dicho, pero había sido lo suficiente para que ella sintiera curiosidad. Y Kate no era el tipo de persona que no satisfaciera su curiosidad. Podía intentar evitarla todo lo que quisiera, pero al final se lo sacaría. Nunca había habido una mujer más cabezota.

Se fue hasta la ventana y se apoyé en el alféizar, mirando hacia delante como si de verdad pudiera ver el paisaje urbano a través de los pesados cortinajes borgoñas que hacía rato había cerrado.

– Hay algo que deberías saber de mí -susurró.

Kate no dijo nada, pero él sabía que le había oído. Tal vez fuera el sonido que hizo al cambiar de posición en la cama, tal vez fuera la electricidad que llenaba el aire. Pero lo supo de algún modo.

Se volvió. Habría sido más fácil hablarle a las cortinas, pero ella se merecía algo mejor. Kate estaba sentada en la cama con la pierna reposando sobre almohadones y los ojos muy abiertos, llenos de una mezcla desgarradora de curiosidad y preocupación.

– No sé cómo contarte esto sin que suene ridículo.

– A veces lo más fácil es decirlo y ya está -murmuró ella. Dio una palmada sobre un punto vacío de la cama-. ¿Quieres sentarte a mi lado?

Él negó con la cabeza. La proximidad sólo serviría para dificultar todo aún más.

– Algo me sucedió cuando mi padre murió -comenzó.

– Estabas muy unido a él, ¿no es cierto?

Él asintió.

– Más unido de lo que haya estado a cualquiera, hasta que te conocí.

Los ojos de ella brillaron.

– ¿Qué sucedió?

– Fue muy inesperado -explicó. Su voz era uniforme, como si estuviera relatando una oscura noticia en vez del suceso más inquietante de su vida-. Una abeja, te lo conté.

Kate asintió.

– ¿Quién iba a pensar que una abeja fuera a matar a un hombre?-dijo Anthony con risa cáustica-. Habría sido gracioso de no ser tan trágico.

Ella no dijo nada, sólo le miró con un afecto que le rompió el corazon.

– Permanecí a su lado durante toda la noche -continuó, y se volvió ligeramente para no tener que mirarle a los ojos-. Estaba muerto, por supuesto, pero me hacía falta un poco más de tiempo. Me limité a quedarme sentado a su lado y observar su rostro. -De sus labios se escapó otra breve carcajada enojada-. Dios, que necio era. Creo que medio esperaba que abriera los ojos en cualquier momento.

– A mí eso no me parece ninguna necedad -dijo Kate con voz suave-. Yo también he visto muertos. Cuesta creer que alguien haya fallecido cuando su aspecto es tan normal y se le ve tan sereno, en paz.

– No sé cuando sucedió -explicó Anthony- pero por la mañana yo ya estaba convencido.

– ¿De que estaba muerto? -preguntó ella.

– No -dijo con brusquedad-, de que yo también moriría.

Anthony esperó a que ella hiciera algún comentario, esperó a que gritara, a que hiciera cualquier cosa, pero Kate continuó allí sentada mirándole sin ningún cambio perceptible en su expresión, hasta que finalmente él tuvo que decir:

– No soy tan gran hombre como mi padre.

– Tal vez él no estuviera de acuerdo -dijo ella con calma.

– Bien, él no está aquí para explicarlo, ¿cierto? -soltó Anthony.

De nuevo, Kate no dijo nada. De nuevo, él se sintió fatal.

Maldijo en voz baja y se apretó las sienes con los dedos. Su cabeza parecía querer estallar. Empezaba a sentirse mareado, y se percató en ese momento de que no se acordaba de cuándo había comido por última vez.

– Yo puedo opinar -dijo en voz baja-. Tú no le conociste.

Se hundió contra la pared con una exhalación larga, cansina, y continuó:

– Déjame explicártelo. No hables, no interrumpas, no opines. Me cuesta mucho ya de por sí contarlo. ¿Puedes hacer eso por mí?

Ella asintió.

Anthony tomó aliento con respiración temblorosa.

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